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Miércoles, 31 Julio 2019 09:12

Caridad como unidad. IX Centenario Carta Caridad

Caridad como unidad

Como bien sabemos, este año celebramos el IX Centenario de la Carta de Caridad, documento fundacional de nuestra Orden que resalta la caridad como el elemento aglutinador que mantiene unida a cada comunidad y a todas entre sí.

La caridad no es simplemente algo que yo doy o tengo con el prójimo, fruto de mi benevolencia. La caridad es la argamasa que me une al otro y que brota de mí al considerar a mi semejante como parte de mí mismo a pesar de nuestras diferencias. Lo que hace grande y sólido al edificio es su cohesión. Los sillares sueltos y revueltos no son más que un montón de piedras por muy bien pulidas que estén. Su colocación ordenada y unida por la argamasa es lo que hace de ese montón de piedras algo nuevo, grandioso y útil. Del mismo modo, la caridad que une nuestras comunidades es lo que da solidez a nuestro edificio monástico. No una solidez por su tamaño, sino por su consistencia, significatividad y utilidad. Un edificio grande, pero mal ensamblado, resulta peligroso porque amenaza ruina. En cambio, un edificio sólido, aunque sea pequeño, es muy útil.

En la introducción a la Suma CC, el conocido como Exordio de Císter, se expresa la razón de ser de este documento: “Así, en el mismo momento en que el árbol comenzaba a echar nuevas ramas, el venerable Padre Esteban redactó un escrito maravilloso, lleno de discernimiento, que cortara los brotes de discordia, que, si nacían un día, podían ahogar los frutos nacientes de la paz común. Y quiso que este escrito se llamara con toda razón Carta de Caridad, pues todo en él trata de la caridad y parece no buscar ninguna otra cosa fuera de ella, y así dice: A nadie debáis más que amor”.

¿Cómo vivir hoy las relaciones a las que nos invita la Carta de Caridad? Así como la argamasa une piedras rugosas empastándolas, así trabajar por vivir la unidad en la comunidad supone limar las asperezas de nuestras diferencias con el perdón y la caridad, buscando tener un solo corazón. Un miembro del cuerpo, por muy dotado que esté, no es nada apartado del cuerpo. Tomar conciencia de ello nos hace más humildes, sabiendo que nuestras cualidades personales son para la comunidad, y siendo más pacientes con las debilidades ajenas, que sabemos también nos pertenecen al ser parte de un mismo cuerpo.

Tomar conciencia de que somos un solo cuerpo en Cristo es la base de nuestra unión, más allá de las cosas que hagamos en común. ¿Creemos que esto es posible? El paso de los años quizá nos haga más escépticos, pero necesitamos mantener vivo en nosotros el ardor y el amor primero, esperanzado, decidido, confiado. Nuestra unión personal con Cristo es lo que mantendrá nuestra esperanza, pues para él es posible lo que para nosotros es imposible. No se nos pide confiar en nuestras fuerzas, sino en el poder de Dios en nosotros. A nosotros basta con tratar de mantener a Cristo en medio de la comunidad sin expulsarlo por la dureza de corazón, sino cultivando su presencia. Por muchos dones que tengamos, por muy auténticos que creamos ser, apartados del cuerpo de Cristo, que es la comunidad, no somos nada.

La comunión no es un mero proyecto humano, sino el proyecto de Dios en nosotros, obra suya en nosotros, ocupando él el centro y siendo su amor la argamasa que nos une. ¿Cómo llevar a cabo esa comunión? A veces necesitamos una ayuda externa para tomar conciencia de que por nosotros mismos no somos más que piedras amontonadas. Hoy esa ayuda se llama pobreza, experiencia de nuestra pobreza. La predilección de Dios siempre se ha mostrado de forma especial en medio de la pobreza, como se mostró en la pobreza que acompañó a los fundadores de Císter en los primeros años, a punto de morir apenas recién nacidos, cuando todo se les volvía en contra. Supieron mantenerse firmes en el camino iniciado. Esa pobreza del corazón resultó ser el abono más enriquecido para la pequeña semilla plantada.

La riqueza nos da seguridad y nos induce a la soberbia, pensando que lo que tenemos es nuestro porque nos lo hemos ganado. La riqueza nos aísla de los demás, por la autosuficiencia que genera en nosotros y por la envidia que genera en los otros. Pero la pobreza es un don de Dios que nos abre a la humildad, verdadera maestra y creadora de comunión. Quien se sabe pobre, se sabe dependiente y se abre a la comunión. Quizá eso le permita profundizar en otra comunión que no brota del interés sino del amor gratuito. Es entonces cuando actuamos de dentro hacia fuera y no de fuera hacia dentro. Es decir, cuando dejamos que la sobreabundancia del corazón se derrame en los demás sin vivir solo de la generosidad ajena. Es cuando deseamos compartir el don recibido sin preocuparnos de nuestra propia necesidad.

La caridad no es un sentimiento, sino una relación, relación de amor que une. Nuestra Orden es eminentemente cenobítica. Se formó con unos lazos fraternos muy fuertes. Su misma fundación fue un acto comunitario, de un grupo de hermanos unidos por un mismo carisma que se habían embarcado en una misma aventura. Desde el inicio de Císter está muy presente la realidad comunitaria. No se menoscaba ni un ápice la autoridad del abad ni se cuestiona su liderazgo carismático, pero se insiste una y otra vez en la dimensión comunitaria de las decisiones importantes. Un equilibrio no fácil de mantener, pero muy enriquecedor. Se trata de corresponsabilizar a todos los hermanos en la marcha de la comunidad.

La caridad fraterna es lo que cohesiona nuestra comunidad monástica y también nuestras fraternidades.