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Domingo, 27 Noviembre 2016 20:24

Misericordia et misera

MISERICORDIA ET MISERA

 

             Hace justo una semana se clausuró el año jubilar de la misericordia. Al día siguiente el papa Francisco hizo pública la carta apostólica Misericordia et misera como un plan de actuación para mantener vivo el espíritu del jubileo concluido. El papa manifiesta su expreso deseo de conservar los frutos de este año porque su orientación la considera esencial para la Iglesia en su caminar.

Varias son las ideas y peticiones que nos presenta. Recogeré aquí algunas de ellas que nos ayuden a profundizar y alimentar el espíritu de la misericordia empezando por la propia comunidad.

Comienza la carta poniéndonos dos imágenes significativas del evangelio: el encuentro de Jesús con la adúltera y el encuentro de la mujer pecadora con Jesús en la casa de Simón. En el primer caso quedan los dos solos, la miserable y la misericordia, como decía San Agustín. Este encuentro con la misericordia no puede ser algo esporádico en la Iglesia, sino que afecta a su misma esencia, su modo de ser, el reconocimiento de lo que verdaderamente somos frente a la misericordia de Dios. Sin esa experiencia no lograremos vivir plenamente aquello a lo que estamos destinados. Por eso la experiencia de la misericordia es algo que celebramos y vivimos continuamente en nuestras comunidades, en la liturgia, en los sacramentos y en las relaciones fraternas.

El papa quiere resaltar expresamente la misericordia plasmada en unas personas concretas y en un hecho determinado para afirmar que: “En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo. En este relato… no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús… ha leído su corazón… La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor”.

Estas afirmaciones son de un gran calado, pues de alguna manera son una forma de humanizar nuestra vivencia religiosa. Evidentemente no se cuestionan los dogmas y valores generales, pero sí se insiste en que hay que colocar en el centro al hombre en su relación con Dios, en su experiencia de la misericordia y el amor de Dios. Eso que les faltaba a los ancianos de la ley que sólo buscaban se aplicara a la mujer las normas y disciplina establecidas por la ley de Moisés. Eso que tampoco supo ver el fariseo Simón, que juzgaba a Jesús por dejarse tocar por una pecadora de mala fama. Eso mismo que a veces nos puede suceder a nosotros cuando nos olvidamos de la persona misma del hermano para parapetarnos en las exigencias de la ley, de lo que se debe hacer, condenando al otro para quitar de en medio aquello que nos perturba, olvidándonos de la misericordia que carga pacientemente con la debilidad del hermano tratando de buscar su salvación y no el propio bienestar ni la satisfacción del propio enfado o la sed de venganza.

El papa Francisco nos presenta esa Iglesia como un “hospital de campaña”. Y ya sabéis que en un hospital de campaña se reciben a todos los que llegan sin preguntar, sabiendo que vienen en muy mal estado y que los medios con los que se cuentan son precarios. Dicho hospital se caracteriza por estar en los lugares más complicados, en donde la gente recibe las heridas del combate de la vida. Por eso es tan importante no recluirse, no encerrarse en uno mismo para no complicarse la vida, no buscar simplemente que todo esté bien olvidándonos de la realidad de un hermano herido. El papa pone el acento en el amor y la misericordia, en las personas concretas que sufren, que pecan, que se alejan de Dios y a las que hay que acoger, atraer, hacer experimentar la misericordia de Dios para que recuperen la alegría de vivir y la esperanza.

No hay pecado tan grande que quede excluido de la misericordia de Dios. No, no lo hay. Como no hay acción negativa de un hermano que justifique una ruptura con él de corazón, un apartarle al rincón de los “imposibles”, de los que no tienen solución, de los que ya cargan con su propia sentencia. La esperanza nunca se apaga, aunque no por eso nos vayamos a engañar. Poco podemos hacer si la persona misma no quiere abrirse a la conversión tras experimentar la misericordia. Ese poco es la paciencia, y esa sí la debemos practicar en la misma medida con que Dios la practica con nosotros.

La experiencia de la misericordia da vida en forma de alegría. Tanto la adúltera como la pecadora se llenaron de una alegría que les abrió a la esperanza de una vida nueva. San Benito nos recuerda en su Regla que no quiere que ningún hermano se entristezca en el monasterio, que hay que evitar esto, pues la alegría del corazón es el reflejo más claro de vivir en el amor de Dios. No permitamos que nada nos quite la alegría, no dejemos entrar ese mal espíritu en nosotros, pues nos engaña y aleja de la experiencia del amor de Dios.

El papa nos recuerda que “en una cultura frecuentemente dominada por la técnica, se multiplican las forma de tristeza y soledad”. Por eso son tan “necesarios los testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales”. Esos paraísos en los que también nosotros podemos soñar en la vida religiosa, deseosos de seguridades o bienestar. Nada de eso nos da la verdadera alegría, ni siquiera el pretender tener un ánimo optimista. Sólo la alegría que brota de un corazón tocado por la misericordia es capaz de mantener firme nuestra casa sobre roca cuando vienen los vientos impetuosos o la noche oscurece la visión.

Cuando la adúltera escucha las palabras: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, la está llenando de esperanza, la invita a mirar hacia adelante con esperanza. Ese mirar hacia adelante conlleva un “haz tú lo mismo”, ten tú también misericordia de tu hermano, sé portador de la misericordia. Quien ha experimentado la mirada amorosa de Dios no puede permanecer indiferente, pues ella cambia la vida. El papa nos insiste en que el perdón de Dios borra completamente nuestros pecados hasta olvidarse de ellos. Por eso nos anima a revitalizar el sacramento de la reconciliación, encuentro con la misericordia de Dios. Experimentando ese perdón buscaremos hacer nosotros lo mismo. Así tendremos la experiencia vivida por la mujer pecadora que se encontró con Jesús en la casa de Simón: al que mucho se le perdona, mucho ama, y al que mucho ama, mucho se le perdona. El amor cubre la multitud de los pecados, nos dice la carta 1ª de Pedro. Y Jesús nos enseña a decir: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

¡Cuántas oportunidades tenemos a diario para “garantizar” nuestro perdón perdonando a los que nos ofenden! ¡Cuántas ocasiones desaprovechadas parapetándonos en lo que se debe hacer para no hacer nosotros lo que se nos ha mandado! Cuando quedamos encerrados en nosotros mismos incapaces de perdonar, la tristeza nos invade y se propaga a nuestro alrededor, venciendo el rencor, la rabia, la venganza. La vida se torna infeliz y se anula la alegría de la misericordia. Todo lo contrario sucede cuando es ésta la que reina en nuestras relaciones. Es entonces cuando la comunidad se transforma en testimonio vivo de la misericordia de Dios. Se hace atractiva por su alegría y humanidad. Evangeliza aunque no hable. Los que se acercan sentirán el gozo de vivir los hermanos unidos y un tesoro que no dan las cosas materiales.

La misericordia la hemos de vivir primeramente con los que nos rodean, luego con los que llaman a nuestra puerta y también debemos abrir los ojos para ver a los que la necesitan, aunque no metan ruido. Cuando hay fuego en nosotros debe inflamarnos e incendiar a nuestro alrededor. Esto puede suponer renunciar a algo de nosotros, compartir lo que tenemos, y eso siempre duele un poco. No os preocupéis, que todo se multiplicará aún sin buscarlo. ¿Y qué es lo que podemos compartir? Sin duda que nuestros bienes, pero sobre todo nuestras personas: cuando requieren nuestro tiempo, cuando nos trastocan nuestros planes, incluso cuando tenemos que compartir a algún hermano para ayudar a otros. Cierto que no estamos llamados a resolver los problemas de todos, pero ser misericordioso exige ejercer la misericordia con quien lo necesita. Si la comunidad recibe lo necesario, no debe importarle que otros también se beneficien de lo que ella tiene. Seamos evangelizadores desde esta vivencia de la misericordia ejercitando las obras de misericordia.