Este sitio usa cookies y tecnologías similares. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Acepto

Teléfono: +34 975 327 002 :: Email: huerta@planalfa.es

Lunes, 21 Octubre 2013 01:59

Nadie causará daño por todo mi monte santo

Nadie causará daño por todo mi monte santo

  

Al ser humano parece que nos acompaña la violencia desde nuestro nacimiento, como si el grito del neonato fuese el presagio de la vida en un mundo hostil, pues en el vientre protector de la madre no hay violencia, salvo que penetre la mano del hombre violento para atentar contra la vida del no nacido.

La violencia es algo creado por nosotros, fruto del enfrentamiento, del deseo de poder y de someter a los demás. La vida puede traer consigo adversidades y sufrimientos, la naturaleza se puede desatar provocando muertes, pero en ello no existe una violencia fruto de la maldad, del deseo de ejercer una fuerza negativa contra el otro. La violencia es la falta de respeto a nuestro semejante, es no reconocerle como un igual, sino como un ser inferior del que puedo abusar y poner al servicio de mis antojos.

Ante tanta violencia humana, el profeta Isaías anuncia un tiempo de paz, un tiempo paradisíaco anterior a la entrada de la violencia y la corrupción en el mundo: Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor (Is 11, 9). El profeta pone la causa de la violencia en el desconocimiento del Señor. Reconocer a Dios por encima de todos es reconocernos todos como criaturas suyas, hermanos, hijos de un mismo padre. Cuando esa referencia desaparece, todos luchamos por el puesto superior, pero faltándonos las entrañas de padre, por lo que podemos terminar como dice el filósofo: “siendo el hombre un lobo para el hombre”.

La paz mesiánica alcanza unos niveles muy altos, ¡hasta poder fundamentar en ella la misma abstinencia de carne!, casi una invitación a ser vegetarianos: El ternero y el león pacerán juntos…; la vaca pastará con el oso…, el león, como el buey, comerá paja (Is 11, 6-7). Esto recuerda los orígenes de la creación tal y como lo relata el libro del Génesis, ese momento en el que todavía no había entrado la corrupción en el mundo: Y dijo Dios (a los hombres en sus orígenes): “Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira” (Gn 1, 29-31). Al principio parece que nadie comía carne…

Pero algo cambió cuando entró la corrupción en el corazón humano. El hombre optó por vivir al margen de Dios, la criatura se enajenó de su Creador. Decidió seguir un camino que le alejó del “monte santo” y de su presencia divina, entrando en su vida la envidia fratricida que le condujo a la ira y el crimen, como nos relata el episodio de Caín y Abel.

Algo va a cambiar. La ruptura enturbia las relaciones de la criatura con su Creador, hasta afectar a la misma creación. Una nueva alianza se entablará con el patriarca Noé. Se restablecerá el orden y la armonía en la creación, pero no se vuelve a aquel estado inicial, paradisíaco, que anhela el profeta cuando habla del monte santo. Dios bendice a Noé y su descendencia, a quien somete todos los animales de la tierra, y añade: Todo lo que vive y se mueve os servirá de alimento, os lo entrego todo, lo mismo que los vegetales. Pero no comáis carne con sangre, que es su vida (Gn 9, 3-4). Algo ha cambiado. La carne de animales se presenta ahora como alimento, aunque se pide no tomar su sangre, es decir, no participar de su vida. Quizá ahora no podemos liberarnos del todo de la violencia animal que llevamos dentro, pero si no participamos de su sangre y sí de la sangre del Cordero pascual que es Cristo, una vida nueva se irá regenerando en nosotros hasta que nazca en cada uno la mansedumbre que nunca debimos perder.

Dicen que somos lo que comemos y, además, comemos según lo que somos. Hace poco leía sobre una preocupación creciente al observar un incremento de la violencia de género entre los adolescentes, el aumento de visitas al psiquiatra de los mismos e, incluso, la violencia entre los niños. Y tras un sesudo análisis se concluía que tenían un papel importante en todo ello las series televisivas que ofrecen una visión de sometimiento de la mujer, la tensión y el estrés que transmitimos los adultos o la violencia en los videojuegos ¿Acaso no sucede lo mismo con nuestros extremismos ideológicos, religiosos o políticos? Las cosas no surgen sin más. Poco a poco las alimentamos, y cuanto más contaminados estamos, tanto más comida contaminada nos preparamos. 

Todo ello lo dice el sentido común desde muy antiguo, y más nos vale no perderlo. Somos lo que comemos y comemos según lo que somos. La mejor forma de reorientar este proceso es cambiar el alimento, aunque nos tengamos que esforzar, como si de un régimen se tratara. Pacifiquemos el propio corazón para que entre en nosotros el sentido común. Vayamos luego a las fuentes del que dijo: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré, aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Tenemos el reto de contribuir a la construcción de una humanidad nueva en el amor y la no violencia. Examinemos lo que comemos y qué ofrecemos de comer, denunciando los malos alimentos y a quien los produce.