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Jueves, 20 Marzo 2008 17:59

Espiritualidad en la vida, lugar de encuentro con Dios

                              Espiritualidad en la vida, lugar de encuentro con Dios

  

La sed de espiritualidad que se palpa hoy día es tan evidente como lo son los límites de un materialismo que no termina de colmar el corazón humano. ¿De qué espiritualidad se trata?

 Jesús nos recuerda que lo verdaderamente importante es lo que brota del corazón, motor de nuestro ser, cuna del deseo. Si no hay deseo, no hay vida. Y el deseo surge de la propia experiencia, no de las teorías ni experiencias ajenas. Si no hay experiencia, nuestra espiritualidad no irá más allá de una mera práctica religiosa. 

 Es verdad que algunos consideran una incitación al repliegue individualista el fomentar la experiencia espiritual, como si llevase a un quietismo sin compromiso. Pero quien ha experimentado, arde, y quien arde prende fuego a su alrededor. 

 Hoy estamos viviendo dos fenómenos que nos desconciertan a los cristianos, y especialmente en España, donde no hemos conocido durante mucho tiempo verdadero pluralismo religioso. Por un lado tenemos el acercamiento a nosotros de diversas tradiciones religiosas. Por otro, está la expresión laica de la sociedad y la política como un pretendido signo de autonomía y arbitraje frente a dichas tradiciones. 

 El contacto con las otras expresiones religiosas ha sido buscado por algunos al no hallar en la suya propia -y eso es lo triste- el alimento espiritual necesario. Pero también ha sido producto de la ruptura de barreras en una época marcada por las comunicaciones y los desplazamientos. Incluso son fruto de unos movimientos migratorios que buscan mejorar el nivel de vida. 

Ante esta realidad hay múltiples reacciones. Hay quien responde con temor, encerrándose en sus propios principios que le dan seguridad y rechazando al que considera un peligro. Hay quien se abre a lo nuevo sin conocer bien lo suyo propio y se deja permear por un sincretismo acrítico. Hay quien simplemente se deja impresionar por lo nuevo o, quizá, le convence y cambia de religión. Hay quien sabe entablar un diálogo fructífero y respetuoso, haciendo de lo diferente una ocasión para profundizar su propia identidad y redescubrir aspectos que tenía adormecidos y que contempla vigorosos en las otras religiones. 

En las últimas décadas la crisis religiosa en su sentido tradicional ha ido profundizándose, ocupando la religión un papel cada vez más irrelevante, hasta hacer pensar a algunos que incluso resulta inútil adecuar las tradiciones religiosas para hacerlas más “digeribles” a las nuevas generaciones que viven de espalda a ellas. Estos mismos creen, no obstante, que la decadencia de las religiones no implica la decadencia de la espiritualidad. Es una realidad palpable en nuestro entorno, con expresiones unas veces más auténticas y otras más superficiales y narcisistas (religiones orientales, Nueva Era, prácticas de zen, yoga, taichi, etc.).

En ese deseo de espiritualidad se busca tener una experiencia personal, una experiencia que vaya más allá y que algunos llaman mística. A veces pensamos que esa experiencia es algo reservado a una pequeña élite, algo apartado del cuerpo y de la vida. Pero no es así. La mística es una realidad encarnada, una experiencia profunda de la vida. La mística no se aparta de lo concreto, lo material, lo rutinario, sino que es una forma de afrontar todo eso en profundidad y desde lo hondo de nosotros mismos. Una experiencia contemplativa de la vida y de la propia realidad humana como lugar de encuentro con Dios. 

Nuestra gran dificultad es que estamos en una cultura tan en movimiento, con tantos estímulos, que no hay tiempo para tener una mirada sosegada desde nuestro centro y poder ver lo esencial de lo que nos rodea, su profundidad y belleza al abrigo de los cambios efímeros de las modas. Y peor lo tenemos cuando nos encasillamos en un “partido” -que nada tiene que ver con la necesaria toma de postura ante la vida- y nos atamos a sus consignas, creencias, opiniones o directrices (políticas, sociales, culturales, espirituales), socavando nuestra libertad y cerrándonos la puerta a lo diferente, a los otros trozos del Uno que hemos partido. 

El cristiano que hace de su vida una unidad y una presencia en Dios, se transforma en una persona espiritual que vive en cada momento su momento, estando donde está y no en ningún otro lugar. Las cosas, la vida, uno mismo, las personas, contienen un misterio cerrado que requiere de nosotros estar atentos para poderlo contemplar, y no pasar por la vida como meros turistas que creen conocerla por acumular fotos en su memoria. 

Quien es espiritual vive porque respira para cada instante, y lo hace siempre de una forma irrepetible. Mantiene su capacidad de asombro. Sabe acoger lo que se le presenta en cada momento sin añoranzas estériles ni expectativas frustrantes. Es un caminante que intuye en cada instante la esencia del camino, sabiendo descubrir el todo en la parte. Por eso quien es espiritual es “para todos”, y no sólo para “los suyos”. 

Más que de métodos hay que trabajar el desasimiento, especialmente del propio ego, que tanto condiciona nuestra visión certera de las cosas. Es procurar un vaciamiento que prepara la casa para el encuentro y la acogida del otro. Entonces se empieza a acoger por lo que se es y no por las apariencias, el agrado o el desagrado. Y es que la “egolatría” es la forma más grosera de la “idolatría”, que nos lleva a profanar a Dios y a los hombres. Y cuando el vacío es pleno, ya no interesa tanto ni la propia salvación, sabiéndose viviendo en el Salvador. Entonces surge la mirada pacífica -aunque dolorosa- ante la misma enfermedad, vejez o muerte. Esto no se aprende sino en el propio corazón y nos conduce a la experiencia religiosa y no sólo a sus actos.