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Jueves, 20 Diciembre 2007 17:58

¿¡Sed felices!?

                                                               ¿¡Sed felices!?

 

¡Sed felices!, se nos dice como si de un mantra se tratase. Que tengas un día feliz, que seas feliz, busca la felicidad, ...  Eslóganes que aparecen en la radio, la televisión o el saludo de un amigo, y que no ruborizan, algo que sí sucedería con otro tipo de valores como el de la santidad, la bondad, etc. ¿Cómo vamos a decir a uno “¡que seas bueno o santo!”? Quizá sea debido a que pensemos que la felicidad nos viene de fuera a modo de “suerte”, mientras que la bondad es fruto de nuestra libre elección, lo que haría de tal deseo una acusación intolerable de maldad. Más seguro resulta desear la felicidad que la bondad. Pero ¿qué felicidad deseamos? 

Hoy se educa para ser feliz. Y es un deseo tan profundo que fácilmente se acoge. Pero, ¿qué es ser feliz? ¿Se puede computar la felicidad por los éxitos o los fracasos? ¿Se pueden comparar dos tipos de felicidad? ¿Y si no consigo ser feliz? ¿Será que tenemos una deuda contraída con un dios que nos hemos creado, el de la “felicidad”, que termina siendo frustrante al no conseguir pagarle lo que nos pide? Eso es lo que sucede cuando no logramos el éxito o el sentimiento esperado. Es el frustrante sentimiento de una persona con cáncer a la que nos dirigiéramos diciendo: ¡salud! ¿Y qué decir cuando se consigue?¿Se agota entonces la felicidad? La felicidad parece ser un deseo no del todo alcanzable, aunque sí lo podemos saborear. 

La felicidad es como el horizonte: parece que se nos escapa a medida que lo alcanzamos. Quizá eso tenga algo de interesante, pues nos deja despierto el deseo. Aunque la gran desgracia para algunos es poner su felicidad en ese horizonte inalcanzable sin saber saborear lo que ya se está viviendo. “Vivir en el horizonte” es condenarse a la frustración de un éxito añorado que no llegamos a conquistar. Es un ídolo que nos fabricamos y cuya inexistencia nos hace tanto sufrir. Y en no pocos casos se le paga el tributo odioso del desprecio a uno mismo por no conseguirlo. Buscamos por aquí y por allá. Somos capaces de emprender grandes viajes en su búsqueda  sin pararnos a pensar si no estará tan cerca de nosotros, tan a nuestro alcance, que somos incapaces de descubrir su presencia. Más que desear la salud es preferible desear vivir de forma saludable cualquier situación física. Más que buscar una felicidad inalcanzable es preferible buscarla en nuestra actitud ante la vida, en cualquier acontecimiento que tengamos que afrontar. 

La felicidad que sólo busca el bienestar y huye del sufrimiento se desarma ante él, dándose la paradoja de sufrir por no querer sufrir, sufrimiento añadido al que la misma vida se encarga de ofrecernos. 

A veces sucede que la felicidad se ha desencarnado tanto que se ha puesto en la esperanza de un paraíso futuro por no saber, o temer, encontrarlo en el presente. Y en ocasiones, por el contrario, se ha “secularizado” tanto que se ha hecho banal y burgués, contentándose con una felicidad mediocre que no ansía levantar el vuelo de la vulgaridad, buscando en el consumo la satisfacción perfecta que no se puede encontrar. Lo que ayer resultaba inalcanzable o trabajoso de conseguir, hoy parece obligatorio, aunque quedemos hipotecados de por vida. Lo que ayer se prohibía por considerarlo como un atractivo y peligroso obstáculo para la “verdadera” felicidad, hoy es norma de vida, pasando en no pocos casos de un disfrute inocente a un ideal que nos humilla por inalcanzable, por no lograr el grado de satisfacción duradera que prometía.

En la antigua Grecia la felicidad se buscaba en el dominio personal y el sometimiento de las pasiones. El cristianismo orientó la felicidad más bien hacia un futuro escatológico. En los tiempos modernos se ha pretendido buscarla en ideologías materialistas que prometían una felicidad demasiado palpable como para poder alcanzarla, trivializándola finalmente al rebufo de la cultura del consumo y el bienestar. 

Pero la felicidad sólo es plena cuando es compartida, cuando no cede a la estéril autocomplacencia. El que sólo la busca en el horizonte, nunca la alcanza, pero el que la adormece entre sus manos, la termina asfixiando. Quizá sea porque la felicidad tenga algo que ver con el amor. Y el amor es un estilo de vida ante uno mismo, ante la creación, ante los acontecimientos, ante los demás. Todos tenemos experiencia de ello, no nos dejemos aturdir por promesas o cantos de sirena que sólo buscan adormecernos para el beneficio, que no la felicidad, de otros.