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Jueves, 20 Junio 2002 17:40

Invitados a la mística

            Invitados a la mística o a saborear el misterio de Dios en nosotros y en todo

 

 ¿Por qué nos llama la atención que el Abad General se haya referido a la mística en su carta a las Fraternidades Laicas Cistercienses? ¿Podemos pensar que algunos eclesiásticos viven en su mundo y no saben aterrizar en éste? ¿Creemos verdaderamente que sólo se nos puede hablar de aquello que somos capaces de pesar, medir, contar o, a lo más, racionalizar? ¿No será quizás un reto a descubrir aquello que somos en lo más profundo de nosotros mismos, libre de  los adornos que nos ponemos y que terminan siendo una losa que oculta lo esencial y simplicísimo de nuestra existencia?

 Todos recordamos la famosa frase de Karl Rahner: “El cristiano del siglo XXI será un místico o no será cristiano”. Hay incluso quien ha ido más allá diciendo: “La persona del s. XXI será mística o no será persona”. Esto nos puede hacer sonreír ante una sociedad que tenemos por descreída, pero no podemos olvidar que la verdadera mística es la que simplifica y va a lo esencial, no la que alcanza la cumbre de un barroquismo espiritual. El místico no es el que tras muchos esfuerzos y métodos alcanza “experiencias especiales”, sino el que se ha dejado hacer y despojar, y en la simplificación de su vida descubre lo esencial como un don, como un abrir los ojos y empezar a ver lo que antes miraba sin ver. Es por esto que una sociedad en crisis de valores es un campo abonado para la experiencia mística. Cuando se toca fondo se libera la dimensión mística en actitud de búsqueda desde lo esencial, sin tanto lastre, incluso “religioso”, que a veces nos dificulta adentrarnos en el misterio a pie descalzo. El místico es el que ha tenido la experiencia de la sacralidad de la vida, del fondo divino que reside en cada persona.

 Si algo caracteriza nuestra condición humana es el “vaciamiento”. Necesitamos llenarnos continuamente: al respirar, al alimentarnos, al buscar afectos. Es en el vaciamiento donde tomamos mejor conciencia de lo que somos. El místico trabaja por mantenerse así, ligero de equipaje, sin apropiaciones que le llevan a ser lo que no es. Es una actitud del corazón que todos estamos llamados a tener, pues el corazón siempre estará en nuestro centro, vayamos donde vayamos o estemos con quien estemos.

 Y aquél que busca en el corazón la simplicidad de lo esencial, encuentra en él -¡gran paradoja!- la universalidad. Por eso, el místico es atraído a la soledad del corazón y al desprendimiento que unifica, con la misma fuerza con que esa experiencia del Todo en lo más simple, le lanza a la solidaridad universal.  “Quien dice que ama a Dios, al que no ve, y no ama a su hermano, al que ve, es un mentiroso” (1 Jn 4,20). La solidaridad que brota de la “experiencia  interior” suele ser más gratuita por surgir como la concha que rebosa permaneciendo siempre llena. Quien esto vive, experimenta un cambio: pasa de “su” centro al centro de Dios. Quizás entonces podamos hablar de un vivir desde el corazón de Dios, donde ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí. Pero, ¿cómo descentrarse sin experimentar miedo?, ¿cómo desarmarme sin caer en la inseguridad?, ¿cómo vivir en el Espíritu y desde el Espíritu al que no podemos pesar, medir ni contar? Y, sin embargo, sólo ahí encontramos la verdadera felicidad y la paz. Un gran hombre de oración como el Patriarca de Constantinopla Atenágoras I decía:

 

Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse. Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado. Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el miedo. Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas. Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos (...) He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene miedo. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él, entonces, borra el pasado malo y nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible. ¡Es la Paz!.

 ¡Cuánto bien hacen los místicos de corazón! ¡Qué cerca está la mística de los sencillos! ¡Cuánta paz irradia quien esto vive! Sí, es apropiado hablar de la mística a los Laicos Cistercienses.