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Jueves, 20 Diciembre 2001 17:39

Viene el Señor

                                                          ¿Viene el Señor?

 

 “Viene el Señor”, “¡Ven, Señor, Jesús!”, decimos en la expectación del Adviento Y nos llenamos de alegría engalanando las calles, iluminándolo todo, festejándolo en banquetes que parece quieren recordar el banquete del Reino, donde nuestro gozo será ya pleno. Y al comenzar el nuevo año: limpiar las calles, quitar las bombillas y apretarse el cinturón para la cuesta de enero. ¡Vaya venida tan pobre que ofrece una felicidad tan breve! Y, sin embargo, sabemos que el Señor ha venido y no se ha ido del todo, por lo que el Apóstol nos invita a estar siempre alegres. Pero ¿sabemos por dónde viene, a dónde viene, cómo viene, para qué viene?

Quizá tanta bombilla lleve a más de un creyente fervoroso a no valorar lo suficiente el misterio de la Encarnación en favor de la Pascua y, sin embargo, ¡qué íntimamente unidas están! En aquélla, Dios asume la condición humana, en ésta, la redime. En la primera, el Hijo de Dios viene a nosotros, en la segunda, nos abre el camino para que nosotros vayamos a Dios. Quien viene del Padre solo, vuelve a El llevándonos a todos.

Decimos que vino para salvarnos, pero ¿salvarnos de qué? Nada de lo que viene de fuera nos puede hacer daño, lo que nos daña es lo que sale de un corazón empobrecido que hace sufrir innecesariamente. Vino a nosotros para nacer en nosotros, dando a luz un hombre y una mujer nuevos según el corazón de Dios. No hay salvación pascual si no hay Encarnación; y Dios se encarna en cada uno de nosotros para salvarnos.

El Hijo de Dios viene a nosotros y con nosotros se queda, por eso le llamamos Emmanuel; es el misterio que celebramos en estos días. Esa venida tiene dos momentos: la Encarnación y el Nacimiento. En la Encarnación asume nuestra naturaleza, pero no lo vemos. En el Nacimiento comenzamos a ver. ¿Y qué vemos? A veces la visión oculta más la realidad al desbaratar nuestros sueños. Es más sencillo creer en un Dios todopoderoso que reside en nuestra imaginación, también ella todopoderosa, que verlo en la impotencia de un niño frágil y necesitado. Ese es el fruto de la Encarnación gestado durante nueve meses en el seno de María. ¡Vaya fruto!

El ángel de Dios deslumbró a María con un rayo de luz y entabló un hermoso diálogo con ella. Cuando convenció a su esclava de ser la madre de Dios, se marcha y la deja sola, sin más explicaciones, sin más seguridades, y cogiendo entre sus brazos a los nueve meses un fruto que parece muy alejado del infinito poder de Dios. ¡Qué nueve meses! ¿Verdaderamente fecundos?, ¿infecundos? ¡Para dar lo que dio, esperando a todo un Dios...! ¿Es que la fe sólo crece con resultados tan pequeños? Nos cuesta aceptar esa forma de venida que tiene el Señor.

¡Preparad los caminos del Señor! nos invita la liturgia. ¿Qué debemos hacer?, preguntan los que desean no equivocarse y alcanzar el premio. María, el camino por el que vino el Señor se limita a decir: “hágase en mí lo que tú desees”. María, el verdadero camino por el que vino el Salvador, sólo ofrece su vaciamiento para que se llene de Aquél que todo lo abarca. Su obediencia es estar dispuesta a entrar en relación, escuchar la Palabra para que ella le vaya transformando el corazón. No se trata de hacer, sino dejarse hacer hasta tener los mismos sentimientos de Cristo, la Palabra encarnada. Cuando la Palabra que viene del Padre se nos impone, nos violenta. Cuando entramos en diálogo con ella, el amor de la relación nos permite dar a luz al Salvador como salido de nuestras mismas entrañas: Jesús, el Hijo de Dios y el hijo de María. Es cuando Dios no sólo nace para nosotros, sino que nace en nosotros, iluminando a los que nos miran y deslumbrándolos, como en un intento de disimular la debilidad siempre patente de los que portamos la luz.


Se atribuye a Jesús la expresión: “Hay más gozo en dar que en recibir”, y nos entran escrúpulos preguntándonos qué damos y si hacemos lo suficiente ante tanta necesidad como nos rodea. Y quizá demos con buen corazón de aquello que más se ve y menos nos cuesta -algunas monedas-, pero quizá no sea eso siempre lo que los otros esperan, especialmente los más próximos. Quien da para gozar se queda sin lo que da y sin gozar, pues da para sí y los demás no lo reciben, sino que a lo más se lo apropian. El dar que llena de gozo es el dar de Dios, atento a la necesidad real de los que ama para darse a sí mismo. Y cuántas veces lo que los demás quieren recibir es simplemente el que alguien les escuche y acoja, que comparta en relación, no dando con una autosuficiencia que hiere. Es entonces cuando se produce el milagro, dejando que el otro pueda darnos lo que tiene -aunque sólo sea el compartir la angustia de su sufrimiento-, haciéndole así partícipe del mayor gozo del que da. Nuestra alegría aumenta al permitir crecer al otro cuando yo me hago pequeño. ¿Será algo así el misterio de la Encarnación de un Dios que se abaja en nosotros para que nosotros crezcamos en El, y no sólo nos “da la salvación”, sino que nos recrea al dársenos y cambiar nuestro propio corazón?

¿Tenemos derecho los cristianos a proclamar con ingenuidad casi pueril que en Navidad nace el Salvador, cuando aparentemente nada cambia? Quizá sí, si la gente percibe que en cada uno de nosotros algo va cambiando, algo que les acerca más a la ternura de Dios. Quizá entonces seamos reflejo de una Navidad que no necesita la brillantez de las bombillas. Quizá entonces la Fraternidad misma sea una invitación continua a vivir el misterio de la Encarnación, compartiendo con todos aquello que hemos recibido.

 

Que la paz del Señor nazca en el seno de una Fraternidad capaz de darse a sí misma. Feliz Navidad.