Este sitio usa cookies y tecnologías similares. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Acepto

Teléfono: +34 975 327 002 :: Email: huerta@planalfa.es

Viernes, 20 Febrero 2015 10:49

Capítulo 24

CUÁL DEBE SER LA NORMA DE LA EXCOMUNIÓN

(RB 24)

Todo castigo debe tener un carácter correctivo, es decir, debe ayudar a corregir o cambiar de actitud, no pudiendo limitarse a una dimensión punitiva y vengativa. San Benito, a pesar de su moderación en todo, habla de la necesidad de los castigos para corregir el camino del que se aparta y no le bastan las buenas palabras y los consejos para enmendarse.

Nosotros tenemos una mentalidad tan mercantilista que nos resulta difícil percatarnos del sentido más genuino de la corrección. Si uno ha cometido una falta debe “expirarla”, decimos, entendiendo esto como un pago por sus fechorías (“quien la hace, la paga”), recibiendo el correctivo necesario y resarciendo el mal cometido. Pero expiar las faltas tiene también un sentido espiritual que me gustaría resaltar, pues cuando hablamos de Cristo que vino a expiar nuestros pecados, nos resulta algo difícilmente digerible al estar demasiado influenciados por nuestra idea de justicia.

El término “expiar” alude a la palabra piedad, pío, piadoso. Piedad en latín significa el sentimiento del deber. Una persona piadosa es una persona que cumple sus deberes para con Dios, con sus padres, con sus semejantes. En hebreo la piedad, hesed, designa la relación de afecto que entraña amor y benevolencia entre parientes, amigos, aliados y también entre Dios y su pueblo: la piedad de Dios es su amor misericordioso, la de los hombres es obediencia. El impío es el que no vive esa relación y ha perdido el sentimiento del deber, centrado en sí mismo y su propio provecho. Expiar es volver a hacer agradable a Dios un ser que se había hecho impío y desagradable. En definitiva se trata de restaurar una relación de amor perdida. Esto supone rehacer un camino. Es por lo que el Unigénito de Dios asume la naturaleza humana para sanarla de raíz, siendo el piadoso por antonomasia, el que vive de cara a Dios y con una obediencia filial absoluta. Es así como “expía” nuestros pecados, como restaura nuestra relación de amor.

También nosotros debemos restaurar la relación de amor perdida por nuestras faltas, sanar la ruptura de relación fruto de nuestros egoísmos que dañan a los que nos rodean. Por eso debemos “expiar” nuestras faltas. Más que la venganza, a San Benito le movía el conocimiento de la psicología humana, que necesita de estímulos positivos y negativos, así como de un reconocimiento y un dar la cara ante el daño cometido, asumiendo la responsabilidad de nuestros actos. Dejar que se rompan las cosas y actuar como si no hubiese pasado nada, no ayuda a nadie. Cuando eso afecta a los hermanos de comunidad o es a ellos mismos a los que se les daña, no parece que sea la forma más acertada el mirar a otro lado. Lo roto debe ser reparado, así como necesitamos una ayuda exterior para refrenar lo que no sabemos controlar. Sólo así nos ayudamos de verdad y ayudamos a los demás. Siempre y cuando, bien lo sabemos, nosotros tengamos un corazón lo suficientemente purificado como para no actuar desde la venganza o la rabia, sino desde el amor.

Es necesario reconocer la propia falta y pedir perdón para restablecer la comunión. Fijaros que incluso en el ámbito social se pide eso para poder conceder un perdón especial y, por supuesto, el perdón moral de las víctimas. Pues bien, observamos cómo San Benito utiliza el castigo de la excomunión para ayudar a tomar conciencia de que el mal que se hace rompe la comunión. Con la excomunión quiere hacer sentir al culpable en su propia carne lo que supone la lejanía del don de los hermanos, por ver si así se valora más la vida comunitaria y se la protege. Dichosos nosotros si por un castigo de excomunión somos capaces de tomar conciencia más plena de nuestra actitud negativa y alcanzamos a valorar más el don de la comunión. Es interesante ver detenidamente cómo la RB quiere ayudar a caminar en la verdad a sus monjes desde la misma dimensión cenobita que los caracteriza. Distingue entre una excomunión leve para las faltas menos graves y una excomunión más plena para las faltas más graves.

¿En qué consiste la excomunión más leve? Ésta se limita a privar al monje de la mesa común. Podrá comer como de costumbre, pero lo tendrá que hacer solo y bastante más tarde que la comunidad, no inmediatamente después. Por su comportamiento negativo se separó moralmente de los hermanos, haciéndose indigno de la comunión. Nos dice la Regla: Según sea la falta, debe determinarse hasta dónde debe extenderse la excomunión y el castigo. La apreciación de las faltas dependerá del juicio del abad. Si un hermano es sorprendido en faltas leves, se le privará de la participación en la mesa. El que así está privado de la mesa común, seguirá esta norma: en el oratorio no entonará ningún salmo ni antífona, ni recitará lectura alguna, hasta que haya cumplido la penitencia; y comerá solo, después de que hayan comido los hermanos, de manera que si, por ejemplo, los hermanos comen a la hora sexta, aquel hermano comerá a la hora nona, y si los hermanos comen a la hora nona, él lo hará después de vísperas, hasta que consiga el perdón mediante la correspondiente satisfacción.

Esta excomunión leve no conlleva la excomunión en la oración, algo más importante que la comida en común. En la oración podrá estar con todos, eso sí, sin hacer de solista en la salmodia, ni proclamar lectura alguna, hasta que haya satisfecho y recibido el perdón que le integra a la comunión plena de la comunidad. Es competencia del abad determinar la gravedad de la falta, el tipo de excomunión que corresponde y el momento del perdón y la reinserción en la comunión plena. Y precisamente porque San Benito da toda la autoridad al abad en este campo, le avisa continuadamente que vigile mucho no se deje llevar de su propio pecado en la corrección. Todos nosotros, y especialmente quien está investido de alguna autoridad, debemos vigilar no descargar sobre los demás nuestra ira o frustración, sabiendo que nadie tiene derecho a tratar caprichosamente a sus semejantes, ni siquiera un padre a su hijo. Quien eso hace se transforma en obstáculo para el hermano. Pero quien consciente de esto actúa con buen corazón, es una gran ayuda en el crecimiento del hermano en su propia verdad.

Una de las cosas que más nos puede iluminar en la corrección fraterna es la proporcionalidad. Una corrección desproporcionada y extemporánea, es una descarga emocional que daña al que la recibe. La ausencia de corrección merecida es una dejación perezosa que mira más la propia paz que el bien ajeno. Los frutos saludables de una corrección en una persona sensata, así como la aceptación y comprensión común de la comunidad, son signos que nos ayudan a la hora de discernir la oportunidad y el equilibrio de la corrección.

Puesto que los actos de uno repercuten necesariamente en la comunidad, sea para bien o para mal, no hay crecimiento posible sin afrontar claramente los obstáculos que se presentan para la comunión. ¿Pero estamos preparados para ello? ¿Somos suficientemente conscientes de nuestra dimensión comunitaria más allá del bienestar que nos produce la protección y facilidades que nos proporciona la comunidad? ¿Deseamos construir una comunión en la verdad, aunque nos pueda resultar algo doloroso? Seguro que de nuestro corazón brota un sí, pensando en lo que tal hermano debiera ser corregido, en hacerle ver su negatividad y dejarle las cosas claras delante de los demás. Pero ¿estoy yo dispuesto a que se me ponga también a mí ante mi verdad personal y comunitaria, sin echar fácilmente la culpa a los demás, diciendo que los otros lo hacen más, adoptando una actitud martirial o haciendo amagos escapistas? Seremos lo que queramos ser. No podemos descargar nuestras conciencias pensando que es responsabilidad del abad o soñando escenarios que no existen más que en nuestra imaginación, con los que intentamos quitarnos el peso de la culpa o de la responsabilidad.

Comprendo que no es fácil mantener un equilibrio entre corrección necesaria y tolerancia oportuna, entre castigo sanador e impulso negativo de un corazón que se siente herido y anhela venganza. Pero creo que sería bueno reflexionáramos sobre el tema, pues con frecuencia los miedos se disipan cuando se ven los resultados. Y siempre podremos ir corrigiendo el tiro cuando nos apartamos de la diana. Podríamos preguntarnos: ¿qué aspectos son los que más dañan la comunión en nuestra comunidad?, ¿cuándo y cómo deben ser puestos en evidencia y corregidos para restablecer la comunión?

 

Ciertamente que para ello tendremos que trabajar por adquirir un corazón sencillo y limpio, combatir nuestra susceptibilidad que nos impide acoger la corrección. Toda corrección duele, es cierto, pero sana cuando es acogida, mientras que al susceptible no se le puede corregir de nada, lo que le impide crecer y daña a los demás.