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Viernes, 20 Febrero 2015 10:43

Capítulo 20 (2)

LA REVERENCIA EN LA ORACIÓN

(RB 20-02)

                La actitud de fe no sólo se nos pide en la oración litúrgica, sino también en nuestra oración privada. Ésta, nos dice San Benito, no necesita de muchas palabras, pues no ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, te la sabes toda, decimos con el salmista. La oración es una acción del Espíritu en nosotros, no un parloteo de la imaginación, lo que requiere de nosotros una actitud positiva de acogida, abandono, silencio. No vamos a ser escuchados por nuestras muchas palabras, nos recuerda San Benito: Y hemos de saber que seremos escuchados, no porque hablemos mucho, sino por la pureza de corazón y por las lágrimas de compunción. Es ilusorio pensar que podemos llegar a una verdadera oración sin preparar el terreno de nuestro propio corazón. No vamos a llegar a nada por puños o técnicas únicamente, pues todo es gracia, pero la gracia no hará tampoco nada en nosotros sin el empeño de nuestra parte. Sin un trabajo de conocimiento y conversión, sin un trabajo de escucha y acogida, sin un trabajo de humildad y sencillez, sin un trabajo de vivir en el amor, en la bondad, en la compasión, en el bien, en el descentramiento, no podrá germinar el don del Espíritu, pues nada germinar en tierra baldía.

                La pureza de corazón de la que nos habla San Benito está en la línea de Casiano, que recoge la idea de Evagrio cuando nos habla de apatheia. Necesitamos trabajar con nuestras pasiones. Todo es bueno, pero no todo nos conviene, nos dice San Pablo. Las pasiones son reflejo de esa fuerza que llevamos dentro y que nos hace sentirnos vivos. Pero son también algo que nos hace “padecer” -que es de donde viene su significado-, al mismo tiempo que nos hace gozar. Nos hace padecer en la medida en que son un afecto desordenado, por lo que requieren un duro trabajo para dominarlas sin destruir su origen, ordenarlas sin relegarlas, saber gozar de lo que suponen como camino de vida y no de muerte. Esto no siempre es fácil y bien lo sabemos. Si nuestra oración sólo busca el equilibrio emocional o cualquier otro efecto físico o psicológico, quizá no sea tan importante la pureza de corazón. Pero si nuestra oración es una realidad espiritual, una apertura al Espíritu de Dios, un acto de fe por el que ponemos todo nuestro ser ante la realidad de Dios, dispuestos a ser introducidos en ella de una forma peculiar, entonces es indispensable la pureza de corazón. Una pureza que está más en la línea de la actitud, disponibilidad y empeño sincero que en la del constatable éxito de nuestras acciones. La misma sensación de pecado en aquel que trabaja humildemente en su corazón, puede ser una realidad muy valiosa para una pureza de corazón más auténtica y gratuita.

                De ahí que sea tan importante la otra condición que nos presenta San Benito: las lágrimas de compunción. Difícilmente pueden brotar lágrimas de compunción en quien piensa que ya no tiene por qué derramarlas. Mientras que el que en su trabajo interior constata una y otra vez, y quizá incluso de forma creciente, su precaria realidad ante el amor infinito de Dios que tiene delante, ese tal vive una compunción con lágrimas. No son las lágrimas que provoca el mero sentimiento, aunque el sentimiento pueda manifestarse. Son lágrimas que brotan desde el propio espíritu que nos pone en presencia de Dios. Esto no puede suceder sin un conocimiento de nosotros mismos ante la luz de Aquél en quien nos encontramos. No es un conocimiento teórico, ni fruto de una acertada reflexión. No es un conocimiento psicológico ni un medirnos según norma o mandamiento alguno. Todo eso puede estar ahí, pero no es ese el conocimiento que provoca una compunción verdaderamente espiritual, más allá de todo sentimiento. La compunción que provoca unas lágrimas que no hay que secar con el pañuelo -aunque a veces haya que sacarlo- es la compunción que se suscita al vernos en nuestro mismo ser ante Dios que se nos presenta. El camino hacia nuestro ser pasa por lo que sentimos y conocemos de nosotros, por la experiencia de nuestras acciones, bondades y maldades. Todo eso nos va introduciendo en un primer conocimiento de nosotros mismos, aunque el conocimiento espiritual va más allá, no es discursivo, no es imaginativo, no se sustenta en el sentimiento.

                Vivir en nosotros mismos en verdad, aunque no alcancemos la coherencia absoluta, pero sí estando dispuestos a exponernos a la Verdad, es lo que nos va purificando el corazón pasando por la compunción del mismo que provoca esas lágrimas interiores a las que alude también San Benito, no lágrimas de rabia o amargura, sino lágrimas sanadoras, que no borrarán de todo el dolor de ver de manifiesto lo que no nos gustaría ver en nosotros. Lágrimas sanadoras porque no acusan, sino transforman por el amor.

                En este contexto vale recordar lo que nos decía el papa Francisco hablándonos de la necesidad y la gracia de una confesión frecuente entre los cristianos:

Confesarse es salir al encuentro del amor de Jesús con corazón sincero y con la transparencia de los niños, sin rechazar, sino acogiendo la “gracia de la vergüenza”, que nos hace percibir el perdón de Dios.

Para muchos creyentes adultos confesarse ante el sacerdote es un esfuerzo insostenible – que induce con frecuencia a esquivar el Sacramento – o una pena tal que transforma un momento de verdad en un ejercicio de ficción. San Pablo, en su Carta a los Romanos – dice el Papa – hace exactamente lo contrario: admite públicamente ante la comunidad que en “su carne no habita el bien”. Afirma que es un “esclavo” que no hace el bien que quiere, sino que realiza el mal que no quiere. Esto sucede en la vida de la fe porque “cuando quiero hacer el bien, el mal está junto a mí”: “Y esta es la lucha de los cristianos. Es nuestra lucha de todos los días. Y nosotros no siempre tenemos el coraje de hablar como habla Pablo de esta lucha. Buscamos siempre una vía de justificación: ‘Pero sí, somos todos pecadores’. Lo decimos así, ¿no? Esto lo dice dramáticamente: es nuestra lucha. Y si nosotros no reconocemos esto, jamás podemos tener el perdón de Dios. Porque si ser pecador es una palabra, un modo de decir, una manera de decir, no tenemos necesidad del perdón de Dios. Pero si es una realidad, que nos hace esclavos, tenemos necesidad de esta liberación interior del Señor, de esa fuerza. Pero más importante aquí es que para encontrar el camino de salida, Pablo confiesa a la comunidad su pecado, su tendencia al pecado. No la esconde”.

La confesión de los pecados hecha con humildad es “lo que la Iglesia pide a todos nosotros”, dice el Papa, y citó también la invitación de Santiago: “Confiesen entre ustedes los pecados”. Pero “no para hacer publicidad”, sino “para dar gloria a Dios” y reconocer que “es Él quien me salva”. He aquí porqué para confesarse se va al hermano, “el hermano sacerdote”: es para comportarse como Pablo. Y sobre todo, subrayó, con la misma “concreción”: Algunos dicen: “Ah, yo me confieso con Dios”. Pero es fácil, es como confesarte por e-mail, ¿no? Dios está allá, lejos, yo digo las cosas y no hay un cara a cara, no hay un a cuatro ojos. Pablo confiesa su debilidad a los hermanos cara a cara. Otros: “No, yo voy a confesarme”, pero se confiesan cosas tan etéreas, tan en el aire, que no tienen ninguna concreción. Y eso es lo mismo que no hacerlo. Confesar nuestros pecados no es ir a una sesión de psiquiatría, ni siquiera ir a una sala de tortura: es decir al Señor: “Señor soy pecador”, pero decirlo a través del hermano, para que este decir sea también concreto. “Y soy pecador por esto, por esto y por esto”.

Concreción, honradez y también – decía el Papa Francisco – una sincera capacidad de avergonzarse de las propias equivocaciones: no hay sendas en sombra alternativas al camino que lleva al perdón de Dios, a percibir en lo profundo del corazón tu pecado y su amor. Y en este punto debemos imitar a los niños: “Los pequeños tienen esa sabiduría: cuando un niño viene a confesarse, jamás dice una cosa general. “Pero, padre he hecho esto y he hecho esto a mi tía, al otro le he dicho esta palabra” y dicen la palabra. Son concretos, ¡eh! Tienen esa sencillez de la verdad. Y nosotros tenemos siempre la tendencia a esconder la realidad de nuestras miserias. Pero hay una cosa bella: cuando nosotros confesamos nuestros pecados como son ante la presencia de Dios, siempre sentimos esa gracia de la vergüenza. Avergonzarse ante Dios es una gracia. Es una gracia: “Yo me avergüenzo”. Pensemos en Pedro, cuando, después del milagro de Jesús en el lago dice: “Pero, Señor, aléjate de mí, yo soy pecador”. Se avergüenza de su pecado ante la santidad de Jesucristo”.

                Sin duda que el papa Francisco entiende muy bien lo que nos dice San Benito y a lo que nos invita toda la tradición monástica.

 

                Finalmente, la RB nos dice que la oración debe ser breve y pura. No sólo breve, sino breve y pura. Nos dice: De ahí que la oración deba ser breve y pura, a no ser que se prolongue gracias a una inspiración de la gracia de Dios. Pero la oración en comunidad abréviese en todo caso, y, cuando el superior haga la señal, levántense todos a un tiempo. El concepto de la brevedad es tan relativo como el tiempo. Una película apasionante que dure 45 minutos nos deja con ganas de más. Un sermón aburrido después de comer nos hace mirar el reloj a los cinco minutos. Dios está más allá del tiempo, en un eterno presente. El tiempo no va con él, sino con nosotros. El no necesita que nos pongamos mucho tiempo en su presencia para darnos la iluminación de su gracia. Tampoco nosotros necesitamos mucho tiempo para recibirla, pues es un instante. Sí necesitamos tiempo y práctica para lograr otras cosas de tipo psicológico, pero no su gracia. Por otro lado, la brevedad la podemos controlar fácilmente con el reloj, pero no así la pureza que se nos pide. Quien vive en Dios, goza de alguna forma de sus peculiaridades. Para él, su oración será siempre tan breve como el tiempo de Dios. Es tan breve un año como un minuto, como tan imperceptible es la diferencia entre la distancia que va del mar al sol o de la punta del Everest al sol. Comunitariamente, es verdad, hay que poner un tiempo, que se nos dice no sea muy prolongado, como no lo suele ser en la vida monástica, pero su vivencia personal es tan libre como la moción del Espíritu en cada uno de nosotros. Quien funciona sólo movido por el reloj, como quien funciona movido por la observancia, difícilmente se acercará a lo esencial.