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Viernes, 20 Febrero 2015 10:43

Capítulo 20 (1)

LA REVERENCIA EN LA ORACIÓN

(RB 20-01)

                De Dios podemos decir muchas cosas, pero siempre nos quedaremos cortos y ni siquiera sabremos hasta qué punto tiene sentido lo que decimos de él; nunca alcanzaremos a comprenderlo plenamente ni a definirlo. Sólo podemos hablar de él analógicamente. Por otro lado, nosotros sólo tenemos una boca, un entendimiento y un corazón cuando nos dirigimos a Dios y cuando nos dirigimos a los hombres. Por eso debe haber alguna analogía en nuestra forma de relacionarnos con Dios y con los hombres. Si cuando queremos pedir algo a los hombres poderosos no nos atrevemos a hacerlo sino con humildad y respeto, con cuánta mayor razón deberemos presentar nuestra súplica al Señor, Dios de todos los seres, con verdadera humildad y con el más puro abandono, nos recuerda San Benito en el capítulo 20 de su Regla, aludiendo de alguna forma a esa analogía.

                La humildad en la oración es tener el valor de presentarnos ante Dios con todo lo que somos, en nuestra verdad, sin pretender engañarnos ni esconder nada: “esto es lo que hay, esto es lo que soy, con todo esto me presento ante ti, en humilde confianza”. No es fácil presentarnos con nuestra verdad, pues sentimos con frecuencia un rechazo íntimo a ella o un temor injustificado. Cuando no nos gustamos porque sabemos que eso “feo” que tenemos no gusta a los demás, cuando tememos, porque sabemos que eso “feo” que tenemos suscita la reprensión de los otros, no es fácil que nos abramos a nuestra verdad. La oración, sin embargo, es una invitación a ir con toda nuestra verdad y ponerla delante de la luz de Dios que nos permitirá vernos con más claridad y con más caridad.

                Es tan importante mostrar humildemente nuestra verdad en la oración, que sólo así estaremos en el camino de una auténtica experiencia de Dios. No será una experiencia meramente psicológica o sentimental, sino algo que se realiza desde lo profundo de nuestro ser, desde lo que somos, desde el vacío que reconocemos en presencia de la luz y el amor de Dios. Ni siquiera hay que buscar el ser limpiado, ni el ser iluminado, basta con “exponerse”, pues la luz siempre ilumina a lo que se la expone, sin necesidad de pretenderlo. Dejémosle a él la iniciativa, pues conoce nuestra necesidad, sin acudir a él con ningún interés más que el de mostrar lo que somos, él sabrá hacer el resto.

                Cuando nos ponemos ante Dios desde nuestra mentira, es que no nos exponemos, por lo que difícilmente podremos recibir su luz. Es como si tuviéramos mucho frío y viendo una fogata nos acercásemos a ella, pero antes de sentir su calor arrimáramos una fotografía nuestra retocada o embellecida para que fuese ella la que estuviese junto al fuego. Quizá nos gozaríamos de su hermosura a la luz de la llama, pero no nos veríamos a nosotros mismos ni sentiríamos el calor que nos iba a dar vida. Acercarnos a Dios desde nuestra mentira o buscando simplemente consuelo, no nos vale de casi nada y nos terminaremos alejando cuando la sequedad se apodere de nosotros. Presentar ante Dios nuestra cara bonita, nuestros logros, nuestros sentimientos agradables, nos hace vivir en la falsedad y nos impulsa a buscar todo eso, con la frustración que le acompaña el no lograrlo.

Ante Dios debemos poner nuestra parte luminosa y nuestra parte oscura. Y la oscuridad no sólo son los pecados, sino esa actitud engañosa y manipuladora para con los hombres y para con Dios, que nos hace vivir en la mentira incluso espiritual, pensando que buscamos a Dios cuando sólo buscamos nuestro gusto, nuestro equilibrio, nuestro beneficio. Buscar a Dios sin pretender dominarlo supone estar dispuestos a estar frente a él como si estuviésemos frente a una pared. En caso contrario, nuestras palabras serán una mentira. Pero esto no lo podemos hacer sino lentamente, paso a paso, cuando él ya esté en lo profundo de nosotros sin que nosotros lo veamos. Cierto que siempre ha estado y está, pero no siempre traspasa esos estratos de nuestra realidad humana si antes nosotros no hemos abierto la puerta, dado permiso, dispuestos a que su acción transformadora sea una realidad en nosotros.

                La confianza y relación entre dos personas se puede romper por muchos motivos. Uno de ellos es la mentira. No hace falta que mintamos mucho o poco. Si una persona descubre que aquella a la que ama y con la que comparte todo le está ocultando algo importante de su vida, se quiebra la relación fluida. No es que eso nos vaya a pasar con Dios por lo que a él respecta, pero sí nos puede suceder por nosotros mismos, pues la negación de algo “feo” en nosotros lo oculta de la luz de Dios. La luz de Dios ilumina todo lo que nosotros exponemos ante ella, no lo que ocultamos. Cuanto más humildes seamos, más nos mostraremos y más nos beneficiaremos de la luz de Dios y de su calor vivificante. Esto hace que la misma oración nos abra a un mejor conocimiento de nosotros mismo, lo que acrecienta la humildad en un corazón predispuesto y fomenta una mayor luz. Nada hay que hacer, nada hay que procurar, simplemente exponernos en nuestra verdad, lo que no es nada fácil, sabiéndonos acogidos y amados. Entonces descubrimos que ese no hacer es transformante al estar abierto al dejarse hacer dentro de nosotros. Y con ello no sólo nos vamos conociendo mejor, sino que el mismo Dios se nos va haciendo más clarividente por su acción en nosotros. Conocimiento que va más allá de lo comprensible, expresable o sensible. Simplemente está y se conoce su presencia. Y si esa presencia se sigue reconociendo aún en la sequedad más incómoda e insensible, entonces se nos revela como más auténtica.

                San Benito nos pide que nuestra oración sea humilde desde la verdad, y también que no sea con muchas palabras. Esto apunta al mandato de Jesús, que además nos invita a entrar en nuestro aposento íntimo y cerrar la puerta. Todo es un lenguaje esponsal en cuanto que expresa la mayor unidad que se puede tener entre dos personas en libertad e igualdad. Es por lo que Jesús, cuando nos habla de ello, habla de entrar en lo secreto (“Tamieión” = nuestro almacén o tesoro, dice el diccionario, aunque alguno lo interpreta como la cámara nupcial, no simple habitación: cuando ores entra en tu habitación más íntima y cierra la puerta con cerrojos y llaves y ora allí a tu Padre). Dios está ahí y ve en lo escondido. Y allí donde Dios mora nosotros alcanzamos nuestro verdadero yo, pudiendo estar pacíficamente con nosotros y en nosotros mismos.

 

                La actitud respetuosa y reverente en la oración supone una actitud de fe cuando estamos salmodiando. Fe en que nos estamos dirigiendo a alguien muy especial que nos reclama una actitud humilde de abandono confiado, sin condiciones, sabiendo que somos escuchados. Por nuestros labios se expresa toda la humanidad y lo hace con los afectos y sentimientos más variados. Los salmos expresan el amor humano, el temor, el respeto, el agradecimiento, el reconocimiento, la alabanza, etc.