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Viernes, 20 Febrero 2015 10:42

Capítulo 19 (3)

NUESTRA ACTITUD EN LA ORACIÓN (SALMODIA)

(RB 19-03)

                Ya hemos visto cómo este capítulo de la Regla comienza diciéndonos: Creemos que Dios está presente en todas partes. Creemos. La mayor parte de las cosas en la vida las aceptamos porque simplemente las creemos, sin haber podido comprobarlas ni tener siquiera intención de ello. Las creemos porque lo aceptamos de otros que son dignos de crédito para nosotros. Aprendemos de nuestros padres, de nuestros maestros, etc., creyendo lo que nos dicen. Las verdades cristianas más fundamentales las creemos y acogemos simplemente, pues no son científicamente demostrables, aunque procuremos actualizar el lenguaje y escudriñar su significado. Los apóstoles vieron a Jesús resucitado y nos lo anunciaron hasta dar su vida, siendo dignos de confianza para los creyentes que acogieron su mensaje, como acogemos las palabras de Jesús cuando nos habla de realidades que nos sobrepasan, como su relación con el Padre, y ello porque le consideramos digno de fe. Esa transmisión es lo que llamamos Tradición, con mayúscula, una verdad que se “dice” o transmite de boca en boca. Y toda creencia firme, acogida y hecha propia, tiene sus consecuencias en la vida. Los ideales o los valores tienen tal fuerza, cuando son acogidos y asumidos, que marcan nuestro actuar. Creer que Dios está presente en todas partes, que su presencia lo invade todo, que no hay nada ajeno a Dios, no puede por menos que condicionar nuestra actitud ante la vida y los acontecimientos. Lo mismo sucede cuando no creemos nada de eso.

                Esa creencia nos permite mantener una relación con Dios peculiar sabiéndonos en su presencia. Todo adquiere un especial valor y nuestra respuesta también. Ya no hay nada “pequeño” o exento de importancia. Cualquier acto nuestro es fiel reflejo de una realidad más profunda y amplia que lo provoca. La cantidad deja la preferencia a la cualidad. Nuestras acciones dejan la primacía a nuestro ser profundo que se expresa en ellas. Y, al mismo tiempo, nuestra respuesta deja de ser neutra ni finaliza en el objeto, situación o persona que tengo delante, para tener una perspectiva más amplia y superior, más profunda y universal, como lo es la presencia de Dios que todo lo abarca y unifica. Si es cierto el dicho que somos lo que comemos, también podemos decir que vamos siendo lo que creemos, buscamos y hacemos.

                El monje debiera estar todo él orientado a Dios. Nuestra vida se desarrolla en su presencia, lo mismo que sucede, aún con más motivo, con nuestra oración. Aquí es donde encuentra su sentido el temor al que nos invita San Benito en la oración. Bien sabemos que no se trata de un temor servil, sino de un temor de Dios reverencial, no asustadizo; temor de ofender lo sagrado, como tememos ensuciar o dañar lo delicado u ofender a lo importante. El temor de Dios en la oración indica sabiduría, que sabe, saborea y valora lo que está celebrando. Todos nos comportamos más dignamente en presencia de alguien importante, y de forma más cuidadosa cuando estamos en medio de cosas delicadas. Nuestro actuar en la oración refleja nuestra percepción de la dignidad de Dios. Habrá quien tenga una visión de Dios muy lejana y triunfal, llegando a una reverencia casi temerosa. Habrá quien tenga una visión de Dios tan horizontal que no le importe comportarse como un colega. Pero todos sabemos que aún con los amigos y en el mismo matrimonio, hay que saber guardar los modales y mostrar el respeto, que no desaparece cuando el amor es verdadero. Cuánto más cuando estamos en la oración y, además, por respeto a la comunidad con la que oramos. Respeto interior, en la atención de la mente a lo que decimos, respeto en las formas exteriores que adoptamos.

                San Benito se apoya para avalar esto en la expresión sálmica: Servid al Señor con temor (Sal 2, 11). Nos dice: Por tanto, recordemos siempre lo que dice el profeta: “Servid al Señor con temor”; y también: “Cantadle salmos sabiamente”; y: “En presencia de los ángeles te cantaré salmos”. Así, pues, consideremos cómo conviene estar en presencia de la divinidad y de sus ángeles, y mantengámonos de tal manera en la salmodia que nuestra mente concuerde con nuestra voz. Ese temor de estremecimiento y fascinación ante lo que nos supera y que tenemos delante, refleja la creencia de que estamos en presencia de Dios. Rudolf Otto nos decía que eran precisamente la fascinación y el estremecimiento (lo tremendo) las experiencias fundamentales que todos tenemos frente a la realidad de Dios.

                Vemos cómo la Regla alude también a otros dos textos de los salmos para mostrarnos cómo debe ser nuestra actitud en la oración litúrgica. En primer lugar nos dice: Cantad a Dios salmos sabiamente, que como ya sabemos y he indicado antes, alude a saborear lo que cantamos, a hacerlo “con gusto” –como traducen algunos-, saborear el sentido de lo que pronunciamos, dejándonos impregnar por la palabra y la oración que nos aportan el gusto de Dios y nos van impregnando la mente y el corazón.

                La tercera cita del salterio alude al convencimiento que la oración litúrgica desborda los límites de cada uno de nosotros y del mismo oratorio en el que nos encontramos. Que la liturgia tiene una expresión eclesial, universal e, incluso, más allá de lo temporal, en comunión con los santos, unidos a la alabanza divina eternamente presente en la realidad de Dios y su diálogo de amor con todas sus criaturas. Se nos recuerda que la liturgia no es un ejercicio personal de interiorización ni es un simple acto de devoción, sino que se trata de otra cosa expresamente más universal y más en comunión, si bien todo acto de interiorización y devoción también lo implique en cierta medida. El lenguaje simbólico para expresar eso es decirnos que nuestra oración se une a la alabanza de los ángeles: En presencia de los ángeles te alabaré.

                San Benito concluye este capítulo con una expresión incisiva cargada de significado: Mantengámonos de tal manera en la salmodia que nuestra mente concuerde con nuestra voz. La enseñanza es clara. Comprendemos su valor, pero también experimentamos su dificultad. Sin embargo, no se nos está diciendo nada nuevo. Desde antiguo se ha enseñado: age quod agis, haz lo que estás haciendo en cada momento. El esforzarnos durante la salmodia para que nuestra mente concuerde con nuestros labios es un trabajo contemplativo que nos favorecerá el resto del día a estar en lo que estamos haciendo, a vivir siempre en una presencia, sin alejarnos de nosotros mismos con la mente, porque nunca solemos estar allí donde estamos. Y, del mismo modo, el trabajar durante el día para estar donde estamos, favorecerá mucho estar verdaderamente presentes en la oración y no sólo de forma presencial.

 

                Bien sabemos que el término mens no se refiere sólo a la inteligencia, sino también al corazón. No se trata pues de estar completamente atentos a todas y cada una de las palabras, algo prácticamente imposible. Se trata más bien de una actitud atenta del corazón, sabiendo lo que estamos haciendo, saboreando lo que estamos recibiendo y sabiéndonos en presencia de Dios. Es el fondo de nuestra alma la que se abre a Dios para un diálogo en el que recibimos y damos, en el que escuchamos y respondemos, en el que se nos dan unas palabras con las que nos expresamos. La palabra divina resuena entonces dentro de nosotros de la forma más plena, haciéndose eco y vida, voz de Dios donde le reconocemos y nos reconocemos. San Agustín tiene una bonita expresión que revela la “sintonía” que hemos de tener con el salmo cuando lo recitamos: “Si ora el salmo, orad; si gime, gemid; si se alegra, alegraos; si espera, esperad, y, si teme, temed” (Enarrat. in Ps. 30 II 3 -1-). Todo un camino de transformación sencilla y continua, pero muy práctico.