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Viernes, 20 Febrero 2015 10:40

Capítulo 19 (1)

NUESTRA ACTITUD EN LA ORACIÓN (SALMODIA)

(RB 19-01)

                Creemos que Dios está presente en todas partes y que “los ojos del Señor en todo lugar miran a buenos y malos”; pero esto debemos creerlo sobre todo, sin la menor vacilación, cuando estamos en el oficio divino. Así se expresa San Benito en su Regla. Sin duda que esto nos recuerda al primer grado de humildad por el que se inicia el camino de conversión, cuando se nos invita a vivir y sabernos siempre en “presencia de”: Así, pues, el primer grado de humildad consiste en mantener siempre ante los ojos el temor de Dios… Piense el hombre que Dios le está mirando siempre, a todas horas, desde el cielo, y que en todo lugar sus acciones están presentes a la mirada de la divinidad” (RB 7, 10. 13).

                Sabernos o no sabernos en presencia de alguien condiciona nuestro actuar y nos hace tomar conciencia de lo que hacemos. Sabernos en presencia de Dios, es algo que no sólo nos ayuda a vivir en la verdad y salir de nuestro pequeño ego, sino que es el mayor estímulo que nos debe mantener atentos en la oración, haciendo de ella algo vivo y no meramente mecánico, algo con alma y no sólo con sonoridad, algo que implica nuestra mente y nuestro corazón y no sólo nuestra boca. Más allá de lo que sintamos. Más allá de la fluidez o atonía de nuestros pensamientos. Lo importante es adentrarnos silenciosamente en nuestro propio centro sabiéndonos en presencia de Dios. Aunque nada sintamos, aunque nada se nos ocurra, nuestro espíritu conoce el Espíritu de Dios y nos va modelando interiormente sin que veamos unos resultados inmediatos, como el agricultor que saliendo todos los días al campo no aprecia el crecimiento de las espigas. De ahí la importancia de “estar” en su presencia y sabernos en su presencia. ¡Por supuesto que siempre estamos en su presencia!, pues Dios lo abarca todo, pero hay formas distintas de estar. Los que se aman buscan estar realmente en la presencia del otro, no conformándose con el recuerdo. Y para ello no sólo tenemos que estar con la mente, sino también con el cuerpo, con nuestro tiempo, con nuestro dejar de hacer para dejarnos hacer. Es lo que Jesús nos pide en el sermón de la montaña: cuando ores prepárate un lugar y un tiempo, entra en tu cuarto, en lo más profundo de ti mismo, y cierra las puertas de tus muchos quehaceres y de tus sentidos, pues Dios está en lo secreto y ahí nos enseña e ilumina el camino.

                San Benito desea que vivamos siempre en la creencia de esa presencia de Dios, pero de forma especial en la oración. Una oración personal que él une estrechamente con la oración sálmica. No hay compartimentos, sino unidad. En el monacato antiguo se entremezclaba más la oración coral y la silenciosa, dejando tiempos de silencio después de lecturas y salmos para poder interiorizar lo leído. Creer no es ver. A veces nos resulta difícil creer que Dios pueda estar presente en ciertas situaciones de la vida, o personales, o en los relatos bíblicos que se nos proclaman. Quizá porque tenemos una determinada idea de Dios preconcebida o muy condicionada por nuestra experiencia vital o nuestros prejuicios, que nos dificulta abrirnos con actitud de aprendiz que tiene delante un maestro eminente, pero que usa un lenguaje que no siempre me agrada. El espíritu de Dios aletea en todo lo humano para que sea más humano según Dios, no para justificarlo.

                En su obra sobre la vida de Jesús, Martín Descalzo alude hermosamente a esa realidad dando un enfoque nuevo. Jesús nos hablaba del pecado y del “llanto y rechinar de dientes”, no como amenaza para que seamos buenos, sino como aviso de la dificultad del camino y de los riesgos que conlleva. Se trata de ser o no ser, de hacernos y dejarnos hacer más hombres (a imagen de Dios) o de deshumanizarnos en la idolatría de una imagen de sí mismo. A veces ridiculizamos el mensaje por la sencilla razón de que lo entendemos de manera muy personal, muy condicionada, pero el mensaje no pierde su valor por ello, y sus consecuencias siguen estando ahí.

                Dios está presente en toda nuestra vida, como contemplando todos nuestros actos. Pero no se trata de un vigilante o curiosón “Gran Hermano”, sino de la presencia propia del que ama, para el que la presencia y el recuerdo del amado siempre lo acompañan. Dios está ahí y nosotros somos invitados a tomar conciencia de ello y aceptar también estar ahí. Esa fe en la presencia de Dios en la oración es algo que debiéramos prolongar a lo largo del día con la memoria Dei, el recuerdo de Dios tan propio de la vida monástica. Quien vive en esa presencia alcanza a dar sentido a toda su existencia, al mismo tiempo que encuentra fuerzas para afrontar las mayores dificultades, e incluso las injusticias, acogiendo pacíficamente todo lo que se le presenta, disfrutando de lo bueno sin apegarse a ello y sobrellevando con paciencia lo molesto sin desesperarse por ello. A fin de cuentas lo verdaderamente importante es esa “presencia” que da sentido a todo. Las cosas, los acontecimientos, nuestros éxitos y fracasos, nuestros placeres o dolores siempre serán algo añadido, algo que nos rodea pero que no somos nosotros, por muy cercano que esté a nosotros. Todo eso termina desapareciendo. Lo que perdura, lo que no muere, lo que verdaderamente nos sostiene, es lo que se debate en lo más profundo de nuestro interior, y eso tiene mucho que ver con la presencia en la que vivamos, que es como decir con la relación en la que nos encontremos dentro de nosotros. Es una forma de vivir lo más esencial del hombre y de Dios: el amor, eso que nunca muere porque es de naturaleza espiritual. Quien no ama carece de otra presencia más allá de su propio yo al que adora, que termina siendo aburrido, monocorde, obsesivo, reivindicativo y un verdadero tirano que nos aísla, nos encierra en nosotros mismos, llegando a envolvernos en la tristeza del egoísta, que por no querer entregar su vida muriendo a sí mismo, se va dejando morir malamente.

 

                Estoy convencido que si vivimos en la presencia de Dios, si trabajamos porque sea una realidad en nuestras vidas, podremos ofrecer algo muy valioso a los hombres de hoy, algo que intuirán como una riqueza para sus propias vidas, pues nuestra cultura se caracteriza en buena parte por su fragmentación y necesita modelos de unidad y caminos que ayuden a encontrar el propio centro que todo lo armoniza y sostiene en los vaivenes de la vida. Vivir en Dios y desde Dios, en esa presencia y relación existencial, capacita a la persona para una relación con los demás, con el mundo y consigo mismo más positiva y enriquecedora.