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Viernes, 20 Febrero 2015 10:31

Capítulos IX-X

CUANTOS SALMOS SE HAN DE DECIR POR LA NOCHE

(RB 9-10) 21.07.13

                La estructura de vigilias durante las noches de invierno es, según la RB, la siguiente:

-          3 veces la exclamación: Señor ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza

-          Salmo 94

-          Himno ambrosiano

-          6 salmos

-          Versículo

-          Bendición del abad

-          3 lecturas desde el atril con sus responsorios (Biblia y comentario de los Padres); concluyendo con el gloria Patri de pie en honor de la Trinidad

-          6 salmos con aleluya

-          Lectura del Apóstol (de memoria)

-          Versículo y Kyrie eleison

Todo comienza con una súplica a Dios: “Señor, ábreme los labios”, súplica insistente que se ha de decir tres veces, como aludiendo a las tres personas divinas. En medio de la noche pedimos al Señor que nos abra los labios. ¿Tan torpes somos que no lo sabemos hacer? Ya lo creo que sí, pero la Regla añade una motivación. No sólo se trata de abrir los labios, sino de abrirlos para que “mi boca proclame tu alabanza”. De nuestros labios puede salir la vida y la muerte. Con una misma lengua murmuramos de los hermanos  y alabamos a Dios. ¿Cómo es posible, se pregunta el apóstol Santiago, que con una misma lengua bendigamos a Dios y con ella maldigamos a los hombres, hechos a semejanza de Dios, saliendo de una misma boca bendiciones y maldiciones (cf. St 3, 9-10)? ¿Es posible que de un mismo caño salga agua dulce y salada? Pues parece que nosotros sí somos capaces de hacerlo, según la compuerta que abramos en nuestro interior: la del Espíritu de Dios que habita en nosotros o la del egocentrismo del pecado que nos quiere someter.

Toda obra buena y toda bendición vienen de Dios. Él es el que sabe bendecir porque sabe ver la bondad de todo lo que ha creado: “Y vio Dios que todo era muy bueno”. Y nosotros participamos de ello en la alabanza. Toda alabanza es un reconocimiento gratuito de la bondad de Dios. Sólo movidos por el Espíritu de Dios podemos proclamar su alabanza. La oración brota en nosotros como un don de Dios, pero, al mismo tiempo, nuestra oración va a depender mucho del lugar que damos a Dios en nuestras vidas. Al ser algo que brota del corazón, expresará lo que hay en el corazón. La atracción que sintamos de Dios, nuestra vida de fe y esperanza, serán determinantes a la hora de orar. A cada uno se le da el espíritu en la medida de su capacidad.

¿Y dónde se muestra esa bondad de Dios? La Regla viene a respondernos cuando pide se lea inmediatamente después el salmo 3. Este salmo habla del justo perseguido, relata los poderes oscuros y ocultos que nos acechan y que están simbolizados en la noche: “Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí”. Esa noche en la cual “me acuesto, me duermo y me despierto sano y salvo porque es el Señor quien me sostiene”. En la noche no vemos y el sueño nos hace vulnerables. Necesitamos la ayuda de Dios. La noche nos hace tomar conciencia de nuestra impotencia. Nuestra oración se eleva por nosotros, pero también quiere ser el grito de toda la humanidad y de todas las personas que experimentan el poder de las tinieblas. Un grito confiado hacia Dios que, por ello mismo, se transforma en alabanza. Ese es el motivo de la alabanza con que empezamos el día y para la cual pedimos nos abra los labios. Unos labios que dejan abierta la compuerta del Espíritu que habita en nosotros para que salga en forma de aliento de vida y alabanza.

Dicho esto, se comienzan las vigilias con el salmo 94, que nosotros llamamos “invitatorio”, pues es una invitación en toda regla a la oración: “Venid, aclamemos al Señor”. “Venid”. Esa expresión tiene sentido cuando llamamos a alguien para convocarle a una reunión. ¿Pero qué sentido puede tener decirlo en mitad de la noche, cuando sabemos que ya nadie más va a venir a las vigilias que estamos cantando? Ya os decía días atrás que lo peculiar de la liturgia es su dimensión universal, cultivar esa unión que nos religa a Dios (religión), que no sólo nos afecta a nosotros sino a toda la creación, a quien ponemos voz con nuestros labios. Efectivamente, después de pedirle a Dios que nos abra los labios del espíritu para proclamar la alabanza que le debemos por su acción protectora en medio de nuestra noche, ahora invitamos a toda la creación a que venga a aclamar al Señor.

Empezando así las vigilias, se les quiere dar un tono festivo, con el gozo propio de cualquier alabanza, alternando la antífona con los versículos del salmo, y seguidos de un himno atribuido a San Ambrosio.

Después, como ya dijimos, se cantan 12 salmos divididos en dos grupos, siguiendo la tradición de los monjes egipcios que nos trae Casiano adornada con la aparición de un ángel. Al primer grupo de seis salmos y la bendición del abad, los hermanos se sientan para escuchar las lecturas, lo que da a entender que hasta entonces estaban de pie, por lo que se agradece sobremanera los buenos oficios de las  “misericordias” en los asientos del coro. Todos sentados, algunos monjes que leen bien -no todos sabían leer correctamente- se van acercando al atril para leer por turno las lecturas bíblicas y el comentario de los Padres. Probablemente la extensión de estas lecturas dependería de la duración de la noche. En verano, para acortar el oficio nocturno, se suprimirán las lecturas, quedando reducida a una breve, pero no el número de salmos, pues parecía algo casi sagrado según la tradición.

Las lecturas se concluían con el “gloria Patri” solemne. Los monjes se ponían de pie después de haber estado un buen rato sentados. San Benito insiste en esta solemnidad quizá de forma intencionada. Pensemos que en esa época la presencia del arrianismo era clara. El arrianismo niega la trinidad divina, pues niega la misma divinidad de Cristo. El tema teológico era muy importante. Hoy quizá nos cuesta tomar conciencia de ello, pues la posmodernidad vive un poco en lo “práctico”, en el momento presente, en el sentimiento, en la tendencia al sincretismo, etc. Pero antiguamente no daba lo mismo creer una cosa que otra, tener una imagen de Dios que otra. Los mismos monjes cuidaban esto. También vemos cómo San Benito modifica en parte el texto de la RM cuando en el concilio de Orange se condena el semipelagianismo. Dios es trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto no se podía negar. Levantarse al “gloria” es solemnizar la fe que proclamamos y adoramos.

Si nos fijamos, vemos que en verano San Benito acorta las lecturas y no le quita el tiempo sólo al sueño. Es interesante ver en ello el equilibrio que siempre manifiesta el patriarca, no sacralizando una oración litúrgica en detrimento de la armonía del horario monástico. La vida monástica está llamada a vivir la realidad humana armónicamente, sin estridencias innecesarias, con seriedad y con los pies en la tierra, conociendo nuestras necesidades y teniendo una visión del hombre y de la creación capaz de trascenderse sin dejar de ser ella misma.