Este sitio usa cookies y tecnologías similares. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Acepto

Teléfono: +34 975 327 002 :: Email: huerta@planalfa.es

Viernes, 20 Febrero 2015 10:28

Capítulo VIII-3

EL OFICIO DIVINO POR LA NOCHE

(RB 8-03) 14.07.13

                El código litúrgico lo empieza San Benito con el oficio nocturno. Ésta era una práctica muy generalizada en la Iglesia primitiva, pasar parte de la noche en vela como expresión de espera al Esposo que ha marchado y se le espera en su retorno. De forma muy especial resalta la vigilia dominical, cuya expresión más eminente es la vigilia pascual. A esta vigilia se le fueron uniendo otras, especialmente en las fiestas de los mártires locales y la navidad, que guarda cierto paralelismo con la pascua.

                Los monjes no se conformaban con vigilias ocasionales, sino que era una costumbre muy arraigada desde los inicios pasar parte de la noche en oración. No era una simple práctica ascética, aunque resultase exigente, sino expresión simbólica de lo que vivían, de su mismo género de vida, todo él dedicado a la oración y escucha de la palabra de Dios, cuyo momento más propicio es precisamente el silencio de la noche. La práctica de la vigilia dominical era, además, celebraba con especial solemnidad, incluso entre los que vivían en colonias de anacoretas, juntándose para la sinaxis dominical, que comenzaba el sábado por la tarde y duraba hasta el domingo.

                Esta tradición de las vigilias nocturnas se ha mantenido inalterable a lo largo de toda la historia en la tradición monástica, a pesar de los cambios habidos a lo largo del tiempo o la diversidad de lugares, si bien ha sido matizado en aquellas comunidades que se han orientado a una mayor actividad apostólica o social. Es curioso constatar cómo entre nuestros monasterios, a pesar de todos los cambios litúrgicos y el sinsentido para mucha gente de levantarse tan pronto, es una práctica que se ha mantenido pacíficamente y con aprecio, pues esas horas de la noche -cuando se ha descansado debidamente- son muy propicias para la oración y la lectura.

                Se nos dice que algunos de los primeros anacoretas se pasaban toda la noche en oración. Otros hacían igual que hoy siguen haciendo los cartujos: partir el sueño. En la tradición benedictina esto nunca se ha hecho, sino que la RB se contenta con que los monjes se levanten antes del amanecer, reservando la última parte de la noche para esa vigilia expectante, lo que parece una práctica más coherente de espera que no dedicar la primera parte de la noche. Dice la Regla: Durante el invierno, esto es, desde el primero de noviembre hasta Pascua, se levantarán a la hora octava de la noche, calculada razonablemente, de manera que reposen algo más de la mitad de la noche y se levanten ya descansados. El tiempo que resta después de vigilias, lo emplearán los hermanos que tengan necesidad de ello en el estudio del salterio y de las lecturas. Pero desde Pascua hasta el mencionado primero de noviembre, ha de regularse el horario de modo que a la celebración de las vigilias, tras un cortísimo intervalo en que los hermanos salgan a los naturales menesteres, sigan inmediatamente los laudes, que deben celebrarse al rayar el alba.

                El monje benedictino debe vivir de su trabajo, lo que requiere que el cuerpo esté descansado. Por ello la RB quiere que en invierno se duerman unas siete horas y media seguidas, mientras que en verano, debido a la brevedad de las noches y para no quitar a las vigilias su carácter nocturno, se duerme menos, pero se suple con una buena siesta. La vida de los monjes en tiempo de San Benito está mucho más unida a la creación y al misterio litúrgico. Se vive de una forma más “natural”, unidos al proceso de la naturaleza y uniendo la misma vida a la celebración de la fe. Nuestra sociedad es más práctica y racionalista. En lugar de estar condicionados por la oscuridad de la noche o en lugar de mirar a ver cuándo sale el sol, nos conformamos con dar al interruptor para disipar la oscuridad nocturna y guiarnos por el reloj sin preocuparnos de mirar cuándo amanece o por dónde va el sol en su recorrido. Lo mismo nos sucede respecto a la distribución del año, moviéndonos más por una dimensión práctica que litúrgica (curso escolar, verano para descansar,…). En este sentido conviene observar cómo San Benito divide el tiempo en función de la pascua: Durante el invierno, esto es, desde las calendas de noviembre hasta Pascua, se levantarán,... Pero desde Pascua hasta las calendas de noviembre ha de regularse el horario... (RB 8, 1.4).

                El tiempo después de vigilias es dedicado a la meditatio de los salmos y las lecturas, que la mayoría de los comentaristas interpretan no sólo como la rumia tradicional de la palabra, sino el aprendizaje puro y duro de los salmos y las lecturas que se debían recitar de memoria en el oficio (no había luz eléctrica) y que habían de practicar en voz alta repitiendo una y otra vez. A los que ya se sabían los salmos y las lecturas, les sería aplicada la primera interpretación –rumiar la palabra-, evitando en cualquier caso que los monjes se vayan a la cama después de vigilias. San Benito sigue a Casiano, y éste expresa claramente su rechazo a que los monjes se vuelvan a acostar tras vigilias y las laudes que le seguían. Incluso por ese motivo crea éste el oficio de prima que será eliminado después del Vaticano II: la hora de prima, decía Casiano, “se estableció por primera vez en mi tiempo y en mi monasterio (.....) pues algunos más negligentes prolongaban en demasía el tiempo concedido al sueño. Cosa por otra parte comprensible, pues no se olvide que antes de la hora de tercia ninguna reunión les obligaba a salir de su celda o a levantarse. Como consecuencia inevitable, durante toda la jornada les invadía una especie de sopor que entorpecía su actividad, debido, claro está, al sueño excesivo de la noche precedente” (Inst. III, 4). Vamos, que parece que es tan malo dormir poco como demasiado.

                Está claro que todos dedicamos lo mejor de nuestro tiempo a aquello que más deseamos, valoramos o necesitamos. Una de nuestras mayores necesidades es dormir. Sin beber podemos pasar unos días; sin comer, muchos más; pero sin dormir... Es por ello que el dedicar parte de la noche a la oración, estamos situando a ésta en un lugar muy privilegiado de nuestras vidas y con un esfuerzo notorio, pues además lo hacemos todos los días. Los monjes antiguos eran sabedores de la importancia de ello en la vida espiritual.

                La perseverancia en aquello que comenzamos exige un fuerte empeño, un gran convencimiento y la ayuda de la gracia. Todo camino se suele empezar con ilusión y con fuerza, pareciendo que las cosas no cuestan tanto por la motivación que se tiene. Con el tiempo las piernas empiezan a pesar, los pies parece que se arrastran, siendo el camino el mismo. Al principio la ilusión nos lleva en volandas, ahora somos nosotros los que vamos paso a paso. Pero cuando dejamos que crezca en nosotros el amor y la gracia para ocupar el lugar de la ilusión primera, damos paso a otra ilusión que se fija más en el por qué  y por quién de nuestro caminar, en la meta hacia la que caminamos que en nuestro estado de ánimo, siempre cambiante. Es entonces cuando experimentamos que somos llevados, pero palpando al mismo tiempo con más consciencia el camino que hacemos y el polvo que se nos pega.

                Las vigilias nocturnas es una forma de expresar con la vida la actitud vigilante que deseamos mantener. Es un lenguaje simbólico, cósmico y espiritual que no siempre se comprende, siendo por ello más importante todavía. Por otro lado cabría preguntarse qué es más “natural”: vivir según el ritmo cósmico, según el sol, o según el horario moderno al que estamos sometidos. Ciertamente que mucha gente no podría cambiar su horario aunque quisiera, pues está sujeto a las leyes del trabajo y las relaciones sociales de donde vive. Los monjes, por el contrario, al haberse procurado un hábitat apropiado y vivir de forma autónoma de su trabajo, sí tienen esa posibilidad que puede servir siempre de pequeña vela encendida, referencia de una humanidad más “ecológica”, más en consonancia con la naturaleza que no debiéramos dejar se perdiera.

 

                Ciertamente que el tiempo solar naturales no coinciden exactamente con nuestras necesidades de sueño y de vela. Por ese motivo algunas horas de la noche siempre se pasan despiertos. Ahora bien, ¿qué hacemos con ese tiempo? Aquí hay otra diferencia importante. La jornada se puede alargar por final o por el principio, utilizando las últimas horas del día o levantándose antes, todavía de noche. Según lo que se opte hacer tendrá un resultado diferente. ¿A qué se dedica el tiempo cuando se prolonga la jornada metidos ya en la noche y cuando se adelanta levantándose más pronto? En el primer caso, cansados del día, se suele emplear para ver la televisión, alguna película, o hacer una lectura ligera. Algo muy distinto es madrugar con el cuerpo descansado y la mente despierta para dedicar las primeras horas a la oración. Hacer una cosa u otra tiene sus consecuencias en nosotros. San Benito opta claramente por esta posibilidad, pero a nosotros nos toca también ver por qué optamos personalmente.