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Sábado, 10 Noviembre 2018 16:37

Capítulo 72 (4)

EL BUEN CELO QUE DEBEN TENER LOS MONJES

(RB 72-04)

El tercer consejo de San Benito para vivir el buen celo mutuo es: que se obedezcan a porfía unos a otros. Cuando leemos esto podemos pensar que se trata de algo siempre deseable pero nunca alcanzable, simplemente porque no parece que tengamos mucha voluntad de hacerlo realidad, pero al mismo tiempo constatamos que es una forma de plasmar claramente en nuestras vidas el evangelio de Jesús.

No me voy a detener aquí por haber hablado de ello ampliamente en el capítulo 71. Basta con hacer notar que se da un paso más respecto a él, pues mientras en el capítulo 71 nos hablaba de la obediencia guardando el orden de autoridad o antigüedad, aquí ya no dice nada de eso, como si se tratase de una invitación a competir en el amor y desde el amor más allá de toda precedencia formal.

El cuarto mandato nos dice: Nadie buscará lo que juzgue útil para sí, sino, más bien, para los demás. Este precepto está tomado literalmente de San Pablo (1Cor 10, 24). Es una sentencia con un sabor claramente comunitario, buscando construir la comunidad. Quien vive solo, tiende a pensar únicamente en sí mismo, en su propia perfección. Quien vive con otros pero sólo le importa su relación personal con Dios y él mismo, relativizará esa sentencia, justificando con algún argumento espiritual el no tener que dar su brazo a torcer. Pero no basta con ser buenos, con ser auténticos, con ser libres. Si no tengo amor, de nada me sirve. Y la característica principal del amor es buscar primero el provecho del hermano. Precisamente cuando San Pablo dice eso se refiere a un momento muy delicado para algunos: ¿qué hacer si yo actúo de buena fe pero un hermano se escandaliza de mis actos?, como, por ejemplo, cuando se comía carne ofrecida a los ídolos, que realmente no son nada. San Pablo, tan celoso de su libertad que llegó incluso a arremeter contra las prácticas judías en favor de los gentiles, nos invita a buscar siempre el bien del hermano sin escandalizarlo, incluso a costa de la propia libertad. Y él mismo se pone de ejemplo cuando nos dice: Ya veis cómo procuro yo complacer a todos en todo, no buscando mi conveniencia, sino la de los demás, para que se salven (1Cor 10, 33). La vida comunitaria saca a flote la solidez de nuestras motivaciones, pues la comunidad sabe distinguir entre el que ama de verdad y el que está centrado en sí mismo.

Y cuando en la carta a los Filipenses vuelve a retomar la idea, pone al mismo Cristo como modelo: Que nadie busque sus propios intereses, sino los de los demás. Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios... (Flp 2, 4ss). Y si el Hijo de Dios no retuvo sus propios intereses para buscar los intereses de los hombres, ese debiera ser el camino de sus discípulos.

El vivir en comunidad permite experimentar lo que es el amor, pero nos exige mucho olvido de nosotros mismos. La comunidad es algo que estamos llamados a construir como toda experiencia de amor (matrimonio, amigos). Es algo que “surge”, pero que pronto se apaga si no se alimenta, siendo sustituido por otros amores que igualmente “surgen” con fuerza y atractivo para pasar a apagarse posteriormente por el mismo motivo. El que nos rocemos no tiene mayor importancia, pues eso es inevitable. Lo que verdaderamente importa es que trabajemos en la construcción de la comunidad, ¿cómo? San Pablo nos lo dice antes de concluir con la frase comentada: Si vivimos unidos en el Espíritu, si tenéis un corazón compasivo, dadme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo. No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrario, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos (Flp 2, 1-3).

Estamos llamados a tener los mismos sentimientos, como la primitiva comunidad de Jerusalén, donde todos tenían un sólo corazón y una sola alma. Tener los mismos sentimientos no es tener las mismas cabezas, sino compartir los mismos sentimientos de Cristo, que es lo único que construye la comunión en nuestras comunidades. Algo muy hermoso, pero difícil, porque pasa necesariamente por la muerte a uno mismo, por la humildad, por no dejarse llevar por la vanagloria ni por la rivalidad -aunque a veces surja algún arrebato-, por no considerarnos superiores a nadie, aunque seamos más lúcidos o tengamos más cualidades. Para conseguir la masa con que hacer el pan y el jugo con que hacer vino, debemos triturar el grano de trigo y la uva que somos cada uno de nosotros. Nada de creerse más que los demás. La superioridad evangélica no se basa en nuestras cualidades, por lo que no podemos utilizarlas para imponernos con el pretexto de que así marchará mejor la comunidad. La comunidad es diferente a una empresa. La lucidez y capacidad de los hermanos es importante, pero si faltan los sentimientos de Cristo, la comunidad se viene abajo y nosotros mismos nos colocamos en una pendiente peligrosa por no saber morir a nosotros mismos compartiendo la actitud de Aquél que no se aferró a su condición divina.

Es lo que sucede con la libertad. Estamos llamados a la libertad y hoy somos muy sensibles a ello. Pero ¿qué es la libertad? Bien sabemos que la simple “licencia” para hacer cosas no da la libertad, ni la quita la prohibición. La libertad radica en lo profundo del corazón. Es algo sagrado que nadie puede alterar más que nosotros mismos. Pero así como nadie nos la puede quitar, nadie tampoco nos la puede dar. Es por ello que con la sentencia paulina que recoge San Benito, se pone a prueba la libertad interior, no ante una licencia o prohibición externa, sino ante una licencia o prohibición interna, la del amor.

El amor es algo que se nos ofrece y que damos y construimos. Por eso mismo, el anteponer lo que es útil para el hermano a lo que es útil para mí, supone una profunda libertad interior capaz de poner a raya no sólo la norma externa, sino el instinto interno del egoísmo, pero que al que no esté en ese ámbito del amor le parecerá un sometimiento y pérdida de libertad. Contemplar esto nos puede ayudar a percibir cada vez más lo lejos que estamos de amar según Cristo. ¡Qué fácil es hablar del amor y qué lejos nos podemos encontrar de él! ¿Qué hacemos cuando se nos niega algo, cuando sentimos una contrariedad a causa del hermano, cuando nos estorban nuestros proyectos, cuando alguien hace lo que no nos gusta o se comporta de manera incomprensible para nosotros o defiende unas ideas que nosotros no compartimos? La vida comunitaria en el monasterio nos ofrece multitud de ocasiones para trabajar en esa liberación interior dejando el propio interés y anteponiendo el del hermano. Una práctica silenciosa que en nada tiene que envidiar a la espiritualidad del martirio tan importante en el cristianismo primitivo, espiritualidad de dar la vida por amor.

Es difícil el amor, pero no es imposible. Es difícil la comunión, pero estamos llamados a crearla en la comunidad. Y precisamente porque nos vemos incapaces de conseguirlo, es por lo que queda más de manifiesto de quién es la obra que estamos llevando a cabo.