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Sábado, 18 Agosto 2018 19:47

Capítulo 71 (2)

LA OBEDIENCIA MUTUA

(RB 71-02)

La obediencia es una actitud de escucha, ya lo hemos visto. Escucha primeramente al Maestro interior que nos habla, al Espíritu del Señor que late en cada uno de nosotros y en nuestra misma conciencia. Escucha también a los hermanos y a la humanidad que nos hablan. Escucha, finalmente, a la propia naturaleza, obra salida de las manos de Dios, que igualmente nos habla. Cuando uno deja de escuchar se arriesga a hacer daño sin percatarse siquiera. Nos podemos estar haciendo daño a nosotros mismos, a nuestros semejantes y a la naturaleza. Es importante tener finura incluso con las mismas cosas para no abusar del mundo creado en que vivimos, sabiéndonos privar de algo si fuera necesario por respeto a la creación misma, reflejo de su Creador. Esa es una forma de negarse a sí mismo para obedecer a la naturaleza que nos habla.

Tomar conciencia que formamos un todo con la creación nos lleva a utilizar las cosas con respeto y sobriedad en nuestra vida diaria. El uso racional del agua o de los combustibles y energías –elementos muchas veces contaminantes-, son un ejemplo de ello. El no caer en el consumismo, utilizando las cosas mientras se pueda y aceptando el no ir a la moda o con el último modelo del aparato que sea, y tratar las cosas con cuidado para que duren, son formas de escuchar a la naturaleza. Esa actitud la podemos considerar espiritual cuando brota del amor a la misma naturaleza, viéndola como algo propio y aceptando una cierta sobriedad en su uso, sin contentarnos con una mera visión egoísta que sólo acepta privarse de algo cuando no queda más remedio.

Visto que el espíritu de obediencia nos debe llevar a la escucha en todos los ámbitos, San Benito nos invita a ejercitar aquello que más nos puede costar y que más nos asemeja al Maestro: la obediencia mutua entre los hermanos. Comienza el capítulo 71 de su Regla afirmando: El bien de la obediencia no sólo han de prestarlo todos al abad, sino que también han de obedecerse los hermanos unos a otros, seguros de que por ese camino de la obediencia llegarán a Dios.

Si la Regla se presenta como un camino de iniciación que nos lleva a Dios (cf. RB 73), y el Prólogo comienza diciéndonos: Acoge con gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica, para que por tu obediencia laboriosa retornes a Dios, del que te habías alejado por tu indolente desobediencia, entonces podemos estar seguros que si no trabajamos por vivir la obediencia mutua de una forma gozosa, nunca llegaremos a las “cumbres más altas” a las que se alude al finalizar la Regla.

Como ya hay un capítulo referido a la obediencia en sí misma (RB 5), ahora sólo me fijaré en el aspecto de la obediencia entre los hermanos. La obediencia se presenta aquí como un bien en sí mismo, como algo que hace bien al que la practica más allá de lo que se manda. La virtud de la obediencia no busca en primer lugar la eficacia, lo razonable del mandato o lo acertado del mismo, y ni siquiera se sustenta sólo en la autoridad del que manda. Todo esto resulta a veces difícil de entender si lo vemos únicamente desde la razón, pero tiene sentido visto desde el Espíritu. Lo que nos lleva a obedecer cuando no estamos obligados a ello es una realidad espiritual, algo subjetivo como el amor, un camino espiritual que refleja nuestra vivencia interior y la alimenta a un mismo tiempo. Quien vive la virtud de la obediencia vive desde el amor, ya que obedecer al otro es anteponerle a mí.

La obediencia se presenta como la unión del amor a Dios a quien buscamos y el amor a los hermanos a los que servimos, dejando se antepongan a nosotros. Hay que reconocer que esto cuesta, y más todavía cuando tenemos que ceder voluntariamente en público, pues es una forma de abajamiento a la que nos resistimos. Pero también sabemos que cuando hay vida interior podemos hacerlo, le damos un sentido y al final nos sentimos bien, creando al mismo tiempo en la comunidad un clima de fraternidad y armonía que invita a los demás a hacer lo mismo. Una comunidad que vive en la obediencia mutua en las cosas pequeñas de cada día es una comunidad que se sensibiliza a escuchar el corazón de los hermanos, que se hace más y más comprensiva y acogedora, que irradia sin pretenderlo el amor que busca y que es capaz de dar vida en aquellos que quizá estén muertos. Punzar el corazón de esta manera es más eficaz que golpear las costillas.

La mutua obediencia es fruto de un espíritu evangélico, pero ¿qué sucede si no todos tienen ese espíritu? San Benito desea vivir desde el Espíritu, pero al mismo tiempo quiere salvaguardar el orden en la comunidad, sabiendo que el monasterio es una escuela y no todos están igualmente aventajados, por lo que aprovechándose de esa invitación a la obediencia mutua, algún listillo pudiera imponer siempre sus criterios, produciéndose un cierto caos en la comunidad. Si no hay una cierta jerarquización se produce justo lo contrario que se pretende. Está claro que si a uno le mandan cosas contradictorias dos personas diferentes, al final hace lo que le parece, que no es otra cosa que obedecerse a sí mismo. Por eso la Regla establece una jerarquía.

San Benito concibe la obediencia como un camino y una manifestación de nuestro deseo de Dios. La obediencia es una respuesta libre, amorosa, a la palabra de Dios que nos invita a superarnos y que nos hace mirar con ojos de fe todo lo que nos rodea. Es una manifestación de nuestra dependencia de Dios, estando dispuestos a que se ponga delante de nosotros llevando las riendas de nuestra vida, Él, que se manifiesta en los hermanos y en los acontecimientos.

Si San Benito nos invita a la obediencia mutua respetando un orden, es para evitar situaciones conflictivas. Cuando falta una autoridad reconocida, entonces se termina imponiendo el más fuerte, es ley de vida. El grupo humano que no se elige una autoridad que les lidere, termina sufriendo el autoritarismo del que se encarama a ese puesto vacío. Por eso, después de invitarnos San Benito a la obediencia mutua, nos ayuda a clarificar en caso de conflicto quién es el que debe de obedecer. En primer lugar debe prevalecer el mandato del abad y los prepósitos. En el caso del abad porque se acepta su papel carismático dentro de la comunidad. Y no digo carismático por sus cualidades o atractivo personal, sino por la visión de fe que nos permite ver en él una mediación que Dios regala a la comunidad. En el caso de los prepósitos (priores o decanos), por ser estos una extensión de esa mediación del abad, al ser elegidos por éste para el gobierno de la comunidad. En segundo lugar, los hermanos se han de obedecer teniendo en cuenta el orden de la comunidad, esto es: obedezcan los más jóvenes -monásticamente hablando- a los más ancianos. Nos dice la Regla: Colocando, pues, en primer lugar el mandato del abad o de los prepósitos nombrados por él, al que no permitimos anteponer mandatos particulares, obedezcan en lo demás todos los jóvenes a sus mayores con toda caridad y solicitud. Si se encuentra a alguno reacio, sea castigado.

Esta estructura tan clara busca evitar conflictos innecesarios, pero también se ve embellecida por otros pasajes en los que se invita a una obediencia que brota de la experiencia espiritual y es fruto de la caridad. Sí, los hermanos se han de obedecer con toda caridad y solicitud. Es una invitación a seguir los criterios del Evangelio que nos dice: el que sea primero o desee serlo, sea el servidor de todos y el último de todos. Es decir, hay dos formas de ocupar los primeros puestos: podemos optar por la veteranía o por la ancianidad. Los veteranos logran los primeros puestos por el simple hecho de haber llegado antes y haberse mantenido a la espera de que los que les precedieron marchasen a la casa del Padre dejándoles libres el puesto. Los ancianos, sin embargo, consiguen los primeros puestos aunque sean recién llegados y de pocos años, pues los primeros puestos a los que aspiran no están basados en el medrar ni en la vejez, sino en el ponerse al servicio de todos, buscando esos puestos que nadie quiere y que el Señor espera con paciencia ver quién los ocupa para darles el primer lugar en su Reino. De esta forma, tanto los que ocupan el primer lugar por la veteranía, como los que no, están llamados a buscar los primeros puestos por la obediencia mutua.