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Sábado, 04 Agosto 2018 15:55

Capítulo 70 (2)

NADIE SE ATREVA A PEGAR ARBITRARIAMENTE A OTRO

(RB 70-02)

Para evitar el que alguien se sobrepase en la corrección o lo haga agresivamente y sin que nadie se lo haya encomendado, San Benito quiere que ese tal sea corregido públicamente. Para ello cita una frase de San Pablo a Timoteo: Los que hayan cometido una falta serán reprendidos en presencia de todos, para que teman los demás. Esa cita me sugiere algunas consideraciones.

El ser corregido delante de los demás lo podemos ver como un acto de humillación que duele de forma especial. Por otro lado, el superior puede encontrar en esa cita una excusa para evitar corregir personalmente y hacerlo siempre en presencia de la comunidad, sintiéndose arropado por ella. Pero la experiencia nos dice que las correcciones hechas en público, cuando son generales, sobre “cosas que se hacen mal”, nadie se da por aludido, sino que todos pensamos en otro que se debiera corregir de eso que se dice, nunca en uno mismo.

Por otro lado, la corrección genérica en comunidad por hechos concretos de personas concretas no explicitadas, produce una sensación negativa en la misma comunidad por un doble motivo: los hermanos se sienten molestos por estar recibiendo una reprimenda que consideran le corresponde a alguna persona concreta o pueden terminar creyéndose que hacen todo lo malo que se corrige en público, acrecentando injustamente una imagen negativa de la comunidad. Por ello, para que la corrección en público sobre algo concreto sea eficaz, debería ser muy directa y con la mayor serenidad y caridad posible. Es verdad que eso puede producir un sentimiento de ataque personal que active todos los resortes de defensa en el hermano corregido, que buscará en el baúl de los recuerdos alguna piedra que poder lanzar para defenderse. Pero no veo otra manera, asumiendo que son muy pocos los verdaderos humildes de corazón que aceptan una corrección en público acogiéndola con sencillez de espíritu. El Evangelio es claro cuando dice que se debe corregir delante de la comunidad, pero advierte que antes se haya corregido al hermano en privado, salvo que la falta que se corrija haya sido manifiestamente pública.

El pecado, como las buenas obras, tiene un efecto en la comunidad. Por eso todos somos responsables de nuestros actos ante los hermanos, y ellos nos pueden exigir esa responsabilidad. Esto lo tenemos claro. El problema está en hacerlo con discernimiento y caridad y que el corregido sea suficientemente humilde. Nos dice la Sagrada Escritura: Corregir al necio es tiempo perdido, más afecta un reproche a un hombre inteligente, que cien golpes a un necio (Prov. 17,10). Es decir, que nosotros nos volvemos necios cuando no somos capaces de acoger la corrección con humildad y espíritu de fe. Aunque siempre tengamos alguna justificación con que defendernos, el sabio se aprovecha de lo positivo de la corrección sin echar a perder sus frutos en una defensa estéril que suele dejar mal sabor de boca en todos.

A nivel práctico, no cabe duda que el mandato paulino de corregir en público es muy útil. Se trata de un medio utilizado en cualquier grupo humano para avisar que quien hace lo que no debe recibirá lo que no quiere. Pero nosotros debemos ir más allá, viendo en la corrección algo más que un simple instrumento eficaz para obtener el resultado deseado. La eficacia de la corrección en comunidad debe ir más allá de meter el miedo en el cuerpo a los demás. Las formas de actuar ante la corrección pueden ser muy diversas. Hay quien se rebela con violencia; hay quien pasa al contraataque recordando infinidad de cosas o trayendo a colación que otros son peores y no se les dice nada; hay quien busca defenderse alegando muchas razones que justifican su actuación; hay quien calla porque no sabe qué decir o intenta crear un clima tenso que le pueda hacer pasar por un sufrido mártir; hay quien reconoce su falta y se limita a pedir perdón por la misma, aunque pueda manifestar que su intención había sido otra, pero reconociendo el efecto negativo que ha podido producir en la comunidad. Como vemos son múltiples las maneras como podemos reaccionar según nuestro nivel espiritual o estado de ánimo. Es por lo que en esos momentos aparentemente negativos nuestra actitud puede resultar muy beneficiosa para la comunidad si actuamos positivamente. Sólo en estos casos de respuesta humilde y sensata, la comunidad hace suya la corrección con alegría reconciliando al hermano.

Respecto a la corrección de los niños, dice la Regla: El cuidado de la disciplina y de la vigilancia de los niños, hasta la edad de quince años, es incumbencia de todos; pero también esto debe hacerse con mucha mesura y ponderación. Aunque hoy no hay niños en el monasterio, sí podríamos resaltar en esa frase cómo San Benito pide la corresponsabilidad de todos los hermanos en la tarea educativa. Bien sabemos que la comunidad monástica es como una familia. Los formandos no son llevados a una casa de estudios para darles una formación, sino que se les forma en el mismo monasterio, por lo que mucho de lo que aprenden se lo transmite la misma comunidad por ósmosis. De ahí la grave responsabilidad que todos tenemos en dicha formación vivencial, aunque no se nos permita inmiscuirnos en la labor del maestro de novicios y de los formadores encargados directamente de los novicios.

Por otro lado, vemos que San Benito se preocupaba de la educación de los más jóvenes desde el principio, pues cuando adquirimos buenas costumbres las cosas cuestan menos, pero cuando no las hemos adquirido, todo se nos hace cuesta arriba. Esto se puede aplicar muy bien a las primeras etapas de la formación. Como los que entran en el monasterio no son niños, fácilmente cuestionan las cosas que se les dicen y los modos de actuar -quizá muy distintos a los que estaban acostumbrados-, por lo que buscan les razonen todo. Evidentemente hay que dar razones y suscitar en ellos el deseo de responder, pero siempre habrá un punto en el que se les debe pedir confianza en aquellos que van por delante, sabiendo que si perseveran con entrega generosa en ciertas normas o costumbres, después el camino se les hará más llevadero. Cuando todo lo racionalizamos, podemos estar alimentando un mundo intelectual que no necesariamente se corresponde con la vida. Hay quien tiene las ideas claras pero los hechos no le acompañan. Y, como ya sabemos, cuando actuamos de forma distinta a como pensamos, terminamos pensando de la manera como actuamos. De ahí la importancia de construir una buena praxis que nos ayude en el camino espiritual.

Y concluye el capítulo San Benito con un serio aviso: Al que, sin autorización del abad, se atreve de algún modo con los de más edad o se enardece sin discreción contra los niños, se le someterá al castigo de regla, porque está escrito: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”. La mesura es importante en todo. Cuando nos dejamos llevar por la violencia para extirpar el mal, estamos queriendo apagar fuego con fuego, combatir la pasión del otro con nuestra pasión, defender las cosas de Dios golpeando a la imagen de Dios, que es el hombre.

A nosotros, que nos llamamos discípulos del Señor y consagrados, que debiéramos vivir según el Mandamiento Nuevo de amarnos como Cristo nos amó, hasta dar la vida por los que nos la quitan, a nosotros aún nos tiene que recordar la RB algo previo: que no hagamos a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros mismos. Sin duda ya es un paso, pero aún muy lejos de aquello a lo que están llamados los que buscan a Dios y desean seguir a su Maestro.