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Sábado, 12 Mayo 2018 15:57

Capítulo 68 (1)

SI A UN HERMANO LE MANDAN COSAS IMPOSIBLES

(RB 68-01)

En la vida nos podemos encontrar con situaciones que creemos sinceramente que nos rebasan, y algunos pueden tener escrúpulos ante la tensión de querer obedecer y el verse incapaz de ello.

Nos dice San Benito en este capítulo de la Regla: Si a un hermano se le mandan cosas pesadas o incluso imposibles, acoja con toda docilidad y obediencia la orden del que manda. Pero si ve que el peso de la carga excede totalmente la medida de sus fuerzas, exponga al superior los motivos de su imposibilidad, con paciencia y oportunamente, no con orgullo o resistencia o contradicción. Y si, después de su exposición, el superior sigue pensando de la misma manera y mantiene la orden que dio, sepa el inferior que así le conviene y, movido por la caridad, confiando en el auxilio de Dios, obedezca.

¿Qué sucede cuando a alguien se le manda algo que le resulta penoso o, incluso, lo considera imposible de realizar, esto es, que se ve totalmente incapacitado para ello? La respuesta más sencilla es decir que no lo haga o mire para otro lado. Esa es la lógica de la mayoría. Son múltiples las razones por las que a uno le puede resultar imposible realizar lo que se le pide. San Benito es comprensivo y respeta a la persona, por lo que permite exponer las razones que se tienen, pero invita a que finalmente se dé un paso más, un salto en el vacío de la fe, a actuar no según la lógica de este mundo.

En primer lugar hay que suponer que el abad tiene suficiente juicio como para no mandar cosas imposibles conscientemente. Por otro lado no hay que pensar que sea un tirano antojadizo al que no se le pueda replicar con respeto o sea incapaz de reconsiderar sus decisiones iniciales si intuye que de mantenerlas se puede quebrar la caña hendida.

A este respecto se cuenta de San Pacomio (Segunda Vida 44) que visitando uno de sus monasterios vio a unos monjes adolescentes cómo trepaban a una hermosa higuera de la huerta del monasterio para dar buena cuenta de su fruto. Pensó entonces que la mejor manera de terminar con ese abuso era talando el árbol, por lo que manda llamar al Hno. Jonás, el hortelano, y le encarga cortar la higuera. El Hermano se puso muy triste, pues él había plantado todos los frutales, y le dice a Pacomio que eso no puede ser, pues se cosecha muchísima fruta de ese árbol. Ante esto Pacomio, aceptando el punto de vista del hortelano que quizá no tuvo presente, y queriendo evitar la excesiva tristeza del Hermano, se nos dice que “no quiso insistirle por no mortificarle más de la cuenta”.

Una vez supuesta la ecuanimidad del abad, e incluso en el caso que no la tenga, San Benito resalta el valor de la obediencia en los momentos más difíciles, esto es, cuando parece que hay razones suficientemen­te válidas para no obedecer. El que ha comenzado su Regla con una invitación a vivir en obediencia para seguir a Cristo -obediente hasta la muerte- y así retornar a Dios de quien nos apartamos por la desobediencia, y que termina dicha Regla animando a sus monjes a obedecerse los unos a los otros a porfía, nos presenta la posibilidad de una obediencia especialmente difícil en ciertos momentos.

No podemos olvidar el trasfondo y la importancia que tuvo este tema en la espiritualidad monástica. Todas las fuentes de San Benito hablan de ello en la misma línea. Algunas veces son relatos que hoy nos hacen sonreír o nos escandalizan. Casiano nos propone varios modelos de obediencia como el del monje Juan que riega durante mucho tiempo y fatigosamente un palo seco por obediencia y que termina echando raíces y dando fruto, o cuando se dispone a quitar él sólo una piedra enorme del camino, o cuando el abad Mucio arrojó a su propio hijo al río por mandato del anciano, sin saber que había unos hermanos escondidos para rescatarle, etc. Y lo mismo sucede si leemos los Apotegmas de los Padres del desierto.

Todo esto nos puede parecer un tanto absurdo al no tener el mismo esquema de valores que ellos, como juzgamos y nos escandalizamos ante las actitudes de otras culturas o religiones principalmente porque no comprendemos sus motivaciones. Hoy se ha puesto en el centro la felicidad personal, por lo que se dice valorar la vida humana, y el bienestar personal ocupa un lugar principal. De ahí que toda práctica que pueda incomodar nuestro cuerpo resulte rechazable. Sin embargo, parece que no importa abortar para procurar el bienestar de otros, o aceptar la eutanasia, o someterse a grandes sacrificios para mantener una imagen bonita, o vivir estresados por la competitividad a la que se nos somete.

Nosotros, los cristianos, también nos movemos en ciertas paradojas. Por un lado proclamamos que hay que respetar la vida humana como sumo valor, pues somos imagen de Dios y templo de la Santísima Trinidad, pero, sin embargo, Jesús nos recuerda que no hay nada más grande que el dar la propia vida, esto es, hay algo más valioso que la propia vida. ¿Qué puede ser más valioso que la propia vida?: aquello que nos capacita para desprendernos de esa vida, que no es otra cosa que el amor. Cuando soy capaz de dar el tesoro que tengo, demuestro que hay algo más valioso que ese tesoro, aquello que me permite desprenderme de él. Por eso los modelos para los cristianos no eran los sabios, ni los perfectos, ni los que cuidaban su cuerpo en todos los sentidos, ni siquiera los que no pecaban o vivían en una envidiable ecuanimidad y armonía. Todo eso son valores dignos de admirar, pero los verdaderos modelos eran aquellos que estaban dispuestos a dar su vida, esto es, los mártires. Y los monjes, que se sentían continuadores de la espiritualidad del martirio como entrega de sí mismos a Dios y a los hombres, estaban dispuestos a vivir en una obediencia absurda para los sabios y entendidos. Es en ese contexto donde se pueden comprender los relatos de los monjes antiguos y la obediencia que nos pide San Benito.

Si a un hermano se le mandan cosas pesadas o incluso imposibles, acoja con toda docilidad y obediencia la orden del que manda. Aparte de la razón espiritual que debe motivar nuestras acciones, no está de más analizar por qué reaccionamos de una u otra manera cuando se nos mandan cosas difíciles.

¿Por qué algo nos puede resultar imposible de realizar? Es curioso constatar cómo a algunos parece que todo les cuesta, mientras que otros afrontan todo con determinación. Si eso es así podemos sospechar que buena parte de nuestros miedos son más sicológicos que objetivos. Quizá algo nos puede parecer imposible por vernos faltos de fuerza; quizá sea por temor a no salir airosos y quedar dañada la propia imagen ante los demás; quizá sea por intuir que si hacemos lo que se nos manda nos quedaremos sin poder realizar lo que deseamos; etc. Es bueno reflexionar cómo es nuestra obediencia y las motivaciones que nos mueven, pues ello nos dará mucha luz para ver desde dónde nos movemos y cuáles son nuestros valores más profundos. Es precisamente en los momentos difíciles cuando queda al descubierto lo que somos verdaderamente.