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Sábado, 05 Mayo 2018 15:54

Capítulo 67 (2)

LOS MONJES ENVIADOS DE VIAJE

(RB 67-02)

La comunidad debe orar por los hermanos que salen de viaje antes y durante el mismo, ¿pero qué manda la Regla que se haga al retorno? Los hermanos que regresan de viaje, el mismo día que vuelvan, en todas las horas canónicas, cuando se termina la obra de Dios, postrados en el suelo del oratorio, pidan una oración a todos por las faltas que puedan habérseles escapado durante el viaje, viendo o escuchando alguna cosa mala o alguna conversación ociosa.

Si al partir bastaba con que pidieran la oración de sus hermanos, a la vuelta lo han de hacer postrados en todas las horas del oficio al terminar el mismo. La postración era el modo más corriente de pedir perdón, acompañando con un gesto corporal el sentimiento que expresan nuestros labios. Pero nos podríamos preguntar, ¿y si no cometieron ningún desliz en su ausencia? Sin duda que San Benito recuerda muy bien lo que nos dice la Escritura al recordarnos que hasta el justo yerra siete veces al día. Si el justo cae siete veces al día es prudente pedir siempre perdón y acogerse a la misericordia de Dios. ¿Y por qué no pedir perdón a solas, detrás de una columna como hizo el publicano que resultó justificado? No, hay que pedir perdón ante Dios y ante los hermanos, pues nuestros pecados dañan a la comunidad y su oración nos justifica ante Dios. Quien vive solo, que pida perdón a solas, pero quien forma parte de una comunidad debe saber que sus actos inciden necesariamente en ella, por lo que su arrepentimiento debe ser en el seno de la comunidad. Si caminamos en esta dirección, la vivencia del sacramento de la reconciliación tomará unos matices más ricos en nuestra comunidad, así como la vivencia comunitaria y misericordiosa se acrecentará grandemente. Eso cuesta, por lo que se tiende al intimismo, alegando múltiples razones que a veces no son más que excusas, pues en el fondo sabemos que siempre cuesta el reconocimiento público de nuestro pecado, además que nos compromete delante de los demás. La reconciliación sacramental vivida en su forma minimalista (confesor-penitente) es válida, pero pobre. La reconciliación sacramental vivida en su expresión comunitaria externa es más rica y significativa, tomando conciencia que nuestras faltas dañan a la comunidad, que necesitamos reconciliarnos con ella y que necesitamos que ella interceda por nosotros. Pero dependerá mucho de nosotros que esa expresión pública tenga mayor o menor calado comunitario o se quede en una simple expresión litúrgica.

Una vez que regresan los monjes de viaje, San Benito pide algo que hoy día nos resulta chocante y no damos tanto valor, pero que para la Regla es importante, por lo que manda se castigue si se actúa de otro modo: Nadie se atreverá a contar a otro nada de lo que haya visto u oído fuera del monasterio, porque esto hace muchísimo daño. Si alguno se atreviere a ello, se le someterá al castigo de regla. Igualmente, el que se atreva a salir del recinto del monasterio e ir a cualquier parte o hacer alguna cosa, por pequeña que sea, sin orden del abad.

Sin duda alguna que lo más importante en este mandato de San Benito son las consecuencias: “pues esto hace muchísimo daño”. Parece ser como si nos hablara desde la experiencia. Cuando nos ponemos a teorizar sacamos conclusiones que se pueden alejar bastante de la vida. Cuando nos vemos sometidos por la necesidad de ser aceptados por los demás, nos limitamos a decir lo que dice la mayoría, aquello que no molesta, lo que se adecúa a la mentalidad de cada momento o lugar. Pero cuando amamos en libertad y buscamos vivir en verdad, hablamos desde la experiencia, sin preocuparnos más que el bien de los demás y asumiendo el ser criticados.

Ante el mandato de San Benito ¿qué pensar? Se nos pide una apertura al mundo aún desde nuestra vida de oración y separación del mundo. Después del Concilio Vaticano II la Iglesia entera sintió un empujón a salir fuera y a encarnarse en el mundo, con los pobres y necesitados, abiertos a las angustias y alegrías de nuestro mundo, aceptando los riesgos que ello suponía para quien quiere vivir según los valores del Evangelio y no según los valores del “mundo”.

Hoy se prefieren afrontar las situaciones difíciles o tentadoras que vivir en una súper protección que nos las evite. Nuestra sociedad sigue prefiriendo la libertad frente a las censuras proteccionistas, tanto a nivel religioso como social o político. La libertad aparece como buena, elemento necesario para la propia madurez, que nos permite abrirnos a los demás, aceptando sus diferentes puntos de vista y creando una sociedad más plural, etc. Toda censura que limite nuestra libertad la vemos como un atentado contra nuestra persona. ¿Qué futuro puede tener entonces la prohibición de la RB?

Curiosamente, sin embargo, hay una serie de censuras o limitaciones que la sociedad sí acepta sin hacerse grandes problemas. Pienso por ejemplo en tantas prohibiciones, limitaciones, obligaciones, etc. cuando uno se pone delante de un volante en la carretera. O las que aparecen en el Código de Derecho Civil para regular las relaciones sociales. O en tantísimas normas de protocolo que esta sociedad libre se autoimpone y vigila con gran celo. Y en muchas cosas más no escritas pero sí admitidas socialmente. Es una paradoja, pues tantas obligaciones han de convivir con el cuidado de no hablar de limitaciones de tipo moral, espiritual o religioso. ¿Y esto por qué?, me pregunto yo, máxime cuando en algunas sociedades, o en otros tiempos en nuestra misma sociedad, parecía comúnmente aceptado.

Si aceptamos sin dificultad ciertas limitaciones a nuestra libertad es porque sabemos que contienen un valor implícito que no podemos soslayar. Los demás nos molestan, pero los necesitamos. Quizá nos sintamos más fuertes que otros, pero también sabemos que hay algunos que son más fuertes que yo en ciertos aspectos. Valoramos la dimensión social de nuestra vida y admitimos que nuestra libertad termina cuando comienza la del otro. Pongo unos límites a mi libertad para que el otro ponga unos límites a la suya y me respete a mí. Tenemos tan claro esto que, salvo grupúsculos anarquistas, todos aceptamos unas reglas de juego y unas limitaciones.

Ahora bien, las limitaciones de tipo moral, espiritual o religioso exigen algo previo que permita su admisión. Este tipo de cosas van más allá de las relaciones sociales, requieren una experiencia de fe en la existencia de un Otro con el que me relaciono y con quien mi misma vida se ve condicionada. Sólo si aceptamos la presencia de Dios en nuestras vidas como algo esencial a nosotros, podremos aceptar sin dificultad unos límites y normas que sabemos nos van a ayudar a crecer sin ser meras trabas o incordios en nuestro caminar. Pero en una sociedad plural como la nuestra no siempre se tiene esa experiencia de Dios, o se tiene con matices al seguir un camino espiritual diferente al nuestro. Es por ello que quizá sea bueno no imponer a los otros una serie de normas en las que no creen, como a nosotros no nos gustaría que nos impusieran otras ajenas a nuestras creencias. Hasta ahí de acuerdo. Pero quizá debiéramos reflexionar si no dejamos ingenuamente que se introduzcan en nuestra vida cristiana unos modelos de actuación que pudieran tener sentido en una sociedad aconfesional, pero no en una comunidad eclesial creyente. Lo que vale fuera de la Iglesia no tiene por qué valer dentro de ella, pues nos movemos con ideales diferentes.

En este contexto podríamos preguntarnos si aun así tiene sentido lo que nos dice la Regla. San Benito no hace otra cosa que recoger la doctrina de Pacomio cuando dice en su regla: Si un hermano va de viaje por carretera o en barco, o trabaja en el exterior, no contará en el monasterio lo que haya visto hacer fuera (Reg. 86, también 57). Ya hemos dicho qué se pretende con ello. Pero hoy aún lo tenemos más complicado, pues no hace falta salir para ver y oír lo que sucede fuera. La radio, la TV, el Internet, los periódicos, las revistas, nos ponen al día de todo. Bien sabemos que es importante conocer suficientemente cómo marcha el mundo en que vivimos, pero la información y los cotilleos hoy día no tienen límite, no interesando muchas veces la verdad, sino lo que pueda cautivar a la gente y se pueda vender.

Por eso, el mayor peligro ya no está en el cotilleo que puedan realizar los monjes que regresan de viaje, sino en que el “mundo” se introduce dentro del monasterio con gran facilidad. Y eso hace tanto más daño a la vida monástica cuanto más se instala en nuestra memoria. La información sirve para formar la conciencia. El cotilleo y la curiosidad sólo sirven para alimentar a la “loca de la casa”, la mente que no para ni se sosiega. Eso sí que hace mucho daño a todos y mucho más al que desea vivir como monje. Le daña a él sin dejarle vivir en sí mismo y llenándole de miedos. Daña a los demás por los juicios y prejuicios a los que les lleva su mente calenturienta cuando no para de juzgar.

Es por ello que necesitamos un serio ejercicio de discernimiento en lo que estamos dispuestos que entre por nuestros ojos y nuestros oídos, pues no somos mejores que nuestros mayores.