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Sábado, 28 Abril 2018 15:52

Capítulo 67 (1)

LOS MONJES ENVIADOS DE VIAJE

(RB 67-01)

Con el capítulo anterior sobre los porteros parece que se terminó la primera redacción de la RB. El portero es el que cierra y abre la puerta, discerniendo de algún modo las salidas y las entradas en el monasterio. El haber optado por una vida retirada -la llamada separación del mundo- significa que valoramos la soledad y el apartamiento real, pero no por ello vivimos ajenos al mundo en el que nos movemos. Ello es evidente de una forma práctica cuando necesitamos salir por múltiples causas: compras, asuntos administrativos, enfermedad, estudios, etc. Es decir, que nuestro apartamiento no es un aislamiento. Por otro lado, se trata de algo que hacemos voluntariamente, que nadie nos obliga a ello. Hacer una cosa voluntariamente es abrazarla libremente, no por obligación. Quien yendo a la soledad busca continuamente huir de ella o la vive a la fuerza, dejando que su mente y su corazón estén siempre lejos de la soledad monástica, ese tal no es un verdadero monje, aunque vista el hábito.

El presente capítulo de la Regla nos habla de los monjes que son enviados de viaje. Salir fuera del monasterio pone a prueba la autenticidad de nuestra elección monástica, si nuestra marcha a la soledad ha sido una elección que brota del corazón o simplemente se trata de una elección de vida útil como el que busca la soledad para poder hacer determinadas cosas sin ser molestado. También pone a prueba nuestra sabiduría en el saber relacionarnos con el exterior sin dejar de ser lo que somos.

San Benito da una importancia especial a las salidas porque sabe que ponen a prueba al monje e influirán de algún modo en la comunidad. De ahí que el patriarca vea las salidas obligadas de los monjes como un asunto comunitario y no sólo personal, pues son enviados por la comunidad a través del abad. Es por ello que la comunidad debe orar por ellos. Nos dice: Los hermanos que han de salir de viaje se encomendarán a la oración de todos los hermanos y del abad, y en la oración final de la obra de Dios se hará siempre memoria de todos los ausentes.

La comunidad vela por cada uno de sus miembros en todo momento, se siente responsable de cada uno de ellos. Esto lo debemos ver como una gracia y nunca como una intromisión. En la medida en que tengamos vivo el sentimiento comunitario comprenderemos mejor esa actitud. Pero si nos deslizamos por el individualismo centrándonos en nuestros propios intereses, veremos ese celo comunitario como una desconfianza e intromisión en nuestras vidas o una limitación de nuestra libertad en hacer aquello que se nos antoja.

En esas salidas y entradas, así como en el celo comunitario, podemos ver una alusión a la realidad trinitaria que sostiene nuestra vida. El Hijo salió del Padre, vino al mundo y retorna al Padre. Vino al mundo no solo, sino lleno del Espíritu que procede del Padre. Se enfangó al pasar por el mundo, aunque sin caer en el pecado. Pero cargó con nuestros pecados y los purificó con su sangre, devolviéndonos a la comunión con el Padre. La oración de la comunidad permite que el espíritu que une a todos los hermanos acompañe a los que van de viaje. La intercesión de la comunidad por los hermanos que regresan a la casa de Dios tiene también como único mediador a Aquel que prometió estar en medio de los que se reúnen en su nombre y que limpia todas nuestras culpas.

Si nos atenemos al plural que emplea la RB tanto aquí (“Los monjes que van a salir...”; “los hermanos que regresan...”) como en el capítulo 50 (“Los que son enviados de viaje...”), podemos deducir que los hermanos no acostumbraban a salir solos, sino al menos acompañados de otro, tal y como prescribían las reglas monásticas anteriores. Pacomio lo mandaba de forma taxativa: “Ninguno saldrá solo del monasterio para tratar tal o cual asunto, sino que irá acompañado de otro monje” (Reg. 56), y también: Reg. Macario, 22; Basilio, Reg. fus. 39; Ordo monasterii 8. Sin embargo, hay que reconocer que San Benito sí admitía las salidas en solitario si eran breves, esto es, cuando se volvía el mismo día, no pudiendo comer fuera (cf. RB 51), que es la mejor manera de garantizar su brevedad.

Ese consejo lo valoraremos de forma diferente según lo miremos. Quien necesita autoafirmarse o sentirse completamente libre para actuar le molestará ser acompañado, como si ello fuera un acto de desconfianza o intromisión en la propia intimidad. Cuando uno esconde algo, si es preguntado con sencillez dónde ha estado, con quién ha ido, qué ha hecho, lo recibe como una inaceptable intromisión en su vida, como una sospecha, como una afrenta. Pero si vive en la verdad, suele recibir la pregunta como una muestra de afecto e interés, haciéndole sentirse bien por ser importante para el otro. Es lo que sucede en un matrimonio unido o mal avenido cuando se pregunta de forma inocente con quién se está hablando al teléfono o dónde va, etc.

El deseo de la RB de que los monjes salgan acompañados, debemos verlo más en la línea del mandato de Jesús, que cuando enviaba a sus apóstoles lo hacía de dos en dos. El misterio cristiano es un misterio esencialmente de comunión. Comunión en lo bueno y en lo malo. ¡Ay del que está sólo!, ¿quién lo sostendrá cuando caiga?, nos dice la Escritura. Comunión en la misión, en el testimonio, en el anuncio de la Palabra. Toda salida del monje del monasterio es una misión, es enviado por la comunidad. Por eso de ninguna manera se permite que nadie salga del monasterio sin permiso del abad. Quien obra de otro modo lo hace por cuenta propia, se aleja de la comunidad, camina sin su espíritu y cae en la mentira. Corre los riesgos del que camina solo y se auto excomulga. Ciertamente que quizá se pida salir al monje para cosas materiales, pero aún eso es una misión recibida que tiene su dimensión espiritual cuando se es enviado desde una casa que se llama de Dios y donde hasta las herramientas se deben tratar como los vasos sagrados.

Ciertamente que los tiempos cambian. Ciertamente que hay que tener el sentido común suficiente como para no ir de dos en dos a comprar medicinas a la farmacia o el pan a la panadería. Si San Benito ya hablaba de esas salidas individuales cortas, quizá nosotros las podamos extender sin escrúpulos a salidas más largas pero menos problemáticas y más rápidas gracias a los medios de locomoción actuales. Pero lo que sí es bueno es que valoremos el aspecto comunitario que quiere inculcarnos San Benito. Esto sólo lo podremos vivir si nuestras salidas son a la luz del día y no a escondidas, si están motivadas por un envío de la comunidad y no por caprichos personales, si en todo momento nos sentimos unidos a los hermanos que quedan en casa y realizamos nuestra misión como un servicio humilde y gratuito a la comunidad que nos envía, velando más por sus intereses que por los propios, aunque quizá ellos nunca lo lleguen a valorar, o ni siquiera se den cuenta del trabajo realizado, o, incluso, lo desprecien pensando en intenciones ocultas que se apartan diametralmente de nuestras verdaderas motivaciones. Y si esto pasa, demos gracias a Dios, pues la gratuidad de nuestras acciones quedará más de manifiesto.