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Sábado, 21 Abril 2018 16:11

Capítulo 66 (4)

LOS PORTEROS DEL MONASTERIO

(RB 66-04)

La entrega a los demás siempre es costosa. Costosa por el esfuerzo, pero también porque rompe mis planes, porque me hace anteponer la necesidad del otro a mis deseos, porque es una forma de anteponer el yo del otro al mío. Eso no nos gusta, por lo que siempre tendremos mil razones, a veces disfrazadas de espiritualidad o sentido común, para desentendernos de lo que se nos pide o de lo que el otro necesita. Es más fácil mantener el horario y las formas que nos construimos para ser un “buen monje” que la disponibilidad efectiva capaz de olvidarse de sí mismo, de cambiar los propios planes o de confiar en la providencia divina cuando se nos piden cosas que no nos gustan o que pensamos nos superan por no considerarnos preparados para ellas.

Por otro lado, nos cuesta comprender de corazón que todo cargo que se nos encomienda no es más que un servicio a los demás que debemos desempeñar con la mayor solicitud. Tener esto claro nos evita muchos problemas falsos y miedos fabricados por nuestra imaginación, por la manía de compararnos, por nuestra hipersensibilidad ante los juicios ajenos que recibimos como una gran injusticia cuando creemos que no se nos valora plenamente o atisbamos una pequeña crítica. Cuando vivimos nuestro cargo como un servicio no nos frustramos tan fácilmente si no se cumplen plenamente nuestras expectativas, pues nos habremos dado con gratuidad y humildad. Además, sabemos que nuestros deseos no tienen por qué coincidir con las necesidades de los hermanos, por lo que podremos adaptarnos a éstas sin mayor dramatismo. Quizá necesitemos toda una vida para comprender la gratuidad de todo esto. Y, si somos servidores, ¿cómo actuar cuando alguien requiere nuestros servicios?

Al final sólo el lenguaje del amor es el que está capacitado para comprender esto. Por ello San Benito pide al portero que trate de cumplir los encargos con prontitud y con ardiente caridad. Prontitud, porque es la mejor expresión del que ama y del buen servidor. Cuanto más amamos a alguien, más prestos estamos a cumplir sus deseos. Cuanto menos amamos, más lentos y olvidadizos nos hacemos, hasta negar la ayuda a aquellos a los que odiamos. San Benito da mucha importancia a la prontitud en toda su Regla: prontitud en obedecerse los unos a los otros, prontitud en llevar a cabo el mandato recibido, etc., pues Dios ama al que da con alegría y no de mala gana. La ardiente caridad es lo que culmina el hacer del buen portero que sabe ver a Cristo en la persona de los que a él se acercan. ¡Y qué fácil se hace todo cuando interiormente nos sentimos inflamados por el fuego de Dios! Todos tenemos experiencia de ello. Por eso podríamos preguntarnos si cuando las cosas nos cuestan mucho no habremos apagado ese fuego, teniendo que hacer las cosas por puños, por mero voluntarismo. O lo que es peor, cuando sólo nos movemos por el temor o la obligación que hace que nuestras respuestas sean muy retardadas y como a rastras o de mala gana, con lo que sufrimos y hacemos sufrir.

Finalmente, San Benito, deseoso de que no se pierda la paz en el monasterio, y mucho menos la del portero que debe dar imagen de la comunidad, quiere que se le asista en su servicio por un hermano más joven si fuera necesario. De este modo el anciano representa la sabiduría y prudencia del que cuida la casa y el joven la fortaleza y presteza en responder a esa llamada de Dios que golpea nuestra puerta. Pensemos también en los monasterios cuando se atendía en la portería a tantos pobres que pasaban o peregrinos que iban de paso y no necesariamen­te se instalaban en la hospedería.

A continuación nos habla San Benito de la importancia de la clausura en el monasterio. Expresa claramente que no desea que sus monjes tengan necesidad de salir de su recinto, por lo que dentro de él debe haber todo lo necesario: El monasterio, si es posible, debe establecerse de tal manera que tenga todas las cosas necesarias, esto es, agua, molino, horno, huerta, y los diversos oficios se ejerzan dentro del recinto del monasterio, para que los monjes no tengan necesidad de andar por fuera, pues en modo alguno conviene a sus almas.

Ya San Antonio, que se vio forzado en ocasiones a salir de su soledad para confortar a los cristianos perseguidos y apoyar la sana doctrina, decía que el monje que se aparta de su retiro es como un pez fuera del agua, que termina muriendo. La Carta de Caridad entre los cistercienses también recoge en parte esa idea cuando nos dice que los monjes no deben salir del monasterio salvo para ir a las granjas, y no por mucho tiempo. Asimismo no les está permitido asociarse con los seglares para los trabajos. No obstante, es bien conocido que su tipo de trabajo basado en los bienes raíces: tierras para cultivar y ganar el propio sustento, hacía necesaria la relación con el exterior. Pero ahí está el mandato de la RB que nuestros Padres querían vivir aún con cierta libertad al aplicarlo a su realidad concreta. Como ellos le daban una gran importancia al trabajo como vivencia de la pobreza y como elemento de independencia frente a los poderosos, estaban dispuestos a recrear el mandato de San Benito en su nuevo contexto. Eso mismo estamos nosotros llamados a hacer en un siglo XXI, eclesial y socialmente tan distinto al tiempo de San Benito y al de nuestros Padres, pero siendo conscientes que una cosa permanece intacta: el corazón humano con sus pasiones y su deseo de Dios.

¿Por qué San Benito defiende la clausura?: porque las salidas en modo alguno les conviene a sus almas, nos dice. Esa es la razón principal, discernir qué es lo que hace bien y lo que hace mal a aquellos que han optado por seguir a Cristo en la vida monástica. De ahí su mandato de salir lo menos posible, de cuidar los sentidos cuando hay que salir, no prestando atención a lo que pueda dañar, su prohibición a los monjes que van de viaje de estar trayendo y llevando cotilleos, su deseo de que el portero sea un buen filtro que salvaguarde a la comunidad, etc. Toda esa insistencia no puede entenderse sino desde la experiencia. Una doble experiencia. Por un lado el temor al pecado. Por otra la necesidad de evitar la dispersión de la mente en una vida de oración.

Tampoco nosotros estamos exentos del peligro de la tentación y del pecado, ni nos resulta tan fácil mantener el silencio interior para vivir en una continua presencia de Dios. Sin embargo, nuestros monasterios están llamados a abrir sus puertas con discernimiento a un mundo mucho más complejo y variado que aquél en que vivió San Benito. Puertas que ya no son sólo de madera, sino que pueden llegar a ser virtuales, por lo que en Internet se llaman “portales” los lugares por los que se accede a diversas informaciones. Y también puertas espirituales, por la muy variada gama de tradiciones religiosas y espiritualidades que nos rodean. San Benito quiere que no franquee la puerta lo que pueda dañar a los monjes, pero que se abra con acción de gracias a los que vienen buscando a Dios, y que no se vayan de vacío si podemos compartir con ellos el pan que nosotros hemos recibido. No se trata de que nos creamos mejores que los demás, sino de compartir lo que se nos ha dado, hasta sentir el gozo de pasar escasez por nuestra generosidad. Y así, viendo a Cristo en los que se acercan a nosotros, no tengamos que oír aquella queja: “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.

Finalmente concluye este capítulo con el siguiente aviso: Y queremos que esta Regla se lea con frecuencia en comunidad, para que ningún hermano pueda alegar que la ignora. Con ello se concluye la primera redacción de la Regla. El capítulo sobre los porteros simboliza la conclusión de la misma. El aviso a que se lea con frecuencia refuerza la necesidad de ponerla en práctica.