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Sábado, 14 Abril 2018 16:10

Capítulo 66 (3)

LOS PORTEROS DEL MONASTERIO

(RB 66-03)

San Benito también pide que la celda del portero esté junto a la puerta. La razón parece evidente: El portero ha de tener la celda junto a la puerta, para que los que lleguen encuentren siempre a punto quien les responda. Y así que alguien llame o un pobre clame, conteste “Deo gratias” o “Benedic”, y con toda la delicadeza del temor de Dios y el fervor de la caridad cumpla prontamente el encargo. Si el portero necesita ayuda, asígnenle un hermano más joven.

Si San Benito quiere que veamos a Cristo en aquellos que se acercan a nuestra casa, y especialmente si son pobres o necesitados, qué menos que haya alguien que se entere de su venida y les acoja. Esto parece obvio, pero, sin embargo, no siempre sucede. ¿Por qué? Porque a veces es fastidioso estar de guardia, atentos y prontos a responder cuando alguien llama. Valoramos mucho nuestro tiempo como para perderlo en la espera de algo incierto o interrumpir nuestra tarea para atender a otros. Sin embargo, la disponibilidad es una de las características del monje benedictino. Estar disponible cuando se le llama o se le necesita es una muestra clara de amor al prójimo y renuncia al propio interés.

Puede resultar enojoso tener que ir a atender al que llega fuera del horario de visitas, especialmente si es a una hora en la que estamos ocupados, es la siesta o ya nos hemos ido a la cama. Por lo general la excusa la tenemos fácil: ya hay un encargado, decimos, él verá. Pero ¿y si el encargado no responde o no coge el teléfono por cualquier motivo? Hemos de reconocer que en ocasiones nos cuesta coger hasta nuestro propio teléfono. Y nunca debemos olvidar que nuestra comodidad supone la incomodidad del hermano, que en lugar de solucionar el problema con una simple llamada, lo mismo tiene que dedicar más tiempo para buscarnos o tratar de dar una solución que a él no le hubiera correspondido.

Una de las características del amor es que se abre a la escucha, sabe estar atento al otro aunque resulte incómodo. Llamar a las puertas de un monasterio y sentirse escuchado y acogido hace tomar conciencia del amor que ahí se vive. Por lo general es muy distinta la acogida de un pobre y la de un rico. El rico mira con cierta altivez y considera que su tiempo es más valioso que el de los demás. El pobre no se valora tanto a sí mismo y le resulta más fácil acoger al que es como él. También nosotros podemos escudarnos en un cierto elitismo y perder la frescura evangélica. Es lo que puede suceder si nuestra vida monástica se deja atrapar por el tiempo, las cosas o las formas más que por una actitud verdaderamente evangélica. Está claro que siempre es necesario un discernimiento y un orden, pero hemos de estar atentos para no refugiarnos en ello cuando se nos requiere salir de nosotros, dar de nuestro tiempo por amor.

Tener la celda junto a la puerta es tener el oído atento al paso del Señor, para cuando llame abrir enseguida e invitarle a que entre para comer juntos, aunque a veces tenga apariencia poco agradable. Quien está pronto a abrir su propia puerta y la de la comunidad, también se la abrirán a él. Y así como a San Pedro le dieron las llaves del Reino de los cielos, cuya puerta se abrirá o cerrará según sea abierta o cerrada aquí, lo mismo nos sucede a nosotros: se nos ha dado una llave con la que podemos abrir o cerrar ahora lo que un día se nos abrirá o cerrará a nosotros, pues seremos medidos con la medida con que midamos.

Pero si el portero debe tener el don del discernimiento, a veces tendrá que hacer acopio de toda su sabiduría y paciencia para hacer comprender al que llama que los hermanos no están siempre disponibles, que no son gente en vacaciones perpetuas, con todo el tiempo del mundo. Es tan malo la cabeza sin corazón como el corazón sin cabeza. Acoger pronto y afablemente no exige romper sin motivo el ritmo de nuestra vida. Esto nos ayudará a nosotros, y a los que vienen les hará comprender la importancia de lo que hacemos. Así como todos entendemos que no se puede interrumpir la clase de un profesor en el Instituto o la consulta de un médico en el hospital, aunque sea nuestro amigo, así los que vienen al monasterio saben que nosotros también tenemos nuestras ocupaciones litúrgicas, laborales y comunitarias.

Ante todo el portero debe ser un hombre de fe para ver en el huésped, el visitante o el pobre que llama a nuestra puerta al mismo Cristo. La gente no espera de nosotros cantidad, sino calidad en nuestra acogida. Ser recibido con afabilidad y respeto, sin sentirse inoportuno o despreciado, es el mejor regalo que se puede dar al que viene a nosotros y también es el mejor indicador de que vivimos desde Dios. Después, darle más o menos, es secundario, pues lo que se da con desprecio, aunque sea mucho, se recibe con desagrado, mientras que lo que se da de corazón es muy gratificante incluso antes de recibirlo.

Además, si decimos que nuestra vida no tiene sentido por lo que se hace, sino por lo que es, por su significatividad que apunta hacia el Señor, ya me diréis qué conclusión puede sacar el que viene a nosotros y no ve eso. ¡Cuántas veces se ha encontrado a Dios por el encuentro previo con un hombre de Dios! Si a Dios no lo ha visto nunca nadie, sino su Hijo que nos lo ha revelado, nosotros, hijos en el Hijo, pneumatóforos o portadores del Espíritu de Jesús, estamos llamados a ser también esa mediación que comunica más con la vida que con las palabras, más con una actitud fruto de la vida interior que con formularios vacíos que quizá llenan la bolsa pero deja frío al que lo recibe.

Por eso el portero cuando escucha la voz del que llega, debe exclamar: Benedic o Deo gratias (gracias a Dios). Sí, lejos de marchar por la puerta contraria, o hacerse el loco pensando que el otro puede esperar tranquilamente al otro lado de la puerta -o del teléfono-, da gracias a Dios que se hace presente en la persona del que se acerca y le bendice sin maldecir en su corazón por la mala suerte de tener que aguantar a semejante pelma, algo que no siempre es fácil. La llegada del transeúnte, del huésped o del visitante nunca debiera ser motivo de disgusto, aunque pueda humanamente incomodar. Por eso dice San Benito que se dé gracias a Dios, pues nos visita en la persona del viandante, aunque llegue a horas inoportunas. Es por eso que la Regla indica que la celda del portero esté junto a la portería, lo que nosotros subsanamos de otra forma más actual para permitir al portero estar presente en los actos comunitarios. Se pide prontitud, pero también discreción, evitando ser nosotros los que salimos al encuentro del que no viene a nosotros.

El portero será un hombre de Dios si está atento para escuchar cuando alguien llame, si le recibe recordando que algunos con su hospitalidad recibieron ángeles (Abraham) y la promesa de una gran descendencia, si lo hace bendiciendo a Dios y dando gracias por la fe que le permite ver en el peregrino al mismo Dios, y si es capaz de dar una palabra de vida con su actitud, su hospitalidad y sus consejos. En el fondo es lo que caracteriza al monje: es el que oye la Palabra y da una respuesta con su vida que invita a la búsqueda de Dios.