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Sábado, 07 Abril 2018 16:09

Capítulo 66 (2)

LOS PORTEROS DEL MONASTERIO

(RB 66-02)

El monje que está a la puerta del monasterio ha de saber recibir un recado y transmitirlo, dice San Benito. Es algo que parece evidente. Si él es el enlace entre los monjes y el exterior y no es discreto o no se entera de lo que le dicen o no sabe transmitirlo, es como una cuerda deshilachada y pasada que se utiliza para atar dos cosas: no vale para nada. Se supone que debe saber escuchar atentamente y repetir fielmente al destinatario del mensaje lo que se le ha comunicado. Esto parece obvio en un buen portero que hace de mediación entre los de fuera y los de dentro. Pero no siempre es fácil transmitir fielmente un mensaje, y mucho más si el portero es incapaz de escuchar y comprender lo que se le dice, lo que lo haría imposible del todo y terminaría generando situaciones comprometedoras.

Eso mismo que se pide al portero por su carácter de mediador, es algo que también se espera de todos nosotros. Hemos de tratar de ser honestos con lo que vemos u oímos y procurar escuchar lo que el otro nos dice sin dejarnos confundir por las voces que salen de nuestro propio interior, suponiendo e interpretando lo que no se nos está diciendo realmente. Es lo que sucede cuando pensamos saber lo que el otro va a decir antes de que lo diga, sin haberle escuchado con atención. Comentamos con los demás lo que ese tal piensa y “quiere decir”, sin darnos cuenta que le estamos atribuyendo algo que en realidad no ha dicho, sino que simplemente es lo que nosotros creemos que piensa. Así terminamos por atribuirle como dicho realmente lo que sólo ha tenido lugar en nuestra mente, algo motivado por nuestros prejuicios, nuestros complejos, nuestras fobias o nuestros temores. Por regla general eso trae consigo una situación un tanto violenta al sentirse uno juzgado injustamente e, incluso, calumniado. El portero y todos nosotros debemos saber afinar el oído acallando los ruidos de nuestras suposiciones precipitadas. Escuchar con atención es un ejercicio de humildad y de verdad.

Y una vez escuchado debidamente, ¿cómo transmitimos? Para hacerlo con exactitud también se requiere un buen ejercicio de humildad y de honestidad, diciendo aquello que se nos ha dicho, ni más ni menos. Quien es honesto dice las cosas tal y como son, sin aumentarlas en pro o en contra. Quizá por un errado empeño de protagonismo dando más importancia a las cosas, nos sucede como a algunos periodistas, que para vender más terminan desfigurando la realidad. También puede suceder que al transmitir un mensaje estemos muy influenciados por los sentimientos que nos provoca la persona que nos ha hablado o la persona a la que nos dirigimos. Embellecemos o desfiguramos el mensaje -aunque solo sea con el acompañamiento de sonrisas, gestos o coletillas- según sea su origen o su destinatario. Es importante prestar atención a esto para evitar caer en la injusticia y hacer un daño innecesario que termina perjudicando seriamente las relaciones. Si no damos importancia a esto, terminaremos mintiendo descaradamente como bellacos sin ningún remordimiento de conciencia, lo que a su vez va endureciendo más nuestros oídos para la escucha de los demás.

Y cuya madurez no le permita andar desocupado, nos dice también la Regla. Hay un refrán que dice: “al ladrón lo hace la ocasión”. ¡Cuántas veces pensamos ser buenos, simplemente porque no hemos sido probados! Es normal que seamos responsables de un oficio cuando tenemos que dar cuantas de él, cuando somos vistos por todos y nuestros fallos van a conocerse, dejándonos en ridículo. Pero ¿qué sucede cuando nadie nos ve? ¿Qué sucede cuando no tenemos que dar cuentas a nadie, salvo a Dios y a nosotros mismos? ¿Qué sucede cuando tenemos oportunidad de pecar sin ser vistos? Es entonces cuando se requiere una verdadera madurez. Nos puede costar más ser fieles a nuestros compromisos, pero es entonces cuando maduramos de verdad, actuando por convencimiento y no por el qué dirán.

En la vida religiosa se requiere tomar conciencia de esto si queremos crecer humanamente. El hecho de tener el futuro más o menos resuelto, tener asegurado el techo, el pan y el vestido, el no tener que preocuparnos por encontrar un trabajo ni temer perderlo, el tener un horario que nos asegura y obliga en cierta medida a seguirlo para que no nos echen nada en cara, el saber que hay una comunidad a la que pertenezco y que me arropa y que hay encargados en la comunidad que tendrán que dar la cara ante los problemas que puedan venir del exterior, todo eso puede disminuir nuestro proceso de madurez. Cuando se tiene una familia que sacar adelante, una hipoteca que pende mes a mes sobre la cabeza, un trabajo que se puede perder y que no nos deja casi ni ponernos enfermos, etc., entonces los estímulos son mayores. Es por eso que en la vida religiosa se requiere una especial madurez para no dormirse, y no sé si siempre existe. Es la madurez que San Benito quiere para el portero, que le impida andar desocupado cuando no tiene una obligación inminente.

Todos debemos examinarnos sobre esto, sobre lo que hacemos en los diversos momentos de la jornada: qué hacemos cuando no tenemos trabajo en un momento determinado o nadie nos ve, ¿nos ofrecemos a colaborar en otras necesidades comunitarias o pensamos que hay que saber administrarse para cuando vengan tiempos peores?, o quizá nos justifique el pensar que en otra ocasión ya dediqué un poco más de tiempo, lo que me da derecho a escaquearme ahora. ¿Qué hacemos con el tiempo que se nos da para la lectio y el estudio cuando no tenemos la obligación de responder a trabajos, dar clases a otros o preparar charlas, etc.? ¿Qué hacemos cuando hay una necesidad de colaboración comunitaria, pero nosotros no somos los encargados y nos despistamos con la conciencia tranquila? Son multitud de momentos en los que nuestra madurez es probada. Por eso, si uno no ha dado muestras de una cierta madurez en esos campos, mejor es que no se le ponga de portero, aunque curiosamente lo desee, pues la portería es un lugar muy propicio -en nuestro caso sólo en invierno- para perder el tiempo, a veces en conversaciones poco enriquecedoras con los de fuera. Si el portero ha de evitar que entren dentro los cotilleos de fuera, ya me diréis cómo lo va a hacer si él mismo disfruta con ellos.

Su papel es difícil en nuestra portería, pues ha de saber discernir y “educar” a los mismos huéspedes o visitantes que se le acercan con ganas de pasar el rato. Dulzura y firmeza, caridad y claridad ha de usar con los que buscan en él conversación, respondiendo con una buena palabra e invitando a respetar el clima de silencio. Si el portero, como el hospedero, no sabe hacer esto, dará la impresión que se está buscando a sí mismo, que tiene carencias afectivas que colmar y difícilmente podrá ayudar a aquellos que buscan en él ayuda cuando es él mismo quien se vale de ellos para ayudarse.

El portero –al menos en tiempos de San Benito- es el guardián de la clausura o separación del mundo que libremente hemos elegido. El problema surge cuando alguien no la valora verdaderamente, sino que la vive como el luto de su libertad, como dice un autor. El monasterio “no es un lugar de encierro sino aquel desierto de que nos habla la Escritura, lugar elegido en el que Dios selló la alianza con su pueblo, lugar atractivo que él se reserva para sí”, el hortus conclusus o jardín del Señor en el que libremente deseamos vivir. Recinto en el que se nos facilita el entrar en la secreta intimidad con Dios. El portero que no comprenda esto difícilmente podrá desempeñar su cometido.