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Sábado, 24 Marzo 2018 20:39

Capítulo 65 (3)

EL PREPÓSITO (o PRIOR) DEL MONASTERIO

(RB 65-03)

San Benito va concluyendo el capítulo sobre el prior con algunas ideas que nos pueden servir a todos de reflexión. En primer lugar recuerda al prepósito que cuanto más encumbrado esté sobre los demás, más obediente debe ser y más fiel a las prescripciones de la Regla. Esto trae a la memoria el evangelio cuando nos dice: El que quiera ser el primero de todos, sea el servidor de todos. El mismo Jesús sabía bien que los grandes de este mundo actúan de manera muy distinta, oprimiendo y sirviéndose de los demás. Es difícil tener poder y no servirse de él en beneficio propio, llegando a pensar incluso que uno está por encima de la ley. No sea así entre vosotros, nos dice el Señor. Y cuando el Señor necesita recordárnoslo es porque sabe de qué pasta estamos hechos. Esto vale tanto para el que tiene autoridad como para el que se la toma apropiándose del ministerio que se le ha confiado, de su puesto en la comunidad o de su antigüedad.

Si el reino de los cielos está reservado para los niños, para los pobres y para los sencillos es por algo. La infancia, la pobreza y la sencillez son los comienzos de algo. Nadie nace con barba. Pobre del que nace con fortuna, pues es fuente de codicia y no sabe lo que es anhelar crecer. La sencillez se pierde cuando uno se cree grande por su saber o su poder. ¿Pero es que es malo mejorar en la vida? Ciertamente que no. Lo que sucede es que perdemos la perspectiva y caemos en el ridículo. Un niño pequeño puede presumir de ser mayor que su hermano porque le saca diez meses, pero qué ridículo resultaría semejante coquetería entre dos ancianos de 80 años. En un poblado pobre de cualquier país pobre, quizá uno pueda presumir que tiene una vaca más que su vecino que no tiene ninguna, pero qué ridículo resultaría que dos grandes granjas se comparasen por la diferencia de una vaca. Eso es lo que nos pasa a nosotros cuando nos dejamos cegar por nuestra importancia o autoridad. Dios es tan infinitamente más grande que nosotros, que toda comparación resulta ridícula. Pero nuestra gran tentación es usurpar el lugar de Dios por una vaca más o diez meses más.

Si de verdad queréis ser mayores, nos recuerda el Señor, haceos más pequeños que los demás, poneos al servicio de los demás, someteos con mayor prontitud al mandato de Dios. Porque el reino de Dios es gratuidad y se da al que se hace más pequeño. Nuestra propensión a encumbrarnos es signo del desconocimiento de Dios. Cuando Dios no nos llena, buscamos las migajas que son la imagen de su poder en las cosas y en el mundo. Entonces viene la preocupación por poder perder lo que hemos conseguido con nuestro esfuerzo, y la soberbia crece a la par de la arrogancia que no deja que nadie le replique. Se teme ser humillado porque no se es humilde. Se teme ser despojado porque no se tiene nada verdaderamente consistente, eso que nadie nos puede quitar. Cuando uno es encumbrado le conviene no olvidarse que todo lo ha recibido prestado para el servicio de los demás, entonces él mismo se beneficia de ello. Pero cuando se lo apropia, entra en una dinámica de esterilidad que sólo consigue el rechazo de aquellos a los que debía alimentar con el pan que él se ha comido.

El otro punto importante al que me refería es qué hacer cuando el prior se engríe en su dignidad o, como dice San Benito, vive relajado y lleno de soberbia y no acepta la corrección; en este caso San Benito le trata como a uno más, con los castigos que establece la Regla. Y, si ni aun así se corrige, hay que deponerle del cargo e, incluso, expulsarlo del monasterio si continúa en su contumacia.

Nos dice la Regla: Si se descubriere que el tal prepósito es vicioso o que se ensoberbece engañado por la hinchazón, o se demostrare que desprecia la santa Regla, se le amonestará de palabra hasta cuatro veces. Si no se enmendare, se le aplicará la sanción de la disciplina regular, y si ni así se corrigiere, se le destituirá de su cargo de prepósito y en su lugar se pondrá a otro que sea digno. Y si después no se mantiene tranquilo y obediente en la comunidad, incluso se le expulsará del monasterio. Piense, no obstante, el abad que tendrá que rendir cuentas a Dios de todas sus decisiones, no fuera que una llama de envidia o de celos abrasara su alma.

Esto también se puede aplicar a todos nosotros. Ciertamente que el abad debe tener muy claro que no se debe dejar llevar por la envidia o los celos, y que debe dar cuentas a Dios de todos sus actos. Pero también debe tener presente que no puede hacer dejación de su labor pastoral, que debe ayudar a los hermanos a crecer y proteger a la comunidad de las actitudes reiteradamente negativas que puedan minar la armonía comunitaria.

Es duro tener la experiencia de corregir de múltiples maneras, con halagos o silencios, con palabras suaves o más gruesas y, a veces, tener la sensación de no conseguir nada. Cuando eso sucede parece necesario algún tipo de castigo, pero ¿no se interpretaría eso como una venganza producto de la frustración? Si eso sucede, no producirá el resultado medicinal que persigue. Quizá en el abad no haya ningún vestigio de venganza, pero el hermano así lo puede interpretar. No obstante, algo hay que hacer. ¿Qué hacer cuando no se llega a comprender el alcance de nuestras faltas o de nuestra desobediencia? Sólo se me ocurre que, si lo que se busca es el bien del hermano, habrá que acudir a la oración y cargar con la culpa del que la ha cometido. ¡Ojalá eso dé resultado! ¿Pero qué sucede si la persona sigue obstinada? Pienso que entonces no hay mucho más que hacer.

El abad puede tener una paciencia infinita, pero tiene la obligación de salvaguardar el bien de la comunidad. Si la libertad de uno termina donde comienza la de los demás, lo mismo la paciencia tiene el límite de la comunidad. Estoy convencido que se hace más con un dulce que con una garrafa de vinagre. Pero a veces la cerrazón puede llegar a que no sirvan ni el dulce ni el vinagre. La gracia sólo actúa cuando la dejamos actuar y estamos dispuestos a trabajar. Los talentos que el Señor nos dio sólo se multiplican si los llevamos al banco. Quien los enterró envueltos en un pañuelo sólo los pudo recoger con algo de tierra.

Lo más duro para San Benito era tener que acudir a lo que llama el cuchillo de la separación. Es la excomunión completa. San Pablo veía en ello un dolor grandísimo para el hermano, pero, al mismo tiempo, causa de su salvación al poder darse cuenta -en el abatimiento más profundo- de su situación, retornando así a la actitud inicial del pobre capaz de abrirse a la gracia de Dios.

En una comunidad donde se mantenga viva la llama mística, la vida de fe, la apertura al evangelio de Jesús, nada de esto sucederá o pronto de diluirá el espíritu de la soberbia por la humildad en que se vive. Toda lucha de poder viene del mal espíritu. Quien vive en una actitud de servicio y abierto a los demás, pronto a la obediencia, es alguien que vive del espíritu del Señor, que no necesita demostrarse nada, que no necesita encumbrarse ni mostrar su poder, porque ya está lleno de ese espíritu que le colma y que nadie le podrá quitar. Bien sabemos que son los más acomplejados o inseguros los que necesitan demostrarse algo y ser reconocidos siempre y por todos, dándoles pavor el aparecer inferiores o que se vean sus errores.

Que el prior, es decir, el primero de todos, busque ser el último de todos y el servidor de todos.