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Sábado, 17 Marzo 2018 20:37

Capítulo 65 (2)

EL PREPÓSITO (o PRIOR) DEL MONASTERIO

(RB 65-02)

Verdaderamente este capítulo sobre el prior aparece en la Regla como caído del cielo, de una forma un tanto inesperada, pues San Benito ya había organizado la comunidad según el sistema de decanías (RB 21). Sin duda que algo le obligó a escribir este capítulo, quizá alguna sugerencia o imposición externa. Por eso lanza una seria advertencia contra aquellas autoridades que impongan un prior que se enfrente con su abad, siendo fuente de escándalos para la comunidad. Parece como si en alguna ocasión el obispo del lugar u otros abades hubiesen intervenido en un monasterio imponiendo un abad y un prior al mismo tiempo -probablemente con el fin de mantener un mayor control sobre el mismo- y la experiencia mostrase los graves escándalos que ello podría traer consigo. Ante esto, a San Benito no le queda más remedio que legislar al respecto, poniendo en entredicho su sistema de decanías e intentando reconducir todo ese cuadro variopinto de posibles escándalos que puedan darse.

Sigue diciéndonos: Por eso nosotros nos hemos percatado de que, para la guarda de la paz y de la caridad, conviene que dependa del criterio del abad la organización de su monasterio. Y, a ser posible, se organicen por medio de decanos, tal como antes hemos dispuesto, todas las conveniencias del monasterio, de acuerdo con lo establecido por el abad, a fin de que, encomendándolo a varios, no pueda ensoberbecerse uno solo. Pero, si el lugar lo requiere o la comunidad lo pide razonablemente, con humildad, y el abad juzga que conviene, él mismo nombrará su prior a aquel que haya elegido con el consejo de hermanos temerosos de Dios.

Según San Benito el monasterio se debe organizar sobre dos principios. En primer lugar ha de ser el abad quien lo organice todo según su propio criterio si es que se quiere que haya paz en la comunidad. En segundo lugar desea que esa organización se base en la estructura de los decanos, algo parecido a lo que hacía San Pacomio, evitando con ello la tentación de la soberbia: pues siendo varios los encargados, ninguno se engreirá. La intención es loable, pero bien sabemos que tampoco eso garantiza la ausencia de tal pasión, pues la soberbia es un mal que llevamos tan arraigado que no sólo nos mueve a engreírnos de nuestros títulos y cualidades, sino también de nuestros cargos más simples por el pequeño poder que nos otorgan. Incluso, si no tenemos nada concreto de qué pavonearnos, nos lo fabricamos mentalmente. Eso es lo que hacemos cuando criticamos lo mal que desempeñan los demás su cargo, imaginando que nosotros lo haríamos mejor, engriéndonos así de una obra que pensamos haber realizado cuando ni siquiera la hemos comenzado. Suma vanidad, diría el libro de Qohélet, pues si vanidad es todo lo que se hace bajo el sol, ¿qué será lo que no pasa de nuestra imaginación?

Pero al verse obligado a ello, San Benito está dispuesto a ceder en el segundo principio, aunque nunca en el primero. Está dispuesto a dejar o modificar el sistema de las decanías si se dan tres circunstancias: si el lugar lo requiere, si la comunidad lo pide razonablemente, con humildad, y si el abad lo cree conveniente. Eso sí, el abad, y no otro, será quien elija al prepósito tras consultar a los hermanos más sabios de la comunidad, quedando la organización última de la comunidad como competencia exclusiva del abad.

El prior –sigue diciéndonos San Benito- cumpla respetuosamente lo que su abad le hubiere encargado y no haga nada contra la voluntad o el mandato del abad, porque, cuanto más encumbrado está sobre los demás, tanto más solícitamente debe observar los preceptos de la Regla.

Para San Benito es muy importante la lealtad. Cuando a uno se le da una autoridad mayor es para que la desempeñe con humildad, honestidad y lealtad. Todos sabemos la tentación que surge con frecuencia en las asociaciones, partidos políticos o empresas, donde el segundo busca ser el primero, dejándose llevar en ocasiones por actitudes destructivas. Eso mismo nos puede suceder a nosotros y nuestras pasiones lo delatan, cegándonos la mente y enturbiando mucho las relaciones. Sí, fijémonos más en las emociones y sentimientos que tenemos y las obras que realizamos que en los discursos que nos fabricamos, pues aquellos suelen revelarnos con más certeza lo que se cuece en nuestro interior.

Como ya he dicho, la idea que subyace en este capítulo es la prioridad de mantener en la comunidad la unidad y la paz. Decimos que la vida monástica encuentra su modelo en la primera comunidad de Jerusalén descrita por los Hechos, donde lo tenían todo en común y se entregaban con perseverancia a escuchar las enseñanzas de los Apóstoles, a la mutua ayuda, a la fracción del pan y a la oración, teniendo todos un solo corazón y una sola alma. En un mundo tan dividido por intereses particulares, e incluso en una Iglesia que también conoce la división y las tensiones internas por la dureza de nuestro corazón, los monjes estamos llamados a ser signo vivo de esa unidad de corazones. Comenzamos teniéndolo todo en común y con gusto nos desprendemos de todo al entrar en el monasterio. Pero poco a poco, en cuanto se pierde el entusiasmo inicial y se acaban las metas por etapas que nos animaban, surge la tentación de retomar el detestable vicio de acaparar cosas, y el corazón se va empequeñeciendo. Eso mismo sucede a nivel relacional y espiritual. En relación con los otros se pudiera perder la frescura y sencillez inicial, construyendo a nuestro alrededor muros de defensa y seguridades que nos protejan de nuestra vulnerabilidad, corazas que asusten a aquellos ante los que nos sentimos vulnerables. A veces el cargo “importante” que se nos encomienda favorece nuestras defensas, pero si no se nos da algo de relumbrón ya buscaremos otros modos. Y a nivel espiritual también pudiéramos empobrecernos, pues toda relación con Dios exige una confianza sin condiciones, y nosotros pudiéramos buscar seguridades cuando no estamos dispuestos a arriesgar en la donación de nosotros mismos.

La vida monástica debiera ser un lugar ideal para vivir la unidad y, sin duda, es un lugar privilegiado. Pero al mismo tiempo, el estar siempre juntos y en un lugar cerrado hace que el monasterio se transforme en un sitio propicio para poner a prueba las relaciones humanas, surgiendo enfrentamientos, divisiones -donde cada cual busca imponer su criterio-, celos, soberbia, etc. Ahí la realidad humana se presente en toda su crudeza, pues los monjes somos plenamente hombres. Esto pudiera desanimarnos, pero también lo podemos ver como el lugar ideal donde las heridas profundas del hombre viejo se pueden sanar de raíz cuando dejamos que el nuevo Adán se asiente en cada uno de nosotros y en nuestra comunidad. Por eso no debemos escandalizarnos de lo duro de este capítulo de la Regla, de las cosas que nos dice San Benito que sucedían a veces en las comunidades. Pero tampoco podemos hacernos ilusiones pensando que nosotros estamos vacunados contra todo eso. Sin duda es algo que existe de forma más o menos explícita, pero también existe el empeño sincero por superarlo. Trabajar por la unidad en la comunidad es cosa de todos. Experimentar la soberbia y el deseo de división, disputa, etc., es humano. La clave está en saber qué tipo de hombre queremos ser y de cuál somos signo para la Iglesia y el mundo: del viejo Adán o del nuevo Adán.

Ya el pueblo de Israel, poco después de constituirse como un solo pueblo bajo el mando de David, experimentó el cisma: diez tribus contra dos. En la Iglesia primitiva, unida en la diversidad de lenguas de Pentecostés, pronto sucede lo mismo. En nuestras manos está que el milagro de la unidad, fuente de la paz, sea posible en nuestra comunidad. Pedir la paz y no trabajar por la unidad sería un absurdo, por lo que si deseamos la paz hemos de trabajar por la unidad.