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Sábado, 17 Febrero 2018 17:40

Capítulo 64 (5)

LA INVESTIDURA DEL ABAD

(RB 64-05)

Aborrezca los vicios y ame a los hermanos. Y en la corrección obre con prudencia y no sea extremoso en nada, no sea que, por querer raer demasiado la herrumbre, se rompa la vasija. Tenga siempre a la vista su propia fragilidad y recuerde que no se debe quebrar la caña hendida. No queremos decir con esto que deje crecer los vicios, sino que ha de extirparlos con prudencia y caridad según viere que conviene a cada uno, como ya hemos dicho. Y procure ser más amado que temido.

La corrección se asemeja más al podar que al arrasar. Cuando la poda es inexperta se puede hacer mucho daño al árbol, quitándole en el corte el fruto del año próximo o debilitando el árbol más de lo debido.

La idea de no ser extremoso en nada, mantener siempre la moderación, es uno de los principios de San Benito. No se trata de mirar a otro lado sin afrontar los problemas, sino de hacerlo con la discreción debida. ¿Y en qué consiste esa discreción? En buscar siempre el mayor bien de la persona, antes que la perfección en el obrar: No queremos decir que deje crecer los vicios, sino que ha de extirparlos con prudencia y caridad según viere conviene a cada uno. Y si uno no sabe hasta dónde ha de llegar la prudencia y el amor en la corrección, se le invita a que se mire a sí mismo y pronto lo descubrirá: Tenga siempre a la vista su propia fragilidad y recuerde que no debe quebrar la caña hendida. Como nosotros solemos ser muy moderados con nosotros mismos y ante todo buscamos nuestro bien, basta con que apliquemos la misma medida con lo demás. Y al final hay una regla de oro que manifiesta si verdaderamente actuamos con discreción y amor por el hermano o nos dejamos llevar por otras motivaciones no tan evangélicas: Y procure ser más amado que temido. El amor produce amor, y cuando no nos sentimos amados por los demás es uno de los signos más claros de que no amamos. Claro está que San Benito no excluye el temor, pues es bien sabido que todos necesitamos más o menos ese lenguaje para avanzar en ocasiones; pero el amor debe ocupar el primer lugar. En el fondo esto es una variante de lo que ya decía antes al abad: Recuerde que le corresponde más servir que presidir. Presidir sí, pero más servir.

En el capítulo 64 parece que a San Benito se le han apaciguado bastante los ímpetus juveniles del capítulo 2, donde invitaba a extirpar de raíz los vicios en cuanto apareciesen, y si los delincuentes son individuos duros, soberbios y desobedientes declarados, no debe perder tiempo en amonestaciones, sino apelar en seguida a los azotes y otras penas corporales. Aquí, sin embargo, se invita al abad que extirpe los vicios con prudencia y caridad. Él mismo tuvo que hacer un proceso interior interesante, quedándose con lo esencial pero modificando las formas, seguramente al ir descubriendo su propia debilidad y la paciencia de Dios con él mismo. Esto le fue abriendo a una mayor discreción en todo que tiene como madre el don del discernimiento.

La palabra discretio (en griego diakrisis), deriva del verbo discernere: separar, desunir, clasificar, diferenciar, decidir. Es la capacidad de diferenciar y decidir. Es saber distinguir entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso.

San Antonio era alabado por San Atanasio por su don de “discernimiento de espíritus”, uno de los carismas de los que nos habla San Pablo en 1 Cor 12, 10. El monje no necesita el don de hacer milagros, pero es imprescindible que tenga el don de discernimiento si no quiere correr sin ir a ninguna parte. Sin ese don será incapaz de sostener la lucha contra los pensamientos y distinguir lo que viene de Dios y lo que viene del mal disfrazado de ángel de luz. Pero este don no se recibe sin más, requiere un aprendizaje, afrontando el combate interior con decisión.

En los Apotegmas o Sentencias de los Padres hay varios relatos en los que se alude al don de la discreción. Se atribuye a San Antonio la siguiente sentencia: “Muchos han agotado su cuerpo en ejercicios ascéticos y, sin embargo, están alejados de Dios por carecer de discretio”. Naturalmente que Antonio no rechaza la ascesis, pero sí hacerla sin discreción que, recuerdo, no es simple “moderación”, sino con discernimiento, sabiendo distinguir qué es lo que nos mueve a ello, si viene de Dios o no. Abba Poimén decía: “Algunos llevan siempre un hacha, pero no saben cómo talar el árbol. Otro, en cambio, que conoce el oficio, tala el árbol con pocos golpes. El hacha significa la discretio”.

Un hermoso ejemplo de discreción lo tenemos en lo que se nos dice de Abba Aquiles. Tres monjes le pidieron que les hiciera una red. Querían tenerla en sus celdas como recuerdo. Aquiles rechazó la petición de los dos primeros, pero hizo caso al tercero, que precisamente era un asceta con mala fama. Accedió a la petición del tercero porque los dos primeros no se entristecieron cuando les dijo que no tenía tiempo. En cambio, el tercero, hubiese pensado que no le hacía la red por su mala conducta.

La discreción es la luz del discernimiento para saber actuar. Unas veces puede llevar a tomar actitudes severas, mientras que otras se muestra indulgente, según las circunstancias de cada momento. Por la discreción se sabe dar respuesta a los casos concretos. Quien tiene el don del discernimiento no se sirve de recetas ni de manuales de conducta, pues aunque las líneas generales ya se conocen, lo que busca es salvar a la persona. La situación de las personas es diferentes y puede cambiar según el momento de la vida que esté pasando o el estado de ánimo en que se encuentre. Por eso, los que carecen del don de discernimiento o no tienen conocimiento de causa, se pueden sentir escandalizados por la actitud del que sí lo tiene.

Casiano dedica una de sus conferencias a la discretio y la alaba como “la gracia que tiene la preeminencia entre todas las virtudes”. Entiende ese don como la capacidad de distinguir en cada virtud entre lo demasiado y lo muy poco, para obrar en consecuencia. Con ella el monje puede corresponder a la situación o exigencia que se le presenta y encontrar la respuesta adecuada.

San Benito no sólo quiere que ese don lo tenga el abad, sino todos los hermanos. Por eso en el capítulo 70 reprende al que se deja arrastrar por la ira, sin capacidad de discernimiento, contra los hermanos mayores y los niños. Es decir, es impropio de monjes el carecer de la mesura, reflexión, control y amor que da el discernimiento. Si el abad posee el carisma de la discretio, sabrá reconocer la voluntad de Dios en los hermanos y les podrá estimular a seguirla. En el fondo lo que interesa es la salvación de las personas, para lo cual deberá saber adaptarse en su actuar.