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Sábado, 27 Enero 2018 17:33

Capítulo 64 (2)

LA INVESTIDURA DEL ABAD

(RB 64-02)

Después de hablarnos de la elección del abad, el capítulo 64 de la Regla retoma lo ya expuesto en el capítulo 2, esto es, nos vuelve a hablar de cómo debe ser el abad. Se aprecian algunos matices que modifican de algún modo las cualidades enunciadas en RB 2. En el presente capítulo se resaltan una mayor discreción y benignidad en la figura del abad.

El que ha sido investido como abad ha de considerar siempre cuál es la carga que ha aceptado y a quién habrá de rendir cuentas de su administración, y sepa que más le corresponde servir que presidir. Este es el comienzo de los avisos que San Benito da al abad recién elegido para que se lo grave en el lema de su escudo. Lo primero que dice puede resultar angustioso si lo lleva al pie de la letra. Como el abad tenga que estar pensando siempre en la pesada carga que le han puesto encima y que tiene que dar cuentas de toda su administración a Dios, lo mismo presenta su dimisión antes de comenzar. ¿Quién tiene la suficiente virtud y cualidades para ser abad? Si cuando el abad está repartiendo los cargos de la comunidad escucha continuamente muchas razones por parte de los hermanos que muestran sus dificultades para asumir una carga u otra, ¿cómo no preguntarse si no sería oportuno dejar la propia tarea abacial al verse uno igualmente sin cualidades y con grandes dificultades, además de recibir la “amenaza” de que se le pedirá cuentas de todo en el tremendo juicio de Dios? Más vale pensar que nuestra fuerza está en el Señor, que es rico en misericordia y sostiene a los que ponen en él su confianza. Que no elige a los más capaces, sino que capacita a los que elige. Eso nos ayuda a no pensar en la carga y tratar de hacer lo que se nos ha encomendado con alegría, pues lo que no se hace con alegría y de buen grado no vale para nada. ¿Estamos dispuestos a olvidarnos de nosotros mismos, y buscar nuestra fuerza en el Señor más que en nuestras cualidades, no buscando lo que nos gusta sino tratar de que nos guste lo que nos ofrecen? Más vale pensar cómo llevar la carga con más garbo que estar obsesionados con lo pesada que es. Lo primero agudiza el ingenio y da la satisfacción de la superación ante las dificultades. Lo segundo, amarga la existencia. Sin duda que San Benito no quiere desanimar al abad, sino simplemente le invita a tomarse en serio su servicio, evidentemente duro, pero hermoso y llevadero con la gracia de Dios.

Igual sucede cuando avisa que debe rendir cuentas. No podemos ser negligentes con el tesoro que se nos ha confiado, pues el evangelio nos recuerda que a aquél que lo guardó en un pañuelo no le sucedió nada bueno, ya que los dones que recibimos no son para que nos sirvamos de ellos, sino para que den mucho fruto. Es bueno recordar que Dios es rico en misericordia, pues de lo contrario, ¿quién puede mantenerse en pie en el juicio de Dios? San Benito, no obstante, mete el miedo en el cuerpo al abad precisamente por la autoridad tan grande que le da. Es el padre del monasterio y no debe dar cuentas a nadie, excepto a Dios, piensa San Benito.

Con frecuencia la obligación moral la sentimos más fuerte que la obligación legal. Si un superior nos manda algo que no nos gusta, podemos tener la tentación de buscar la manera de evitarlo y las razones necesarias para calmar nuestra conciencia. Pero si no es alguien el que nos está vigilando, sino nuestra propia conciencia, entonces sentimos la responsabilidad de forma más viva, parece que nos motiva más. La prohibición y los mandatos provocan la picaresca, el amor suscita la entrega de uno mismo.

A veces he visto a algún abad emborracharse de su autoridad, cayendo en un mesianismo que justifique no poner en duda sus decisiones. Ciertamente que hay que reconocer la autoridad del abad y respetar el carisma recibido, aunque humanamente se equivoque, pero cuanta más autoridad se tiene, más cuidado hay que mostrar, con más humildad hay que ejercerla. Y como todos tenemos hombres sobres nuestras cabezas, autoridades humanas a las que tener que dar cuentas de alguna forma (P. Inmediato, Abad General, Capítulo General), la actitud del abad se pone a prueba. A veces he visto cómo algunos abades/as que son amonestados se rebelan y buscan las artimañas más rocambolescas para seguir haciendo su voluntad y aferrarse al cargo en perjuicio de la comunidad. Al final de nada les vale, pero dice ya mucho su actitud y confirma la validez de la amonestación que se le hace. Cuando se vive el abadiato como un servicio eclesial desde la fe, no son necesarias las amenazas y se está pronto para dejarlo todo si ya no se es útil a la comunidad.

Finalmente el abad debe recordar que le corresponde más servir que presidir. Buen recuerdo éste de San Benito, pues somos demasiado olvidadizos y con gran facilidad tendemos a servirnos de la autoridad que se nos da, olvidándonos de que se trata de un servicio: el servicio de autoridad. Evidentemente que San Benito no quiere decir con esto que el abad debe estar más preocupado de fregar los platos de los hermanos que de sentarse en el centro de la mesa presidencial en el comedor. Más bien le recuerda que el cargo de abad no termina ni es principalmente el presidir las ceremonias y el ocupar un puesto de honor, y mucho menos señorearse. Al abad le toca arremangarse y animar a la comunidad, velar porque los hermanos crezcan según el evangelio, estar atento para que el mal no se infiltre, animar al apocado, orientar al fuerte, etc. Este es un verdadero e imprescindible servicio para la comunidad. Presidir los actos comunitarios lo puede hacer cualquiera, pero no así el servicio abacial.

En este primer aviso de San Benito al abad se ve claramente la influencia de San Agustín que escribe en su Regla: “El superior puede considerarse feliz no porque su cargo le permita mandar, sino porque puede servir en el amor. Por ese puesto de honor ante los hombres está sobre vosotros, pero en la presencia de Dios está con temor a vuestros pies... Y debe ser siempre consciente de que tendrá que rendir cuentas a Dios por vosotros... Porque cuanto más alta es su situación mayor es el peligro en el que está” (cap. 11).

Pero está visto que con el tiempo ha habido un cambio en la figura del abad. Como nos recuerda el P. Basilio Steidle, igual que el monje sufrió una evolución histórica pasando de “monje laico” a “monje sacerdote”, así el abad pasó de “abad laico” a “abad príncipe” o prelado. De ahí que debiera vestir de forma acorde a su nueva condición: báculo, mitra, anillo, cruz pectoral, solideo, dalmática, tunicela, guantes y sandalias. Parece que San Benito ya se lo temía, aunque en su época el abad vestía casi como un monje, caracterizándose sólo por el báculo y poco más. San Bernardo, por su parte, es muy claro al respecto cuando nos dice: “Algunos abades explican con sus actitudes sus propios criterios cuando derrochan energías y dinero para conquistar privilegios apostólicos, para justificar sus insignias pontificales, llevando, como los obispos, mitra, anillo y sandalias. Si considera uno la excelencia de estos signos, se ve que repugnan a la profesión monástica. Son signos de un ministerio asignado sólo a los obispos” (San Bernardo, Sobre el ministerio episcopal, 36, BAC 452, p. 485). Pero está visto que aunque acudimos con frecuencia a la paternidad espiritual de San Bernardo, sabemos seleccionar lo que nos interesa. Quizá haya que reconocer también que los tiempos cambian y las situaciones lo pueden requerir, pero la vanidad del corazón humano está ahí por mucho que la queramos disimular, y San Bernardo pone el dedo en una llaga que San Benito había profetizado.

¿Por qué hay este paso insensible hacia el deseo de presidir y dar una imagen solemne ante los demás? Cuidamos la imagen según la persona que tenemos delante y la dignidad que le reconocemos, esto es evidente. Si el abad termina siendo sólo un representante del monasterio ante dignatarios de este mundo, lógicamente terminará adquiriendo unas formas de comportarse y de vestir acorde a la situación, y luego, insensiblemente, tomarán carta de ciudadanía en su servicio abacial dentro de la comunidad. Lo que somos se expresa en lo que hacemos o en la imagen que damos, y lo que hacemos, termina conformando lo que somos. El abad debe saber presidir y estar con los dignatarios de este mundo, pero como monje padre de una comunidad. Esto, lejos de desentonar, puede ser un buen signo profético para los que se dejan esclavizar por su dignidad o se olvidan que todo ejercicio de autoridad es ante todo un servicio a los demás. ¿No nos da un hermoso ejemplo el papa Francisco?

No es malo que el abad sea equiparado a los obispos, siempre y cuando sea en su ministerio pastoral y no su dimensión representativa. Vosotros tenéis que ayudar a vuestro abad a que viva su servicio presidiendo en la caridad, sin inducirle a vanidades ni caer en chabacanerías y animándole a ejercer su autoridad como servicio animador de la comunidad.