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Sábado, 06 Enero 2018 16:52

Capítulo 63 (3)

EL ORDEN DE LA COMUNIDAD

(RB 63-03)

Hemos visto ya cómo San Benito quiere que haya orden y paz en la comunidad monástica. Para ello no sólo deben estar las cosas en su sitio y bien definidas, sino que la relación entre los hermanos debe ser respetuosa y llena de veneración y amor. Pero, ¿qué sucede cuando ese orden, ese respeto y ese amor se ven alterados en la comunidad? ¿Es lícito perder entonces la paz? O, por el contrario, ¿surge entonces la posibilidad para que esa paz y ese amor se acrecienten?

Martin Luther King nos invitaba al heroísmo en el amor. Si él fue un gran hombre no es precisamente porque viviese en una gozosa armonía, rodeado del amor y del cariño de todos. Nada más lejos de la realidad y, sin embargo, vivió en paz el amor que predicaba. El amor nace de la culpa. El que ofende puede pedir perdón, pero después ha de esperar a recibirlo. Sólo el ofendido puede dar ese perdón. Y cuanto más grave es la ofensa, más patente queda el perdón. Perdón que no desfigura la realidad llamando bueno a lo que es malo, sino que impide que lo malo rompa la relación.

A veces se oye decir: “yo no he venido al monasterio para hacer esto o lo otro”. ¿A qué he venido yo al monasterio? Al monasterio sólo venimos a buscar a Dios con todo el corazón, teniendo el oído atento para ver qué nos pide y poderle responder con la generosidad de que seamos capaces. Al monasterio no hemos venido a tener una vida programada, ordenada, equilibrada o pacífica, aunque tengamos que programarla, ordenarla, equilibrarla y pacificarla. Cuando confundimos el contenido con el continente podemos vivir en el engaño. El monje no es lo que dicen los libros de divulgación que es un monje. El monje es el que hace un camino interior siguiendo a Cristo. Es, por lo tanto, algo impredecible, una aventura. Cuando decimos “yo no he venido a esto o a lo otro”, es que tenemos demasiado claro el camino a seguir, sin haberlo comenzado siquiera.

Comprendo perfectamente lo que se pretende decir con esas palabras, aunque quizá sería más sencillo expresar con humildad las dificultades que tenemos o la necesidad de descanso. La vocación que profesamos, es verdad, requiere que se nos respete un clima de oración, una vida comunitaria, una posibilidad de expresión litúrgica, una vida de sencillez, un cierto orden, etc., pero la clave no está en todo eso, sino en cómo lo vivimos. Así como nadie me puede impedir amar, así nadie me puede impedir ser monje de corazón, ser seguidor de Jesús en la vida monástica, en situaciones quizá adversas.

Tendemos a fijarnos en la parte negativa de la adversidad sin descubrir su valor intrínseco, por lo que tratamos de apartarla de nuestro camino. Cuando nos ofenden es más fácil quitar de nuestra vida al ofensor que acogerle desde el perdón, restaurando así la relación rota. Y es que, a veces, nuestro concepto de pobreza es un tanto aristocrático. Así como el pobre no elige su pobreza, y con frecuencia debe soportar cosas humillantes que le desconciertan, así nosotros hacemos voto de pobreza pero queremos que ésta sea ordenada, que entre dentro de unos cauces que no me quiten la paz, olvidando que la paz no viene de fuera, sino que surge de nuestro interior cuando estamos centrados en el Señor Jesús.

Como he recordado tantas veces, cuando tenemos a un hermano que nos resulta insufrible, pensamos que lo mejor es quitarlo de en medio para que la comunidad y yo mismo no perdamos la paz, o simplemente podamos vivir en paz. Igual cuando se nos pide hacer algo que nos incomoda al ver que no tenemos el tiempo que consideramos necesario para hacerlo bien, como a mí me gusta, y que pueda tener buena presencia ante los demás para recibir su aprobación. O cuando se me pide una cosa para la que creo no tener cualidades, por lo que me niego para no perder mi tranquilidad, diciendo que es mejor que lo haga otro, cualquier otro, aunque no exista ese otro. Esa aristocratización de los votos la vemos en multitud de ocasiones, hasta en los momentos más cotidianos como a la hora de comer, cuando algo no nos gusta o pensamos que no nos sienta muy bien (realidades a veces sinónimas), tratamos de salirnos con la nuestra difuminando nuestra opción por la pobreza. O cuando empezamos a distinguir entre pobreza y miseria para justificar el que se nos dé lo que deseamos, etc. Al conseguir lo que deseamos obtenemos un tipo de paz que se asemeja a la tranquilidad. Al evitar lo que se nos ofrece por incómodo, perdemos otro tipo de paz mucho más valiosa.

Más que buscar la paz de Dios defendemos las cosas que nos dan paz. En el libro de Job leemos que era un servidor de Dios que gozaba de su paz en la seguridad de sus posesiones. Satanás le dice al Señor: ¡Así cualquiera!, daña sus posesiones y te apuesto a que te maldecirá en tu cara. Pero Job, una vez desnudo, no maldijo al Señor. ¿Qué pasa cuando se nos quitan las cosas que nos dan paz y seguridad? Job sabía dónde estaba la verdadera paz, que no se la pudieron quitar cuando le despojaron de las cosas que le daban simplemente tranquilidad.

Todas las alegaciones que podamos hacer para defender nuestra tranquilidad tienen mucho de verdad, pues de lo contrario no se dirían. Pero podemos preguntarnos si esa es la paz a la que el Señor nos llama cuando pide le sigamos, cuando nos pide caminar por donde él ha caminado. Cuando San Gregorio comenta las palabras del Señor: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió a mí, así os envío yo también a vosotros, nos dice: “Esto es, cuando yo os mando ir entre las asechanzas de los perseguidores, os amo con el mismo amor con que el Padre me ama al hacerme venir a sufrir tormentos”; pues “el Señor eligió y envió a los apóstoles no a gozar en el mundo, sino a padecer, como El había sido enviado”.

¿Dónde están las asechanzas de nuestros perseguidores? ¿Dónde están los que nos quitan la paz o nos persiguen? Si nadie nos quita la paz, si nadie nos odia, si nadie nos persigue, es que el Señor no nos envía; y si no nos envía, es que no somos sus discípulos. Quizá vivamos en la espera de tener un día todo eso, una gran prueba clara ante todo el mundo, y quizá nos muramos en esa espera, pues frecuentemente tenemos una idea preconcebida de algo que nunca sucederá, por no ser lo que el Señor nos tiene reservado. El discípulo no es más que su Maestro, y el discípulo debe estar atento a lo que le pida el Maestro. Quizá ya se esté dando todo esto en nuestras vidas y no seamos capaces de verlo, por tener un concepto de la vida espiritual demasiado elevado. Quizá nos esté sucediendo como a Naamán el sirio, que rechacemos el bañarnos en el Jordán de nuestra vida diaria para limpiar nuestra enfermedad por ser algo poco llamativo, aunque sí humillante. Quizá estemos demasiado preocupados por quitar de en medio todas las oportunidades molestas que el Señor nos pone delante para limpiar nuestra lepra.

El amor y el orden no consisten en crear un clima de armonía amorosa donde gozarnos plácidamente. En ello tenemos que trabajar, no cabe duda, pero ese no es el amor ni la paz que nos trajo Cristo, aunque pueda ser reflejo de ello. El amor es el perdón y la entrega generosa de sí mismo capaz de resucitar lo que está muerto, no eliminando el cuerpo, sino glorificando el cuerpo, glorificando la debilidad de nuestro ser terreno, que nos permite atravesar las paredes del miedo y la cerrazón sin perder nuestra débil corporeidad. Así la vida monástica es saber vivir desde Dios, con profunda fe, las circunstancias que nos tocan vivir. Es entonces cuando glorificamos la debilidad corporal que quizá nos pueda quitar la paz de este mundo, pero que acrecienta la paz que viene de Dios y que nadie, absolutamente nadie, nos podrá quitar. Si aniquilamos el cuerpo, esto es, si sólo buscamos que desaparezca de nosotros la debilidad que nos humilla, o pedimos se aparte de nosotros la dificultad comunitaria que pueda existir, o exigimos no nos pidan algo que creemos puede alterar nuestra tranquilidad, o simplemente hacemos lo posible por prescindir del hermano o alejar de nosotros la adversidad que se nos pone delante, entonces, nunca podremos hacer lo que hizo Jesús: glorificar su cuerpo mortal para que la gloria de Dios se hiciera manifiesta. Estamos llamados a hacer lo que hizo Jesús: glorificar la debilidad aparente, no suprimiéndola sino viviéndola de una forma nueva.

La razón fortalece la fe, pero cuando anteponemos nuestros razonamientos a la fe podemos errar el camino, aunque parezca más coherente y comprensible. San Gregorio Magno nos dice: “Debemos reconocer que la obra de Dios deja de ser admirable si la razón la comprende, y que la fe carece de mérito cuando la razón adelanta la prueba”.