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Viernes, 20 Febrero 2015 09:54

Capítulo VII

                                                                               LA HUMILDAD (RB 7)

 

 

1º grado: el temor de Dios, caminar en su presencia es el fundamento de toda vida interior.

2º al 5º: humildad con el Abad (superior).

6º  y 7º: humildad con los demás.

8º al 12º: expresión exterior de esa humildad.

 

 

 

                         Grados de HUMILDAD

                                          (RB 7)

 

 

                           Grados de SOBERBIA

                                 (San Bernardo)

 

12. Mostrar humildad con los ojos clavados en tierra.

 

  1. La curiosidad, con los ojos y sentidos atento a todo lo que no interesa.

 

11. Sensatez y parquedad, en las expresiones, sin levantar la voz.

 

  2. Ligereza de espíritu, indiscreción de las palabras, altibajos.

 

10. No risa fácil.

 

 

  3. Risa fácil y alegría tonta.

 

  9. Esperar a ser preguntado para hablar.

 

 

  4. Jactancia y mucho hablar.

 

  8. No significarse.

 

  5. Singularizarse, buscando la propia gloria

 

 7. Reconocerse el más despreciado de todos.

 

  6. Ser arrogante, creyéndose mejor que los demás.

 

  6. Juzgarse indigno e inútil para todo.

 

 

  7. Ser presuntuoso y meterse en todo.

 

  5. Confesar los propios pecados.

 

 

  8. Excusar los propios pecados.

 

  4. Aceptar con paciencia las cosas ásperas y duras.

 

  9. No aceptar las cosas ásperas y duras.

 

  3. Abrazar la obediencia.

 

10. Rebelarse contra el superior y los hermanos.

 

  2. No amar la propia voluntad.

 

 

11. Libertad de pecar.

 

  1. No pecar por temor de Dios.

 

 

12. Costumbre de pecar

 

 

 

LA HUMILDAD

(RB 7-01) 09.09.12

                Sin duda alguna la humildad es el centro de la doctrina espiritual de la RB, pues es la base de la espiritualidad monástica desde sus orígenes. Cuando San Benito nos habla de ella parece que incluso va más allá. Se refiere a la humildad como si se tratase de una visión global de la vida ascética. En este sentido, la humildad sería algo así como la virtud que engloba todas las demás virtudes, como una actitud fontal en nuestra relación con Dios, acogiendo su voluntad expresada en todos los acontecimientos de nuestra vida. No se trata de un simple acto o una etapa, sino que engloba toda la experiencia cristiana y monástica. Rebasa, consiguientemente, los límites de una simple virtud escolásticamente hablando, lo que un comentarista de la Suma teológica de Santo Tomás define como: “una virtud del apetito irascible que refrena los deseos de propia grandeza, haciéndonos conocer nuestra pequeñez ante Dios” (C. Aniz). El mismo Santo Tomás la considera como un hábito moral opuesto a los apetitos del orgullo. Vista así, es difícil entender la actitud religiosa de la humildad que nos propone San Benito. La humildad rebasa los límites de una simple virtud y mucho menos la podemos reducir a un poner cara de circunstancia, agachar la cabeza, reprimirnos cuando nos sube la adrenalina o decir que no valemos para nada.

                Como es conocido, el vocablo latino “humilitas” viene de “humilis”. Esta palabra, a su vez, procede del griego “tapeinós”, que significa bajo, pequeño, pobre, servil, despreciable. El término hombre (“homo-humanus”), por su parte, viene de “humus”, esto es, perteneciente a la tierra, formado de tierra o cercano a ella. El vocablo “humilis” aplicado a las personas hace relación a su “baja cuna”, condición social inferior, disposición de pocos medios económicos y de precariedad en cualidades. Pero si el hombre viene de la tierra, por su misma condición es “humilde”, tiene una condición humilde, y esa condición radical -más allá de la social- es la que le va a marcar en su experiencia espiritual. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?, exclama el salmista.

                Según los estudiosos, el término humildad sólo adquiere un significado positivo, como virtud verdaderamente estimable y estimada, en los autores cristianos. “La vida humilde sería una disposición del espíritu diametralmente opuesta a toda clase de orgullo, de presunción, de vanidad, de autosuficiencia, que debe impregnar la vida de todo seguidor de Cristo” (Colombás).

                Por eso San Agustín, al referirse a la humildad en su relación con la cultura griega nos dice: “Esta agua de la confesión de los pecados, esta agua de la humillación del corazón (...), no se encuentra en ningún libro de los extraños: ni en los epicúreos, ni en los de los estoicos, ni en los de los maniqueos, ni en los de los platónicos. En todos ellos se hallan óptimos preceptos sobre las costumbres y las disciplina; sin embargo, no se encuentra esta humildad. La vena de esta humildad brota de otro manantial; emerge de Cristo”.

                Cuando teorizamos sobre algo corremos el serio peligro de evadirnos de la realidad. Eso nos puede suceder cuando hablamos de la virtud de la humildad. Podemos confundirla con un sentimiento o con un ideal. Pero la humildad se confronta con una realidad muy concreta. Cuando Jesús nos habla en el Sermón del Monte de las Bienaventuranzas, baja a lo concreto a lo que aquella gente le podía entender. En el AT hablar de humilde es hablar de los “anawin”, esos pobres, débiles, desamparados, humildes que gozan de la predilección de Dios, pues su misma necesidad es la que les abre el corazón a esperar la ayuda divina. El corazón no se abre desde las ideas, sino desde la necesidad concreta, experimentada. Si no hay necesidad, no hay apertura y no puede haber humildad. Si no hay vacío, no hay posibilidad de ser llenado. Por consiguiente, si queremos ser llenados y ya estamos llenos, deberemos vaciarnos. De ahí la hermosa traducción que hace la Nueva Biblia Española de la primera bienaventuranza: Dichosos los que eligen ser pobres. Se trata de un vaciarse concreto que nos capacite mirar a lo alto con las manos extendidas esperando en el Señor. Experiencia entendible sólo desde la fe. Experiencia que no todos tienen que vivir de la misma manera, pero sí que todos necesitamos hacerlo de una forma concreta.

                La característica fundamental del humilde es que experimenta su no tener o es plenamente consciente que lo que tiene no le sustenta. De tal manera que el humilde no pone su confianza más que en el Señor. Experiencia espiritual y sicológica que parte de nuestra corporeidad, de nuestra relación con nuestro cuerpo y con el mundo que nos rodea. Experiencia que nos hace crecer y nos unifica al permitirnos acoger lo que hay y a descansar confiadamente en otro al que amamos y del que esperamos algo. Los que carecen de fe lo tendrán que explicar de otro modo, pero la realidad parece que es así según aquellos que la viven y la manifiestan viviendo en paz su propia precariedad. La experiencia del amor y de la confianza requiere un tú. Los que creemos en Dios y en una relación personal con él lo enfocamos desde ahí. Quien no cree, tendrá más dificultad para poder tener una experiencia de ese tipo, pues no hay persona humana capaz de colmar el amor del que somos capaces, ni darnos la confianza que necesitamos.

                En el NT hallamos el término “anawim” al comienzo del evangelio de Lucas referido a María en el cántico del Magnificat: Porque el Señor ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, y es ampliada a los demás cuando continúa: derribó del trono a los poderosos y exaltó a los humildes. Y en Mateo 11,29 Jesús se la atribuye a sí mismo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. San Pablo, por su parte, se refiere a la humildad en contraposición con nuestro ego, nuestra arrogancia, nuestra presunta sabiduría: no seáis altivos, que os atraiga lo humilde, no os complazcáis en vuestra propia sabiduría (Rm 12, 16 y otros).

                Parece claro que la humildad en la Escritura es ante todo una actitud que nos pone en relación con Dios y con los hombres. Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Y los humildes son los que confían en Dios, siendo él el que los enaltece y el que da la paz que Jesús nos trae. Quizá todo siga igual, pero se vive de forma diferente. Cuántas veces sucede que uno va a los lugares más deprimidos de la tierra buscando solucionar algo y pronto descubre que los pobres le dan a él mucho más que lo que él puede darles. Porque los pobres viven con otros valores a los nuestros. Quizá su visión del mundo sea más concreta y primaria, más humana, pues no pueden pretender grandes cosas. Son capaces de compartir lo que casi no tienen y pueden transmitirnos una alegría que nos desconcierta. Es lo que testimonian muchos que han estado con ellos.

                Sin duda que la humildad, como valor humano, lo puede vivir toda persona. Pero para los cristianos la humildad tiene siempre una razón de ser, es una actitud fruto de la confianza, del reconocimiento de mi pequeñez y del reconocimiento del valor de los demás, imagen del mismo Dios. El humilde confía y se pone al servicio de los demás. Por eso, también San Pablo resalta la importancia de la humildad en las relaciones fraternas: Os exhorto a que viváis con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor (Ef 4,2); No hagáis nada por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo (Filp 2,3); Revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia (Col 3,12). La relación humilde entre los hermanos nos ayuda a crecer en el amor. No es algo que salga solo, pues tenemos un pequeño yo al que protegemos con mucho afán. Necesitamos aprendizaje y empeño.

El trabajar por ir desechando la altanería, el menosprecio clara o sutilmente expresado, el llevar cuentas del mal, etc. y el empeñarnos por estar prontos al servicio humilde, a colaborar con los otros relegando los protagonismos enraizados que tenemos, a estar atentos a las necesidades y gusto de los demás, ¿qué es sino vivir en humildad? Eso sólo puede traer bienes a la comunidad y predisponernos a un camino personal y comunitario mucho más fructífero. Y si una comunidad vive eso, bien sabemos que se irradia, que tiene una influencia misteriosa hacia el exterior, y no sólo por su carácter ejemplarizante, sino por esa misteriosa realidad espiritual que todo lo abarca, más en la línea del ser que del hacer, y que influye en el mundo, como influye también el odio y la soberbia.

                Jesús decía de sí mismo que era manso y humilde de corazón, y así lo reconoció la primera comunidad cristiana cuando proclamaba en la liturgia que no se aferró a su condición divina, sino que se presentó como simple hombre y se abajó obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz (Filp 2, 5-8). Bien sabemos que ese camino no lo hace por él, sino por nosotros. Así nos recuerda que somos imagen, pero no modelo. Que la imagen se asemeja al modelo, pero no al revés. Y que si creemos que él es el Cristo, el enviado de Dios, el camino que nos lleva al Padre, entonces no podemos sino tener esa actitud receptiva y humilde que acoge y está dispuesta a dejarse enseñar por su palabra.

LA HUMILDAD

(RB 7-02) 16.09.12

                Los monjes antiguos hablaban de lo que vivían. Y la humildad que vivían se expresaba en lo más cotidiano: vestidos pobres, lavatorio de los pies a los huéspedes, humildes relaciones fraternas en el trato, negarse a recibir la ordenación sacerdotal por temor a la vanidad, obediencia hasta límites insospechados como expresión de confianza y servicio, etc.

                Para Casiano la humildad es una actitud que comprende todas las virtudes y está presente en todas las etapas del camino espiritual. Es inicio y es coronación. Pero la humildad que primero es trabajosa, luego es expresión natural de lo que uno mismo termina siendo por la gracia, se transforma en un estado, eso que tantos santos reflejan al final de su vida con una mansedumbre que no sólo se ve en sus obras o en sus palabras, sino hasta en su misma mirada y en su porte. Actitud que no provoca ningún rechazo y que genera paz a su alrededor.

Es el paso del temor al amor del que nos habla Casiano al referirse a la humildad y que evoca también la RB: “El principio y la salvaguardia de nuestra salvación es el temor de Dios (cf. Prov. 9, 10). Los que tratan de caminar por los cauces de la vida perfecta encuentran en él el origen de su conversión, la enmienda de los vicios y la perseverancia en la virtud. Una vez ese temor se ha apoderado del alma hasta saturarla por completo, engendra de suyo el menosprecio de todas las cosas… Sólo entonces, desprendido ya y despojado en absoluto de sus bienes, adquiere la verdadera humildad, cuya presencia se da a conocer por estos indicios (o ‘diez signos de humildad’: dominio de sí, apertura a un anciano espiritual, dejarse cuestionar, vivir en obediencia y paciencia, no injuria ni se entristece cuando le agravian, no se aparta del ejemplo de sus mayores, vive contento en la adversidad considerándose indigno, se siente el último de todos, no levanta la voz ni es fácil para las risotadas). Estas señales y otras semejantes acusan la presencia de la verdadera humildad. Una vez poseas de veras esa humildad, te conducirá enseguida a un rango mucho más alto, a aquella caridad que excluye todo temor. Entonces todo lo que antes cumplías no sin recelo, comenzarás a observarlo en adelante sin dificultad y como naturalmente; no por respeto al castigo ni por temor alguno, sino por amor del mismo bien y por el gusto de la virtud” (Instituciones, 4, 39).

¿Pero cuál es el mejor camino para conseguir una verdadera humildad? Podemos leer muchos libros sobre la humildad. Podemos vivir entre gente pobre y humilde. Podemos hacer cosas que son reconocidas como humildes por los demás. Pero al final, lo que de verdad nos hace humildes, es acoger eso que no buscamos, eso que no pretendíamos y ni siquiera es significativo material, intelectual o espiritualmente. La humildad es una actitud del corazón que implica despojo. Y no hay mayor despojo que el que los otros nos hacen, pues sabe mucho peor el que nos despojen que el despojarnos. Ese trabajo lo podemos realizar en comunidad, cada uno según le impulse la gracia. Entonces, cuando hayamos hecho eso, cuando vivamos en esa actitud, serán mucho más auténticas nuestras iniciativas, despojadas del engañoso ego y abiertas con humildad y confianza a lo que el Padre quiera de nosotros.

                San Benito comienza el capítulo sobre la humildad recordando el evangelio: La divina Escritura, hermanos, nos dice a gritos: “Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11). Esta máxima es el colofón de una parábola que Jesús nos cuenta al contemplar a algunos invitados que buscaban colocarse en los primeros puestos. El evangelio no nos dice exactamente a qué estaban invitados esos que buscaban los primeros puestos, pero la parábola con que Jesús nos va a iluminar su enseñanza sí lo hace y es significativa, pues nos habla del banquete en una boda. Boda y banquete tienen una clara dimensión escatológica. Todos estamos invitados al desposorio definitivo y al banquete del Reino. Pero acudimos por una invitación. Es algo recibido, no conseguido. De ahí la máxima de Jesús y el aviso: la humildad nos sube, mientras que por la soberbia bajamos. Una se vacía y recibe. La otra se siente a gusto creyendo estar llena y es despojada de lo que en realidad no era suyo. La primera nos descubre lo que somos, dándonos lo que estamos llamados a ser. La segunda nos hace creer ser lo que estamos llamados a ser y nos cierra el camino para alcanzarlo. Confundir la semilla y el fruto es confundir lo que somos realmente con la dignidad que se nos da y que un día se verá colmada. La semilla no es más que un grano, con capacidad en sus entrañas de ser un hermoso árbol, pero semilla a fin de cuentas. El reconocimiento de ello, lejos de menospreciar nuestra condición, nos hace receptivos a la acción de Dios. El confundirnos con la meta aún no realizada, nos incapacita para tener una actitud receptiva a la acción de Dios, algo que tradicionalmente se llama soberbia.

                La imagen de la escala por la que se sube y se baja es muy antigua. La vemos ya en el AT. Pero es Orígenes quien la hará familiar en la espiritualidad cristiana. Escala que baja del cielo y por la que subimos. Escala que se apoya en la tierra para poder ascender. Escala que nos recuerda el camino de descenso del que siendo Dios se hizo hombre, volviendo al Padre llevando consigo a la humanidad redimida.

                La escala tiene muchos peldaños que se han de subir poco a poco. La escala, consiguientemente, indica un camino lento, fatigoso y continuado, nada de arrebatos fulgurantes. San Benito nos habla de los doce grados o peldaños de la humildad, pero, como hemos visto, ya antes Casiano nos había hablado de los diez “signos de humildad”, y Juan Clímaco construye su conocida “escala del Paraíso” con 30 peldaños.

                Toda escala, como todo edificio, tiene su orden. Los elementos inferiores tienen que ser más sólidos, pues sostienen todo el edificio. En la construcción de esa escala de la humildad San Benito pone como primer grado el temor de Dios, el caminar en su presencia, fundamento de toda vida interior. Del 2º al 5º nos habla de la humildad con el Abad. En el 6º y 7º se refiere a la humildad con los demás. Del 8º al 12, finalmente, nos habla de la expresión exterior de esa humildad.

Todos experimentamos a veces la tentación de vivir de la apariencia. Si no hay vida de fe, si no vivimos desde Dios dejándonos hacer por él con confianza filial, nuestra apariencia de humildad no sólo no edifica, sino que dará grima. El que quiere aparentar humilde es repulsivo, busca salirse con la suya, aparentar ser mejor que los demás y, cuando la situación le aprieta, rompe desproporcionadamente, arremetiendo contra todo y contra todos, sintiéndose mártir en medio de verdugos, incomprendido y ultrajado. Y es que la apariencia de humildad está al alcance de todos, pero la humildad sincera sólo brota cuando está edificada sobre el sólido cimiento del temor de Dios, de la vida desde él, desde la opción fundamental por él. Entonces hasta nuestras mismas debilidades son causa de crecimiento humilde cuando no se ocultan, pues el pecado confesado no produce más que humildad.

                La expresión que utiliza San Benito para introducir el texto evangélico inicial es muy sugerente, como hemos visto. Dice: La divina Escritura, hermanos, nos dice a gritos: “Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Está visto que debemos ser un poco sordos y San Benito lo sabe. Podría haberse limitado a escribir que la Escritura nos dice, pero no, él, que no es nada barroco, señala que la Escritura nos grita fuertemente. Como si se necesitara un impulso especial para romper ciertas barreras. Y la mayor barrera somos nosotros mismos. ¿Por qué?

                Ya hemos visto que el primer grado de la escala de la humildad es el temor de Dios. El temor filial de Dios, más allá del temor del esclavo o del asalariado, es el reconocimiento de su presencia en nuestras vidas, el orientarnos desde él, con la dificultad tantas veces de discernir esa presencia y lo que el Espíritu quiere suscitar en nosotros. Ese reconocimiento lo expresamos continuamente al exclamar: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Pero aún lo hacemos más cuando decimos de corazón lo que Carlos de Foucauld recogía en su conocida oración: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy las gracias...”. Decir y vivir esto libera de tal modo el corazón, lo vacía de tal modo del propio ego, le da tal paz, que bien se puede construir una escala humilde para con los demás y reconocible para los que la vean. El que vive eso oye cómo el Espíritu le hace clamar en su interior: “Abba, Padre”. Y la confianza le caracteriza sabiendo que todo está bien, que a nosotros nos toca afrontar lo que tenemos delante, con empeño, pero sin la angustia del que cree saber cómo tendrían que ser las cosas y se desespera al no conseguirlo. Creer en el Padre y vivir desde el temor filial es duro, pues nos pueden llamar indolentes, cuando no se trata de eso. El humilde se nutre del Yo del Padre, y ahí asienta su propio yo.

                Cada uno tiene una misión en la empresa y todos colaboran para el bien común. No podemos pretender ocupar todos los puestos en el equipo. Así en la Iglesia hay diversidad de carismas, formando entre todos un solo cuerpo. Una de nuestras misiones es vivir en una vida consagrada a la alabanza. Pero una alabanza que sólo se hace con los labios está vacía. Nuestra alabanza ha de subir por esa escala de la humildad. Escala que tiene un fin hermoso y que nos invita a no quedarnos en esas pequeñas metas que sólo buscan tenernos entretenidos o hacer más llevadera la soledad. Cuando buscamos la meta esencial, vivir nuestra filiación en confianza, entonces cada momento de nuestra vida adquiere valor, le damos un sentido hasta a las cosas más nimias, viviendo en una atención gozosa que no necesita demasiados entretenimientos por estar ya ocupada.

LA HUMILDAD

(RB 7-03) 23.09.12

                La escala sirve para subir y para bajar. En el caso que nos ocupa de la humildad es un subir que nos acerca Dios que nos llama (la Escritura grita) o un bajar que nos aleja de él encerrándonos en nosotros mismos, en nuestra tierra. Es un subir y bajar paradójico, pues cuanto más queremos encumbrarnos por encima de los demás (soberbia) más bajamos, y cuanto más reconocemos nuestro humus, más subimos.

                Es también un subir y bajar revelador, pues quien más siente la necesidad de subir, de encumbrarse sobre los demás, es quien más bajo se ve. Esa experiencia psicológica del que parece necesitar afianzarse elevándose sobre los demás, encuentra su contrapunto en la experiencia espiritual que actúa de manera inversa, pues al decidir bajar, sube verdaderamente. ¿Por qué? En el primer caso nosotros somos el centro, y el subir o bajar está en función de nosotros mismos. En la dimensión espiritual, sin embargo, nuestro centro se transforma en relación, poniendo nuestra confianza fuera de nosotros, lo que permite la paradoja del subir bajando, o lo que es lo mismo, del que reconociendo su debilidad descansa en el poder de Dios, su bajar humilde deja patente el poder de Dios en él que es quien lo sube.

                Creo sinceramente que la humildad es la virtud de los fuertes. Sólo se inquieta quien teme perder algo, reconociendo así la precariedad de lo que tiene. Pero quien sabe que lo que tiene, nadie se lo puede quitar, nada teme. El soberbio busca poder y alabanza en sí mismo, pues en lo profundo de sí sabe lo frágil que es su imagen, de ahí su necesidad. El humilde se sabe fuerte en la fuerza de Dios, al descansar confiadamente en el Padre, sabiendo que eso nadie se lo podrá quitar y que ninguna otra cosa tiene que aparentar.

                Es una experiencia que continuamente podemos escuchar de labios de tantas personas. Cuando empiezan a palpar su fragilidad: una enfermedad grave que les sobreviene, el matrimonio que amenaza con romperse, los hijos rebeldes, el paro que llama a su puerta, etc., es entonces cuando buscan subir o apartarse de ese fango en el que se encuentran, intentando controlar la situación, arreglar el entuerto. ¿Y qué pasa cuando ven que no lo consiguen, que todo se les va de las manos? Una vez le decía yo a una persona que se veía así: ¿no te das cuenta que la angustia en que vives te está llevando a matar aquello que quieres salvar, perdiendo aún lo que todavía conservas? ¡Cuántas veces el pretender que el hijo cambie como sea o querer sacarle del peligro aunque sea a garrotazos, produce el efecto contrario al pretendido, por mucha razón que se crea tener!

Cuando nuestras limitaciones se viven como humillación, cuando la precariedad no pasa de ser pobreza, cuando la enfermedad grave la vivimos como antesala de la muerte, entonces es señal que no pasamos de una experiencia de bajeza de la cual queremos salir subiendo cuanto antes, y eso mismo nos hunde más y más, como si estuviéramos en tierra pantanosa. Pero cuando la paz nos lleva a abrazar nuestra situación en confianza, entonces subimos, y los demás lo ven, dejando de ser las cosas lo que aparentan, pues la vida y la muerte están dentro de nosotros, no en los acontecimientos que nos toca vivir.

                Pero una cosa es teorizar sobre la humildad y otra vivirla. Un abajamiento meramente soportado es humillación. Un abajamiento abrazado es humildad. Jesús no se aferró a su condición divina, sino que se hizo como uno de tantos. La encarnación, su humanización, le hizo entrar en nuestra precaria realidad y así “aprendió” a ser humano, redimiendo todo lo humano desde lo humano. Es el camino. Si con Leví, el recaudador de impuestos, anunció la buena nueva yendo a su casa, comiendo con sus amigos pecadores, es para mostrarnos que un camino de abajamiento abrazado, saca de él. La buena nueva que anunciaba no quedó mancillada, sino que supo iluminar la oscuridad de una vida, aunque ante la torva mirada de los que se creían justos, suponía mancharla.

                Lo humilde que se abraza es lo único que nos puede enseñar el verdadero camino. Acercarse al pobre y a lo pobre. Sin duda que los pobres enseñan mucho, sobre todo esos pobres que se cruzan en nuestro camino y ponen a prueba nuestra bondad. Esos pobres no buscados, pero sí vistos y encontrados. Pues con frecuencia sólo vemos lo que queremos y somos ciegos para lo que nos incomoda por muy rodeado que estemos de ello. Todos somos bastante selectivos y llamamos bueno a lo que nos gusta y malo a lo que nos disgusta. También podemos ser selectivos en nuestras pobrezas y nuestros pobres. Si eso nos sucede, debemos ponernos alerta, anuncia un engaño en nuestro interior. El que es pobre se siente a gusto con los pobres y con lo pobre, se sabe pobre, no actúa desde la prepotencia del rico, del inteligente, del que se cree bueno. Es también la actitud del humilde con los humillados. Pero lo pobre no nos gusta, es precario, no tiene el aplauso de la gente. En este sentido, nuestro género de vida puede ser muy pobre frente a las pretensiones o valores de hoy día. No parece relevante a quienes sólo se inclinan ante el poder, la fama o el dinero, pero eso no importa. Nuestro trabajo es abrazar de corazón la pobreza exterior, personal y comunitaria. Hemos de saber acoger lo que se cruza en nuestro camino sin haberlo buscado, sabiendo que entonces acogemos plenamente la realidad humana, esa en la que debemos mantenernos encarnados como Cristo, por muy espiritual que sea la vida que uno pretende.

                El presente capítulo sobre la humildad no lo podemos contemplar como una serie de grados de humildad, lo que ya sólo pretenderlo nos envolvería en un narcisismo preocupante. Más bien se trata de grados encaminados a la humildad, una actitud del corazón que nos orienta a la caridad, al amor que se olvida de sí para salir al encuentro del otro. San Agustín nos hablaba de dos tipos de amor: el amor propio hasta el desprecio de Dios y el amor a Dios hasta el desprecio propio. Eso que también San Bernardo nos viene a decir cuando hablando de los grados del amor pone en sus extremos el amor de sí mismo por sí mismo y el amor de sí mismo por Dios. Quien entiende esto, quizá descubra una gran verdad que todo lo abarca.

                A eso estamos llamados, pero ¿cómo pensar que somos humildes y descansar confiadamente en el amor de Dios si no aceptamos las contradicciones, pruebas y dificultades? Públicamente profesamos unos votos que manifiestan nuestro deseo de vivir según Dios, pero ¿podemos decir que en nuestra vida se revela esa tensión de hacer el camino del amor que sube y baja? Quien desea responder a la “voz de la Escritura que grita” se afana por cultivar la actitud del corazón que busca seguir el camino de la humildad, del reconocimiento de Dios en la propia vida, viviendo en confianza la presencia de Dios en todo.

LA HUMILDAD

(RB 7-04) 30.09.12

                La humildad en nuestra opción de vida monástica está muy unida con la experiencia del vacío, un vacío abrazado que es un hacer hueco para estar disponible a ser llenado. Todo lo contrario de una cultura economicista que busca engordar siempre la cuenta de resultados, sacar fruto de todo lo que hace, cuanto antes mejor.

                Estoy convencido que la sed espiritual se mantiene por doquier a pesar de las apariencias. Se ha mirado a Oriente, se buscan métodos de meditación, se quiere vivir una espiritualidad global que todo lo abarque, o incluso se pueden buscar soluciones más inmediatas y tranquilizadoras fuera o dentro de la Iglesia: nigromantes y adivinos que consultando a los muertos, las cartas, las estrellas, los posos de café o la bola de cristal nos lean el futuro y nos den la seguridad que calme nuestros temores y dudas. Los supuestos iluminados, los que dicen tener acceso directo a un Dios que les habla, o a la Virgen, o a los espíritus de los muertos y son capaces de expresarlo con convicción, tienen muchos adeptos deseosos de seguridades, de conocer lo incognoscible, de controlar lo incontrolable. Pero todo eso no es una verdadera experiencia religiosa que se abandona humildemente en manos del Padre, acogiendo lo que él quiera darnos sin pedirle cuentas ni anticipos de su acción. Eso no es buscar el vacío para estar dispuesto a ser llenado cuándo y cómo Dios quiera.

                El monasterio es un vacío buscado, querido, lleno sólo de esperanza, por lo que no debemos extrañarnos cuando lo experimentamos. Eso es lo que interpela positivamente, más allá del atractivo humano que pueda tener o de las formas peculiares de expresarse más o menos comprensibles y en sintonía con las sensibilidades de cada momento. Esa actitud de vacío esperanzado de la vida monástica se intuye y permanece en la esencia de la comunidad, trasluciéndose en su capacidad de acogida, pues sólo acogen los que han hecho un hueco para acoger.

                El vacío es el lugar donde se garantiza una posible presencia. El vacío es, por consiguiente, el mejor templo que podemos hacer a Dios. El vacío se puede llamar esperanza, pues la esperanza no posee, sino que cree que poseerá. El vacío se puede llamar confianza, pues la confianza no controla, pero descansa en quien se fía. El vacío se puede llamar ausencia, pues la ausencia no puede abrazar al amado/a, pero esa ausencia acogida en el amor nos permite poder abrazar la infinitud de Dios que nos colma. A una persona que amamos la podemos abrazar con unos brazos más o menos largos y nos sobra, pero esa persona nunca podrá colmar del todo nuestra sed insaciable. Acoger libremente el vacío por nuestro celibato es capacitarnos para un abrazo infinito. Bien sabemos que nuestra opción monástica no rechaza el amor humano, pero sí exige el vacío libremente aceptado de un afecto circunscrito muy especialmente al amor de pareja. Ese vacío voluntario exige mucho desprendimiento, mucha confianza, mucha esperanza, pero nos abre a la plenitud de un amor más universal y libre desde el corazón de Dios.

                El vacío sólo vale si lo abrazamos libremente, con confiada humildad. Es algo por lo que debemos de trabajar en nuestra vida monástica. Al principio tenemos el estímulo de los pasos iniciales (noviciado, profesión), continuamos con los estudios, pero se acaba el PREM, el CORA, quizá los estudios, ¿y qué? Pues es entonces cuando estamos mejor preparados para centrarnos en el trabajo más propio de nuestra vida monástica, el camino interior. Pero con frecuencia nos despistamos y podemos dormirnos. Es el momento de trabajar el vacío de las cosas en el no buscar tener y poseer, combatiéndolo con el no pedir y el compartir. Vacío en el no imponer nuestros criterios -casi nunca esenciales- y abrirnos a la escucha del otro. Vacío en los afectos, que se gozan con lo que reciben y comparten, pero no buscan apropiarse de nada para no “desorientar” el corazón, siempre pronto a buscar cobijo en lo inmediato, aunque luego no se vea satisfecho. Vacío de una voluntad que no se aferra a lo suyo, sino que busca lo nuestro, dócil a lo que Dios y los hermanos le propongan. Vacío en una oración que a veces se percibe como seca, sin sentimientos, como una pérdida de tiempo, pero que requiere saber permanecer, abrazando ese vacío, sin pretender endulzarlo entreteniéndonos en otras cosas. Largo camino que va colmando y pacificando el corazón.

                Un vacío no abrazado busca llenarse de vidas ajenas, atento a lo que hacen los demás, llenando el propio vacío de un sufrimiento inútil. Un sufrimiento que no deseamos dejar, como sarna que gusta, continuando metiéndonos indebidamente en la vida de todos, lo que justificamos para así no tener que afrontar nuestra propia vida, tan llena de esos defectos que vemos y buscamos en los demás. Sigue siendo válido y actual para nosotros el mandato de Jesús de no reparar en la mota del hermano cuando nosotros mismos cargamos con una viga.

                No podemos despistarnos. Tenemos un papel en el mundo y en la Iglesia. Debemos estar abiertos a todo y a todos. El dolor y el sufrimiento de los demás es algo que también nos interpela a nosotros. La gente que llama a nuestra puerta también es una llamada de Dios. Pero si no estamos centrados en nuestro centro nos perderemos. El centro de cada uno está en su propio corazón, no fuera de él, por muy hermosa que sea la empresa que pretenda realizar. De ahí la importancia de tomar con gran empeño la experiencia espiritual, el vaciamiento abrazado libremente que todo lo abarca, la soledad que a todos acoge, la confianza que nada tiene y todo lo posee, la mansedumbre que nada puede y nadie la vence. La vida monástica, esta vida concreta con esta comunidad concreta, es un verdadero método, un lugar donde aprendemos. Hasta los métodos queremos controlar. Todo lo queremos controlar y por eso lo racionalizamos, necesitamos que nos convenza. Pero el amor y la confianza siempre tienen un punto de riesgo, de lanzarse al vacío. Ciertamente que tantos siglos de historia nos dan una cierta seguridad que esto que vivimos no es una fantasía. Es imposible que esta vida, algo que tantos y tantos han seguido, que tantas pruebas ha superado, incluso intentos de aniquilación, no tenga siquiera algo de verdad y su durabilidad pueda servir de aval. Pero aún así, eso no basta, y la duda ha de venir para abrazar más libremente el vacío que Dios debe llenar.

                Como decía alguien: “La gloria de Dios siempre se manifiesta en un espacio vacío. Cuando los israelitas salieron del desierto, Dios les acompañaba y se manifestaba sentado en el espacio que media entre las alas de los querubines, por encima del trono de la misericordia. Por eso el trono mismo de la gloria estaba vacío. Era solamente un pequeño espacio, del tamaño de un palmo. Dios no necesita mucho espacio para mostrar su gloria”. Más todavía, él se goza aún más en los pequeños vacíos de los pobres, que por no tener, tienen menos de lo que vaciarse, y lo pueden hacer con menos palabras y ostentación.

El vacío es un grito que Dios escucha y atrae su presencia. Bienaventurados los que de alguna forma se vacían libremente para dejar sitio a la presencia del que todo lo abarca. Es la bienaventuranza tan repetida por Jesús cuando hablaba de los pobres, los mansos, los que sufren, los niños, los sencillos, etc. Nosotros estamos llamados a realizar ese trabajo. Sin duda un trabajo fecundo, aunque no veamos su utilidad. Eso es lo que nos debiera preocupar, nada más. Si esto vivimos, podremos decir con el profeta con espíritu confiado:

Aunque la higuera no echa yemas / y las viñas no tienen fruto,

aunque el olivo olvida su aceituna / y los campos no dan cosecha,

aunque se acaban las ovejas del redil / y no quedan vacas en el establo,

yo exultaré con el Señor, / me gloriaré en Dios mi salvador.

El Señor soberano es mi fuerza, / él me da piernas de gacela / y me hace caminar por las alturas (Hab 3, 17-19).  ¿Qué temer? ¿Qué desear? Es bueno vaciarnos y que nos vacíen.

 

LA HUMILDAD

(RB 7-05) 14.10.12

                Todo el que se ensalza será humillado y viceversa, comienza recordándonos San Benito aludiendo a la Escritura, para continuar afirmando que toda exaltación es una forma de soberbia: Al decir esto, nos muestra (la Escritura) que toda exaltación de sí mismo constituye una forma de soberbia, de la que indica el profeta que se guardaba, cuando dice: “Señor, mi corazón no se ha exaltado, ni mis ojos son altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad”.

                La Regla contrapone humildad y soberbia y nos indica el camino a seguir proponiéndonos la actitud del profeta, que no busca ser ensalzado. Actuar de otro modo tendrá consecuencias dolorosas: ¿Pues qué? “Si mis pensamientos no son humildes, sino que me he exaltado, me tratarás como a un niño que arrancan del pecho de su madre”. Una imagen muy plástica la del niño que apartan del pecho cuando está mamando.

                La vanidad, la presunción, el creernos o desear ser más que los demás, parece estar inscrito en el corazón humano. Podríamos pensar que es una consecuencia del instinto animal de selección natural, por el que se reserva a los más fuertes el predominio procreador en la manada, pero no creo que se trate de eso. La soberbia es una desfiguración de la realidad, un menosprecio de los demás y un aislamiento en nuestro ego imaginario. Es fruto de una imagen creada, fruto del deseo más que de la realidad. Es algo que ejercitamos sin percatarnos y nos produce rechazo cuando lo vemos en los demás. Por otro lado, en una cultura que prima el poder, la apariencia y el tener, hablar de humildad puede resultar absurdo, como lo es en ciertos ámbitos “psicologizados” de los que la vida religiosa no está libre, pero, paradójicamente, es algo muy atractivo cuando lo vemos en los demás, pues una persona humilde es imán para los sencillos y no despierta la soberbia de los engreídos.

                La soberbia es hacer de nosotros un dios, lo que nos aleja de los demás, confundiéndonos a nosotros mismos con el universo (la comunidad, la humanidad, los que tienen la razón,…), del cual, sin embargo, no somos más que una pequeñísima parte. Quien se siente parte del Todo, busca la armonía en el Todo. Quien se ensalza, pretende ser de alguna manera ese Todo, alejando a los demás, pues no caben en él, y quedándose finalmente solo. Así, el libro del Eclesiástico nos recuerda que: la soberbia produce el rechazo de Dios y de los hombres (Eclo 10, 7). Ahí podríamos buscar el verdadero sentido de la soberbia o de la falta de humildad. Pero con el tiempo se fue distorsionando el significado de ésta, confundiendo en ocasiones la humildad con la falta de autoestima y reemplazándola con las inútiles humillaciones. Es por ello que ahora debemos sufrir el rechazo de una idea que nosotros mismos hemos ido deformando y que resulta odiosa, cuando, en realidad, es el cimiento del edificio espiritual.

                La humildad entendida como el reconocimiento de lo que verdaderamente somos, de nuestra parte en el Todo, de nuestro yo en relación necesaria con los demás, es algo que todos pueden entender. Perder esa dimensión de la humildad es lo que le lleva a San Benito a exclamar con el salmista: si eso sucede -Señor-, me tratarás como a un niño que se le arranca del pecho de su madre. Como diciendo: ¿quieres estar solo?, ¿quieres vivir desde tu ego?, pues hala, no te agarres a mi pecho y aliméntate por ti mismo. Y para poner este ejemplo elige dos situaciones extremas: el bebé, completamente indigente y dependiente, y la madre y su leche, que es el todo para el recién nacido.

                Esta expresión la encontramos en el salmo 130 (Vg), que es uno de los que mejor expresan de forma plástica la confianza en Dios. Como un niño está en los brazos de su madre amamantando, así está de confiado el creyente que descansa en el Señor. Ese es el verdadero humilde, el que se sabe dependiente e hijo, y nada teme. No mira su fragilidad ni la esconde, pues se sabe protegido y alimentado, precisamente porque es frágil. Nada teme por la confianza que deposita, no por su poder. Y hay algo más que caracteriza a la humildad y la diferencia de la soberbia. Si la soberbia, la confianza en el propio poder, excluye a los demás, la confianza en el regazo de la madre no excluye a otros que igualmente pueden estar y ser alimentados, sus hermanos.

                El camino de la infancia espiritual es un camino muy auténtico que también hoy tiene su valor. La falsa humildad aniña y anula, acomplejando con escrúpulos narcisistas. La verdadera humildad no anula, pero siempre, siempre, pasa por el abandono y la confianza del que se deja guiar, del que deja que Otro con mayúscula lleve las riendas de su vida, realizando la obra que se le pone delante. El humilde es el que está dispuesto a sentirse “colaborador” de la obra de Dios en su propia vida. Si estamos llamados a continuar la obra creadora de Dios en nuestro trabajo, también sucede eso en nuestra misma vida. San Benito nos dice al comienzo de su Regla: Ante todo, cuando te dispongas a realizar cualquier obra buena, pídele al Señor con oración muy insistente que él la lleve a término. Es la actitud del humilde, del que en lo profundo de su corazón habla en primera persona del plural sin caer en fórmulas mayestáticas que enmascaran su ego. Es la actitud del que se sabe unido al Señor en una relación esponsal y filial, y está unido a los hermanos con lazos de amor. Es la actitud del que no busca compulsivamente poner la guinda, cambiarlo todo según su gusto y voluntad, ni recuerda insistentemente “su” obra, lo que ha hecho, lo que hace, lo que hará, ni busca corregir el trabajo comenzado por otros para hacerlo “como se debe hacer”, movido por un ego que todo lo abarca y a todos excluye.

                La imagen del niño amamantando es muy elocuente. Quien niega aceptar con humildad su realidad, termina siendo apartado del pecho de la madre, del pecho del que él ya se había apartado, sufriendo las consecuencias. Hambriento y solo, con la soledad que se siente cuando el cuerpo no percibe el calor y el abrazo de la madre o del amado/a. Así estamos hechos. Sólo por ese camino podremos realizarnos. De ahí la importancia de sentir, aún corporalmente, el amor, el afecto, la protección de Dios y de los hermanos o los amigos. La razón sola no basta, es demasiado fría. A ella le corresponde orientar y moderar el fuego, pero es incapaz de calentar nada por sí misma. Una vida religiosa sin esa experiencia espiritual y comunitaria es muy pobre y nada atractiva. Alimentar esa experiencia para con Dios y con los hermanos nos da la fuerza de los humildes, que reconocen su precariedad sabiéndose fuertes unidos a todos, que buscan su alimento en el que les dio la vida y en la comunidad que les vivifica, que no caen en la tentación de apartarse del pecho que les alimenta confundiéndose con el Todo del que sólo son parte.

                Jesús, el Hijo que procede del seno del Padre, buscaba siempre cultivar ese encuentro con el Padre. Buscaba estar a solas con él. Y le pedía al Padre que todos fuéramos uno en él. Todos en el Todo como una sola cosa. Ni siquiera él mismo, el alfa y la omega, se apartaba de ese Todo al que a todos nos invita. Él fue el verdadero humilde que nos enseña el camino.

LA HUMILDAD

(RB 7-06) 21.10.12

                La humildad es la actitud de la persona que vive en verdad, que se reconoce en lo que es y no más, que se ve en medio de los demás y delante de Dios sin pretender usurpar puesto que no le corresponde. La humildad es también una actitud que se va a manifestar en una serie de formas externas que terminan ayudando cuando se han trabajado. La humildad no es algo afectado, sino que irradia paz, tiene un porte pacífico, no violento ni agresivo, acogedor, haciendo sentir a los demás gozo de vivir juntos, está más pronta a recibir al que a él acude que a levantar el dedo acusador. Todo esto es posible porque el humilde no aparenta, se acepta a sí mismo y acepta a los hermanos, por eso al humilde se le reconoce rápidamente.

                Esta concreción de la humildad San Benito la va a expresar, como ya hemos visto, sirviéndose de la imagen bíblica de la “escala”, aquella que vio Jacob en sueños, que se nos dice unía la tierra y el cielo y por donde subían y bajaban ángeles. Es una forma de expresar nuestro camino con sus altos y sus bajos, sus avances y sus retrocesos, la contradicción interna que llevamos dentro y la paradoja de nuestras actitudes: lo que resulta gratificante de inmediato puede sernos dañino a largo plazo, y al contrario.

                Dice San Benito: Por tanto, hermanos, si deseamos alcanzar la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar velozmente a aquella exaltación celeste a la que se sube por la humildad de la vida presente, es preciso que levantemos por el movimiento ascendente de nuestros actos aquella escala que apareció en sueños a Jacob, por la que vio bajar y subir a los ángeles. Sin duda, a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la altivez se baja y por la humildad se sube. Aquella escala erigida es nuestra vida en este mundo, que el Señor levantará hasta el cielo cuando el corazón se haya humillado. Los largueros de esta escala decimos que son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cuales la vocación divina ha dispuesto, para que los subamos, diversos peldaños de humildad y de observancia.

                La escala no representa propiamente la humildad, sino nuestra vida. La humildad sería el movimiento ascendente que nos une a Dios, mientras que la soberbia es el movimiento descendente que nos aleja de Dios.

                Si Evagrio Póntico veía en los dos largueros de la escala la vida ascética y la vida mística, San Benito es más concreto y ve en ellos los dos aspectos de nuestra naturaleza: el cuerpo y el alma. Por eso las expresiones de la humildad serán actitudes espirituales y corporales a un mismo tiempo. Y para vivir en humildad no sólo hay que trabajar el alma, sino también el cuerpo.

                Los ángeles que suben y bajan simbolizan en la RB el hecho de que por la altivez se baja y por la humildad se sube. De los escalones que bajan se desentenderá enseguida la Regla. No le interesa el movimiento descendente de la soberbia. San Benito quiere ser positivo y nos anima a ejercitar los escalones que nos permiten subir en la medida en que bajamos a lo profundo de nosotros mismos. Algo parecido a la enseñanza socrática, que iniciaba el camino del conocimiento reconociendo primero la propia ignorancia asentada en verdades fabricadas, para descubrir dentro de nosotros la verdadera sabiduría que había que ir sacando a la luz. Naturalmente, en el caso de la Regla se trata de un conocimiento vivo y espiritual, no especulativo.

                La escala simboliza un desplazamiento ascendente y un esfuerzo. Ambas ideas quizá no sean muy atractivas hoy día para algunos, especialmente cuando se reacciona a un excesivo espiritualismo que pretende elevarnos tanto que parece no valorar suficientemente nuestra corporeidad, la tierra en que vivimos, el género humano y sus capacidades y nuestra propia humanidad. Igualmente sucede con el tema del esfuerzo, que por no crear “traumas” por una exigencia excesiva, se ha buscado aminorar el esfuerzo, buscando no fatigar a la memoria memorizando, ni fatigar a los chavales con “deberes”, etc. Sin embargo, es bien sabido que sin esfuerzo no se consigue más que miseria. Hay que desterrar toda competitividad obsesiva, hay que desterrar todo voluntarismo inhumano, hay que desterrar todo espiritualismo engañoso, pero no podemos desterrar ni el esfuerzo ni el deseo de aspirar a los valores y metas más altos. En ese sentido nuestra vida sí es una escala por la que subir, aunque a veces el cansancio o el despiste nos hagan descender algunos escalones.

                Las cosas valiosas no son gratis, tienen su precio. Lo gratis que nos engancha con facilidad, suele esconder alguna adicción o interés perjudicial para nosotros y provechoso para el que nos ha enredado en ello. Lo fácil suele estar al alcance de la mano. Suele estar también en relación con nuestras necesidades más inmediatas, de ahí lo atractivo que parece. Lo verdaderamente valioso y que perdura, sólo lo llegamos a encontrar cuando bajamos a los deseos más profundos del corazón. No puede quedar en un simple descubrimiento, sino que debe convertirse en un motivo constante para avanzar. Me explico. Podemos haber llegado a descubrir algo capaz de orientar toda nuestra vida, de impulsarnos a subir los peldaños que haya que subir. Pero eso que un día descubrimos, se ha podido quedar sin motor. Era un coche hermoso y potente, pero ahora está sin motor, y para lo único que sirve es para ocupar sitio en el garaje. No lo perdemos de vista. Sabemos que está ahí. Sabemos que un día nos motivó. Pero ya no sentimos verdaderos deseos por ponerlo en marcha. Lo guardamos como se guarda una foto de juventud. Y cuando hablamos de él hablamos rememorando aquella alegría y motivación que tuvimos al descubrirlo, como enmascarando que ahora ya no sentimos lo mismo. En aquél primer momento no nos costaba nada sentarnos al volante. Ahora, sí. Es por ello que la imagen de la escala es válida. Sin duda que nos sucede como a los deportistas: cuando no se hace deporte, cuesta volver a comenzar, pero una vez retomado, el cuerpo parece reclamarlo el día que no se hace. Podemos preguntarnos cada uno de nosotros cuál es nuestra situación, no tanto por buscar autocomplacencia o culpabilizarnos, cuanto por saber que aún podemos espabilar el oído y retomar el camino.

                Perdernos en teorías no nos ayuda demasiado. Perdernos en razones, tampoco. Nuestra vida la tenemos cada uno de nosotros en nuestras manos. Lo que los demás hagan o me hagan, piensen o me digan, es cosa de ellos. Yo no puedo ser un alter tú, viviendo de las ideas de otro, de sus aspiraciones y sentimientos. Tampoco puedo dejarme condicionar por la aceptación o rechazo de los demás, por cómo me ven o me valoran. Para no perdernos en todo eso tenemos una base sólida: el evangelio. Si hemos perdido el entusiasmo, no basta llorar como la hija de Jefté lloró su virginidad (Jue 11, 37), encarrilándonos a un fin sin esperanza. El primer escalón será poner la batería para que el motor pueda funcionar. Acercarnos al evangelio, a la escucha de la palabra de Dios, a la experiencia de una oración abierta a su presencia, pues bien sabemos que no se trata sólo de esfuerzo, sino que es gracia que recibimos. Subido este pequeño escalón, seguro que se va acrecentando el deseo y comienzan a tener sentido y a merecer la pena los demás. Y seguro que no nos equivocamos en el camino ascendente, sabiendo que los valores fáciles no siempre coinciden con los más profundos y humanizantes.

                Lo que digo no es nada nuevo. La vida monástica no es un laboratorio de ideas sino un camino personal, una vivencia que irradiará necesariamente si es que la tenemos. El pensador se mete en su cuarto con sus libros y elabora ideas nuevas. Nuestro carisma es más existencial, pero no por ello menos laborioso. Es un camino exigente, un camino humano y espiritual, que sólo dará fruto en nosotros y en los demás si lo llegamos a hacer verdaderamente. ¡Cuántas veces se nos dice que se necesitan más testigos que predicadores! Y lo vemos por todas partes: los iconos que mueven hoy son los músicos, los deportistas, los actores, o los triunfadores en la vida. Ellos se han hecho a sí mismos en su parcela, por eso influyen tanto en los que los contemplan, aunque nunca hayan hablado con ellos.

Pero, ¿qué concepto tenemos nosotros de los éxitos y los fracasos? Es necesario que experimentemos el fracaso humano para profundizar en los verdaderos valores; que experimentemos la escasez de vocaciones, de dinero, de seguridades, de estima, de valoración, etc., para purificar nuestros deseos y “subir bajando”.

La escala de Jacob tiene, además, otro significado: no separa cielo y tierra, sino que los mantiene unidos. Por ella nos baja la gracia y por ella ascendemos, en un subir y bajar tan natural como el Dios que se encarna y el hombre que es divinizado. Todo un reto para los humildes que no buscan hacerse a sí mismos, sino dejarse hacer por la gracia sin rechazar lo que ésta les ofrece en el día a día de su vida, sabiendo que esa aceptación está la verdadera humildad.

LA HUMILDAD

(RB 7-07) 28.10.12

                Como ya dije más arriba, la imagen de la escala de Jacob para hablar de los grados de la humildad no sólo la utiliza la RB, sino también otros autores cristianos como San Jerónimo, que nos habla de 15 grados o San Juan Clímaco, que nos describe los 30 grados en su Escala del Paraíso, que tanto influyó en De Rancé. La RB se contenta con hablar de 12 grados. A fin de cuentas, 12 es un número sagrado que hace referencia a la totalidad, el camino completo que va del temor al amor perfecto a través de la humildad y sus diversas manifestaciones.

                Sin duda que RB tiene delante el sermón de toma de hábito que pone Casiano en labios del abad Pinufio (Inst. 4,32-43) y que desarrolla el itinerario espiritual que presenta Evagrio Póntico como un camino de conversión que desemboca en la apátheia o “pureza de corazón”, es decir, la “caridad perfecta”. Es el camino que arranca en el temor de Dios y culmina en el amor perfecto. A los 10 “indicios” de humildad de Casiano, la RB añade dos para llegar a 12: uno al inicio y otro al final.

                Estos “indicios” de los que nos habla Casiano pretenden ser una ayuda para el maestro a la hora de discernir el momento en que se encuentra el novicio. Una vez que se transforman en “grados” se fijan más como pasos de un camino espiritual en la humildad. La RB toma esos “indicios” y los reelabora y enriquece, recurriendo constantemente a la Escritura, haciendo que sea la misma Palabra de Dios la que se dirija a nosotros en los diversos grados, apareciendo Cristo como el que va haciendo su obra en nosotros a través de todo el proceso.

                San Bernardo profundiza en este capítulo sobre la humildad en su tratado sobre los grados de humildad y soberbia. Sabemos que es una obra de juventud, pues lo termina hacia 1125, cuando contaba 35 años y 10 como abad. Le da una impronta muy cisterciense, pues la humildad es la nota cisterciense por excelencia en la búsqueda de la verdad. Los cistercienses abrazaron una vida despojada, pasando de lo superfluo en la propia vida o en el culto –que consideraban signo de soberbia- a la simplicidad de vida, que era signo de la humildad. Un corazón humilde se expresa en la desnudez. La desnudez refleja la verdad, mientras que la mucha ornamentación la encubre. Esa desnudez que los cistercienses querían se expresase en su propia casa -el monasterio-, en su liturgia, en sus posesiones y en las mismas relaciones fraternas y personales.

                San Bernardo define la humildad como “una virtud que incita al hombre a menospreciarse ante la clara luz de su propio conocimiento” (Gr. H y S., I 2). Hoy nos podríamos referir a ella como la capacidad de autocrítica del que busca conocerse en la verdad que es, y sabe asumir su propia realidad con paz, dentro del plan salvífico de Dios. Viviendo así se combate el narcisismo y se vive en verdad a la luz de Dios. Si la humildad nos sube hasta Dios, la soberbia nos enfanga en nuestra propia degradación.

                Como ya veremos, San Bernardo pone en contraste los grados de humildad con los grados de soberbia, y lo hace de una forma un tanto humorística e irónica, lo que suscita una reacción positiva en el lector. Los grados de soberbia van a producir unas secuelas degradantes que Bernardo encarna en algunas actitudes caricaturescas de monjes orgullosos, en la que no es difícil verse enojosamente reflejado. Y, como todo lo que nos refleja algún defecto nuestro, podemos rechazarlo con violencia y justificaciones o aprender de ello dominando la violencia que nos suscita.

                Hay que reconocer que la humildad, a pesar de no tener buena prensa por su deformación cuando se ha vivido como humillaciones gratuitas, es un elemento esencial para el crecimiento personal y comunitario, humano y espiritual. Baste con llamarla “autenticidad”, “verdad”, o de otra forma parecida, para que la podamos asumir valorándola en su justa medida. Bernardo llama también al monasterio schola humilitatis, y se preocupó mucho de aglutinar su joven comunidad sobre este principio. Dios se nos revela como quiere. El humilde lo acoge, expone su propia realidad de forma veraz para dejarse iluminar por su palabra, y hace su camino interior adecuándose al Reino que Cristo le propone. Cada uno tiene que afrontar acontecimientos diferentes, pruebas y tentaciones diversas, situaciones que ponen a prueba la respuesta a la llamada recibida, nuestra fidelidad, la capacidad de reconocer nuestro pecado y llamarlo por su nombre, sin echar la culpa a los demás de nuestras incoherencias o caídas, buscando liberarnos así de la responsabilidad de nuestros actos. Tarde o temprano se nos pone a prueba y estamos tentados de vender nuestra primogenitura por un plato de lentejas al vernos cansados, sin alcanzar a ver la tremenda desgracia que eso nos va a traer consigo. Ante esa realidad sólo la humildad nos puede rescatar. Humildad al reconocer lo que nos pasa y asumir nuestra responsabilidad. Humildad al acoger en verdad nuestros acontecimientos. Humildad para elevar los ojos a Dios y abrirnos a la ayuda que Dios siempre nos pone delante. A él no le importó entrar en la casa de Leví a pesar de las muchas críticas, pero sólo entró cuando fue invitado. La humildad se transforma así en el presupuesto del amor de Dios y del amor humano o, como diría Erich Fromm, “es una excelente preparación al arte de amar”. Nos adentra en el verdadero amor, purificado, que nunca acaba.

                El primer grado de la humildad se centra en el temor de Dios. Es en el que San Benito se expresa de una forma más prolija, centrando todo este capítulo en una perspectiva teologal. El temor de Dios constituye el elemento intrínseco y fundamental de la humildad. No se trata de un simple elemento psicológico o de un aspecto necesario para convivir con los demás. La humildad desde una dimensión teologal exige una creencia de la presencia de Dios, un tomar conciencia de Dios en nuestras vidas, como un tú que me interpela y en el que vivo y vivimos. Ser humilde expresa, ante todo, nuestro sometimiento y reverencia a Dios, eso que, curiosamente, define a los musulmanes: “muslim” = uno que se somete (a Dios), y que les duele no ver en los cristianos, a los que nos consideran más sometidos al dios dinero.

                En nuestra cultura personalista, la palabra sometimiento y sus sinónimos nos chirrían al oído, por más que la vida social se desarrolla con multitud de expresiones que denotan sometimiento a las normas, a los demás, a la cultura, etc. Hay mucha clase de sometimientos que nos afectan de manera diferente. Podemos hablar de un sometimiento práctico: si nadie hace caso a los semáforos sería un caos. Podemos hablar de un sometimiento social: es necesario que aprendamos a convivir sometiéndonos de alguna manera a la forma de ser de los demás mediante la paciencia o al rol que ocupan en la sociedad. Hay también un sometimiento que nos denigra, cuando abusan de nosotros y debemos callar si queremos sobrevivir. Pero también hay un sometimiento voluntario producto del amor, por el cual me adapto al otro, le acojo, me pongo a su servicio por amor, siguiendo el mandato evangélico de ponernos al servicio de los hermanos, de compartir sus cargas, de dar la vida por el amigo.

                A nosotros nos ocupa ahora el sometimiento a Dios, aceptar su soberanía en nuestras vidas y acogerlo con amor y confianza, sabiendo que eso es lo que, a la postre, nos hará verdaderamente felices. Por eso la verdadera humildad comienza para San Benito con el “temor de Dios” o, lo que es lo mismo, darle prioridad sobre nosotros mismos, nuestros gustos y deseos más primarios. Ese sometimiento humilde nos termina transformando en lo que verdaderamente somos, no moviéndonos por lo que nos motiva desde el exterior –por lo que no somos-, sino por lo que brota de nuestro ser más profundo, que podemos llamar el espíritu de Dios en nosotros, nuestra imagen divina.

LA HUMILDAD

(RB 7-08) 01.11.12

                San Benito desarrolla el primer grado de la humildad fijándose en unas pocas ideas:

-          el temor de Dios (10)

-          el recuerdo de los mandamientos divinos y las consecuencias de seguirlos o rechazarlos (11; 29-30); quien teme a Dios cumple sus mandamientos.

-          la renuncia a todos los vicios y malos deseos (12-18; 24-25; 29) y abstenerse de hacer la propia voluntad (11-22); es decir, el vaciamiento de sí mismo para hacer hueco a Dios en nosotros.

-          saber que Dios nos mira continuamente (13-17; 23; 26-27) y los “ángeles” le dan cuenta de nuestra acciones (13; 28); mirar y sentirse mirado puede producir gozo o turbación, depende quien nos mire y lo que estemos haciendo.

-          recapitulación (26-30)

Es decir, el temor de Dios consiste en vivir en la presencia de Dios -tomando conciencia de que Dios nos contempla-, guardando sus mandamientos y renunciando a lo que nos aparta de él.

                Dice la Regla: Así, pues, el primer grado de humildad consiste en que el monje mantenga siempre ante sus ojos el temor de Dios y evite por todos los medios echarlo en olvido; recordar siempre todo lo que Dios ha mandado y considerar constantemente en el espíritu cómo arden por sus pecados en el infierno los que despreciaron a Dios, y que la vida eterna está ya preparada para los que le temen. Y, evitando en todo momento los pecados y vicios, a saber, de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los pies y de la voluntad propia, como también los deseos de la carne, piense el hombre que Dios le está mirando siempre, a todos horas, desde el cielo, y que en todo lugar sus acciones están presentes a la mirada de la divinidad y los ángeles le dan cuenta de ellas a cada instante.

El recuerdo constante de la presencia de Dios y de sus mandamientos es lo que caracteriza al humilde, pues ante los ojos de Dios se ve en su cruda verdad, sin esconderse, con dolor por las debilidades, pero también confiado ante la misericordia divina. San Benito nos invita a que reflexionemos sobre las consecuencias favorables que trae esta actitud (la “vida eterna”) y las consecuencias lamentables que conlleva, por el contrario, el alejamiento de ella (experimentaremos las consecuencias “infernales” de nuestro pecado y soberbia). Sea por el amor, sea por el temor, San Benito desea que seamos consecuentes con esa actitud humilde de sometimiento, absteniéndonos de todo pecado con el pensamiento, con la lengua, con las manos, con los pies, con la propia voluntad o con los deseos de la carne.

                La imagen de un Dios que todo lo ve nos puede provocar una situación incómoda, como si estuviéramos continuamente fiscalizados, como si tuviéramos que vivir en continuo temor. Ese sería el “dios” del “Gran Hermano”, que nos hace temer ser “echados de la casa” en cualquier momento. Y el temor nos viene precisamente porque nosotros mismos nos estamos viendo y juzgamos que actuamos mal o, incluso, nos atrevemos a decir que somos malos. Pues cuando uno hace algo bueno, le gusta que le vean, y si el que le mira es alguien que ama y por el que se siente amado, también disfruta de ser visto.

Pero esa imagen de un Dios que todo lo ve también tiene otra lectura. Dios ve nuestras acciones, como las vemos nosotros y las ven los que nos rodean. Sin embargo, sólo Dios es capaz de ver lo recóndito de nuestro corazón, eso que ni nosotros mismos somos capaces de ver. Eso que puede explicar muchas de nuestras actitudes y hacerlas más comprensibles, aunque no las justifique completamente. Eso que puede matizar todo juicio, pero que, por estar escondido a los jueces de este mundo y a nosotros mismos, nos hace injustos en nuestros juicios. Esto es lo que el profeta nos enseña –continúa diciéndonos la Regla- cuando muestra que Dios siempre está presente a nuestros pensamientos, al decir: “Dios sondea los corazones y los riñones”; y también. “El Señor conoce los pensamientos de los hombres”; y asimismo dice: “De lejos conoces mis pensamientos”; y: “El pensamiento del hombre se te hará manifiesto”. Así, pues, para vigilar sus pensamientos perversos, diga siempre el hermano fiel en su corazón: “Entonces seré puro en su presencia, si me guardo de mi iniquidad”.

Sólo el que es capaz de verlo todo puede ser justo, de ahí la exclamación del salmista: Tú que sondeas el corazón y las entrañas, tú, el Dios justo (Sal 7,10). Él me sondea y me conoce, me conoce cuando me siento o me levanto, de lejos penetra mi pensamiento; distingue mi camino y mi descanso, todas mis sendas le son familiares... (Sal 138,1-3)

Ese conocimiento no es motivo de temor para el hijo, sino de confianza, por lo que termina el salmo 138 pidiendo el mismo salmista ser sondeado por Dios para que él le guíe, en la confianza de saberse rescatado más que condenado: Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno (Sal 138,23-24). El hijo, como el amado, desea ser mirado. No hay que temer, pero sí estar dispuestos a que se nos ponga delante de nuestra verdad y ser corregidos y ayudados.

                Dios nos contempla y calla. Calla porque ve más allá y sabe esperar, aún a sabiendas que podemos interpretar esa paciencia de Dios como su ausencia de nuestras vidas, como si no le importáramos o pudiéramos hacer lo que quisiéramos porque él calla. Nosotros, sin embargo, hablamos, y lo hacemos con una prontitud inusitada. Hablamos porque ni vemos más allá ni sabemos esperar, cuando somos precisamente nosotros los que debiéramos callar en nuestros juicios por no saber siquiera lo que estamos juzgando. Sólo el humilde, que se sabe en la presencia de Dios, que se deja contemplar e interpelar por él, sólo él es capaz de ser humilde con los demás, mirando más allá, sabiendo esperar, buscando levantar más que aplastar, haciendo de su juicio misericordia y no venganza o satisfacción del propio enojo, siendo muy consciente de su propio pecado y de la misericordia de Dios para con él, misericordia que se ve impulsado a derrochar en los demás.

                Al situar el temor de Dios como base de la construcción del edificio espiritual, la purificación de los vicios y la adquisición de las virtudes a las que se refieren la Regla, Evagrio, Casiano y toda la tradición monástica, deja de ser algo voluntarista o comercial. No se trata simplemente de adquirir o rechazar, sino de una relación personal que nos lleva a procurar todo lo que acrecienta esa relación, evitando todo lo que la dificulta. Y es precisamente esa relación personal con Dios y su palabra la que nos va a ir descubriendo qué es lo que la facilita y qué es lo que la dificulta. Todos tenemos experiencia que de poco vale que nos digan lo que está bien o lo que está mal si nosotros mismos no lo experimentamos como tal, si no descubrimos ese valor. También somos testigos que no siempre se tiene la misma sensibilidad para el bien y para el mal. Claramente todo eso está en función de una vivencia interior que nos va descubriendo ambos caminos, que nos hace descubrir el valor de fomentar esa “relación” y que nos alimenta el deseo de ella. Quien lo recorre sabe muy bien que no es una relación que enajene, que nos aparte de la realidad o necesidades de nuestros semejantes, sino que sucede precisamente todo lo contrario. Nuestro principal empeño será no desviar la mirada, no equivocarnos de punto de mira.

LA HUMILDAD

(RB 7-09) 04.11.12

                Al entender el “temor de Dios” como el reconocimiento de la presencia divina en nuestras vidas, nos estamos situando claramente en una espiritualidad de relación, no de mero cumplimiento, interpelados por Alguien antes que por algo. Ponernos en relación con Dios y con los demás nos permite vivir de una manera sana. La ausencia de relación, el vivir ensimismado en uno mismo, provoca ciertas taras y gran tristeza. Vivir sin relacionarse es perder el propio centro por intentar resguardarlo. Nuestra relación con los demás nos centra, pero al mismo tiempo nos pone a prueba. Nuestra relación con Dios, el vivir desde una experiencia espiritual que todo lo abarca, que encierra el principio y el fin, que es el mismo AMOR capaz de responder a nuestros anhelos más profundos, es lo que de verdad nos centra.

                Esa relación con Dios nos obliga a confrontarnos con nuestra verdad. Ensimismados en nuestros pensamientos y sentimientos, nunca llegaremos a conocernos verdaderamente. La vida comunitaria nos ayuda a descubrirnos en lo que somos. La incomodidad que nos produce es precisamente el reto que se nos presenta para afrontar nuestra verdad. Con frecuencia cuando uno tira la toalla siempre tiene chivos expiatorios en los que descansar, y esos chivos suelen ser los que le rodean. De ellos dice que no le han dejado realizarse, que le han maltratado, que le han quitado la felicidad, etc. Es una forma natural de justificar el miedo que tenemos a afrontar nuestra propia verdad “descubierta”, de alguna manera, en nuestra relación con los demás que me interpelan, cuestionan mi actuar, me hacen sentir mi dolor escondido, etc. Quien busca la verdad de su existencia está dispuesto a aprender, no le importa verse en los demás, desea afrontarse a sí mismo. Quien no busca la verdad está tan ensimismado que cuando se mira al espejo y se ve una mancha en la cara, en lugar de lavarla con agua rompe el espejo, pues él -piensa- tiene la culpa de sus males, de sus manchas.

                Y si eso sucede en nuestra relación con los demás, algo más profundo y auténtico sucede en nuestra relación con Dios, el que escruta nuestros pensamientos y sentimientos. Todo, absolutamente todo lo que experimentamos y vivimos entra en la esfera de lo divino, pues nada le es ajeno. Eso significa que nuestra relación con Dios no es tanto a nivel de obras cuanto de actitudes del corazón. Jesús era un fiel seguidor de la Ley, pero se sabía señor del sábado y anteponía la vida a la muerte incluso en sábado, el día más sagrado. No es posible que él atentase contra la vida de nadie ni que permitiese que nadie sucumbiera a la tentación de dar muerte, pero no le importó entregarse en las manos de sus verdugos desde una vivencia tal de amor que ilumina el sinsentido de la muerte a manos del odio humano. Es decir, que la relación con Dios es capaz de iluminar todos y cada uno de los momentos de nuestra vida. No es tan importante lo que me sucede cuanto cómo yo lo vivo. Saber ver la presencia de Dios hasta en el abandono, como le sucedió a Jesús, es lo que nos hace ir a nuestro verdadero centro, a nuestra verdad, experimentando quizá soledad y sequedad, pero sabiendo que en esa relación de amor confiado está la esencia más profunda de nosotros mismos, nuestra verdad más auténtica, mucho más que la expresión exterior de nuestras obras. Algunos lo llaman opción fundamental al final de la vida. Pero esa opción fundamental está llamada a iluminar toda nuestra vida, no sólo al final. Por eso quien vive en un continuo suspiro quejoso debiera preguntarse si no sería más feliz descentrándose de sí mismo para centrarse en una relación de fe que le sostenga y dé sentido real a toda su existencia, sin anhelar migajas de sentido que los demás apenas le pueden dar.

                Este primer grado de la humildad va unido al desprendimiento de la propia voluntad, nos dice San Benito: En cuanto a la propia voluntad, se nos prohíbe hacerla cuando nos dice la Escritura: “Apártate de tus deseos”. También pedimos a Dios en la oración que se haga en nosotros su voluntad. Con razón, pues, se nos enseña a no hacer nuestra voluntad, para que evitemos lo que dice la santa Escritura: “Hay caminos que parecen rectos a los hombres, el término de los cuales se hunde en lo profundo del infierno”; y también cuando tememos lo que se ha dicho de los negligentes: “Se han corrompido y se han hecho abominables en sus apetitos”.

No puede haber relación sin la apertura al otro, y no hay apertura al otro sin salida de uno mismo, sin estar dispuestos a dejar aparcada la propia voluntad. Aunque se da la paradoja de que si uno vive abriéndose a una relación de amor renunciando a “sus voluntades”, ya está haciendo su voluntad, pues es lo que libremente ha elegido.

                La apertura al otro es como hallar la propia alegría en la alegría del otro, la propia felicidad en la felicidad del otro. Con frecuencia decimos verdades que esconden grandes mentiras. “Hemos sido hechos para ser felices”. “He entrado en el monasterio para ser feliz”. Parece que decir lo contrario sonaría mal, como si fuéramos masoquistas, como si siguiéramos una espiritualidad obsoleta, demasiado espiritualista, o rompiéramos todos los principios de una sana sicología y autorrealización. Por supuesto que eso es verdad, que estamos hechos para ser felices, pero el problema se encuentra en qué entendemos por felicidad y dónde la buscamos. Si nuestra felicidad radica en sentirnos bien, en que los demás nos sonrían, en que me valoren y que las cosas en la vida me vengan de cara, en que haya buen rollito y nuestros lazos afectivos sean de una amistad encomiable, etc., entonces estaremos haciendo de la felicidad algo tan centrado en nosotros mismos que nos hará sufrir por su fragilidad e inexistencia. Pero si la felicidad que buscamos radica en la relación, seremos verdaderamente felices aunque nos sintamos incómodos. La felicidad encontrada en el amor no hay quien nos la quite. No es fácil sentirnos felices cuando no lo estamos, pero siempre podemos intentar hacer felices a los demás. Entonces experimenta­mos una felicidad más profunda, la felicidad que produce el acto de amor que en la salida de sí mismo recibe toda su fuerza.

                Es por ello que la relación con los hermanos, desde una relación de fe con Dios que nos ilumina cada momento de nuestra vida, es lo que nos permite descubrir nuestra verdad y vivir en esa felicidad profunda que se esconde más allá del dolor y la renuncia que suponga en nuestros sentimientos más superficiales. Aceptar esto es un verdadero acto de humildad en el que nos dejamos enseñar. Es un ejercicio de apertura de la lata de nuestro ser para hacer un camino de liberación. La humildad suele resultar una palabra ridícula para los que viven en la cultura del éxito, de la belleza o del reconocimiento, pero es muy querida por los que ya no están en ese estado de oropel y -quizá por los años- estén haciendo un camino hacia su propio centro. Es por ello que nosotros somos privilegiados en nuestra vida monástica, vida de fe y de comunidad, aunque sea un privilegio tan exigente que algunos preferirían no tenerlo o vivir como si no lo tuviesen. Vivir en la presencia de Dios y de los hermanos es doloroso porque nos hace vivir en nuestra propia presencia y no sólo en la de nuestros sueños y deseos.

                Por eso San Benito es tajante: no basta con estar sin pecado, es más importante estar inmersos en la presencia de Dios, que no es un mero sentimiento. No se trata de un simple ejercicio moral, sino de una relación consciente con Dios que nos interpela y exige. No es un Dios que está fuera de nosotros, sino que estamos llamados a descubrirlo dentro de nosotros, viendo cómo nos impulsa hacia el bien. Dios no está frente a nosotros como un obstáculo en el que podemos tropezar porque se oculta. Se nos pide abrir los ojos para ver la luz que ya reside en nuestro interior y que nos permitirá ver con claridad en el exterior. Esa luz no nos muestra la apariencia de las cosas o de las personas –eso ya lo hace la luz eléctrica-, sino que sabe identificar la luz que hay dentro de las personas y de los acontecimientos. De ahí que sea tan importante dejarnos mirar por Dios, sabernos en su presencia, así como dejarnos mirar por los hermanos, sabernos también en la presencia de ellos, sin rechazar inmediatamente lo que me dicen o lo que me hacen sentir. Es cierto que a veces somos un poco toscos a la hora de decirnos las cosas. Es cierto que a veces nuestras correcciones o exabruptos son más fruto del malestar que del buen celo. Pero no cabe duda que, en medio de todo ello, los hermanos me están ayudando a conocer mi verdad y a vivir en humildad. Si todo mi empeño se centra en dejar de manifiesto las formas poco acertadas que quizá utilizan, nunca me aprovecharé de la oportunidad que se me están ofreciendo.

LA HUMILDAD

(RB 7-10) 11.11.12

                Ya lo hemos visto: el camino de la humildad nos abre a una espiritualidad de relación. La relación respecto a Dios nos lleva a temer ofenderle, buscando obedecer lo que el Espíritu pueda estar pidiéndonos. Pero, además, se esfuerza por no obedecer las apetencias centradas en uno mismo, en los deseos de la carne –que nos diría San Pablo- cuando no se deja iluminar por la luz del amor y del Espíritu.

                Por lo que atañe a los deseos de la carne -nos sigue diciendo la RB- creemos que Dios está siempre presente, ya que el profeta dice al Señor: “Todas mis ansias están en tu presencia”. Por tanto, hay que guardarse del mal deseo, porque la muerte está apostada al umbral del deleite. De ahí que la Escritura ordene, diciendo: “No vayas tras tus concupiscencias”.

La “con-cupiscencia” no es más que nuestro deseo, fruto del apetito sensitivo -como lo es también la irascibilidad-. Mientras la primera atrae hacia el objeto deseado, la segunda rechaza todo lo que se le opone en el camino para conseguirlo. La concupiscencia desea el bien que tiene delante; literalmente significaría “con-deseo”. La concupiscencia, como los deseos en sí mismos, no es buena ni mala, pero nos puede llevar a lo bueno o a lo malo según se oriente. Su fuerza ardiente puede obnubilar nuestra vista sin percatarnos de la bondad o maldad de lo que buscamos. De ahí la invitación de San Benito a estar atentos para saber discernir: La muerte está apostada al umbral del deleite.

Como no hace falta legislar sobre los deseos buenos, pues bastaría con estimularlos, la concupiscencia ha quedado relegada a su sentido negativo. Pero, en realidad, todo deseo debe estar ordenado, pues a veces con muy buenos deseos hacemos daño a los demás (¡hay amores que matan!, solemos decir), y con un deseo ardiente de Dios hacemos tonterías o caemos en fanatismos que hacen daño a nuestros semejantes. Es entonces cuando la concupiscencia no pasa de ser un deseo de la carne que no se ha dejado interpelar por la presencia de Dios, algo que no brota del amor que mira hacia el otro, sino que se queda en el ego de la carne que sólo busca su propia satisfacción. Un amor propio y no en relación.

                El mandato de la Escritura que recoge San Benito en su Regla: “No vayas tras tus concupiscencias”, no es más que una invitación a ordenar nuestros deseos, sacándolos a la luz para verlos en la presencia de Dios, dejándose cuestionar por los hermanos, sin que queden encerrados en la búsqueda del propio interés. Entonces sí que nos vamos haciendo humildes, dando lo que tenemos sin abatirnos por lo que no recibimos. Quien vive de cara a sí mismo es difícil que evite el sufrimiento infecundo, pues lo que cree valer personalmente, a nadie se lo tiene que agradecer, y sí sufrirá si cree que nadie se lo reconoce. Mientras que, por el contrario, contemplará las actitudes de los demás para con él como algo merecido si son halagadoras, o algo insultante si son incómodas. Todo lo contrario le sucede al humilde que, por vivir de cara a Dios y a los otros, encuentra siempre en ellos una oportunidad de vivir en el amor y recoger sus frutos de felicidad. Basta con que nos observemos un poco, con que constatemos nuestros estados de ánimo, con que veamos las “razones” que tenemos para estar contentos o enfadados, y algo de eso saldrá a la luz. Y ya será un paso importante el mero hecho de poner freno a la fácil excusa de echar la culpa a los demás de nuestro estado de ánimo y comenzar a iluminar nuestro interior para vivir en la verdad.

                La carne y sus deseos son buenos, pero engañosos. “No vayas tras tus concupiscencias” no significa rechazar nuestros deseos, sino reconocer que somos más que carne, y que el alma -allí donde se asienta el espíritu capaz de conocer a Dios- es quien puede ordenar nuestros deseos. Sólo así seremos plenamente humanos (espíritus corporeizados y cuerpos animados por el espíritu), es decir, viviremos en nuestro centro al vivir unificados. Si nos quedamos en los placeres corporales, puede que nos estemos privando de otras bellas experiencias que sólo el alma es capaz de conocer.

                San Benito concluye este primer grado de la humildad diciéndonos: Luego, si “los ojos del Señor observan a buenos y malos”, y “el Señor mira incesantemente desde el cielo a los hijos de los hombres para ver si hay alguno sensato y que busque a Dios”, y si los ángeles que se nos han asignado, siempre, día y noche, anuncian al Señor las obras que hacemos, es preciso vigilar en todo momento, hermanos, como dice el profeta en el salmo, no sea que Dios nos vea en algún momento “inclinándonos al mal y convertidos en unos inútiles, y, perdonándonos en esta vida, porque es bueno y espera que nos convirtamos a una vida mejor, nos diga un día: “Esto hiciste, y callé”.

En la espera paciente de Dios se halla un gran mensaje para nosotros: No es la perfección de nuestras obras la que nos va a llevar a Dios, sino la perseverancia en el amor, la perseverancia en el deseo de vivir en su presencia, de responder a su llamada. Nadie sabe lo que será de nosotros mañana. Vivimos en una frágil estabilidad. Con el paso de los años podemos haber perdido el entusiasmo primero. Quizá cantos de sirena resuenen en nuestros oídos. Los hermanos pueden aparecer poco estimulantes e incómodos. La prosa de la vida puede hacernos sentir cierto tedio. Y, sin embargo, en todo eso, entremezclado con momentos de gozo y paz, es como el Señor va haciendo su obra. El dejarnos hacer con paciencia y perseverancia es una baza segura para los humildes. La perseverancia suple en gran medida nuestras debilidades, cuando esa perseverancia es fruto del amor confiado. Pues la perseverancia no es un simple estar por no tener otro sitio mejor, sino confiar y abrazar todo lo que nos viene por muy fatigoso y prosaico que parezca. La perseverancia que transforma no busca asegurar la vida, sino que la da. Es la perseverancia del humilde que se deja hacer por el amor del Otro y de los otros, haciendo de la presencia de Dios un empeño por vivir en la verdad.

LA HUMILDAD

(RB 7-11) 25.11.12

Ya hemos visto cómo el temor de Dios en el que nos invita vivir San Benito es sabernos en su presencia, sabernos ante los ojos de Dios. Esa presencia nos permite también conocernos, pues es frente al diferente cuando descubro mis peculiaridades. El hombre toma conciencia de su masculinidad frente a la mujer, y viceversa. Igualmente tomamos conciencia de nuestra condición de seres vivos frente a los seres inanimados. Incluso cada uno toma conciencia de sus cualidades personales cuando se encuentra delante de los que no las tienen. Y si nos descubrimos ante la diferencia de nuestros semejantes, ¿qué decir cuando entramos en relación con Dios, cuya diferencia aún en la semejanza nos desborda? El abismo existente entre Dios y nosotros es tal, que su cercanía en la relación amorosa nos permite descubrir en nosotros cosas que nunca hubiéramos imaginado por el simple razonamiento o usando técnica humana alguna. Es una enseñanza directa, intuitiva, espiritual y transformante. Enseñanza de amor y desde el amor.

Y cuando eso es auténtico, no nos puede dejar indiferentes. Suscita en nosotros el deseo que es al mismo tiempo anhelo y necesidad. Ese deseo lo vivimos nosotros de múltiples formas: deseo de la carne como pulsión de vida (alimento, genitalidad, desarrollo físico,...), deseo racional (intelectual, afectivo, relacional,...), deseo espiritual y transcendente con añoranza de plenitud. Todo se da dentro del mismo envase, que somos nosotros, y, por consiguiente, todo es reflejo de una misma realidad y está iluminado por una misma presencia de Dios. Por eso todo es bueno, pero todo debemos saber orientarlo hacia la vida que nos abre al otro y desorientarlo de la muerte que nos cierra en nosotros. La experiencia de la presencia de Dios en nosotros supone hacer el camino de apertura a través de la interiorización, y el de la interiorización a través de la apertura, un autoconocimiento a través del conocimiento del otro, colmando los deseos más profundos al romper los estrechos límites del egoísmo, para ordenarlos desde la unión y comunión con los deseos del Otro que late en nosotros.

Nuestra relación con Dios marca nuestro camino espiritual. No se trata de hacer obras buenas para llegar a Dios o evitar que Dios se aleje, sino descubrir más y más al Dios interior que nos abre al amor y nos impulsa a hacer obras buenas, según su bondad. Muchas cosas nos cuestan tanto porque las afrontamos desde el mero esfuerzo o para defender nuestra imagen, olvidándonos que la rama no crece estirándola, pues se rompería, sino recibiendo pausada y constantemente la vida por la savia que el árbol le da mientras está unida a él.

La vida monástica está en esta línea. Y nuestro mayor peligro no es hacer grandes “pecados”, pues vivimos en un mundo de cosas pequeñas, tanto para lo bueno como para lo malo. Nuestro mayor peligro es estar como ramas secas pegadas al árbol, aburridos, sin tomar la savia de un árbol al que debiéramos estar unidos más que pegados. Desde antiguo, el mayor problema de los monjes no fue el cometer grandes pecados, sino el cansancio espiritual, la acedia. De ahí que la perseverancia en el alimento espiritual (oración, lectio, silencio interior, vida en el monasterio), aunque no sintamos nada o parezca que todo nos aburre, es la mejor garantía para conservar la vida y dar fruto cuando llegue el momento oportuno. Cuando entramos en los momentos de desgana o sequedad, necesitamos salir de nosotros mismos y confiar en Dios para poder perseverar. No es la perfección la que nos lleva a Dios, sino la perseverancia. La vida de fe no es un camino lleno de obstáculos que hemos de recorrer sin que se nos caiga de las manos el don recibido. Más bien es un crecimiento lento y continuado que sabe valerse incluso del impulso que le ofrece el tropiezo.

Un discípulo preguntó al maestro cómo buscar la unión con Dios. El maestro le respondió que cuanto más afán pusiera en esa búsqueda tanta más distancia le separaría de él, pues el camino nos conduce a la meta, pero no es la meta. Quien mira a la meta, hace el camino. Quien sólo mira el camino es posible que pierda de vista la meta. La búsqueda de Dios debe partir del convencimiento que la distancia entre Dios y nosotros no existe. Es una relación y presencia demasiado íntima. Siendo Dios tan distinto, no está lejos. Siendo el totalmente bueno, no se le atrae con obras buenas ni se aleja con obras malas. Simplemente somos conscientes de su cercanía o su lejanía. En el primer caso nos alimentamos de él y vivimos en él, mientras que en el segundo, nuestra inconsciencia nos impide tener esa experiencia transformante. Empleamos todas nuestras energías en conseguir lo que ya nos es dado, en hacer actos de amor que no siempre nos llenan y que a veces dañan a los demás, en reprimir frustrantemente deseos primarios que pudieran orientarse si hubiésemos descubierto y experimentado nuestro norte. El camino es bueno, pero cuando se hace mirando a la meta y anticipando su presencia, pues en sí mismo es como la letra de la ley, mata.

Cuando dos se aman se unen haciéndose uno en el amor. La unión trinitaria es aún más sólida en el amor. Isaac de Stella intentaba expresar esa unión diciéndonos que uno es la luz (foco donde se origina), otro el rayo de luz (lo que se proyecta) y el otro la iluminación que provoca. ¿Podemos separar la luz del rayo y de la iluminación? Los tres son uno, aunque hablamos de tres, y si falta uno, faltan los tres. En la unión de nosotros con Dios pasa algo parecido por el espíritu del que participamos. Como diría aquél: la unión de Dios con el hombre ni es uno ni dos, como no se puede separar el sol de la luz o el océano de la ola. Esta es la diferencia que hay entre la unión que brota del amor transformante y la unificación que se pretende por el esfuerzo egocéntrico y perfeccionista. Si la arrogancia de creernos algo por nosotros mismos nos deja encerrados en nuestra pequeñez, por muy grande que nos la imaginemos, como una bacteria en su mundo, la humildad nos abre a la relación con Dios, y en ella a la inmensidad del Todo que llegamos a intuir en la pequeñez de nuestra conciencia.

La voluntad, que no el voluntarismo, es lo que mantiene viva esa unión. La voluntad se comporta de forma diferente al pensamiento o al sentimiento. Yo puedo pensar y sentir de forma diferente a otro, pero puedo tener la misma voluntad. La voluntad es un acto libre, fruto del libre albedrío, hasta el punto que nos puede llevar a elegir la muerte por unos valores superiores al mayor de nuestros instintos: la supervivencia. De hecho la palabra “voluntad” viene de “querer” (velle, volo), que es una facultad libre del amor. Mientras que los pensamientos y sentimientos brotan dentro de nosotros y no los podemos controlar. La voluntad sí que nos permite salir de nosotros mismos y abrirnos al otro, uniéndonos libremente a él por el amor, provocando a posteriori una mayor identidad en el pensamiento y en el sentimiento.

Aquí es donde se ponen frente a frente mis deseos primarios con los deseos que emanan de la relación de amor. Cuando estoy solo puedo dar rienda suelta a mis deseos sin ningún problema. Cuando estoy con otro al que amo, mis deseos buscan una unidad con los del otro o, mejor, me sentiré impulsado a relegar mis deseos primarios en función de los deseos superiores que brotan de la relación, del amor que surge en ella. San Benito insiste mucho en el tema de los deseos aludiendo a diversos textos que nos hablan de los deseos primarios a los que no podemos dejar que nos esclavicen.

LA HUMILDAD

(RB 7-12) 02.12.12

Cuando San Bernardo nos habla de la humildad en su tratado Sobre los grados de humildad y de soberbia lo hace presentando dichos grados en sentido inverso a como lo hace la RB, comenzando por los primeros de la soberbia, que coinciden con los últimos de la humildad. Para Bernardo la humildad no es propiamente el vivir en la verdad, sino el camino esforzado que nos lleva a la verdad. Bernardo tiene muy claro que el monasterio es un lugar de ejercicio, un gimnasio. Por eso comienza su tratado diciendo que él no va a hablar de los grados de humildad para enumerarlos, sino para subir por ellos.

                La humildad nos da la luz que nos permite conocer la verdad, vernos en verdad, y esta visión de nosotros mismos tal y como somos en verdad nos lleva a no jactarnos de nada. Y si de nada podemos jactarnos, nada tenemos que aparentar, nada tenemos que proteger, lo que sólo puede producirnos paz y traernos descanso, pues la inquietud es fruto del miedo a lo que los demás puedan pensar de uno mismo o cosas similares. La nada, nada teme perder. Nosotros no es que no seamos nada, sino que nada de lo que tenemos es estrictamente propio, todo nos ha sido dado y todo permanece en el seno del Dador de todo bien, donde nadie puede robar. Temer perder es signo de que antes nos lo hemos apropiado, es decir, que hemos subido algún grado de soberbia. Pero esa verdad no todos la ven, sino sólo los humildes: Gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños y humildes.

                Bernardo alude a los tres estados clásicos del camino espiritual: el de los principiantes, los proficientes y los perfectos. Los principiantes son los que trabajan en el camino de la humildad, aceptando las renuncias y el dolor que produce, buscando no ser esclavos de los propios antojos (me agrada - no me agrada; me gusta - no me gusta; me produce bienestar - no me produce bienestar). Los proficientes ya experimentan la humildad y gozan del deleite que produce la caridad. Los perfectos, sin embargo, añoran más, desean la contemplación, ver y vivir en la verdad asentados como están en la humildad y la caridad. En este banquete el primer plato es la humildad, el segundo la caridad y el tercero la contemplación.

                Según esto, el Claravalense nos dice que la búsqueda de la verdad la hemos de comenzar primero en nosotros mismos, por la autocrítica que es lo que nos hace humildes; después, en los demás, por la compasión fruto de la caridad, llorando con los que lloran, enfermando con los que enferman, etc.; y, finalmente, hemos de buscar la verdad en sí misma por la contemplación de un corazón puro. Este camino ascendente desde lo que somos a lo que no somos es lo que impulsa a Bernardo a invertir su comentario del capítulo sobre la humildad de la RB: no comienza exponiendo la humildad desde el temor de Dios, sino por la práctica corporal de tener los ojos clavados en tierra -duodécimos grado en la RB-, que encuentra su contrapunto en el primer grado de la soberbia, donde prevalece la curiosidad estéril por todo.

                Así, al primer grado de humildad de la RB le corresponde el duodécimo grado de soberbia de San Bernardo, que consiste en la costumbre de pecar. Si el primer grado de humildad es vivir en el temor de Dios, sabiéndonos siempre en su presencia, bajo su mirada, lo que nos impulsa a actuar bien, el duodécimo grado de soberbia será precisamente el olvidarnos de esa presencia, vivir para nosotros y desde nosotros, ir a nuestro aire  y abandonarnos a nuestros placeres, centrados exclusivamente en nosotros mismos. Si la presencia de Dios nos mueve al amor que mira al prójimo, la ausencia de Dios conduce a la cerrazón de la soberbia buscando sólo la satisfacción de sí mismo, juzgándolo y valorándolo todo desde uno mismo, buscando el placer en sí mismo, y en sí mismo se va marchitando hasta secarse.

                El Hijo eterno de Dios, la Palabra que existe desde toda la eternidad estaba junto a Dios, orientada al Padre. Jesús de Nazaret no vino a hacer su voluntad, sino la de Aquél que le había enviado, orientando toda su vida al Padre. Quien vive en el amor no pierde su centro, pero sí que lo pone en el otro al que ama, se encuentra en el otro, se descubre en él, no viendo su entrega personal como una pérdida, sino como una plenitud.

                El pecado de Adán, el hombre, fue escuchar la tentación razonable de vivir orientado desde sí mismo. El amor nos hace confiar en el otro. La falta de amor sólo nos permite confiar en nosotros mismos. El mandato divino de no tomar del árbol de la ciencia del bien y del mal es una invitación a reconocer que el conocimiento pleno de la verdad no lo podemos alcanzar por nosotros mismos. Y esto no es un acto de irracionalidad, sino un aspecto más de la razón. La inteligencia se nos ha dado para que busquemos y conozcamos. Somos seres racionales y no podemos renunciar a la razón. Pero tampoco podemos confundir lo “razonable” con lo comprensible según una determinada cultura subyacente en nuestro pensamiento. Es “razonable” lo que escudriña la razón y es igualmente “razonable” la confianza que brota del amor, pues el corazón tiene razones diferentes a las de nuestra especulativa inteligencia.

                No siempre es fácil aceptar la importancia de la razón que busca, arriesgando al mismo tiempo a confiar sin poder palpar, como razón del amor, y rechazar todo “uso” interesado e ilegítimo del uso de esa verdad de Dios que nos supera para manipular a los demás. El conocimiento pleno sólo lo obtendremos desde la relación confiada con Aquél que nos creó. Un conocimiento que rebasa los más primarios procesos de nuestra razón, pero que no puede sino comunicarse a través de ella, pues en la misma alma reside el raciocinio y el espíritu.

                Para San Bernardo, el vivir encerrado en sí mismos es terreno abonado para dejarnos arrastrar por nuestras pasiones que nos terminan esclavizando. Al no tener delante el tú de Dios que nos interpela, dejamos de luchar contra nuestras pasiones y terminamos acostumbrándonos a ellas. Entonces la razón se adormece y la costumbre le esclaviza..., siendo esclavo de la tiranía de los vicios, nos dice. Llegado a cierta esclavitud puede exclamar: No hay Dios. Quizá no lo haga con los labios, pero sí lo hace con la propia vida, pues no parece que nada le mueva a cuestionar su actitud. Malévolo, fanfarrón y delincuente, maquina, parlotea y lleva a cabo cuanto le viene al corazón, a la boca o a las manos.

                Sin duda que nosotros no llegamos a tanto, pero sí que podemos tener la experiencia del adormecimiento que produce la “costumbre de pecar”, determinados vicios a los que hemos dejado pasar y acomodarse en nuestra casa, terminamos conviviendo con ellos y cumpliéndose aquél conocido adagio: “quien actúa de forma diferente a como piensa, termina pensando como actúa”. La conciencia se adormece, la razón los justifica y la voluntad se siente presa de ellos. En ese sentido “negamos la presencia de Dios”. Sólo nos queda un camino, volver a abrir nuestra puerta a la palabra de Dios, dejar que ella nos ilumine y volveremos a encontrar el camino de la verdad que brota del amor, liberándose nuestra voluntad.

                Tanto quien vive en el primer grado de la humildad, que es el temor de Dios, como el que vive en el duodécimo grado de la soberbia, que es la negación de Dios y costumbre de pecar, tienen una cosa en común: corren sin tropiezo ni fatiga. Se deslizan sin trabas por el camino escogido, coincidiendo su voluntad con su razón, sus obras con sus deseos. Eso sí, con una pequeña diferencia, los primeros van raudos hacia la vida, mientras que los segundos se deslizan por un camino de muerte. Los primeros son estimulados por la caridad, mientras que a los segundos es la pasión la que los mueve. Unos y otros no sienten el peso de la vida -dice San Bernardo-; pues tanto el amor perfecto como la iniquidad consumada echan fuera todo temor. La verdad da seguridad a unos; la ceguera, a otros.

                Seguramente que nosotros no estamos ni en un extremo ni en el otro, sino más bien en el grupo de los que caminan y se esfuerzan con distintos altibajos. Cada uno de nosotros está en una etapa. Cada uno está pasando un proceso peculiar, muy personal. Es bueno que tomemos conciencia de ello para ayudarnos con paciencia. Y si vemos a un hermano flaquear recordemos aquél dicho de otro Bernardo: “La acusación suscita defensas. Por eso es mejor hablar de curación, no para acusar al enfermo sino para curarlo de la enfermedad”.

                Hay momentos en los que tomamos conciencia como el hijo pródigo. Momentos en los que se ilumina de nuevo la oscuridad en la que nos habíamos metido. Es bueno, entonces, contemplar que la fe y las lágrimas sinceras, son la puerta que nos abre de nuevo el camino que nos habíamos cerrado. La apostasía de Pedro, su toma de conciencia y sus lágrimas tras la mirada de Jesús y la experiencia de un nuevo reconocimiento de amor por parte del Señor resucitado, que le confirmó en su misión, nos abre a la esperanza. Como le sucedió también al rey David al pecar gravemente, cuyos ojos se abrieron tras escuchar al profeta que le puso frente a su verdad, y su respuesta pasó por las lágrimas y la petición de misericordia.

                Y si esto les pasó a dos personajes tan emblemáticos y modelos de fe, ¿cómo no va a suceder con nosotros? Y si sucede con nosotros, ¿cómo no va a suceder con los hermanos con quienes convivimos? Reconocer esto es abrirnos y abrir a los hermanos a la esperanza. San Benito y San Bernardo nos invitan a orar los unos por los otros y a sobrellevar unos las cargas de los otros.

LA HUMILDAD

(RB 7-13) 08.12.12

Después de ver el primer grado de la humildad de una forma bastante extensa, por ser el principal, ahora toca fijarse en el segundo grado. San Benito nos dice de él: El segundo grado de humildad consiste en que uno, al no amar su propia voluntad, no se complace en satisfacer sus deseos, sino que cumple con sus obras aquellas palabras del Señor, que dice: “No he venido a hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado”. Ya desde el inicio se nos habla no de una obediencia a los hermanos o al superior, sino al mismo Dios como actitud profunda del corazón. Sin duda que la obediencia no es un mero deseo interior, sino que necesita ser concretizada –obedecer a personas concretas- para que sea auténtica. Pero no es menos cierto que sin haber hecho un camino interior de transformación, no podremos ejercitar una obediencia verdadera que dé vida, a lo más será una obediencia infantil o temerosa. ¿Y cómo llegar a esa obediencia del Maestro, de Jesús de Nazaret?

Quien vive encerrado en sí mismo suele actuar como un resorte que se abre o se cierra según sea el estímulo que percibe, según el dolor o el placer que le produzca. Hay una frontera entre él y lo que le rodea, midiendo todo según él mismo, según el beneficio o el perjuicio que le produce. Quien actúa así, no ha comprendido todavía el verdadero valor de la obediencia, pues la obediencia exige apertura al otro y conlleva cierta renuncia y dolor, pues nos duele el romper con el círculo que nos protege para abrirnos a lo que nos rodea.

Quien abre el círculo de su yo es capaz de vivir en mayor armonía, va más allá de la experiencia del placer o del dolor para adentrarse en la paz y sosiego interiores. Las cosas ya no le turban tanto porque se abre a ellas. Deja de ver a los demás como simples contrincantes o potenciales enemigos para hacerlos parte de sí mismo en un yo más amplio, el yo comunitario y humano.

Pero creo que aún hay un tercer estadio –más allá del propio yo o de la apertura generosa a los otros- que nos lanza fuera de nosotros mismos, como una exuberancia de nuestro yo más profundo cuando se vive desde el amor. Una especie de éxtasis que nos lleva a la unión hasta el punto de encontrar el “vivir desde el otro” como la expresión suprema del propio vivir. El otro deja de ser un extraño y un simple diferente al que me abro en relación armoniosa. El otro pasa a ser lugar donde yo me descubro. Este camino, que pocos hacen porque pocos están dispuestos a abrir siquiera el cerco de su propio yo, tiene sus efectos físicos, sensibles y psicológicos. Quizá se perciba con sufrimiento al principio, en la apertura, pero todo se sosiega cuando se vive en unidad verdadera. Es entonces cuando se entienden bien las palabras del Señor a las que alude la RB: “No he venido a hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado”. No es sometimiento, no es negociación, es ser yo mismo en aquél que amo y me ama, un trascenderse sin disolución.

La obediencia que vive el humilde no es una penitencia, ni un mero acto de virtud, ni un esfuerzo de la voluntad, aunque conlleve todo eso, es simple y llanamente un acto de amor que descubre a uno mismo en el yo de Dios y lo distingue de las esclavitudes que limitan su propio yo. Y Dios, distinto a nosotros, se revela también en lo más profundo de nosotros. De ahí que ese trascendernos en la obediencia supone un descender a nosotros mismos rompiendo también “hacia dentro” el círculo de nuestro yo caprichoso, encontrando a Dios en nuestro núcleo más genuino, como nos encontramos a nosotros en él. No basta abrir el muro hacia el exterior, hacia los otros, sino que necesitamos primeramente abrirlo hacia nuestro interior, hacia nuestro verdadero yo escondido, donde reside Dios. Entonces se produce la sintonía total de la voluntad de Dios y la del que ha hecho ese camino hacia su centro, más allá de la superficialidad que identifica la voluntad de Dios con sus propios caprichos.

En nuestra relación con las cosas y con las personas que nos rodean sentimos muchos estímulos que nos hacen desearlas o rechazarlas, según el sentimiento que nos produzcan. Pero cuando nos ponemos en oración, cuando nos silenciamos en nuestro interior, cuando dejamos que el Dios de Jesucristo nos ilumine con su Espíritu sabiéndonos en él, entonces intuimos cual es esa voluntad de Dios como algo que sabemos está en sintonía con nuestro yo profundo, donde ya no es tan fácil distinguir si lo que experimentamos es “tuyo o mío”, siendo más bien “nuestro”. Lo que llamamos “voluntad de Dios” no es otra cosa que nuestra misma verdad interior descubierta cuando vivimos en oración, atenta escucha de Dios en nosotros. Por eso no podemos percibir esa voluntad divina de la que nos habla San Benito como algo que se nos impone, sino más bien como algo que descubrimos, que surge en nosotros a la luz del Espíritu, pero que también nos exige un trabajo ascético a la hora de ponerla en práctica. Si decimos que somos imagen de Dios, la imagen no puede ser distinta de su modelo. Lo que sucede es que no siempre el espejo en que miramos está lo suficientemente pulido.

La RB nos ilustra la necesidad de la obediencia a Dios con el pasaje de Jesús, que no vino a hacer su voluntad, sino la de su Padre. Pero también nos cita otro texto que no es de la Escritura, aunque él dice que sí por la importancia que le da, sino que pertenece a las actas de los mártires, los que aceptaron morir a sí mismos para alcanzar la verdadera vida en Dios. Dice el texto: También dice la Escritura “La voluntad conduce a la pena y la sumisión engendra la corona”. No le falta razón, pues el dejarnos llevar por nuestros caprichos nos trae frecuentes penas, haciéndonos inmaduros, mientras que el someternos o asumir los acontecimientos (necéssitas, dice el texto latino = destino o voluntad de los dioses), renunciando al mero instinto, es lo que nos permite ir madurando en nuestro ser más auténtico, rompiendo nuestro estrecho círculo para abrirnos al todo y reencontrarnos en nuestro verdadero yo. Espiritualidad clásica, aunque dicha en un lenguaje más de la época que nos toca vivir.

La “mayéutica” de Sócrates, su camino de formación, partía del reconocimiento de la propia ignorancia. ¡Qué difícil le es aprender al que cree que sabe! Nuestra actitud ante la realidad de Dios y nuestra propia realidad necesita también de esa actitud humilde y receptiva. Dios será siempre Dios. Él se muestra como don gratuito, no como premio a nuestros esfuerzos, aunque sin éstos no perdure su visión. Nuestro destino no está en nuestras manos, pero sí el poder vivirlo consciente y gozosamente.

Y si en este segundo grado de la humildad se vive la propia libertad, adecuándonos a la voluntad de Dios, el soberbio sigue ascendiendo por su propia escala, a la que correspondería el undécimo grado de la soberbia, que no es otro que la libertad de pecar, es decir, de hacer siempre lo que pide el propio deseo e instinto. Y en esto San Bernardo se muestra especialmente sutil. Llegados a este punto, el soberbio evita abrirse a la voluntad de los hermanos o hacer la voluntad del superior, pero aún le queda un resquicio de temor de Dios. El pecado ya no le asusta, pues está acostumbrado a hacer sus propios caprichos y la mente ha necesitado descargar su culpa, justificando sus actos con razonamientos que le tranquilizan. Pero aún queda un rescoldo de temor de Dios que le impide lanzarse sin más a pecar libremente, como si se lanzase al río. Por eso va realizando paulatinamente cosas ilícitas como el que vadea un río: “no se precipita, sino que entra más bien paulatinamente en la corriente de los vicios”.

LA HUMILDAD

(RB 7-14) 16.12.12

Si los dos primeros grados de la humildad se fijan en el temor y obediencia a Dios, el tercer grado de la humildad lo centrará San Benito en la obediencia al superior. Esa obediencia sólo tiene una razón de ser: la fe. Por eso añade explícitamente el motivo: “hágalo por amor a Dios y a ejemplo del Señor Jesús”. Nos dice: El tercer grado de humildad consiste en someterse al superior con toda obediencia por amor de Dios, imitando al Señor, de quien dice el Apóstol: “Se hizo obediente hasta la muerte”.

Mientras que nuestros deseos u opciones se mantienen en nuestro ámbito interior, en nuestra mente o en el corazón, no suelen ser excesivamente molestos, todo lo contrario, nos hacen sentirnos bien, incluso creernos buenos, generosos, entregados, capaces de renunciar a nosotros mismos por amor. Pero cuando se nos presenta la oportunidad de concretizar esos deseos u opciones, experimentamos lo incómodo que resulta, viniéndonos a la mente múltiples razones que justifican el no llevarlos adelante. Eso mismo sucede con la obediencia cuando se ha de concretizar. El voto religioso que hicimos no nos exime de esa experiencia. A Dios nadie lo ve, por lo que es fácil acallar sus exigencias convenciéndonos a nosotros mismos de lo contrario. Pero cuando se nos pone delante alguien que podemos ver y escuchar, alguien que, además, es débil y pecador como nosotros, la obediencia puede resultar más difícil, pues no cabe decir que no hemos oído la demanda que se nos hace. Reconocer la autoridad del superior no es difícil, hasta que nos cuestiona nuestras decisiones o nos incomoda con sus peticiones. En esos momentos podemos elegir obedecer o no obedecer, e incluso si optamos por lo primero, podemos vivir la obediencia como virtud o como obligación. La virtud se caracteriza por ser una opción libre, sin que tenga por qué gustar o resultar agradable necesariamente. La obligación es una respuesta que busca evitar perjuicios futuros.

Es un hecho que todo grupo humano, para poder estar cohesionado necesita algún tipo de obediencia asumida para poder ir más allá de la ley de la selva, la ley del más fuerte. Todo grupo humano se dota de unas normas y de una autoridad, hasta el punto que el “desacato a la autoridad” (no acatar = desobedecer) está penado. Pero en el proceso interior de la humildad se pide algo más. No se trata sólo de una necesaria obediencia para mantener la cohesión del grupo, sino que tiene una motivación: por amor a Dios, y busca seguir un modelo, el de nuestro Maestro, que se hizo obediente hasta la muerte. El amor, la caridad, es lo que nos debe motivar, como nos recuerda también la Regla cuando nos habla de qué hacer si se nos mandan cosas ante las cuales no nos vemos con fuerzas: después de exponer nuestras razones, obedecer por caridad (amor) confiando en el auxilio de Dios (RB 68,5). Pero si es el amor lo que debe motivar al que obedece, también es el amor lo que debe mover al que manda. Pues si el que manda está movido más por sí mismo que por el amor a los hermanos, su actitud puede hacer que los más débiles se subleven en su interior, rechazando una obediencia que debiera ayudar, al percibirla como destructiva para la persona. De ahí que una obediencia que brota del amor necesita partir de la escucha: escucha a las necesidades de la persona y de la comunidad, escucha a la situación personal de los hermanos, escucha a lo que el superior intuye que debe hacer en la misión que se le ha confiado, escucha que supone un diálogo sincero que nunca puede reducirse a mera “negociación”, sino a apertura para buscar lo mejor. Algo que finalmente se tendrá que concluir con un acto de obediencia fruto del amor.

Una obediencia vivida con sencillez y madurez es camino seguro para poner nuestro centro en Aquél que todo lo abarca, asemejándonos a Cristo en su actitud de confianza y filiación. Si sólo somos capaces de ver la obediencia como el sometimiento a una persona, nos rebelaremos siempre que podamos y nos resultará algo conflictivo y destructivo. Pero cuando la obediencia tiene un porqué que la sustenta, entonces adquiere una dimensión nueva que le da sentido aún en cualquier aparente sin sentido. Es lo que hace la obediencia a una persona que se ama, donde el acento recae en el amor, siendo la obediencia una simple expresión que lo cultiva. En nuestro caso ya no sólo es el amor fraterno el que nos debe mover a ello, sino el misterio oculto en la misma vida de Jesús, nuestro Maestro, obediente hasta la muerte y modelo para nosotros. No es mera renuncia ascética, sino opción amorosa, confiada y esperanzada.

Como nuestro mundo imaginario nos puede hacer creer muchas cosas que no son reales, necesitamos que la vivencia espiritual se concretice. Si para San Juan decir que se ama a Dios, al que no se ve, sin amar a los hermanos, a los que si se ven, es algo propio de mentirosos, decir que buscamos la voluntad de Dios sin someternos desde la fe a personas concretas, es igualmente propio de gente fantasiosa. No podemos llegar a Dios sin pasar por la realidad humana. Si no estamos abiertos a descubrir lo que Dios nos está diciendo a través de los demás, especialmente del superior, si sólo nos escuchamos a nosotros mismos, es muy fácil que nos engañemos pensando estar en la verdad. Creer que nuestros pensamientos vienen de Dios nos resulta fácil a todos. Pero cuando alguien interfiere en esos pensamientos, sin duda alguna que pone a prueba la autenticidad de nuestras opciones. El auténtico es el que se ve libre. Nosotros somos muchas veces esclavos de nosotros mismos, de nuestras costumbres y deseos. El obediente es libre para actuar de forma distinta a como le requieren sus costumbres y deseos movido por el amor, sin hacer por ello un drama. Sólo así podemos considerar que hemos puesto a prueba nuestra libertad, es decir que hemos pasado de un inicial: “soy libre para hacer esto o lo otro”, a un “porque soy libre he optado por esto, renunciando a lo otro”. Ya que hay quien piensa que tomar una opción renunciando a otras es perder la libertad, por lo que ponen todo su empeño en proteger una libertad que nunca opta por nada para no renunciar a nada, es decir, una hipotética libertad nunca ejercitada verdaderamente.

La espiritualidad benedictina, una vez más, busca la concreción. Respeta los grandes ideales, pero no fomenta los idealismos incapaces de confrontarse con la realidad. Tener la capacidad de escuchar con apertura a quien ocupa un lugar de discernimiento en mi vida, como es el superior, implica una actitud de humildad que se abre a la acción de Dios en su propia vida. Quien se cierra tercamente a ser cuestionado, quien se cree en posesión de la verdad, es que prefiere mantenerse en su pequeño ego al que idolatra, dejando entrever una lucha de poder frente a los demás que dificulta sobremanera la relación con ellos y su propio desarrollo espiritual.

Lo opuesto a este tercer grado de humildad ¿qué puede ser? Pues está claro. El décimo grado de la soberbia, que no es otro que “la rebelión”, como nos dice San Bernardo. Cuando uno está en un camino de autenticidad, reconoce sus caídas y debilidades propias de su fragilidad. Ese reconocimiento, acompañado de una petición de perdón, le engrandece. Pero el que vive en la mentira, busca ante todo la excusa de sus faltas, no reconociéndolas. Luego, si eso no resulta porque es evidente su culpa, pasa a la farsa para diluir su responsabilidad. Y si finalmente tampoco eso le resulta, entonces se rebela directamente desobedeciendo al superior y a todo el que se le ponga por delante, ostente la autoridad que ostente. Y llegados a este punto, donde se “ha pasado” de los hermanos en los seis primeros grados de la soberbia, se desobedece al superior en los cuatro grados siguientes y se abre la puerta de par en par a la desobediencia a Dios en los dos últimos grados.

LA HUMILDAD

(RB 7-15) 23.12.12

El cuarto grado de la humildad continúa en la estela de la obediencia como los anteriores. Nos invita a salir de nosotros poniendo la mirada en el otro y en lo que nos acontece, sin tener los ojos invertidos hacia nosotros mismos, paralizados por las situaciones adversas. La obediencia que debemos primeramente a Dios, pero también a los hermanos, conlleva necesariamente momentos difíciles que ponen a prueba nuestra capacidad de acogerlos, la calidad de nuestra obediencia. Quien vive encerrado en sí mismo, llena su propio vacío de sí mismo, es un cuenco vuelto hacia abajo, sin mayor horizonte que él mismo, sus sentimientos, sus necesidades, sus frustraciones. Un cuenco boca abajo tiene la ventaja de protegerse frente a las cosas que le pueden venir del exterior, pero es un lugar muy oscuro. Quien se abre a los demás es un cuenco boca arriba, dispuesto a recibir. Recibir es sinónimo de acoger. No sólo recibimos, como si de cosas se tratase, sino que acogemos, acogemos al que se nos da en lo que nos da. Y eso tiene sus dificultades, pues las personas no las podemos acoger por partes, sino que es el paquete entero, con sus cualidades y sus defectos, sus aciertos y sus desaciertos.

El varón tiende a contemplar la realidad desde el dar, el hacer, el proyectar. La mujer, por el contrario, tiende más a acoger, recibir, a hacer de su mismo ser un cuenco dispuesto a recibir. Es esa dimensión femenina que todos tenemos la que también nos capacita a nosotros para acoger, escuchar, obedecer (oboedire - ob-audire), deslizarnos por los primeros y más sólidos grados de la humildad.

Ese trabajo de apertura al otro, de la obediencia mutua, con la consiguiente muerte del propio yo, no resulta nada fácil. Es exigente. Nos gustaría que la vida comunitaria fuera siempre sencilla, vivir unidos sin rozarnos, pero no es así, bien lo sabemos, por lo que tenemos la tentación de poner nuestro cuenco boca abajo, de dejarnos llevar por el individualismo o de ser excluyentes con los que no nos resultan agradables. Sin embargo, quien, a pesar de todo, sigue manteniendo su cuenco boca arriba, acogedor, descubre que la muerte es la puerta de la vida, que la alegría viene después del llanto, como el gozo sigue al amor que es capaz de sufrir. Por eso la RB comienza diciendo que el cuarto grado de la humildad consiste en que el monje se abrace calladamente con paciencia en su interior en el ejercicio de la obediencia, en las dificultades y en las mayores contrariedades, e incluso ante cualquier clase de injusticia o injuria que se le infieran, y lo abrace con la paciencia en su interior, y, manteniéndose firme, no se canse ni se eche atrás, ya que dice la Escritura: “Quien persevere hasta el fin se salvará”; y también: “Ten ánimo, espera en el Señor”.

San Benito nos ofrece estos y otros textos bíblicos para animarnos a abrazar con suma paciencia todo lo que nos sucede. Esa paciencia que encuentra en Cristo su modelo. Ya en el Prólogo nos animaba a perseverar en el monasterio, afrontando todas las dificultades y participando así, con nuestra paciencia, en los sufrimientos de Cristo, para que podamos compartir con él también su reino (Pról 50). Un Cristo que para nosotros no es sólo Jesús de Nazaret, sino el Cristo total del que hablan nuestros padres –la comunidad cristiana, cabeza y miembros- e, incluso, toda la humanidad, imagen de la imagen de Dios, que sufre y con la que nos solidarizamos para heredar con ella el reino que está reservado para los pobres y los que sufren. Por eso el Señor siempre une lo humano y lo divino: lo unió en su persona, lo unió asumiendo el dolor y el amor humanos en su vida entregada y clavada en la cruz, lo unió en su vuelta al Padre como Dios y como hombre, lo unió al sintetizar la ley mosaica en el amor a Dios y al prójimo, lo unió también en nuestra propia salvación, recordándonos que se nos perdonará del mismo modo que nosotros perdonemos y se nos medirá con la misma vara con que nosotros midamos a nuestros hermanos.

Se trata de una paciencia activa y no sólo pasiva. Es la paciencia del que afronta las cosas y no sólo del que las soporta. Es la paciencia de los que quieren amar y no sólo de los que son incapaces de rebelarse. Es la paciencia del que está dispuesto a poner la otra mejilla, o a responder con bien al mal, o a dar más de lo que se le pide, como nos recuerdan el Señor y San Benito. Es una paciencia activa como lo es el mismo perdón. Perdonar no es sólo soportar. La palabra perdonar está compuesta de dos vocablos per-donar. “Per” es una preposición que refuerza o aumenta la significación de las voces españolas a las que va unida (perdurar, perturbar, etc.). De tal forma que se trataría de un donar pleno. Por eso también tiene relación en su origen con la palabra “per-der”, que es algo que se deja de tener definitivamente (su significado primitivo era “dar totalmente”, según Joan Corominas). Cuando perdonamos estamos siendo vehículos de un don para el hermano. Pagamos con nosotros mismos la deuda que nos tiene. Es curioso cómo Cristo resucitado une el perdón de los pecados al don del Espíritu vivificante: Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará (Jn 20,22-23). Por eso el perdón es causa de vida para el que lo da y para el que lo recibe. De ahí que Jesús nos anime a ser magnánimos, pues esa actitud producirá vida en nosotros. Decimos que Dios no condena a nadie, sino que es cada uno quien elige vivir en Dios o separado de él. Es lo que hacemos cuando elegimos actuar de una forma u otra con los hermanos.

No hay mayor don que el Espíritu mismo, el amor de Dios, amor paternal, amor filial, amor único. Al perdonar no hacemos otra cosa que ser vehículos por el que el don del Espíritu es donado a nuestros hermanos. Nuestra paciencia no es otra cosa que fruto del perdón, pues la mayor paciencia que hemos de tener es con los demás y con nosotros mismos, ya que las cosas lo más que llegan es a irritarnos o molestarnos breve tiempo. Si me tropiezo con una piedra, quizá grite, pero no mucho más. Pero si tengo una dificultad con un hermano o me niego a aceptarme a mí mismo, eso sí que requiere una buena dosis de paciencia y de perdón. Entonces sí que necesito abrirme a recibir ese don de Dios, el don de su Espíritu de amor que sólo recibo a través de mí, cuando acepto ser vehículo de ello.

Pero sólo se llena lo vacío; sólo se da al que pide, al que siente necesidad de ser llenado. De ahí que en el quinto grado de la humildad, como ya veremos, se nos recuerde que hemos de reconocer nuestra necesidad de perdón manifestando nuestra debilidad; esa es la verdadera humildad que inclina la benevolencia de Dios. Algo que nos permite vivir nuestra experiencia espiritual no sólo como un ejercicio psicológico, afectivo o ritual, sino unitivo, desde una presencia, la presencia en Dios y de Dios, la vida en su espíritu que late en nosotros, que nos permite acogerlo todo con paz, pues nada hay que nos pueda hacer daño en lo más profundo de nosotros, siendo todo lo que nos sucede mera oportunidad para ser verdaderamente lo que somos.

La comunidad es una “ocasión” para hacer ese camino personal. Si sólo la vemos como una “confrontación”, si sólo vemos a los hermanos como un “obstáculo” o unos contrincantes, nos impedimos hacer el camino al que estamos llamados. Nuestro camino no es ajeno al de la comunidad. Nuestro camino es “en” la comunidad, como nuestro camino personal no es ajeno a Dios, sino que es en Dios, aunque digamos que vamos hacia Dios, como si él estuviera fuera de nosotros.

 

 

LA HUMILDAD

(RB 7-16) 30.12.12

En su afán de no engañarnos, San Benito nos recuerda en el cuarto grado de la humildad que en la vida seremos probados en la obediencia, en las dificultades y contrariedades, así como cuando recibamos injurias. No podemos pretender tener una vida sin esas pruebas. ¿Qué hacer ante eso? San Benito es muy claro: si quieres llegar a algo en la vida, tendrás que armarte de paciencia y perseverar sin echarte atrás. Puro sentido común. Y ya que tenemos que vivir eso, pues ¿qué mejor que darle un sentido y no limitarnos a soportarlo? Todo lo que tiene sentido se afronta con mayor entusiasmo. El sentido que nos propone ya lo conocemos: son oportunidades que se nos brindan para ir más allá de nuestro pequeño ego. Es una oportunidad para abrirnos al amor en la donación a los otros y en el perdón, un perdón que ya hemos visto viene de “donación”, siendo nosotros mismos el vehículo de ese don.

Soportar con paciencia a los demás, sus requerimientos, sus deficiencias e, incluso, sus injurias, requiere una buena dosis de magnanimidad, de perdón, de donación personal, de amor que está dispuesto a perder en favor de los demás. Esto no surge de nosotros sin más o por simple voluntarismo. El amor es fruto del Espíritu, sólo brota si está en nosotros, es el mismo Espíritu de Dios del que participamos cuando ha sido acogido previamente. Ese Espíritu Santo que nos da el Resucitado y que va unido al perdón. Ese Espíritu-amor que es la única argamasa capaz de mantenernos unidos en nuestra diversidad, aliviando los roces inevitables de toda vida comunitaria.

Por eso la RB nos habla de una paciencia no sólo coyuntural, como el que está esperando a que deje de llover, sino una paciencia abrazada en el interior (“conscientia”, Casiano dirá: “interior cordis”), que afecta a lo profundo de la persona y está en relación con otras personas: la paciencia con las circunstancias adversas es algo coyuntural que nos hace madurar, la paciencia con las personas nos abre al amor.

Quizá a nuestra mentalidad actual le resulte difícil este grado de humildad, pues tenemos la idea de que todo hay que arreglarlo, que todo tiene una solución que debemos buscar, que siempre podemos cambiar las cosas. Sin duda que en buena medida es así, por lo que hay que trabajar por construir un mundo mejor. Pero la vida nos enseña que no todas las cosas tienen “solución”, si entendemos ésta por quitar su grado de incomodidad. No siempre es lo mejor aquello que nosotros consideramos como tal, como no es tan bueno para un deportista privarle de su esfuerzo para que no sude o sufra. El trabajo del corazón pasa por ahí, como el amor sabe del sufrimiento que supone la renuncia a sí mismo para darse al otro. En general nuestra sociedad tiene poca paciencia, desea las cosas de la forma más inmediata posible, por lo que se nos invita a no renunciar a nada que nos guste, ofreciéndonos la oportunidad de comprar hoy eso que nos apetece y empezar a pagar a partir del mes próximo. De ahí que nos irritemos tan fácilmente ante cualquier contrariedad o nos estresemos por no saber tener la paciencia necesaria. Nosotros mismos llegamos a anteponer la eficacia, el que las cosas funcionen como pensamos deben funcionar, a otros valores como son los hermanos en sí mismos. Lo importante es que las cosas se hagan bien, decimos. Ciertamente que eso es importante, pero no “lo importante”.

Nos olvidamos también que todas las cosas necesitan su tiempo, que las personas tienen su proceso, que cada uno de nosotros estamos haciendo un camino que hemos de respetar, que de nada vale estar obsesionados con una meta lejana que nos hace sentir culpables o nos acompleja, que es mejor disfrutar del paso a paso de nuestra vida, con sus éxitos y tropiezos, sabiendo que lo importante es estar en el camino que nos va a llevar a la meta que anhelamos si perseveramos con paciencia. Debemos aprender a aceptar nuestras demoras y las de los demás, como aceptamos el paso lento del anciano. Y cuanto más lento es nuestro paso, más necesitados estamos de paciencia y perseverancia para obtener lo que anhelamos. Descubrir la presencia de Dios en ese paso lento, en esa humilde perseverancia que no se atreve a presumir porque no hay lugar para ello, es el misterio escondido en este grado de humildad, es lo que nos permite saborear el todo en la parte de nuestro cortos pasos y lento caminar. ¿No fue precisamente en la lucha nocturna cuando Jacob recibió la bendición de Dios? En esa lucha que nadie ve y donde nosotros apenas vemos porque es de noche.

Desde una perspectiva más psicológica, podemos observar cómo esas cosas adversas producen en nosotros unos sentimientos negativos. Estos sentimientos nos pueden embarullar y hacer daño al cegarnos. De ahí la importancia de silenciarlos para poder contemplar y elaborar nuestras emociones. Es lo que hacemos con la paciencia, tomar cierta distancia de ellos para poder conducirlos sin que ellos nos arrastren. Y para esto nos puede ayudar el contemplar la figura de Jesús o meditar ciertos textos bíblicos, como los que nos recuerda San Benito: “Quien persevere hasta el final, se salvará”, y también: “Ten ánimo y espera en el Señor”.

Junto con el deseo de obtener soluciones rápidas o pasar de puntillas sobre la adversidad, nos puede surgir otra tentación, la de mirar para otra parte, la de pensar que eso no existe o quererlo ocultar. La Biblia, sin embargo, se empeña en no ocultar esa realidad por molesta que nos pueda parecer. Los salmos expresan continuamente todo ese mundo interior que nos invade, con sus alegrías, acción de gracias y alabanzas, pero también con sus odios, desesperación, dolor o injusticia que clama venganza. Todo eso existe en nosotros y en los demás con los matices y sutilezas que queramos. La Regla lo mira de frente y nos anima a apoyarnos en la Biblia cuando nos dice: Y, mostrando cómo el que desea ser fiel debe soportarlo todo por el Señor, incluso las adversidades, dice en la persona de los que sufren: “Por ti se nos entrega a la muerte todo el día, nos tienen como ovejas de matanza”. Y, seguros con la esperanza de la recompensa divina, prosiguen alegres: “Pero todo esto lo superamos de sobra gracias al que nos amó”. Y en otra parte dice también la Escritura: “¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba, nos refinaste en el fuego como refinan la plata, nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas la tribulación”. Y, para indicar que debemos estar bajo un superior, añade a renglón seguido: “Has puesto hombres sobre nuestras cabezas”. Y cumpliendo asimismo el precepto del Señor con la paciencia en las adversidades y en las injusticias, si les golpean en una mejilla, presentan también la otra; al que les quita la túnica, le dejan también la capa; requeridos para andar una milla, andan dos; con el apóstol Pablo soportan a los falsos hermanos, y bendicen a los que les maldicen.

Nuestro sufrimiento y el de nuestros hermanos los hombres son una realidad. No podemos ocultarlo ni mirar a otro lado. Pero sólo la luz del evangelio nos permite verlo de forma diferente, con un contenido salvífico, que a algunos puede parecer absurdo, muy exigente y poco rentable a corto plazo, como vemos que nos pide Jesús en el sermón de la montaña. Mirar todo eso a la luz de la buena nueva de Jesús resulta reconfortante y esperanzador. No se trata de negar nuestro dolor, sino de reconocerlo y contemplarlo a la luz esperanzadora del evangelio. No se trata de soportarlo pasivamente, sino de afrontarlo descansando en la palabra de Dios que nos dice: “Pero todo esto lo superamos de sobra gracias al que nos amó” (Rm 8,37).

Finalmente podemos relacionar este grado de humildad con su contrario, el noveno grado de la soberbia, que, según San Bernardo, es la confesión fingida, esto es, la artimaña utilizada para evitar el dolor de la corrección por las propias faltas o las injurias que se puedan recibir a causa de ellas. Si el cuarto grado de humildad nos invita a abrazar con paciencia la dureza de las adversidades y las injurias que se nos hacen injustamente, el noveno grado de la soberbia huye, incluso, de las penas merecidas a causa de nuestras malas acciones. Por eso trata de provocar compasión y generar dudas al reconocer las propias faltas de una forma exagerada y afectada, tratando de evitar la corrección y el dolor que conlleva.

LA HUMILDAD

(RB 7-17) 06.01.13

Siguiendo la escala que nos propone San Benito nos encontramos con el quinto grado de humildad que no es otro que el confesar las propias faltas. San Benito dice que no es bueno esconderlas, por lo que pide se manifiesten al abad, incluso aquellos malos pensamientos ocultos a los ojos de los demás. ¿Y para qué hacer eso -podemos preguntarnos- si a fin de cuentas lo que está oculto no parece que vaya a dañar a nadie? Sin embargo, el patriarca de monjes no comparte esta opinión. Nos dice: El quinto grado de humildad consiste en no esconder, sino manifestar humildemente a su abad todos los malos pensamientos que vienen al corazón de uno y las faltas cometidas secretamente. La Escritura nos exhorta a ello cuando dice: “Revela al Señor tu camino y espera en él”. Y también dice: “Confesaos al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y también el profeta dice: “Te manifesté mi delito y no oculté mis pecados. Dije: Confesaré al Señor mi culpa, y tú perdonaste la malicia de mi corazón”.

El reconocimiento de las propias faltas y el confesarlas no es algo que se invente la Regla, sino que es un mensaje plenamente evangélico y practicado por la primera comunidad cristiana: Confesaos mutuamente vuestros pecados –nos pide la carta del apóstol Santiago- y orad los unos por los otros  (Sant 5,16), pues quien diga que no ha pecado, es un mentiroso. Los monjes le dieron a esto una particular importancia para vivir en la verdad, para alcanzar la sanación por el reconocimiento previo y para adquirir la libertad espiritual. Reconocer el propio pecado es abrirse a la sanación que viene con el perdón y la reconciliación. Al mismo tiempo es el reconocimiento del propio vacío que se abre para ser llenado. Incluso a nivel psicológico tiene una contrastada eficacia terapéutica. Ocultar nuestras emociones negativas va ocupando un espacio interior que condicionará nuestra inteligencia y nuestro corazón, incluso nuestro mismo inconsciente, actuando destructivamente sobre nosotros mismos. Comunicar a otro ese mundo interior que me invade nos ayuda a tomar distancia de él y, consiguientemente, me facilita el poder manejarme mejor con ello, experimentando una sensación de libertad y confianza. Los monjes antiguos insisten mucho en ello. Casiano decía: “Tan pronto como se ha revelado un mal pensamiento, pierde su fuerza, y ya antes de que haya sido pronunciado el juicio de la prudencia, la repugnante serpiente será sacada por la fuerza de la confesión de su tenebroso escondrijo subterráneo a la luz y se aleja de allí, declarada culpable y cubierta de vergüenza. Pues sus nocivas insinuaciones dominarán en nosotros mientras las ocultemos en el corazón” (Colaciones II, 10).

A veces nos podemos engañar al intentar construirnos una autoestima desenfocada. Es muy peligroso pretender edificar la autoestima sobre una base falsa, creyéndonos lo que no somos, por mucho que nos lo digamos, intentándonos demostrar lo que no terminamos de creernos. Muy al contrario, eso puede llevar a una frustración más profunda, pues la verdad termina imponiéndose con crudeza. La autoestima encuentra una base más sólida en saber que somos dignos de ser amados, algo que no se sostiene pensando tener cualidades que no poseemos, sino en el amor que recibimos gratuitamente. Por esa razón, el reconocer el propio pecado y nuestra debilidad ante el amor de Dios y de los hermanos, nos hace crecer en una sana autoestima que primero ha bajado a lo profundo de nuestra verdad, sintiéndonos reconciliados con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Eso nos da una libertad que nunca podremos obtener al intentar tapar nuestra propia imagen cuando no nos gusta, pues seguirá ahí escondida al no habernos reconciliado con ella. El problema es si no somos capaces de perdonar o de perdonarnos. Entonces sí que nos estaremos quitando la tierra de debajo de nuestros pies, en un proceso autodestructivo y destructor que no puede dar fruto bueno, pues se cierra a la vida y al amor.

Muchos son los salmos en los que expresamos esa idea, como nos recuerda la RB: Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: Confesaré al Señor mi culpa, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado (sal 31,5). No basta con reconocer nuestra condición pecadora, nuestra debilidad, nuestra nada ante Dios. El quinto grado de humildad nos pide que reconozcamos lo concreto de esa nada en nosotros, pues bien sabemos que tras la frase: “soy pecador y tengo muchas faltas”, se esconde un deseo de ponerse medallas de humildad ante los demás, mientras que al concretar nuestras faltas experimentamos que las medallas se caen y nuestra fama queda reducida ante los ojos de los demás y de nosotros mismos, ofreciéndonos así la verdadera humildad.

Cuando San Benito invita a los monjes a revelar sus malos pensamientos al abad, nos tenemos que situar en el contexto del monacato antiguo. No se trata simplemente de contar sueños morbosos, pues parece que en nuestra cultura espiritual hasta hace unos años los malos pensamientos se identifican con el sexto mandamiento; digo hasta hace unos años porque hoy, para muchos, todos los pensamientos hay que aceptarlos como una expresión más de nuestra humanidad, acogiéndolos de forma acrítica. Para los padres del desierto se trataba de los conocidos logismoi que desarrolla Evagrio Póntico. Ese mundo interior de pensamientos, impulsos y pasiones que son los vicios capitales y sus múltiples expresiones. Conocerlos y combatirlos era el núcleo de la espiritualidad monástica, de la sabiduría del desierto. El monje tiene que hacer un camino interior psicológico y espiritual para crecer en la caridad. De ahí la importancia de abrir su corazón y contrastar su mundo interior. El camino en solitario es engañoso, especialmente en los comienzos. El mismo hecho de abrirse es ya un paso importante en el camino de la humildad y la humanización. Si, además, el que escucha es una persona experimentada, el fruto puede ser grande.

El reconocimiento necesita algo previo: el conocimiento. Para reconocer humildemente lo que somos y lo que nos pasa, primero hemos de conocerlo. Ese trabajo de conocimiento, de introspección (de “mirar adentro”, observando la propia alma, sus estados de ánimo y sus actos) es algo que se puede realizar muy bien en el monasterio, pues la soledad y la relación con unos hermanos muy distintos a mí me permiten descubrir lo que hay dentro de mí. Y quien lo conoce y lo reconoce experimenta la libertad, pues las luchas que ocultamos son las luchas que nos consumen. Las energías que gastamos en aparentar darían más fruto si las empleáramos en sanar. Una vez que nosotros mismos admitimos lo que somos -no con la arrogancia del que nada le importa-, entonces ninguna crítica nos podrá humillar, muriendo en nosotros toda falsa ilusión de grandeza exterior para crecer en profundidad y estabilidad interior.

A ese quinto grado de humildad se contrapone el octavo grado de la soberbia, que no es otro que ocultar y excusar los propios pecados. Quien los oculta y se excusa sin previo reconocimiento, está tapando una herida sin limpiarla. Y nuestra forma de excusarnos es progresiva según sea nuestra falta o nos hayan o no sorprendido. Bien podemos negarlo: “yo no lo hice”. Bien podemos justificarlo: “lo hice, pero al final la cosa salió bien”. Y si el resultado fue negativo decimos: “no lo hice mal del todo”, o “no hubo mala intención”. Y si es patente la mala intención, entonces nos apoyamos en terceros: “me impulsaron a hacerlo”, o echamos la culpa a nuestros padres, a un trauma infantil o a cualquier otra cosa según sea nuestra capacidad imaginativa. Y si nada de esto funciona, aún tenemos el recurso de presentarnos como mártires: “¡está claro que los demás siempre llevan la razón!”, “tú siempre tienes que defender a los otros”, “yo siempre soy el culpable”, etc. El caso es intentar tapar una herida que sólo puede ser sanada con el reconocimiento humilde de la misma para poder seguir caminando desde la reconciliación personal y comunitaria, movidos por la libertad que supone el vivir en la verdad. Pues el vivir en la verdad no es la coherencia absoluta en nuestra vida, sino el reconocimiento de lo que somos y el deseo de seguir caminando.

LA HUMILDAD

(RB 7-18) 03.02.13

El sexto grado de la humildad nos invita a reconocer nuestros límites, nuestra incapacidad necesitada de la gracia para poder llevar a cabo lo que nos supera: El sexto grado de humildad –nos dice San Benito- consiste en que el monje se contente con las cosas más viles y abyectas, y se considere como obrero inepto e indigno para cuanto se le mande, diciéndose a sí mismo con el profeta: “He quedado reducido a la nada y no sé nada; me he convertido en una especie de jumento en tu presencia, pero siempre estoy contigo” (salmo 73, 22-23).

A la hora de citar textos de la Escritura nos puede venir a la memoria un versículo por asociación de ideas, pero que realmente está fuera de contexto, y su utilización para reforzar nuestra exposición no es siempre afortunada. Algo así pudiera parecer que sucede en este caso, pues el salmista se está refiriendo al escándalo que produce en los humildes la prosperidad que tienen los malos y cómo eso tienta al justo en su interior enrabietándolo: Cuando mi corazón se agrietaba y me punzaba mi interior –porque parece que a los malvados las cosas siempre les va bien-, yo era un necio y un ignorante, yo era un animal ante ti. Esa tentación del justo es en realidad por pura ignorancia, pues la prosperidad del injusto es sólo aparente, tiene corto recorrido, encierra un castigo. Por eso, a veces, nos comportamos como animales irracionales, movidos por nuestros berrinches sin ser capaces de ver más allá, de esperar “la justicia divina” que muchas veces viene sola como consecuencia natural de los malos actos, dejando a cada uno en su lugar, recibiendo cada cual el fruto de sus acciones. Pero el salmista concluye: a pesar de todo yo siempre estaré contigo.

Dejando a un lado la mayor o menor fortuna de la cita, lo que RB quiere resaltar como expresión de la humildad en este sexto grado es la obediencia en lo que se nos manda realizada con gran sencillez de espíritu, sin pensar que nos encomiendan tal misión porque somos los más aptos, los más listos o los más dignos para desempeñarla. Tal actitud ensombrecería nuestra entrega gratuita con la exaltación de nuestro ego, quedando relegados la gratuidad y el amor de la entrega. Es de humildes el estar prontos para hacer aquello que se nos pide, aunque sean cosas poco brillantes, cosas que nos pueden parecer viles y abyectas. Es engañoso y peligroso creerse merecedores de determinados cargos o encargos. Esto, además de ser una clara injusticia para con los demás –a los que no se les consideraría con el mismo derecho-, termina amargando el alma, dejando entrar en ella al espíritu de la melancolía, pensando que nos apartan, que no nos valoran, que no nos permiten desarrollar nuestras cualidades, etc. El humilde, sin embargo, siempre está pronto a acoger lo que se le pide, no buscando la dignidad en el cargo, sino dignificando el cargo con su entrega generosa y gratuita. Ese tal construye su edificio interior fundamentándolo sólidamente de dentro a fuera, sin depender de lo que le pueda venir de fuera.

Cuando la RB se refiere al discernimiento vocacional de los novicios (cf. RB 58), uno de los aspectos en los que se debe fijar el maestro es si el novicio es pronto a realizar los trabajos más sencillos del monasterio, entregándose con prontitud. Esa “disponibilidad a las humillaciones” de la vida diaria, a hacer las cosas más humildes o necesarias con diligencia, es signo de autenticidad en la búsqueda, de humildad sincera.

Ciertamente que no todos son capaces de descubrir el bien que eso encierra, por lo que quizá en algún momento de nuestra vida, cuando miramos nuestros enfados de antaño, podríamos exclamar con el salmista: Entonces yo era un estúpido que no entendía; parecía un animal en tu presencia, sin darme cuenta que tú estabas ahí, en medio de eso que yo rechazaba, anhelando lo bien que se lo pasan los que se escaquean y se aprovechan de los demás, sin darme cuenta del corto recorrido de su egoísmo.

En este sexto grado, como en el séptimo, se nos invita a una especie de vida oculta, reconociendo el abismo existente entre Dios y nosotros, entre sus planes y nuestros planes, entre sus caminos y los nuestros. Ante ello más vale acoger humildemente lo que se nos pone delante, viviendo evangélicamente e intuyendo la presencia divina en todo. Los planes divinos, como la elección, no está en función de nuestras aptitudes o dignidad. Sus caminos son inescrutables y suelen parecer necedad y vileza para los hombres. El humilde no se mira a sí mismo y acoge confiadamente lo que se le presenta delante, vivificando lo que está muerto cuando lo afronta desde el amor.

Hay también un aspecto hermoso en esa inutilidad personal que la RB nos invita a ver. En la parábola de los trabajadores a la viña unos fueron elegidos a primera hora y otros a última. Sin duda alguna que a la hora de elegir personas para un trabajo siempre escogemos al principio a los más capaces, dejando para el final a los menos habilidosos y fuertes. Los primeros ya están recibiendo cierta recompensa al poder desarrollar las cualidades que tienen –y que por eso mismo no les cuesta tanto-, pudiendo disfrutar y presumir de ello, pero, al mismo tiempo, pueden ser presa de esas cualidades que tienen. Los menos capacitados, por el contrario, no tienen oportunidad de enorgullecerse y han de asumir su menor acierto, pero todos, absolutamente todos, reciben el mismo salario. En el plano espiritual es bueno tomar conciencia que todos somos más bien inútiles, y que nuestra grandeza está en que hemos sido llamados a participar a pesar de ello en la obra salvífica de Jesús, el obrero indispensable. Moisés, los profetas, San Pablo, se veían muy poca cosa para realizar la obra que se les había encomendado. Pero en esa debilidad encontraron su mayor fortaleza, buscando su apoyo en la fuerza del Señor. Es el poder escondido en lo pobre. Y como sería una contradicción pretender grandes misiones en nuestra pobreza, contentémonos mientras tanto en asumir las humildes ocupaciones diarias con ese espíritu pobre.

A este grado de humildad se le contrapone el séptimo grado de la soberbia, que no es otro que la presunción. El presuntuoso se “sabe” digno y muy apto para los servicios de mayor relumbrón, por lo que considera que no está bien ocupar su valioso tiempo en cosas más simples que bien pudieran realizar otros hermanos menos cualificados. San Bernardo escenifica su comportamiento cuando nos dice: “El que está convencido de aventajar a los demás, ¿cómo no va a presumir más de sí mismo que de los otros? En las reuniones se sienta el primero. En las deliberaciones se adelanta a dar su opinión y parecer. Se presenta donde no le llaman. Se mete en lo que no le importa. Reordena lo que ya está ordenado y rehace lo que ya está hecho. Lo que sus manos no han tocado, no está bien ni en su sitio. Juzga a los tribunales y prejuzga a los que van a ser juzgados. Si al reestructurar los cargos no le nombran prior, piensa que su abad es un envidioso o un iluso. Si le confían algún cargo insignificante, monta en cólera, hace ascos de todo, pensando que uno tan capaz para grandes empresas no debe ocuparse de asuntos tan triviales. (...) Mete sus narices en todo, más por temeridad que por espontaneidad..... (Y si es corregido), ¿cómo va a confesar su culpa uno que ni piensa que es culpable ni tolera que le tengan por tal? Por eso, cuando se le culpa de algo, no se libera de ello, lo agrava. Si al ser corregido ves que su corazón reacciona con expresiones hirientes, caerás en la cuenta de que ha incurrido en el octavo grado (de la soberbia), que es la excusa de los pecados”.

 

 

LA HUMILDAD

(RB 7-19) 24.02.13

Si el sexto grado de la humildad invita al monje a contentarse con las cosas más humildes, diciendo que no es digno de nada, el séptimo grado de la humildad le pide que se lo crea de verdad, reconociéndose de corazón como el último de todos: El séptimo grado de humildad consiste en que uno no sólo con la lengua diga que es el último y el más vil de todos, sino que lo crea también en el fondo del corazón, humillándose y diciendo con el profeta: “Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo”. “Me he ensalzado, y por eso me veo humillado y abatido”. Y también: “Es un bien para mí que me hayas humillado, para que aprenda tus mandamientos”.

La RB ilustra el ‘sincero reconocimiento de saberse el último de todos’ con tres textos bíblicos que pueden rechinar en nuestros oídos al verlos como una ofensa a la dignidad de la persona o un menosprecio al concepto que nosotros tenemos de ella. Esos textos son tres citas de los salmos (21,7; ¿87,16?; 118,71.73). Entre ellas una nos resulta especialmente fuerte: yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo. Se refiere al salmo 21, al que alude Jesús en la cruz, cuando “desfigurado, no parecía hombre”. En el contexto del salmo se trata de una expresión comparativa, donde el salmista constata que, según la Escritura, cuando los patriarcas confiaban y gritaban a Dios en su angustia, él parecía escucharlos, los ponía a salvo, no los defraudaba, mientras que el salmista está cansando de gritar y nadie parece que le haga caso, por lo que exclama: está visto que yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo -a mí nadie me hace caso-, aunque a pesar de todo seguía confiando. Era la queja de Jesús: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

A San Benito no le importa demasiado hacer un análisis exegético de los textos, por lo que tampoco me voy a entretener en ello. Simplemente le interesa dejar de relieve que el que se humilla será ensalzado, el que reconoce su indigencia es más proclive a recibir el amor de Dios y de los hombres como lo cóncavo a recibir lo convexo, pues el amor va a lo que reclama amor, lo que es capaz de llenar necesita el vacío para poder llenarlo.

Con frecuencia nuestra deformación espiritual o nuestros complejos nos llevan a interpretar mal ciertas expresiones, cuando no las rechazamos sin más. Así, una típica deformación es interpretar la expresión “soy un gusano”, como si dijéramos “no soy nada” o “no valgo para nada”, como una calculada expresión que en el fondo no pasa de ser autocompasión y búsqueda de consuelo por parte de los demás, pero que en realidad son expresiones que no nos creemos en absoluto, pues nuestros actos las desmienten y nuestros duros juicios sobre los demás, también. Y si además es otro el que nos dice que somos un gusano o un inútil, entonces saltamos como un resorte.

Por otro lado, hay quien teniendo un muy elevado concepto de la persona humana, se siente incapaz de aplicar a ella semejantes expresiones que asemejan al hombre con la nada, aunque al mismo tiempo le guste pensar que Dios no es nada de lo que nos imaginamos, por lo que sólo le podemos encontrar en la misma nada.

Es quizá en este último sentido donde puede estar la clave del séptimo grado de humildad. Reconocer nuestra nada no es insultarnos ni menospreciar la dignidad humana, sino situarla en el verdadero lugar que ocupa en la existencia. Si algunos místicos se han referido a Dios como “nada” por su cualitativa diferencia con todo lo creado, nosotros podemos referirnos a nuestra nada desde una dimensión cuantitativa respecto al universo (¿qué somos frente a tantas y tantas galaxias?) y desde una dimensión cualitativa respecto a Dios y su amor que aletea en el espíritu de todos nuestros semejantes. Creernos ser algo cuando no somos nada es engañarnos. Somos, ciertamente, pero eso que vemos que somos en realidad es nada, como frágil oropel o viento que engorda un ego a modo de globo hasta que es pinchado.

Decir “soy un gusano” es la metáfora animal del “no soy nada”. Y eso no es desprecio, sino apreciar debidamente lo que somos a la hora de valorarnos y en relación con qué nos valoramos. El gallo en el corral se siente muy importante, y lo es sin duda alguna, pero en el corral y delante de las gallinas, nada más.

Si algunos se atreven a referirse a Dios como “nada” cuando el hombre intenta acercarse a él, ¿cómo enfadarse si hablamos de “nada” refiriéndonos al hombre frente a Dios? Por eso el sexto grado de la soberbia según San Bernardo, que se relaciona con el séptimo de la humildad, es precisamente la arrogancia propia del que se cree ser algo importante. En el fondo, el arrogante es un “crédulo” de corto alcance. Se cree todos los halagos y él mismo elogia todo lo que hace, pero sin salir del corral, es incapaz de ver más allá. Quien se encierra en la arrogancia, se encierra en un mundo de fantasía que termina encadenándole, en una imagen fabricada que le hace vivir en una gran mentira para sustentar su imagen de oropel frente a los demás. Pero en el momento en que reconoce lo que realmente es, sale del corral, encontrando su consistencia no en su nada, sino en lo que verdaderamente es, no en sus méritos, sino en la fuente de todo mérito y amor. La paz que eso produce es grande, pues el humilde no necesita perder tiempo y energía en defender una imagen que no tiene, sino en reconocer la que tiene y confiar. Decimos en el salmo que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes, pero a eso mismo tiende el corazón humano, proclive a tener misericordia de los humildes que viven en la verdad, mientras que rechaza a los soberbios que viven en la apariencia y son duros con los demás.

Cuando uno es joven y fuerte, cuando se cree inteligente y astuto, puede pensar que eso de sentirse el último y más vil de todos no pasa de ser un recurso literario. Después empieza a intuir que muchos piensan eso de sí mismos en su interior, por lo que lo niegan con angustia. Sin duda que los años nos van colocando en nuestra realidad, pues la vida nos va mostrando lo que realmente somos, algo que dista bastante de lo que soñamos. El paso del sueño a la realidad produce una crisis de la que se sale abrazando humildemente esa realidad y no gastando las energías tratando de negarla y revestirla de lo que no es para que parezca “más decente”. Y el paso siguiente es encontrar la belleza de lo que nos parecía “poco decente”. Es lo que quiere San Benito: que caigamos en la cuenta de lo que verdaderamente somos y aceptemos nuestra pequeñez, que no nos asuste, pues esa actitud nos hará libres y la misericordia de Dios y de los hermanos se encargará de sacar de ella un fruto hermoso. Aparecerá el fruto de la paz en nosotros mismos al no tener que vivir en el disimulo, de la paciencia propia y ajena, de la misericordia conmigo y con los demás, de la confianza en Aquél que nos sostiene, en definitiva, de la vida en el amor. La arrogancia es el caparazón de nuestra debilidad.

LA HUMILDAD

(RB 7-20) 03.03.13

Si hasta ahora hemos visto la humildad en su dimensión más espiritual, esto es, en relación con Dios y con nuestros semejantes, a partir de ahora, en los grados sucesivos, la Regla se va a referir a sus expresiones externas. El octavo grado de humildad –dice San Benito- es que el monje no haga nada más que aquello a que le animan la regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores. A lo que lógicamente corresponde el quinto grado de la soberbia que habla de la singularidad, que es todo lo contrario.

Al pedir San Benito que los monjes no se aparten de la regla común del monasterio, probablemente tenga en su mente la doctrina expuesta por Casiano, al que sigue de cerca. Éste invitaba a los monjes a no buscar originalidades, sino a acoger el estilo de vida que se acostumbraba a vivir ya en los cenobios de Egipto, costumbres probadas y aceptadas en general. San Benito aplica también eso a vivir según la misma regla común para todos los monjes, y el ejemplo de los mayores o, al menos, seguir la experiencia de la tradición.

Es una invitación a acoger de buen grado la tradición recibida, la experiencia de la vida; estar dispuestos a aprender de la experiencia de nuestros mayores. Sin duda que eso es prudente, pues nadie edifica desde cero, sino sobre el cimiento que ya otros han puesto. Pero, por otro lado, tal consejo podría producir en algunos un cierto desasosiego, como si nos encajonaran, sin dejarnos más espacio que la caja que otros hicieron y en la que a nosotros nos metieron. Sin embargo, basta con leer toda la Regla para saber que eso no es así, pues San Benito permite diversas adaptaciones, especialmente en la liturgia, aceptando una cierta flexibilidad en las cosas y reconociendo en el abad capacidad de discernimiento, aconsejándose de algunos ancianos o de toda la comunidad. Además, los muchos siglos de historia de la tradición benedictina, así como su variada forma de vida, nos permite estar tranquilos, sabiendo que siempre hay un camino por hacer, pero al mismo tiempo sabiendo que debemos ser fieles al carisma recibido y que libremente hemos abrazado, por lo que se espera de nosotros una creatividad fiel.

Consiguientemente, la invitación a vivir este octavo grado de humildad no hay que entenderla como una invitación a seguir literalmente la tradición recibida, sino más bien como una actitud personal a acoger de buen grado lo que recibimos para poder seguir edificando sobre ello en el tiempo y la cultura en los que nos ha tocado vivir. Cuando uno rechaza por principio lo que se viene haciendo en comunidad, la tradición recibida, se enciende una luz roja que indica que algo no va bien, que el deseo de cambiarlo todo o singularizarse puede significar algo más. Yo no sé muy bien si habría que llamarlo falta de humildad, pero lo que sí es cierto es que algo pasa en la persona que no es capaz de acoger con sosiego lo que recibe para después seguir edificando sobre ello. No creo que se trate de malicia, sino más bien de desajuste, el mismo desajuste que puede tener, aunque por otros motivos, el que siente un rechazo visceral a toda novedad, aunque sea discernida y acogida por la comunidad en su conjunto. Alguno puede decir: esta comunidad no es la que yo me encontré cuando entré, buscando una justificación recóndita para sentirse libre. Pero también lo podría decir un hombre que ve a su mujer arrugada y enferma y recuerda su sana juventud. Nos comprometemos con una comunidad y unas personas, no con una imagen. Y toda comunidad, como todo ser vivo, evoluciona y se renueva continuamente, sin dejar de hacer un camino común. Pero si esto es cierto, también es cierto que debe mantener una continuidad que le dé estabilidad, por lo que nosotros mismos nos marcamos unos límites -siempre revisables- que son las constituciones.

Acoger de buen grado lo que se nos trasmite es una sabia actitud de prudencia, pues nos estamos sirviendo de la experiencia de otros. Si al iniciar un camino preguntamos varias veces, es más fácil que acertemos, pudiendo ser creativos en él. Pero si rechazamos la experiencia de los lugareños, de los que ya han transitado el camino, quizá perdamos mucho tiempo y energías en dar vueltas, en volver a empezar, en curar heridas, en caer en los mismos errores que otros cayeron. Un ejemplo más claro y cercano lo tenemos cuando se nos encomienda un cargo y lo primero que hacemos es tratar de denigrar lo que hizo el anterior y cambiarlo todo por principio. Acoger la experiencia de otros es mantenerse en la corriente de la vida, aprendiendo de lo que ha sido aprendido antes de nosotros. Eso sí que es un gesto de humildad que tiene su recompensa.

Sería un absurdo pensar que todo deseo de novedad es peligroso o sospechoso. Lo sospechoso es la necesidad de autoafirmarse usando la singularidad por bandera y el temor o menosprecio que se puede sentir en uno mismo o hacia los demás. Esto se suele manifestar por el modo cómo sobrellevamos las cosas que no nos gustan. Si vivo con gran desazón las cosas que no me gustan en la comunidad, es un claro aviso que algo no funciona bien dentro de mí. Cuando somos capaces de vivirlo con paz, trabajando en el crecimiento de la comunidad con paciencia y perseverancia, entonces todo deseo de novedad o mejora sea bienvenido.

Para San Bernardo, el que se singulariza por costumbre busca más parecer mejor que serlo, pues de alguna forma echa en cara a los demás lo que él cree que no está bien, diciéndose: Yo no soy como los demás. Cuando nos habla del quinto grado de la soberbia,  se fija sobre todo en aquellos que defienden una imagen de más observantes, piadosos o ascetas que los demás, prefiriendo pasar cualquier necesidad antes que verse menos que los otros. Lo hace con una importante carga de humor que no me resisto a transcribir: “Sería bochornoso, para los que presumen ser superiores a los demás, no sobresalir en algo por encima de lo ordinario y no llamar la atención con su propia superioridad. Ya no les basta la regla común del monasterio ni los ejemplos de los mayores. No procuran ser mejores, sino parecerlo. No desean vivir mejor, sino aparentar que son mejores para poder decir: No soy como los demás. Se lisonjea más de ayunar un solo día en que los demás comen que si hubiese ayunado siete días con toda la comunidad. Le parece más provechosa una breve oración particular que toda la salmodia de una noche. Durante la comida, rastrea su mirada por las otras mesas. Si ve que alguien come menos, se duele de haber sufrido una derrota. Entonces empieza a privarse sin miramiento alguno de lo que creía antes que debía comer, temiendo más el detrimento de la propia estima que el tormento del hambre. Si encuentra a alguien más demacrado y pálido, se condena a sí mismo por vil, y ya no vive tranquilo. Como no puede verse el rostro ni conocer el impacto de su semblante ante los demás, mira sus manos y sus brazos, se tienta las costillas, palpa las clavículas y las paletillas. De esta manera pretende comprobar lo que puede delatar su rostro según el estado de sus miembros, más o menos descarnados. En fin, vive siempre al acecho de sus propios intereses y es indolente en los asuntos comunes. Vela en cama y duerme en el coro. Se pasa adormilado toda la noche durante el canto de las vigilias. Después, mientras los demás respiran el sosiego del claustro, él se queda solo en el oratorio; carraspea y tose; y desde el rincón donde se encuentra aturde con sus gemidos y suspiros a los que están sentados fuera. Con todas estas rarezas carentes de mérito, se acreditan un excelente prestigio ante los más ingenuos, que tienen por cierto lo que ven y no se paran a pensar de dónde procede tal rumor santo, aplicado a ese individuo; e incurren en engaño”.

No sé si este tipo de cosas abundarán hoy día, pero estoy seguro que tal actitud sigue existiendo y se expresa de múltiples maneras. En el fondo se trata de aparentar delante de los demás que se es mejor, más evangélico, más auténtico, más comprometido, etc., tomando distancia de lo que consideramos anquilosamiento de nuestros mayores. Y, con frecuencia, se intenta dar una imagen que nosotros mismos no vivimos, pero necesitamos aparentar para sobrevivir, para sentirnos mejor. Cuando nos movernos en este nivel superficial, las envidias soterradas y las comparaciones aparecen por doquier. Esto es propio de quien vive en la apariencia y no se adentra en el corazón; de quien se alimenta de una espiritualidad formal y no se deja interpelar por Dios; de quien está tan centrado en sí mismo que sólo se preocupa de sí, incluso cuando hace cosas “por” los demás, no aceptando fácilmente la crítica, la corrección, ni se abre humildemente al perdón.

Renunciar a la singularidad por la singularidad indica que se valora la dimensión comunitaria. No renunciamos a nuestro yo, sino que lo integramos pacíficamente dentro de un nosotros. Las cosas se pueden hacer de muchas maneras, pero aceptar hacerlo con naturalidad como expresión comunitaria, ayuda a la comunión sin duda alguna. La defensa a ultranza de mi visión provoca la defensa de la visión personal de los otros y fomenta una comunidad de grillos más que de monjes, haciéndonos la vida muy incómoda. El peaje que hay que pagar por vivir en comunidad es superado con creces por lo mucho que recibimos de ella en cuanto apoyo, estabilidad, amor, realización personal, etc., cuando todos caminamos en una misma dirección.

LA HUMILDAD

(RB 7-21) 10.03.13

El noveno grado de humildad, junto con el décimo y undécimo, tiene como tema la taciturnidad, el dominio de la lengua. Así nos dice la Regla: El noveno grado de humildad consiste en que el monje impida a su lengua que hable y, guardando la taciturnidad, no hable hasta que le pregunten, ya que la Escritura enseña que “hablando mucho no se evita el pecado” (Prov 10, 19), y que “el hombre hablador no acertará el camino en la tierra” (Sal 139, 12).

A ese noveno grado de la humildad corresponde el cuarto grado de la soberbia de San Bernardo, que se refiere a la jactancia, al que mucho habla para presumir aún de lo que no tiene.

Cuando San Bernardo se refiera al tercer grado de la soberbia –la alegría tonta-, nos saca a colación el ejemplo de la vejiga que se infla y se perfora con un alfiler (en los juegos se utilizaban las vejigas de animales como si fueran globos): produce frecuentes y originales sonidos, lo que le recordaba al monje que, inflado su corazón de pensamientos vanos y jactanciosos, desea soltar el aire de la vanidad que la ley del silencio no consigue controlar, por lo que se le escapa el mucho aire acumulado de diversas formas: “Arroja el aire de forma forzada y entre carcajadas por su boca. Muchas veces, avergonzado, esconde el rostro, comprime los labios, aprieta los dientes, ríe constreñido y suelta risotadas como a la fuerza. Aunque cierra la boca con sus puños, todavía deja escapar algunos estallidos de nariz”.

Pues bien, el cuarto grado de la soberbia no es sólo la alegría tonta, sino la misma jactancia. La vejiga llena de aire se sigue inflando, como lo hace el corazón vanidoso, lo que requiere algo más que un simple agujerito para expulsar el aire, pues de lo contrario la vejiga estallaría. A mayor dilatación de la vejiga, mayor orificio para vaciarla. Esto es, según San Bernardo, lo que le pasa al monje que rebasa la vana alegría. “Ya no le basta el simple agujero de la risa o de los gestos; y prorrumpe con la exclamación de Eliú: Mi seno es como vino sin escape que hace reventar los odres nuevos. Si no habla, revienta. Está cargado de verborrea, y el aire de su vientre le constriñe. Anda hambriento y sediento de un auditorio al que pueda lanzar sus vanidades, arrojar todo lo que siente y darse a conocer en lo que es y vale. A la primera ocasión, si la temática versa sobre ciencias, saca a colación sentencias antiguas y nuevas, ensarta una perorata con el eco de palabras ampulosas. Se adelanta a las preguntas; responde incluso a quien no le pregunta. Propone cuestiones; las resuelve él mismo, y corta a su interlocutor, sin dejarle terminar lo que había empezado a decir. Cuando suena la señal y se precisa interrumpir la conversación, la hora larga transcurrida le parece un instante. Pide permiso para volver a sus historias fuera del tiempo señalado. Claro que no lo hace para edificar a nadie, sino para cantar su ciencia. Podría edificar, pero eso ni lo pretende. No trata de enseñarte o aprovecharse de tus conocimientos, sino de demostrarte que sabe algo. Si la conversación versa sobre religión, en seguida saca a relucir visiones y sueños. Luego elogia el ayuno, recomienda las vigilias y se hace lenguas de la oración. Diserta ampliamente sobre la paciencia, la humildad y sobre cada una de las virtudes con una ligereza pasmosa. Si tú le escuchas, dirías que lo que rebosa del corazón lo habla por la boca; y que el hombre bueno saca cosas buenas de su almacén de bondad. Si la conversación declina en mera diversión, entonces se muestra como un fenómeno de locuacidad que domina la materia a las mil maravillas. Si le oyes, dirás que su boca es todo un torrente de vanidad, un alud de chocarrerías, hasta el punto de provocar la ligereza incluso en las personas más sensatas y recatadas. Resumiendo en breve todo lo dicho: en el mucho hablar se descubre la jactancia”.

No me he resistido a recoger este texto de San Bernardo a pesar de su extensión, pues es llamativa su capacidad de observación y perspicacia, fijándose en la actitud de algunos monjes, algo que, sin duda, hoy no sucede, pero que nos puede servir de consuelo para cuando lo experimentemos, pues quizá la realidad humana no cambie mucho a lo largo del tiempo y del espacio.

Cuando San Benito nos habla del noveno grado de la humildad nos avisa de la importancia de que no se nos vaya la fuerza por la boca, pues el torrente de palabras es difícil encauzarlo y puede arrasar a su paso produciendo frutos no deseados. Pero quizá el problema no esté principalmente en poner cerrojos más consistentes a nuestra puerta. El principal problema es que -siguiendo el ejemplo puesto por Bernardo- la vejiga no se infle tanto que tenga la necesidad de expulsar el mucho aire acumulado. De ahí la importancia de saber de qué nos llenamos y dónde está nuestra fuente. Quien quiere estar informado de todo o saberlo todo, necesitará más comentarlo todo, trayendo y llevando chismes que hacen daño inútilmente, empezando por el portador de los mensajes. Quien se llena de inquietudes inútiles, quien no pone puertas a sus sentidos, probablemente termine estallando de forma ruidosa, no encontrando paz en su interior.

La jactancia no es más que un síntoma de algo que no va bien. La jactancia se manifiesta invariablemen­te en el discurso. La pretensión de que nuestra opinión sea la regla, que nuestras ideas sean las más veraces y sensatas, que nuestra palabra sea la más atinada y, a veces, la primera y la última, es signo claro de un corazón jactancioso, que no se aguanta a sí mismo y necesita tanto de los otros como los menosprecia. Por eso también la jactancia se puede expresar de forma silenciosa, con altanería interior, que es un hablarse a sí mismo despreciando a los demás. No es fácil saber escuchar y acoger de corazón. No es fácil saberse necesitado y pedir. No es fácil reconocer que los otros, sean quienes sean, algo nos pueden ofrecer. No es fácil que uno que cree saber esté dispuesto a aprender de otro, ni que un rico esté dispuesto a recibir de otro rico como si necesitara de él. No se trata de no tener opinión, sino de estar abierto a la opinión de los otros. El jactancioso no puede recibir porque lo que necesita imperiosamente es expulsar. El que es capaz de dejar de soplar con su lengua y tiene pacificado su interior, es más proclive a dejarse llenar, con esa actitud de vaciamiento propia de la humildad, que, sin renunciar a lo que tiene, está abierta a lo que recibe. La humildad y la jactancia son dos realidades que tiran en sentido opuesto.

Este noveno grado de humildad no condena la palabra, sino la charlatanería, que denota una personalidad poco integrada o situaciones neuróticas no trabajadas. Pero igual que podemos experimentar la necesidad de echar el mucho aire que llevamos dentro, también podemos tener gran necesidad de llenarnos de aire que no es precisamente del más saludable. En este sentido debemos examinar cómo empleamos nuestro tiempo libre. Hoy tenemos muchas oportunidades de llenarnos de aire. No se trata de evitar toda relación con el exterior, de no estar informados, etc., pero sí que nos debemos examinar con frecuencia dónde vamos poniendo nuestro corazón, dónde buscamos las fuentes que nos sacian, de qué nos vamos llenando. Si sólo buscamos matar el tiempo corremos un serio peligro de vacío que con el tiempo hará frágil nuestro edificio ante cualquier ventolera. Este grado de humildad no sólo nos pone en guardia con lo que echamos fuera, sino que nos anima a seleccionar nuestras fuentes, para llenarnos de ellas aunque pueda resultarnos algo exigente.

San Bernardo deja entrever que los monjes tenían un tiempo y un lugar para poder compartir (“Cuando suena la señal y se precisa interrumpir la conversación, la hora larga transcurrida le parece un instante”), pero fuera de él debían observar un silencio orante y educador. Quien se renuncia a sí mismo teniendo a raya su lengua, está construyendo su edificio interior ante pruebas futuras más exigentes. Quien trabaja el silencio ayuda a mantener un ambiente comunitario apropiado y evita murmuraciones dañinas. Quien alimenta el silencio, alimenta su vida de oración y presencia de Dios. La sabiduría está en saber manejar las cosas, los tiempos y los lugares, no en carecer o no de ellos. Las ocasiones se nos dan como oportunidades para crecer, no como meras dificultades para caer. El charlatán no es capaz de dominar su lengua, por lo que probablemente tampoco sea capaz de dominarse en otras pruebas de la vida. El que cuando se le pregunta oportunamente no habla, o guarda silencio cuando debiera compartir, puede que su silencio no sea más que enfado, recriminación o temor, tampoco sabiendo él manejar la situación.

El humilde es sabio, no se jacta, pero tampoco se reserva, simplemente se da, sabiendo darse en el tiempo y modo apropiado. Sabe que todo lo que tiene lo ha recibido, por eso no presume de nada y no teme ofrecer nada de lo que ha recibido, pues ningún mensajero se jacta del mensaje o el paquete que se la ha confiado.

LA HUMILDAD

(RB 7-22) 24.03.13

Si el noveno grado nos invita a la taciturnidad, el décimo grado de humildad nos previene contra la risa fácil. Así nos dice San Benito: El décimo grado de humildad consiste en no reír fácil y prontamente, porque está escrito: “El necio se ríe estrepitosamente” (Eclo 21, 23 Vg). San Bernardo relaciona este grado con el tercer grado de la soberbia, que consiste en la alegría tonta.

Es sabido que en la tradición monástica primitiva la risa no ha tenido buena prensa. Algunos se tomaban muy a pecho este tema, como se nos quiere hacer ver en la novela “El nombre de la rosa”, donde se llegan a cometer barbaridades, justificadas en el hecho de que Jesús no aparece riendo en el evangelio, por lo que hay que desterrar todo tipo de risa. En realidad, el texto de la RB, que copia simplemente el décimo “indicio” de Casiano, no es que prohíba reír en absoluto, sino se limita a censurar el hacerlo con facilidad, queriendo prestar atención al aviso de la Escritura: “el necio se ríe estrepitosamente”.

A nosotros, por un lado, nos cuesta aceptar esa expresión, pues no nos gustan las caras largas, pero, por otro lado, si vemos a alguien que se ríe por todo, estrepitosamente y, sobre todo, fuera de lugar, le tenemos por necio en nuestro interior, deseoso de llamar la atención, superficial, etc., y no digamos si es alguien que nos cae mal o se ríe cuando nosotros hemos pretendido decir una cosa seria o estamos en una conversación que nos resulta interesante. Si eso es así, ¿podemos seguir pensando que carece de validez lo que nos dice la Regla, que la risa fácil y fuera de lugar supone un descenso en la humildad por ser un ascenso en la necedad?

Pero la risa no es un punto de partida, sino de llegada. Un cuerpo no es nada si carece de alma, de vida. La vida que tienen los seres es muy diversa, según se trate de un vegetal, de un animal o de un ser humano. Y dentro de los seres humanos hay también gran diversidad. San Benito nos presenta un camino espiritual para que tengamos la vida del Espíritu. Quien se deja modelar por el Espíritu se va transformando incluso corporalmente. Decimos que el rostro es reflejo del alma, y es una gran verdad. Según sea nuestro camino interior nos vamos dulcificando o poniendo tensos y agresivos. Lo que hay en el corazón se trasluce en nuestro cuerpo y en nuestras formas. Todos tenemos un cuerpo recibido, marcado por unos genes determinados, como tenemos un carácter que se ha ido formando por nuestra relación con las situaciones concretas que nos ha tocado vivir. Pero todos podemos ir modelando ese cuerpo y ese carácter. No se trata de modelar el exterior voluntaristamente para dar una imagen de lo que no somos, como al que sólo le importa vender un producto. Más bien se trata de ir modelando nuestro ser según el Espíritu, para que nuestro semblante exterior sea simplemente la exteriorización de nuestro interior, algo que surge paulatinamente y sin pretenderlo, lo que lo hace más auténtico a los ojos de los demás. Por eso San Benito comienza los grados de humildad en lo profundo del corazón, en nuestra relación con Dios, en nuestras opciones y actitudes, para terminar en su expresión más exterior y corporal, como es la risa o nuestra forma de expresarnos.

Sin duda que una cosa es el buen humor y otra la risa tonta. El buen humor, la chispa de gracia, la broma oportuna, la desdramatización acertada, son cosas que alegran el corazón, que nos permiten vivir con intensidad las situaciones serias sin que nos aplaste su seriedad, que facilita unas relaciones fraternas suscitando una sonrisa en el hermano, e incluso que nos evita úlceras de estómago al relajar nuestras tensiones. La presencia del humor nos permite ver las cosas con mayor optimismo, mirarnos a nosotros mismos con mayor benevolencia, poder afrontar las frustraciones con más naturalidad, acogiendo con buen talante las adversidades, las cosas que no se pueden cambiar, las manías de los hermanos que nos molestan, etc. Quien tiene un corazón puro tiene una risa que produce alegría a su alrededor, pues nadie se siente agredido.

La risa, sin embargo, es una manifestación emocional muy poderosa y, por ello, requiere un uso atinado. Lo ruidoso y expresivo de su manifestación tiene unos efectos directos en el estado de ánimo personal y de los que nos rodean. Por eso su uso debe ser más certero para no producir el efecto contrario al que se pretende. La risa, como el chiste, es un condimento de gran valor, pero también de gran concentración. Se necesita ser buen cocinero para saber echar los ingredientes más potentes en su justa medida, sabiendo, por ejemplo, que no necesita la misma sal una sopa de puerros que una de bacalao. En caso contrario haremos que los comensales hagan muecas elocuentes y se acuerden de quien está en la cocina. Es el efecto que produce la risa fuera de lugar, en una situación trágica, cuando estamos todos en silencio, etc., el mismo daño que hace la palabra ruidosa fuera del momento y del lugar oportuno. La risa, por muy contagiosa que sea, como el chiste, por muy ingenioso que parezca, puede resultar ofensiva, destruyendo entonces su valor potencial. La persona humilde nunca utilizará esos medios para hacer daño a los demás. Usar la risa o el chiste sin tener esto presente, es descender por la escala de la humildad y ascender por la de la soberbia, que sólo se preocupa de sí, importándole poco el sentir ajeno.

San Bernardo nos dice: “Es característico de los soberbios suspirar siempre por los acontecimientos bullangueros y ahuyentar los tristes, según aquello de que el corazón del tonto está donde hay jolgorio“ (Qo 7,5). Partiendo de esto, continúa haciendo un análisis sicológico de nuestro actuar. Primero se toma un camino errado abriendo las puertas de nuestro espíritu a la mala curiosidad que todo lo fisga, que se mete en la vida de los demás, que quiere estar informado por todo. Esto lleva a emitir juicios fáciles y decir palabras superficiales e indiscretas, como si de un movimiento reflejo se tratase entre la causa y el efecto. Estos dos grados de soberbia nos van bajando poco a poco. ¿Y qué nos pasa cuando fisgoneando imprudentemente con los ojos abrimos también nuestra boca a palabras vanas que descubren la vaciedad de nuestro interior en perjuicio de los hermanos? Me recuerda a aquello que decía Isaac de Stella: la soberbia me lleva a la envidia cuando veo que las cualidades de algún hermano son mayores que las mías, lo que me impulsa a la ira por no soportarlo. Pues bien, San Bernardo dice que al contemplar curiosamente al otro, sentimos un deseo grande de “abajarle” con nuestra lengua (denigrarle, criticarle, juzgarle), al mismo tiempo que necesitamos engrandecernos nosotros. Algo así hacemos cuando recurrimos a la risa fácil como queriendo apagar con ella nuestro vacío y tristeza interior provocada por la mala curiosidad.

La risa fácil puede ser un falso consuelo, pretendiendo aparentar lo que no se tiene y esconder lo que no gusta, tapando al mismo tiempo las cualidades ajenas que tanto pueden recomernos. Esto hacemos cuando nos reímos o murmuramos de los demás. La risa fácil es la salida que tiene el que le resulta difícil afrontarse a sí mismo, asumir su propio dolor, adversidad o tristeza, acogiendo a los demás. Ya hemos visto cómo San Bernardo compara esta risa fácil con una vejiga llena de aire, que si se pincha con un alfiler y se aprieta, hace ruido mientras se desinfla con ruidos muy diversos. Y al final del ruido se queda la vejiga vacía, sin aire, como el jactancioso que se ha inflado de pensamientos vanos y no del Espíritu de Dios.

Que nuestra risa sea fruto de la alegría interior, sosegada y oportuna, sin dejarse llevar por las bufonerías que despiertan las pasiones y el rechazo de los demás.

LA HUMILDAD

(RB 7-23) 14.04.13

Llegados al undécimo grado de humildad, San Benito insiste en su manifestación externa a la hora de expresarnos, como hace en los dos grados anteriores. Nos dice: El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, cuando habla, hable con suavidad y sin reír, humildemente, con gravedad, breve y juiciosamente, y sin levantar la voz, tal como está escrito: “El sabio se da a conocer por las pocas palabras” (expresión del filósofo pitagórico Sexto, no de la Escritura).

Para San Benito la humildad interior se manifiesta necesariamente por los labios y la compostura no afectada, así como en nuestra relación con los demás.

El silencio y la moderación en el hablar no es cuestión de observancias, no se trata de ser más abiertos o más huraños, simplemente es reflejo de una posición ante la realidad. A las personas las conocemos por sus actos, pero también por sus palabras, pues ellas reflejan sus deseos, sus luchas, sus miedos, así como dónde se asientan, su estabilidad interior. Quien se mantiene en la superficie y no anhela nada más, nunca profundiza, se entretiene con las olas, vive de las sensaciones y las apariencias que tiene que alimentar continuamente con la curiosidad, el cotilleo, los juicios rápidos o las renovadas sensaciones. El que desea ser monje y buscar el rostro de Dios, anhela mirar más profundo, poner freno a su curiosidad y superficialidad, no dejarse llevar por las apariencias y los gustos que brotan sin más de nuestro vacío. Es algo que no se hace sin trabajo ni determinación, y requiere una clara orientación de la propia vida.

El humilde no es otro que el que vive en Dios, nos recuerda la Regla desde el principio de este capítulo. Dios es gozo, amor, plenitud, pero también profundidad y unidad. Debemos vivir con alegría, pero haciendo que brote de una profundidad interior, algo que sólo sucede cuando se tiene, cuando se ha hecho el camino. Es algo que no tiene que ver con lo más o menos extrovertido o tímido que se pueda ser de forma natural. Quien vive centrado en Dios, quien tiene una verdadera vida interior, sabe hablar y callar, reír y llorar, poner freno a sus antojos y expresar equilibradamente sus emociones. Su palabra no será fanfarrona o vanidosa, ni un intento de acallar el incómodo vacío del silencio o de aplacar los propios miedos o de llenar los propios vacíos, sino una palabra de vida que brota de la vida que se tiene al haber dejado habitar a Dios en sí y vivir desde Él.

Verdaderamente la palabra nos revela lo que vivimos al relacionarnos con los demás. La relación espontánea y continuada es algo que sale de forma natural, apareciendo lo que tenemos y no pudiendo manifestar lo que no tenemos. Cuando vemos a una persona que habla con suavidad, sin banalizar las cosas ni ridiculizar a los demás, con acierto, juiciosa y concisamente, sabiendo lo que dice, sin gritar, no cabe duda que intuimos que es una persona con profundidad interior, que sabe dominar sus sentimientos, que es dueña de sí, que no tiene miedo ante las opiniones diferentes a las suyas, que es capaz de compartir sin imponer, y todo ello porque tiene un corazón humilde. No se trata del charlatán o el que desea aparentar y ser el centro de atención teniendo siempre en la boca la palabra chistosa, sino que expone lo que piensa con humildad.

El humilde reconoce a los demás, respeta el espacio, la opinión de los demás, su forma de ser. El humilde no pretende anular a los otros para ser él el centro que todo lo absorbe. El humilde se sabe uno más con los demás, por eso no los anula con sus labios, sino que los reconoce sabiendo callar para escucharlos y acogerlos. “Dice el Tao: «Las personas mejores son como el agua, benefician a todas las cosas sin competir con ellas. Se sitúan en los lugares bajos, se hacen uno con la naturaleza, uno con el Tao»”. Se coloca por encima el que apabulla, el que se impone, el que aplasta a los demás o no los valora suficientemente. Para San Benito, el monje debe estar lejos de eso. Si vive en humildad lo debe expresar con sus labios, sin arrasar con una palabra superficial, descalificadora o ruidosa, sino más bien parca y certera para poder escuchar al otro y comunicar lo verdaderamente valioso que él mismo posee.

Cuando eso no existe, entonces nos encaramamos al segundo grado de la soberbia que sería la ligereza de espíritu, que se manifiesta en la indiscreción y superficialidad de las palabras, ahora tristes, ahora alegres, muy atentos a los otros y muy poco a nosotros mismos. Pero no con la atención del amor que se olvida de sí, sino con la atención del curioso que busca llenar su vacío fisgando en las vidas ajenas y busca sentirse grande achicando a los otros con su lengua. Es lo que dice San Bernardo: “El monje que no cuida de sí mismo, controla curiosamente a los demás. A algunos los reconoce superiores a él; pero a los que considera inferiores, los desprecia. En los primeros ve cosas por las que se come de envidia; en los segundos, actitudes que le provocan la risa. De aquí se sigue que el espíritu, zarandeado por esa incesante movilidad de los ojos, y totalmente ajeno al cuidado de sí mismo, unas veces quiere encumbrarse por la soberbia y otras queda abatido hasta lo más profundo por la envidia. Tan pronto está lleno de maldad y se consume de envidia, para después reírse como un niño ante su propia gloria. La primera actitud respira maldad; la segunda, vanidad; y ambas, soberbia. Porque el amor de la propia gloria es lo que le hace sentir dolor por lo que le supera y alegría de sentirse superior. Estos cambios de espíritu los manifiesta en el modo de hablar: unas veces es lacónico y mordaz; otras, locuaz y vano. Ahora revienta de risa, luego estalla en llanto, y siempre es un irreflexivo”.

Estos tales dependen absolutamente de los demás, su estado de ánimo cambia según sople el viento de los que le rodean. La tristeza viene cuando le miran mal, y la alegría le brota cuando le dan una palmadita en la espalda diciéndole lo majo que es. Esa forma de vida humilla por no ser humilde, nos vacía por no vaciarnos, nos llena de desamor hacia los demás por no ser capaces de amar, nos mantiene fuera de nosotros a la intemperie por no haber querido entrar dentro de nosotros. Verdaderamente se trata de ligereza de espíritu porque mantiene nuestro espíritu en vilo, en un vaivén continuo como si de una caja vacía al viento se tratara. Y lo peor de todo es que echamos a los demás la culpa de nuestro vacío, de nuestros vaivenes interiores. Si el viento sopla del norte y la caja vacía se ve rodando hacia el sur, ¿de quién es la culpa?, ¿del viento o del vacío de una caja que debiera contener algo para cumplir su misión?

Más allá de cualquier valoración moral, todos sabemos que el uso de la palabra supone educación y dominio de nosotros mismos. Con la lengua bendecimos y maldecimos. Con la lengua ayudamos dando una palabra de consuelo y destruimos hiriendo a los demás. Con la lengua descubrimos nuestros sentimientos, nuestra cultura, nuestra percepción de las cosas, nuestra inteligencia, nuestra sabiduría o nuestra necedad. La lengua es un arma poderosa y una ventana de lo que hay en nuestro interior. Quien tiene la ventana abierta en medio de la plaza cuando se está desnudando, refleja lo que se valora a sí mismo respecto a los demás. Lo mismo le sucede al que abre la ventana cuando fuera hay malos olores. Quien tiene un arma poderosa capaz de hacer mucho bien, pero también mucho daño, la tiene en un recinto seguro si es que no es un imprudente. Hay cosas que no podemos conformarnos con atribuirlas a nuestra forma de ser y quedarnos tan panchos, sino que necesitamos educarlas para que sean fiel reflejo de lo que llevamos dentro. El uso de la lengua es, por ello, difícil. Pero también es un reto que tenemos delante si le damos el valor que le corresponde.

LA HUMILDAD

(RB 7-24) 21.04.13

Con el duodécimo grado de humildad se culmina el largo proceso que nos propone San Benito y lo va a hacer invitándonos a que nunca olvidemos lo que realmente somos, es decir, a tener siempre fijos los ojos en la tierra, en nuestra tierra, evitando los peligros de la superficialidad del que siempre vive fuera de sí porque es incapaz de mirarse a sí.

Nos dice la Regla: El duodécimo grado de humildad consiste en que el monje no sólo posea la humildad en el corazón, sino que también la manifieste siempre en el cuerpo a los que le vean; esto es, que en el oficio divino, en el oratorio, en el monasterio, en la huerta, yendo de viaje, en el campo y en todas partes, sentado, andando o de pie, esté siempre con la cabeza baja, los ojos fijos en el suelo. Creyéndose en todo momento reo de sus pecados, considere que comparece ya ante el tremendo juicio, diciéndose sin cesar en el corazón lo que, con los ojos fijos en el suelo, dijo aquel publicano del Evangelio: “Señor, no soy digno, yo pecador, de levantar mis ojos al cielo”. Y también con el profeta: “Estoy totalmente abatido y humillado”.

Este grado de la humildad San Bernardo lo va a iluminar con su contrario, el primer grado de la soberbia, pues la virtud se alcanza combatiendo los vicios. En el monasterio hay que ejercitarse para ir transformando el corazón, conociendo la propia verdad que nos lleve a la caridad, mirando con compasión a los demás después de conocer nuestra propia necesidad de ser compadecidos. Pues bien, el camino que nos propone San Bernardo es ir combatiendo la soberbia, cuyo primer grado no es otro que la curiosidad. Ante todo hay que saber reconocerla. Para ello nos dice: “Puedes detectarla a través de una serie de indicios. Si ves a un monje que gozaba ante ti de excelente reputación, pero que ahora, en cualquier lugar donde se encuentra, en pie, andando o sentado, no hace más que mirar a todas partes con la cabeza siempre alzada, aplicando los oídos a cualquier rumor, puedes colegir, por estos gestos de hombre exterior, que interiormente este hombre ha sufrido un cambio. El hombre perverso y malvado guiña el ojo, mueve los pies y señala con el dedo -nos dice la Escritura-. Por este inhabitual movimiento del cuerpo puedes descubrir la incipiente enfermedad del alma. Y el alma que, por su dejadez, se va entorpeciendo para cuidar de sí misma, se vuelve curiosa en los asuntos de los demás. Se desconoce a sí misma. Por eso es arrojada fuera para que apaciente a los cabritos. Con acierto llámense cabritos... a los ojos y a los oídos... El curioso se entretiene en apacentar a estos cabritos, mientras que no se preocupa de conocer su estado interior..... ¡Curioso!, ¿adónde vas cuando te alejas de ti?... Clava tus ojos en tierra para que te conozcas. La tierra te dará tu propia imagen; porque eres tierra y a la tierra has de volver” (n. 28).

Está claro que para San Bernardo tener los ojos clavados en tierra no es primeramente estar mirando siempre al suelo, lo que trae el peligro de chocarnos con algún objeto voladizo o que la casa se nos llene de telarañas. Tener los ojos clavados en tierra es, ante todo, comenzar a hacer el camino desde lo concreto, desde lo que somos, conociéndonos y trabajándonos a nosotros mismos antes de pretender cambiar a nadie. Huir de nosotros mismos, no mirar el barro del que estamos hechos, es lo que nos lleva a estar siempre mirando por las ventanas de nuestros ojos y nuestros oídos. Mientras que el libro de los Proverbios nos aconseja: Por encima de todo guarda tu corazón, pues de él mana la vida (Prov 4,23 -Vg: corazón-).

Pero tampoco sería justo el estar siempre mirando al suelo, estar contemplándonos a nosotros mismos para alcanzar la humildad. Lo que hace la doctrina de Bernardo más creíble es que justifica cuándo no sólo podemos, sino que debemos dejar de mirar al suelo: cuando el amor está en juego. Cuando el amor a los demás se presenta, debemos olvidarnos de nosotros mismos, aunque arriesguemos. Pero también cuando el peligro me acecha, el amor a mí mismo me hace levantar los ojos para pedir ayuda.

Vivir el duodécimo grado de la humildad supone combatir el primer grado de la soberbia. Si entendemos el mirar al suelo como una simple postura física, no habremos entendido nada y de nada serviría nuestro cuello torcido. Pero todo se hace más claro cuando lo que se nos dice es que estemos atentos a lo que somos para trabajarnos y no dispersarnos con una entretenida curiosidad que refleja la huida de uno mismo y la intromisión dañina en las vidas ajenas, pues nadie puede curar en otro lo que no ha sabido curar en sí mismo.

Primero debemos ejercitar el cuerpo, que nos refleja el estado del alma. No sé si será por la buena memoria que parece tener el cuerpo según nos dicen los psicólogos, que lo que ya hemos metido en el baúl del inconsciente sigue asomando el plumero en nuestra exteriorización corporal. Alguna relación debe tener con lo que nos dice San Bernardo. El primer grado de la soberbia es la curiosidad, como el último grado de la humildad es estar con los ojos fijos en la tierra. Si uno tiene los ojos y los oídos fisgándolo todo, controlándolo, juzgándolo, no es temerario pensar que su alma estará en la misma sintonía que su actitud corporal. Por eso se nos invita a tener los ojos fijos en la tierra, fijándonos en la tierra de la que estamos hechos, es decir, no perder nunca de vista nuestra propia condición si no queremos engañarnos.

Pero algo nos pasa que tendemos a preocuparnos más por lo que no tenemos que por lo que tenemos, tendemos más a añorar lo que se nos prohíbe que a gozar de lo que se nos da. Es la imagen del paraíso, donde habiéndoseles permitido a la primera pareja comer de todos los árboles, se obsesionan precisamente con aquél que se les ha vedado. Hay como una tendencia en el ser humano a probar lo que se nos dice que es malo o peligroso: “no te acerques a la sartén que te vas a quemar”, le dice la madre al hijo instantes antes de que éste la toque. Para Bernardo “probar el mal no es saborearlo, sino haber perdido el gusto”. “Si los frutos de los demás árboles son buenos y saben bien, ¿qué te mueve a comer del árbol que sabe mal? -se pregunta con cierta ingenuidad-. Probar lo que no nos conviene tiene sus consecuencias. El peligro no radica sólo en experimentar lo desagradable que pueda ser, sino que corremos el riesgo de perder lo que ya tenemos. A nosotros nos corresponde guardar lo que ya tenemos, evitando lo prohibido para no perder lo poseído.

Sin embargo, nuestro espíritu inquieto nos hace obsesionarnos con lo que nos puede resultar peligroso. Aquí, San Bernardo, se muestra un buen observador del corazón humano. Nuestros ojos inquietos se dirigen continuamente hacia el árbol prohibido. Pero nosotros respondemos defendiéndonos: “Sólo me acerco con los ojos, no con las manos. No se me ha prohibido mirar, sino comer. ¿Es que no puedo levantar hacia donde quiera estos dos ojos que Dios ha dejado a mi libertad? La respuesta nos la da San Pablo: Todo me está permitido, pero no todo me conviene (me aprovecha). Y es que la curiosidad ociosa sí nos pone en camino de enredarnos en cosas que nos terminen dañando. Es como abrir la puerta a la serpiente de lengua bífida que se encargará de liarnos, de suscitar en nuestro corazón mil razones para confundirnos y terminar por abrazar aquello que nos va a dañar irremisiblemente. ¿Morir?, ¡en absoluto!, nos dirá. Es como actúa la tentación. Primero se hace apetitosa, agradable a la vista, luego se libera del temor de la muerte y a continuación excitará el deseo y agudizará la curiosidad. A partir de aquí ya está preparado el plato para ser cogido y engullido al mismo tiempo que se pierde lo que ya se tenía”. “Te da una manzana y te roba el paraíso”, nos dice.

En su reflexión sobre la soberbia expresada en la curiosidad, San Bernardo hace una digresión sobre Lucifer, de lo que basta resaltar que en ocasiones podemos tener intuiciones ciertas, pero engañosas. Lucifer pudo haber intuido su señorío sobre los hombres, y eso le pudo parecer apetitoso, apartando sus ojos de Dios. Pero lo que no sabía es que ese señorío sería a costa de perderlo todo, un señorío sobre el mal. Para nosotros nos puede bastar esa idea. La curiosidad nos puede llevar a apartarnos de la órbita de la verdad y entrar en la órbita de la ilusión. Quizá podamos tener intuiciones aparentemente hermosas, capaces de proporcionar una vida mejor, verdades que consideramos más sublimes, pero que poco a poco nos van enredando en un mundo de ilusión y confusión que nos aparta de lo que ya teníamos. Por eso es tan importante mantener los ojos fijos en nuestra tierra, en nuestra realidad, gozando de lo que tenemos, confiados en la palabra del que todo proviene y que el Señor Jesús nos revela, y aceptando que no es imprescindible comer de todos los árboles. Comamos primero del árbol del fruto de la fe.

Profundizando en la propia realidad, en la verdad que tenemos, en nuestra tierra, llegaremos al más profundo centro que pueda llevar cualquier otro camino. Estar curioseando por multitud de caminos nos enreda en una fatiga que siempre sueña un centro que nunca llega a saborear.

LA HUMILDAD

(RB 7-25) 28.04.13

La curiosidad ociosa propia de la soberbia, según San Bernardo, no tiene nada que ver con la curiosidad de la búsqueda de Dios del que profundiza en su interior. Quien tiene los ojos fijos en su tierra, busca conocerse a sí mismo. El conocimiento personal nos abre el camino a un mejor conocimiento de Dios misericordioso que da su gracia al humilde, pues la humildad es el punto débil de Dios.

El camino de la humildad, al partir del propio conocimiento, es capaz de ser más compasivo, de comprender mejor al enfermo al descubrir él mismo su propia enfermedad, pues nadie puede consolar y comprender mejor a un enfermo que el que ha sufrido la enfermedad. Esos tales son capaces de descubrir la verdad del hermano. Pero quien es duro de corazón con los demás, quien no sintoniza con los sentimientos del hermano, sino que ofende al que llora, ¿cómo va a descubrir la verdad del hermano? No puede descubrir la verdad del hermano por desconocer su propia verdad. De ahí aquél proverbio: “Ni el sano siente lo que siente el enfermo, ni el harto lo que siente el hambriento”.

Es por ello que lo que consideramos males pueden transformarse en grandes bienes. ¿Quién puede entender mejor la tentación del hermano sino el que ha pasado por ella? ¿Quién puede entender mejor la impotencia del hermano sino el que la ha sentido en sí mismo? ¿Quién puede alentar mejor al hermano en la esperanza sino el que ha sido testigo que al final del túnel está la luz, que Dios nos sostiene en nuestra gran fragilidad, que merece la pena afrontar la prueba pues nunca va a superar nuestras fuerzas y podemos salir robustecidos si perseveramos? Nuestra humilde verdad nos permite descubrir la humilde verdad del hermano y nos hace compasivos, acogiendo el padecimiento del hermano, acompañándole con paciencia, pues es él el que debe hacer el camino y tomar decisiones en la prueba. Quien conoce su tierra, quien ha sentido el peso y la fragilidad del barro del que está hecho, ¿cómo no va a comprender el barro del hermano? El soberbio, sin embargo, pagado de sí mismo, ignorante de sí mismo, balanceándose en un mundo ilusorio, negándose a mirar  y abrazar su propio barro, pierde el tiempo juzgando el barro de los demás que desconoce aún más que el suyo propio.

Efectivamente, el enfermo y el hambriento son los que mejor se compadecen de los enfermos y de los hambrientos. Por eso vemos con harta frecuencia que los pobres son más generosos con los pobres que los ricos. Y más todavía. El haber conocido la prueba agudiza el ingenio, nos permite buscar soluciones que luego pueden ser luz para el hermano que pasa por lo mismo. Pero, ¿qué podrá decir aquél que desconoce ese barro? Sin duda que todos no podemos conocer todos los barros, pero el hecho de conocer el propio barro y lo hayamos afrontado desde la humildad, da una experiencia fundamental que permite compadecerse y ayudar a otros, cosa que desconoce completamente el soberbio que no ha tocado su propio barro, limitándose a conocerlo por lo que otros han escrito sobre el mismo. Ese conocimiento meramente teórico vale de muy poco, cuando no es tan perjudicial como poner al volante como profesor de autoescuela a alguien que sólo ha leído la teórica de la conducción sin haber hecho él mismo kilómetro alguno.

Se nos dice que Cristo quiso padecer para poder compadecerse; se hizo miserable para aprender a tener misericordia. Sin duda que el Señor “sabía” todo lo que pasa por el corazón humano, pero sólo lo supo como humano cuando se hizo hombre y lo asumió todo. Y todos nos fiamos más del lugareño que conoce muy bien los caminos que ha pateado que del mapa que llevamos.

Se nos dice también que Cristo “aprendió por sus padecimientos a obedecer”. Vaya dos palabras que dan cierta alergia: padecer y obedecer, y más si son acogidas voluntariamente. Si no nos queda más remedio que padecer o que obedecer, pues nos aguantamos y basta. Pero eso de acoger ambas cosas para aprender con una de ellas la otra, nos puede parecer el colmo. Sin embargo, ese es el camino que hizo nuestro Maestro. Un camino que nos muestra dónde están las puertas del conocimiento de la verdad, nuestra verdad, la verdad del hermano y la verdad de Dios. Un camino que nos abre a nosotros mismos para acogernos con humildad, que nos abre las puertas del hermano acogiéndole en su humildad y que nos abre las puertas de Dios acogiéndole con docilidad plena en humildad. Es por ello que la obediencia o acogida (“escucha”) es dolorosa, pero fecunda. ¡Quitémonos el chubasquero que llevamos para dejarnos mojar por esa agua!...

Quien entrega su vida, la encuentra, se nos dice. Pero si no la damos, al final nos la quitan y la perdemos. Eso lo experimentamos continuamente a lo largo de nuestra existencia. Cuando nos viene la prueba se nos está preguntando: ¿prefieres entregar la vida o que te la  quiten? Querer ser coherentes, querer ser fieles, querer perseverar en la palabra dada o la opción tomada, exige dar la vida. Y con frecuencia aparecerán momentos en la vida -unos pocos muy fuertes, el resto más suaves- en el que nos veremos sometidos a la prueba de entregar la vida. Si decidimos hacerlo no va a ser sin dolor, aunque tendrá su recompensa. Pero si huimos del dolor de la muerte, pudiéramos encontrarnos con eso mismo que no deseamos. No son palabras mías, sino de Jesús: dar la vida para encontrarla o intentar preservarla para perderla.

San Benito concluye el capítulo de la humildad diciéndonos: Cuando el monje haya subido todos estos peldaños de humildad, llegará enseguida a aquel grado de amor de Dios que, por ser perfecto, echa fuera el temor; gracias a él, todo lo que observaba antes no sin temor, empezará a cumplirlo sin ningún esfuerzo, como instintivamente, por costumbre; no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo, por la costumbre del bien y por el gusto de las virtudes. El Señor se dignará manifestarlo por el Espíritu Santo en su obrero, limpio de vicios y pecados.

Sin duda que este texto nos llena de esperanza, pues no estamos hechos para mantenernos en una tensión infinita sin recogida de frutos. Este texto, que recuerda mucho al final del Prólogo, no hace sino constatar una realidad muy humana: el ejercicio en cualquier materia resulta trabajoso, pero cuando se ha hecho el aprendizaje, se disfruta de la destreza adquirida; y también, el amor hace que las cosas nos cuesten mucho menos que cuando sólo las hacemos porque se nos mandan.

No lo olvidemos, la humildad es el punto débil de Dios, a veces también de los hombres, y siempre será nuestra fortaleza. No hay nada que pueda con ella. Quien descubre esto hace desaparecer de su vida muchos sufrimientos inútiles y se siente más confiado, descansando en el amor de Dios.