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Sábado, 23 Septiembre 2017 09:08

Capítulo 58 (12)

MODO DE ADMITIR A LOS HERMANOS

(RB 58-12)

Si la estabilidad es una característica del monacato cenobítico, y en especial de San Benito frente a otros que prefirieron la xeniteia o la peregrinación, no menos representativo es la promesa de conversatio morum. El compromiso de vivir siempre en tensión en una conversión constante es una de las características de una verdadera espiritualidad. San Benito no nos pide hacer voto de no faltar al Evangelio, sino de mantenernos en una continua conversión, en una tensión empeñándonos por cambiar el propio corazón convirtiéndolo hacia el Señor, en un continuo configurarnos con Cristo. En definitiva, en unificar el propio corazón haciéndolo uno con Aquél que lo creó y para quien lo creó.

Este compromiso monástico conlleva una actitud profética no sólo contra la mundanidad, sino también dentro de la Iglesia, contra toda mediación que se quiera establecer como absoluto. Cuando nos instalamos en seguridades de cualquier tipo, cuando buscamos formas o nos aferramos a personas o modos, quizá estemos absolutizando las mediaciones y perdamos la tensión de convertir el propio corazón hacia lo único a lo que se debe referir: Cristo.

La conversatio morum implica una actitud profética que nos hace mirar siempre hacia adelante, mirando el futuro no como algo que nos da miedo, no como algo que queremos asegurar, sino como un adviento, con el anhelo de la espera expectante del Señor que viene, que viene en cada tramo de nuestra vida. Cuando miramos el futuro con temor, es signo de que nos hemos olvidado de nuestra condición profética para empezar a preocuparnos de nosotros mismos. Cuando la vida religiosa mira el futuro con preocupación, es que se está mirando a sí misma. Es bueno ver el presente de la vida religiosa como una presencia pobre, como el despojo que Dios permite en su pueblo, dejándolo pobre y humilde, como el tocón del cual brotará nueva y poderosa vida, “¿es que no lo veis?”.

Estamos en un tiempo en el que se nos invita a una especial conversión. Conversión que nunca puede consistir en tratar de hacer mejor las cosas con la secreta esperanza de que aumente nuestro número, seamos más reconocidos en el seno de la Iglesia y del mundo y, por ende, volvamos a recuperar poder, estima o influencia. La única conversión que nos es lícita es la conversión que nos hace volver los ojos a Cristo para vivir desde él. Cuando esto es lo único que nos preocupa, entonces no volvemos nuestros ojos hacia atrás añorando el pasado o culpabilizándonos de nuestra situación actual, sino que nuestros ojos miran hacia adelante viendo al Señor que viene y hacia el cual orientamos nuestra mirada. Esa mirada está bien orientada cuando sabemos intuir ya su presencia en el hoy de nuestra historia que nos toca vivir y descansamos en él sin desasosiego. Es una mirada profética capaz de interpretar el presente con la experiencia pasada y la esperanza futura.

Es curioso cómo el inicio de la celebración del adviento coincide en la historia con el inicio de la vida monástica (siglos III-IV). Esa espera del Señor que viene no es una espera de su venida para resolver nuestros problemas, dado que en tal caso sólo lo esperaríamos cuando las cosas van aparentemente mal. La espera que brota de un corazón que busca convertirse hacia el Señor, es fruto del amor y no de la necesidad, es el anhelo de la esposa que desea estar con el esposo, es el deseo de ver ya su presencia anticipada en todo, a veces como una necesaria purificación. No hay nada más opuesto a la actitud profética o a la vivencia del adviento que el acomodarse incluso en las cosas que pueden parecer buenas. Si los monjes queremos ser fieles a nuestro carisma, siempre nos debemos mantener en camino, en un camino de conversión no hacia un pasado, sino mirando siempre hacia Cristo que viene, siendo fieles a nuestra vocación. Es un continuo empeño por revivir nuestro carisma, no desde el cambio por adaptación a modas caducas, sino desde la escucha atenta y perspicaz del que ve al Señor que sigue viniendo y nos sigue hablando, y es capaz de comunicárselo al hombre de hoy. Pero para que la gente nos pregunte como centinelas en la noche, nos tienen que reconocer como tales, pues en caso contrario se dirigirán a otros. Y de nada vale decirles que están a oscuras. Precisamente por la oscuridad se busca la luz, y sólo la luz que brilla es la que atrae.

No existe un estado permanente de profeta. Sólo se es profeta cuando se dice una palabra profética. Sólo somos profetas si profetizamos y nuestra palabra y vida es capaz de iluminar la oscuridad de la mundanidad. Si nosotros mismos sucumbimos a la mundanidad, haciéndonos mundanos, entonces perderemos lo genuino de nuestra vida, la profecía y la tensión de la conversatio. Jesús vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Escandalizó. Le tomaron por loco. Se enfrentó a Pedro que le invitaba a rechazar la cruz. Ese es un profeta que no dice a la gente lo que la gente espera escuchar, sino que dice lo que ha escuchado a su Padre y está dispuesto a hacer la voluntad de su Padre, por mucho que pueda resultar incomprensible o escandalosa.

Nuestro signo monástico no vale de nada si no refleja una realidad interior, una experiencia vivida. Quien no ha sido llamado para profetizar, no puede profetizar, pues se estará anunciando a sí mismo. Quien ha conocido a Dios no puede dejar de profetizar con su propia vida, pues es imposible conocer a Dios y no ser transformado por el fuego de su Espíritu. Sólo el que vive la conversatio, mirando hacia Cristo que viene es capaz de anunciar lo que ha visto y oído.