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Sábado, 16 Septiembre 2017 09:05

Capítulo 58 (11)

MODO DE ADMITIR A LOS HERMANOS

(RB 58-11)

En el monacato más antiguo no había un rito de profesión claro. El que deseaba ser monje empezaba a vivir como tal bajo la dirección de un maestro espiritual, y cuando había llegado a la madurez recibía él mismo la paternidad espiritual. Es en el monacato cenobítico cuando aparece la necesidad de firmar una cédula de profesión. Parece ser que fue el Abad Schenute el primero de los padres de monjes que exigió la cédula de profesión, siguiendo San Benito su estela. Pero, ¿en qué consistía esa profesión?

San Benito nos dice: El que va a ser admitido, en el oratorio, delante de todos, prometa unirse a la comunidad, comportarse como monje y ser obediente, ante Dios y sus santos, para que, si alguna vez obrara de otro modo, sepa que ha de ser condenado por aquel de quien se burla. De lo que ha prometido hará una cédula de petición en nombre de los santos cuyas reliquias se encuentran allí y del abad que está presente. Esta cédula de petición la escribirá de su mano, o bien, si no sabe escribir, pedirá a otro que se la escriba, y el novicio hará una señal y la depositará con su propia mano sobre el altar. Una vez la haya depositado, empezará enseguida el mismo novicio este verso: “Recíbeme, Señor, según tu palabra y viviré, y no permitas que vea frustrada mi esperanza”. Toda la comunidad repetirá tres veces este verso, añadiendo el “Gloria al Padre”. Entonces el hermano novicio se postrará a los pies de cada uno para que oren por él, y ya desde ese día se le considerará de la comunidad.

Estamos acostumbrados a decir que San Benito menciona tres votos en la profesión, pero en realidad el concepto de “voto” tal y como lo entendemos nosotros era desconocido para San Benito. Como dice el Abad Steidle: “Cuando la RB dice que el candidato debe hacer una promesa de estabilidad, de comportarse como monje y de obediencia, hay que entender probablemente esta enumeración sólo como una síntesis del contenido de la profesión, y no como una enumeración determinada de votos”. El candidato, al que se le ha leído varias veces la Regla durante el período de iniciación, promete cumplirlo todo y observar cuanto se le mande, siendo admitido en el seno de la comunidad. Promete cumplir todo lo que la Regla manda, esto es, ser fiel alumno en la escuela del servicio divino, viviendo como monje. Observar cuanto se le mande para seguir a Cristo por el camino de la obediencia. Y es finalmente admitido en la comunidad de la cual ya no le está permitido salir, pues en ella se expresa la alianza esponsal con Cristo que le llama.

Es el compromiso de estabilidad o perseverancia hasta la muerte lo que liga formalmente al monje a su comunidad. No es algo original de San Benito, sino que aparece enseguida como algo inherente al monacato cenobítico. Sin estabilidad es impensable una comunidad monástica. Esa estabilidad expresa una alianza, pero también la necesaria permanencia en el camino de conversión para afrontar con decisión el trabajo de convertir el propio corazón. Por eso, ya entre los anacoretas antiguos encontramos una cierta estabilidad respecto al lugar. La expresión “estar sentado en la celda” se repite con frecuencia como sinónimo de “ser monje”: permanecer estable en un lugar es afrontar la estabilidad necesaria para hacer un camino espiritual. San Antonio nos decía: “Como pez en el agua así debe estar el monje en su celda”. Pero así como en el cenobitismo la estabilidad está más orientada a la comunidad que al monasterio como lugar físico, así en la vida solitaria el “permanecer en la celda” se refiere más a la celda interior que a la exterior, por eso todos se sentían expatriados, sin patria en este mundo, llegando algunos a expresarlo con una vida continuamente errante, no para hacer turismo y entretenerse, sino para vivir la exigencia de no estar apegado a ninguna seguridad, anhelando sólo la patria celestial. En estos, paradójicamente, estabilidad y peregrinación se dan de la mano.

Lo importante no es tanto la estabilidad física como la espiritual. El por qué y cómo se vive esa estabilidad. Hay quien confunde estabilidad con seguridad y tranquilidad. Ese tal puede encontrar en la comunidad un buen refugio, siendo para ésta una carga que debe sobrellevar con paciencia. Hay también quien confunde la estabilidad con la ausencia de problemas y de responsabilidades para mantener la tranquilidad que le facilite una supuesta vida interior.

Para que la estabilidad dé fruto debe tener las características de la expatriación, que no del turismo. Esto es, debe conllevar una desapropiación de sí mismo, una renuncia a toda estabilidad que sea sinónimo de seguridad, para poder así desear estabilizarse únicamente en el Señor, anhelando los bienes de su Patria y no los de este mundo. Como siempre, se cumple la paradoja del evangelio: vive la estabilidad quien está dispuesto a que le desestabilicen en las cosas de este mundo. Así como la paz que Cristo nos trae no es la paz-tranquilidad de este mundo, así la estabilidad monástica no es la seguridad y tranquilidad de este mundo, sino la que sabe vivir estabilizados en el Señor, guardando el sosiego de corazón. Descansa en el Señor en medio de las complicaciones de la vida, entregándose con generosidad y trabajando por testimoniar y anunciar el evangelio de Jesús, el Reino de Cristo.

La estabilidad monástica es la que se pone en marcha para hacer el camino espiritual allí por donde Dios le indique. Y en nuestro caso cenobítico implica también ponerse a caminar con la propia comunidad allí por donde ella vaya. Por eso es tan importante para nosotros que unamos nuestro propio camino espiritual al de la comunidad. Por eso las tensiones comunitarias que brotan de un deseo de autenticidad son buenas, aunque parezca que nos desestabilizan: son reflejo de la lucha interior que todos tenemos a nivel personal, y no por ello nos liamos a golpes con nosotros mismos ni nos dividimos en dos.

Pero todo conlleva un peligro y requiere la lucidez de la prudencia. Los mismos padres del desierto, aun alabando la peregrinación, decían: “De igual forma que un árbol no puede producir frutos si lo trasplantan a menudo, tampoco el monje si peregrina con frecuencia”. Sicológicamente necesitamos también un cierto sosiego. Si nos damos sin prudencia pudiéramos perder el horizonte. Si una comunidad se deja llevar por un celo excesivo en cosas que no tienen gran importancia, tratando de quitar todo vestigio de hollín en su seno, puede acabar exhausta.

Lógicamente la estabilidad es un gran valor pero, precisamente por su carácter eminentemente espiritual, se permite el cambio de comunidad en determinados supuestos. Por otro lado, la experiencia ha demostrado que la peregrinación, siendo algo sublime si se vive como expatriación, termina siendo mucho más peligrosa que la estabilidad física que puede acabar en comodidad. La razón es sencilla. El peregrino sufre las mismas tentaciones que el estabilizado, pero, a diferencia de éste, no tiene una comunidad ni un superior que le puedan avisar del peligro. Por eso, con frecuencia, los peregrinos terminaban en giróvagos, y San Benito no los quería ni ver. Otros, como protesta a sus excesos, se subían a una columna (estilitas). San Benito prefiere que se viva la estabilidad con la actitud del peregrino, pero sin salir del monasterio.