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Sábado, 26 Agosto 2017 20:03

Capítulo 58 (8)

MODO DE ADMITIR A LOS HERMANOS

(RB 58-08)

San Benito considera el tiempo del noviciado como un tiempo de iniciación y prueba en la vida monástica. Ese tiempo tendrá unas etapas. Nos dice: Díganle de antemano –al novicio- todas las cosas duras y ásperas a través de las cuales se va a Dios. Si mantuviere la promesa de unirse a la comunidad, al cabo de dos meses se le ha de leer enteramente la Regla, y le dirán: “Ésta es la ley bajo la cual quieres servir: si eres capaz de observarla, entra; pero si no eres capaz, márchate libremente”. Si todavía persistiere, entonces llévenle de nuevo al noviciado, y vuelvan a probar hasta dónde llega su paciencia. Y al cabo de seis meses léanle la Regla, para que sepa a qué quiere comprometerse. Y si aún persiste, después de cuatro meses se le volverá a leer otra vez la misma Regla. Y si, después de haberlo deliberado consigo mismo, promete cumplir todas las cosas y observar cuanto se le mande, sea entonces admitido en la comunidad, sabiendo que la ley de la Regla establece que desde ese día no le será lícito salir del monasterio, ni librarse del yugo de la Regla, que después de tan prolongada deliberación pudo rechazar o aceptar.

A. de Vogüé quiere ver en las etapas antes de la profesión una promesa particular al final de la primera y dos al final de la segunda, que se relacionan con los tres votos monásticos que posteriormente ha de emitir el novicio.

El primer momento son los dos meses a los que se refiere, después de los cuales se le debe leer la Regla si es que promete perseverar: Si mantuviere la promesa de unirse a la comunidad, al cabo de dos meses se le ha de leer enteramente la Regla. Esto hace relación al voto de estabilidad que al final del año de noviciado deberá emitir en su profesión perpetua. Es un tiempo en el que se examina su paciencia y si tiene verdaderos deseos de seguir adelante a pesar de las dificultades.

Después, al cabo de seis meses primero y cuatro meses después (=10), se le ha de volver a leer la Regla. Y si promete cumplirlo todo y observar cuanto se le mande, se le debe admitir. Estas dos exigencias que se le piden al novicio hacen relación, según de Vogüé, al voto de conversatio morum (observancia de la Regla) la primera, mientras que la segunda sería un compromiso de obedien­cia (a los superiores). Al final todo se concluye con la promesa solemne delante de todos a Dios y a sus santos de estabilidad, conversa­tio morum y obediencia.

San Benito no ve el tiempo de noviciado como un tiempo de información, sino de formación. No basta con saber qué es un monje, sino que hay que vivir como tal desde el noviciado. Es muy importante la actitud del corazón que se tenga en el noviciado para después vivir con autenticidad la vida que se ha elegido. Sería lamentable vivir el noviciado con poca intensidad, como un tiempo necesario que hay que pasar para conseguir lo que se desea, sin interiorizar o internalizar gustosamente los valores monásticos. Como toda conversión es costosa, el novicio se puede engañar pensando que todavía tiene tiempo, que aún no es profeso y que por lo tanto no se tiene porqué exigir más de la cuenta. Quien así piensa en su interior, lo verbalice o no, no llegará muy lejos en su vida monástica. Después encontrará otras excusas apropiadas: aún soy joven; Dios es misericordioso; los tiempos han cambiado mucho; otras comunidades y otros monjes actúan como yo; no hay que ser tan extremistas, pues la moderación en todo es cosa de sabios; ya soy viejo y Dios no me puede pedir tanto; etc.

Como tantas veces hemos dicho, la comunidad es formadora. Por ello es responsable de lo que transmite con sus gestos y palabras a los que comienzan. Es necesario enseñar a orar al que viene, pero tiene que ver que la comunidad ora. Es necesario hablarle de la responsabilidad en el trabajo, pero es importante que vea que los hermanos son responsables y trabajadores. Es necesario que se le enseñe lo que es la lectio divina, pero necesita ver que los monjes aprecian y hacen lectio divina. Es necesario que se le indique el valor del silencio, la soledad y la separación del mundo, pero necesita ver que los hermanos viven gozosos esa soledad habitada sin dependencias afectivas externas ni necesidad de estar entretenidos para llenar el vacío de una soledad no habitada. Es necesario mostrarle el camino del amor fraterno, pero necesita ver el amor y el perdón en nuestras relaciones, hablando bien los unos de los otros, sin caer en las críticas ni en las murmuraciones.

Si el Señor nos envía nuevos hermanos, es para que los guiemos tras sus pasos y para que les ayudemos a conformarse con Cristo, no con nosotros. Para ello hay que saber escuchar al Señor y lo que el Espíritu les pide a cada uno de ellos. No hay que pretender caer bien delante de ellos; parecer modernos o estrictos. El querer dar una imagen de personas maduras por pensar diferente al maestro de novicios, no les puede ayudar. Sólo el que refleja la luz que le ilumina, sin pretender ocupar él el lugar de la luz, es el amigo del Esposo, que está dispuesto a desaparecer para que él crezca. Así nosotros tenemos que desplazarnos a un lado para que el Señor crezca en cada uno de los que entran en el monasterio.

Sólo el que ama, es capaz de escuchar lo que el Espíritu pide al que llega a nuestra casa. Si nuestra comunidad es formadora y no autocomplaciente, los que comienzan se sentirán impulsados a vivir desde su noviciado lo que un día profesarán. Si pecamos, hemos de decir que hemos pecado. Si nos dejamos llevar por las justificaciones o falsas misericordias, nunca creceremos en la verdad, muy al contrario, la verdad se irá desfigurando hasta ya no distinguirla. Siempre nos acompaña el peligro de domesticar la verdad según nuestras inclinaciones o modas.

No importan nuestras caídas ni escandalizarán siempre y cuando seamos honestos con ellas. Una caída reconocida y por la que se pide perdón nos ayuda a crecer en humildad y en conocimiento del amor de Dios. Una caída disimulada por haber domesticado la verdad nos tranquiliza, nos hace autocomplacientes, pero nos separa del conocimiento de Dios. Es tan malo perder la autoestima viendo sólo nuestras faltas como engañarse con la autocomplacencia. En ambos casos nosotros nos convertimos en el centro. En el primer caso para lacerarnos, en el segundo habiendo ocupado el lugar de la verdad. Sólo si mantenemos un diálogo sincero con el Dios que se nos revela en Jesucristo y que nos ha llamado a participar del carisma benedictino que recibieron San Benito y desarrollaron los primeros cistercienses, sólo entonces podremos dilucidar cómo vivir en la verdad hoy y cómo poder transmitírsela a todos los que vienen a nosotros.