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Sábado, 19 Agosto 2017 20:00

Capítulo 58 (7)

MODO DE ADMITIR A LOS HERMANOS

(RB 58-07)

El tercer y último aspecto que menciona San Benito para discernir la vocación del que llama al monasterio es si acepta las humillaciones propias de la vida comunitaria. Dedica todo un capítulo a la humildad, pero aquí desciende a cosas muy concretas. La verdadera humildad es un don de Dios por el que conocemos la propia debilidad y nos abrimos a su misericordia con confianza. Cuando uno tiene experiencia de eso se abre a la humildad del corazón, que no rebaja a la persona, sino que la hace sentirse grande en su pequeñez al ser mirada por Dios. Es esa mirada quien le engrandece, no las propias obras. Quien así vive tiende a buscar lo sencillo, lo que no cuenta, le gusta relacionarse con el pobre sin despreciar al poderoso ni buscar su poder, no hace asco de los últimos lugares ni rehúye el servicio a los hermanos. Y, sobre todo, no se siente humillado, pues nada se cree y en Dios todo lo tiene. La humildad es la escalera por la que se sube bajando. Es lo que nos lleva a Dios en la medida en que nos acercamos al hermano. Es lo que nos otorga un puesto en la mesa del Reino cuando hemos servido y lavado los pies de los hermanos (cf. RB 7).

San Benito no busca distraer con palabras atractivas al que viene al monasterio para hacer el camino monástico. Lo que desea ver en él es una actitud que revele el toque vocacional de Dios que nos empuja a caminar en su búsqueda; ese deseo de subir la escala que lleva hasta Dios. Es una actitud sencilla que acepta las humillaciones propias de la vida comunitaria, que acepta ser un principiante, que acepta los servicios sencillos que se le piden como un don generoso de sí mismo a la comunidad. Quien no vive eso con naturalidad está revelando las motivaciones de las que carece. Si el amor se caracteriza en algo es precisamente por la entrega generosa, olvidándose de sí mismo. Igualmente, quien de verdad se siente atraído por Cristo desea seguir sus pasos, los del que no se aferró a su condición divina y se abajó para ensalzarnos a nosotros. Si a uno que inicia la vida monástica hay que estar convenciéndole constantemente de la necesidad de aceptar las contrariedades de la vida comunitaria y las exigencias de nuestra pobreza voluntaria, significa que lo que le mueve es cualquier cosa menos el espíritu del Señor. Al final todas las razones humanas que le presentemos serán inútiles, pues sólo el amor motiva verdaderamente.

En todo grupo humano hay que aceptar unas limitaciones, debemos renunciar a nosotros mismos para que el grupo se consolide, pero esas razones sociológicas no son suficientes en la comunidad monástica. Si no pasamos de ahí, nuestra comunidad no pasará de ser un grupo bien disciplinado. Lo que constituye un grupo, permitiendo a las personas que lo componen asumir ciertas renuncias, es el ideal que lo cohesiona. Nuestro ideal sólo es uno: Cristo. Sólo desde él podemos asumir todas las contrariedades de la vida. Buscar otro tipo de razones es perder el tiempo, pues nos aleja de lo principal.

Esas pequeñas humillaciones y contrariedades en la vida comunitaria son la verdadera salsa de la vida. Humillaciones en la poca relevancia de ciertos trabajos, cuando no recibimos el reconocimiento esperado o nos sentimos juzgados injustamente, cuando tenemos que soportar con paciencia cualquier impertinencia, etc. Son esos pequeños pasos los que nos permiten ir creciendo más y más en el amor oblativo de nosotros mismos a Dios y a los hermanos, asemejándonos más a Cristo. San Benito no quiere que se le oculten al novicio esas dificultades, al contrario, pide se le digan de antemano todas las cosas duras y ásperas a través de las cuales se llega a Dios. Es un camino muy concreto, al alcance de todos. A Dios se llega por el amor, y el amor se realiza cuando se ama por la entrega generosa en las cosas pequeñas de la vida.

Cuando nos comprometemos por la profesión firmamos una célula. Esto parece un contrato, y en cierta forma lo es. Pero es más que un contrato, pues no tiene comparación lo que damos a Dios con lo que recibimos de él, es una donación de nosotros mismos como respuesta a la seductora llamada que un día nos hizo. Y si el don no se ha hecho plenamente, si no lo damos todo, un día u otro querremos anular el contrato, cumpliéndolo mientras tanto de mala gana. La vida monástica sólo es soportable si hay un compromiso de amor renovado sin cesar.

Cuando somos ya profesos nos podemos olvidar de esa donación de nosotros. Esto sucede en primer lugar en las cosas pequeñas, que no se dan importancia. Quizá entregados a otras actividades más importantes podemos pensar que nos estamos entregando totalmente, pero si no vivimos en las cosas cotidianas la fidelidad de amor que es la única que proporciona paz y alegría, siempre estaremos quejosos, envueltos en razones demasiado humanas. Si la fidelidad matrimonial es difícil a pesar de sus compensaciones, ¿cómo será posible la fidelidad religiosa si no se alimenta con un intercambio de amor constante? El don de nosotros mismos no es un papel firmado el día de la profesión que luego lo guarda el abad, es un amor vivo. Y ese amor se alimenta en cada momento, en la multitud de cosas pequeñas que jalonan nuestra jornada.

El enamorado vive atento a la persona que ama, buscando agradarle en todo, teniendo iniciativas para que se sienta feliz, pues viéndola feliz se siente feliz él mismo. El enamorado en la vida religiosa mantiene esa misma actitud. La presencia continua que tiene de Aquél que le sedujo es lo que le mueve a dar sentido a todo, a olvidarse de sí mismo, a entregarse generosamente, a saber aceptar las contrariedades con alegría como una oblación personal, a no rehuir los trabajos, e incluso a estar atento para poder intuir qué es lo que el Señor le pide y si le puede ofrecer algo de sí como expresión del amor. Quien ama a Dios de esta forma está amando a sus hermanos, y éstos lo captan perfectamente, pues la cabeza –Cristo- es inseparable del cuerpo.

En fin, el maestro de novicios no tiene que idear cosas raras para probar la humildad de los candidatos. Ni ellos mismos tienen que hacer cosas especiales para vencer la soberbia. Basta con aprovechar las adversidades, las expectativas no cumplidas, acoger las respuestas no esperadas o los desprecios, prejuicios y valoraciones injustas, sin replegarnos en una autocompasión estéril. La vida misma nos da multitud de oportunidades, basta con estar muy atentos para no dejarlas pasar de largo y tener un gran amor para dar contenido a todo ello sin que nos tengan que dar muchas razones humanas que lo justifiquen. Entonces se estará preparando el camino para la humildad de corazón que Dios da como regalo a los sencillos y que será lo que nos prepare el corazón para poder ver su rostro.