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Viernes, 20 Febrero 2015 09:53

Capítulo VI-2

LA TACITURNIDAD

(RB 6-02) 26.08.12

                La sobriedad y discreción de San Benito aparece continuamente a lo largo de su Regla. También sucede esto cuando se refiere a la taciturnidad y al silencio. Como botón de muestra cabe el compararlo con su fuente inmediata, la Regla del Maestro, para darnos cuenta qué poco amigo es de las elucubraciones gratuitas. Para el Maestro el alma está encerrada en el cuerpo y posee dos ramificaciones especialmente vulnerables al pecado: los ojos, que son sus ventanas, y la boca, que es su puerta. Nos dice: “Nuestra alma tiene una puerta concreta: la boca; y una cerradura: los dientes, que ella puede cerrar a las conversaciones perversas, de suerte que al alma no le cabe excusarse diciendo que el Hacedor se olvidó de proveerla de una sólida guarda. Es decir, que cuando un pecado surgiere de la raíz del corazón y se apercibiere de que la clausura del muro exterior -esto es, la boca y los dientes- le deniega la salida, regresando nuevamente a la raíz del corazón, morirá allí abortado, y estrellado como un niño contra la peña, antes que, naciendo por medio de la lengua, crezca para la condenación” (RM 8, 21-23).

                Ni qué decir tiene que todo el prolijo preámbulo de la RM a este capítulo, la RB lo omite. San Benito no es muy proclive a las elucubraciones del Maestro. Él escribe una regla de vida y quiere centrarse en lo concreto, indicándonos lo que debemos hacer y las ventajas que ello tiene para lograr el objetivo que deseamos alcanzar.

                Fijémonos que la primera razón que da San Benito para guardar silencio no es eminentemente positiva, como pudiera ser la escucha de la palabra de Dios, alcanzar el sosiego de nuestra mente o el equilibrio interior, etc., sino que pretende simplemente evitar el pecado. Con la lengua alabamos a Dios, pero también hacemos daño a los hombres, hechos a imagen de Dios, como nos recuerda el apóstol Santiago. Si en el mucho hablar no se evitará el pecado, en la parquedad de palabras parece que se evitarán muchas ocasiones de pecado. La vida algo nos enseña a ese respecto.

                Dice la Regla: Enseña aquí el profeta que, si a veces hay que renunciar a conversaciones buenas por razón de la taciturnidad, ¡cuánto más hay que abstenerse de las conversaciones malas por el castigo que merece el pecado! Por lo tanto, aunque se trate de conversaciones buenas y santas y de edificación, dada la importancia de la taciturnidad, no se conceda a los discípulos perfectos, sino raras veces, licencia para hablar; porque escrito está: “Si hablas mucho, no evitarás el pecado”; y en otro lugar: “Muerte y vida están en poder de la lengua”. Además, hablar y enseñar incumbe al maestro; callar y escuchar corresponde al discípulo. Por eso, cuando sea necesario preguntar algo al superior, pregúntese con toda humildad y respetuosa sumisión.

                La razón negativa inicial es completada por el mismo San Benito con dos citas más de la Escritura y se le añade una nueva razón positiva: hay que guardar silencio para poder escuchar y aprender. Al maestro le toca hablar, al discípulo, callar y escuchar. Para San Benito la actitud primordial del monje es la de querer seguir al Maestro escuchándole con docilidad. Ese Maestro con mayúscula tiene sus mediaciones. Lo más importante para el monje es saber escuchar lo que el Espíritu le está diciendo a través de esas mediaciones, de los acontecimientos o de la voz del Maestro interior –ya que creemos en la inhabitación de Dios en nosotros-, que habla en la paz del corazón y no en la tempestad de nuestras pasiones. El silencio ya no es sólo de la lengua, sino de la mente y del corazón. La escucha ya no es sólo del oído exterior, sino del interior.

                En cualquier diálogo tenemos que escuchar para responder. No basta con esperar a que el otro termine de hablar para decirle lo que teníamos guardado. Esto se puede hacer estando simplemente en silencio. La taciturnidad es el buen uso de la palabra que sabe responder a lo escuchado. Así nosotros podremos ir dando respuesta a la voz del Espíritu que habla continuamente en nuestro interior. Cuando no oímos nada, cuando no nos cuestionamos interiormente ni somos capaces de una sana autocrítica, debemos preocuparnos, algo está pasando. Cuando pretendemos responder sin haber oído, también debiéramos preocuparnos. En el primer caso quizá estemos demasiado ruidosos interiormente. En el segundo, quizá estemos manifestando necesitar afianzar nuestra precaria imagen.

El silencio debe ser siempre fruto del amor receptivo como la palabra debe brotar de un corazón puro. No se trata de un silencio vacío que daña las relaciones. Si dos monjes viven juntos sin tener nada que decirse, vivirán uno junto al otro utilizándose según el propio interés, pero sin compartir nada ni estar verdaderamente atentos a la necesidad del otro, en actitud de escucha silenciosa. El verdadero silencio brota siempre del amor y engendra vida y alegría a su alrededor. No es un silencio que separa, sino que une a los hermanos. Es un silencio que toma conciencia de la presencia de Dios en el propio corazón y en el seno de la comunidad. Para esto se requiere un esfuerzo de todos, pues el metal precioso no aparece sino tras haber quitado la escoria.

                Cuando el concilio Vaticano II nos habla de la obediencia, la presenta como una actitud de escucha a Dios y a los hombres. La obediencia se debe a Dios. La palabra discernida es la escucha del Espíritu en la palabra del hermano y del superior. A ambos corresponde escuchar y obedecer.

                La actitud de la escucha, por lo tanto, es la actitud que nos muestra al verdadero discípulo, al que se siente discípulo, al que quiere ser discípulo yendo tras los pasos del Maestro y responder a sus palabras. Medir el silencio por el número de palabras dichas, el volumen empleado, el lugar o el tiempo donde se dicen o con quién las digo, es importante, pero no basta. Todos nosotros somos diferentes, tenemos necesidades distintas, sentimientos diversos, hasta timbres de voz muy variados según nos haya tocado en suerte. Por eso, con el silencio puede suceder como con los alimentos, que San Benito tenía cierto apuro a la hora de legislar para personas tan distintas. Es por ello que siempre se buscan unos límites que puedan ser asumidos por todos y favorezcan una vida comunitaria y personal en nuestro camino monástico y cenobítico. De ahí que la misma RB hable de silencio como norma clara al referirse a algunos lugares y tiempos concretos, como ya hemos visto. Más o menos es lo que nosotros llamamos lugares regulares. Su intencionalidad es siempre para no molestar a los demás y crear un clima y disciplina que nos ayude a todos.

                Fuera de este silencio normativo se nos invita a vivir la taciturnidad, es decir, el buen uso de la palabra, en su doble vertiente: evitar su tendencia a murmurar del hermano -algo que se hace más fácilmente en las conversaciones frívolas- y fomentar su dimensión espiritual cuando se responde a una escucha atenta con actitud humilde. A este respecto es curioso constatar cómo San Benito se refiere a la humildad tanto en el silencio como en el uso de la palabra. Ese es el programa que se nos ofrece y al que debemos tender a pesar de nuestras muchas limitaciones que nos llevan a decir del otro cuando nos sentimos aludidos: “y tú más”. Y, como todos pecamos, pues habremos de responder: efectivamente, yo más, pero así nunca podremos avanzar, porque nunca querremos escuchar lo que se nos dice.

                 La palabra puede ser motivo de gran gozo en una vida comunitaria, pero también motivo de gran sufrimiento. Guardando los límites propios de una vida monástica, debiéramos esforzarnos todos para que nuestra palabra fuese motivo de gozo para los hermanos. Debemos convencernos que no vale decir todo lo que nos viene en gana. Las palabras groseras suelen resultar molestas, aunque uno busque presentarse con ello más libre y natural. Las palabras hirientes no suelen ser sanadoras ni sirven para corregir. El “cantar las verdades” no nos hace más auténticos. Si tomamos verdadero empeño en cuidar el lenguaje los unos con los otros, podremos mejorar mucho nuestras relaciones fraternas y la calidad de nuestra vida interior. Con frecuencia ni nos damos cuenta, pues cuanto más rudos somos, menos sensibilidad tenemos. Pero en eso sí que nos podemos ayudar todos a afinar nuestros modos y nuestras palabras. Entonces la comunidad ejercitará positivamente su labor pedagógica en la escuela que formamos.