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Viernes, 20 Febrero 2015 09:52

Capítulo VI-1

LA TACITURNIDAD

(RB 6-01) 19.08.12

                El capítulo 6 de la Regla nos habla de la taciturnidad, que alude a la actitud silenciosa que debe tener el monje. No podemos hablar verdaderamente de lo que no existe. La nada, nada es, y sólo se puede entender después de la creación. Sólo podemos hablar de aquello que existe, bien sea para afirmar o para negar, para estimular o para limitar. Si hablamos de oscuridad es porque existe la luz, siendo la oscuridad ausencia de luz. Si no existiese la luz nos sería imposible hablar de oscuridad, pues no tendríamos siquiera conciencia de ella. Al hablar de la taciturnidad, de lo que estamos hablando en realidad es del uso de la palabra y del valor de su ausencia para el ser humano y para el monje en particular.

                El libro del Eclesiastés dice: “Hay tiempo de callar y tiempo de hablar” (Qo 3,7). Cuando los antiguos escribían en los papiros de forma seguida, sin dejar casi espacio entre las palabras ni separación de frases, hacían sumamente difícil la lectura. La música que no tiene silencios se hace estresante. La persona que no para de hablar resulta agotadora, es como una casa con la puerta de la calle abierta en un día de mucho viento.

                Las cosas adquieren mayor relieve en los espacios vacíos, dando a éstos un valor en el conjunto. Los espacios vacíos son una de las diferencias más evidentes entre una pinacoteca y un almacén de cuadros. Así sucede con el silencio, que permite resaltar la palabra en su belleza y profundidad. La palabra es un medio que tenemos para abrirnos al otro, una puerta por la que sale nuestra intimidad y dejamos entrar la del otro. Nunca puede ser una apisonadora, sino que está en función de la persona -del beneficio que le produce personalmente- y en beneficio de la relación interpersonal.

                Como la palabra es un vehículo de relación, necesita espacios de silencio para acoger la palabra del otro y espacios de silencio para ofrecer ordenada y profundamente la propia palabra elaborada interiormente. Por eso se dice con frecuencia que lo más importante es comprobar cuál es la calidad de nuestra palabra, de lo que decimos y de lo que callamos. Si la calidad de nuestra palabra, de lo que comunicamos, es alta, entonces la relación entre los hermanos lleva a una comunidad de amor, con profundas raíces existenciales. Pero si la calidad de nuestra palabra es pobre, se entorpecen las relaciones, fomentando un conjunto de torbellinos bajo el mismo techo que soplan más que alientan, que usan de la palabra más como vehículo para achicar el agua de la propia barca inundada, que como medio de relación interpersonal. Es lo que también nos puede suceder en nuestra vida de oración, cuando el silencio desaparece para estar todo nuestro tiempo, todo nuestro corazón y todo nuestro entendimiento envueltos en un ajetreo de palabras, sentimientos o inquietudes que nos impiden acoger la palabra de Aquél que sólo se le oye en el susurro de la brisa.

                La taciturnidad es sinónimo de escucha y de respeto. Quien niega el valor de la taciturnidad niega el valor de la escucha y de la relación. La taciturnidad es la capacidad de usar con discreción la palabra en una respetuosa escucha de los otros y del Otro. Curiosamente Qohelet nos dice: Hay un tiempo para callar y otro tiempo para hablar, en ese orden y no en el inverso. ¿Y cómo sabemos si ejercitamos la taciturnidad adecuadamente? Muy sencillo, basta con preguntarnos aquello que nos recordaba D. Bernardo Olivera: “¿he escuchado antes de hablar?; ¿sé lo que quiero decir?; ¿es con él con quien tengo que hablar?; ¿es el momento y el lugar adecuado?; ¿me comunico, informo, me lamento o murmuro?”

                La Escritura nos habla con frecuencia de esta realidad, especialmente en los libros sapienciales: ¿Quién no pecó nunca con su lengua? (Ecl 19, 16); la palabra oportuna es un tesoro y engendra alegría (cf. Prov 15, 32; 25, 11); al necio se le descubre por sus palabras y, si guarda silencio, aún puede pasar por sabio... Y el apóstol Santiago nos invita a estar más prontos para escuchar que para hablar (St 1, 19).

                En la tradición de los Padres del Desierto éste era un tema frecuente. Evagrio nos dice con su gran sabiduría: “Habla (...) lo necesario, en un tono conveniente y apropiado (...). Guárdate de decir cosa alguna que no hayas examinado por ti mismo. Guárdate, asimismo, de esconder por envidia la sabiduría a quienes no la poseen”. Y abba Poimén analiza un poco más allá: “Los hay que aparentemente callan, y su corazón está condenando a los demás; los tales, de hecho, hablan sin cesar. Al contrario, alguno está hablando desde la mañana hasta la noche, y guarda silencio, pues no dice nada que no tenga una utilidad espiritual”. Esta es la clave para los Padres del monacato: la calidad y experiencia de lo que decimos. A esto habría que unir la dimensión de respeto creando un ambiente en la comunidad, algo que ellos, por vivir solos, no tenían necesidad de recordar. Quien no muestra respeto al hermano cuando se dirige a él, hace que su palabra quede vacía antes de abrir la boca.

                Lo verdaderamente importante para el monacato es que la palabra esté animada por el Espíritu. Por eso el padre espiritual es, ante todo, un portador del Espíritu. Por eso San Benito dice que al maestro le toca hablar y al discípulo escuchar. Quien puede hablar desde el Espíritu se transforma en maestro que sabe hacerlo en el momento y modo adecuado para edificar. Mientras que el que no habla movido por el Espíritu, más le valdría guardar silencio para acogerlo de aquél que sí lo posee.            Algo de esto parece insinuarnos San Benito ya desde el comienzo de este capítulo de la Regla cuando nos dice aludiendo al temor del salmista: Hagamos lo que dice el profeta: “Yo dije: Vigilaré mi proceder para no pecar con la lengua. Pondré una mordaza a mi boca. He enmudecido y me he humillado, y me abstuve de hablar aun de cosas buenas” (Sal 38, 2-3).

San Benito no nos habla del silencio sin más. Él prefiere hablar de la taciturnidad, que tiene un sentido más positivo, más en la línea del buen uso de la palabra que del mutismo. El silencio alude a la abstinencia de la palabra, por lo que emplea este término cuando se trata de concretar los momentos en los que hay que guardarlo efectivamente (silencio nocturno, en el comedor, durante la siesta y al salir del oratorio). La taciturnidad, en cambio, es el hablar con moderación y discreción. Denota el hábito de guardar silencio para que la palabra sea más apropiada. Pero aún así, comienza avisándonos del peligro que tiene la palabra. Un peligro del que, sin duda, tuvo experiencia en la vida comunitaria. Quien es capaz de dominar su lengua entra en el grupo de los “perfectos” de los que nos habla la carta de Santiago: Quien no cae en falta al hablar, ése es varón perfecto, capaz de controlar todo el cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que nos obedezcan, y poder así dirigir todo su cuerpo. Lo mismo pasa con los barcos: por muy grandes que sean y por muy recio que sea el viento que los impulsa, un pequeño timón basta para que sean gobernados a voluntad del piloto. Pues lo mismo pasa con la lengua: es un miembro pequeño, pero capaz de grandes cosas (St 3, 2-5).