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Sábado, 18 Marzo 2017 17:38

Capítulo 58 (6)

MODO DE ADMITIR A LOS HERMANOS

(RB 58-06)

La obediencia es el segundo aspecto en el que se manifiesta el deseo de la búsqueda de Dios. San Benito nos habla de ella desde el inicio de su Regla. Para él, un novicio que no sea pronto a la obediencia no puede ser admitido a la profesión, pues la actitud de la obediencia es algo fundamental en la búsqueda de Dios. Quien no es pronto a obedecer a sus superiores y a los hermanos en general, ¿cómo va a estar abierto a dejarse transformar por la gracia? En realidad quien es pronto a la obediencia manifiesta su capacidad de escucha del otro y predisposición a cambiar (conversión) si es preciso, sin encerrarse en su propio yo. Quien no vive el espíritu de obediencia siempre encuentra alguna justificación para mantener su postura.

La obediencia monástica no se parece en nada a la obediencia a que están sometidos tantos hombres y mujeres en nuestra sociedad. La obediencia monástica es una obediencia teologal. El obrero no obedece a su jefe, sino que le hace caso para recibir una contraprestación, un jornal. El soldado obedece a su superior porque no le queda más remedio: o se somete a los galones o se va a la “sombra”. Los hijos obedecen a sus padres mientras son pequeños por temor a ser castigados, por no perder su cariño o incluso por amor. La obediencia religiosa es otra cosa. Nadie viene al monasterio como a una empresa. Ni es metido en él “por servir a la patria”, que dicen en el ejército. Ni le une a los hermanos lazos de sangre. Si venimos aquí es porque hemos sentido la llamada del Señor que nos invita a seguir sus pasos.

Nuestra obediencia es una opción libre que encuentra su significado en la obediencia de Jesús hasta la muerte. Él es el hombre nuevo que nos muestra el camino de retorno al Padre. Hacer su mismo camino, camino de obediencia a la voluntad divina, es responder a los designios de Dios sobre nosotros y alcanzar así nuestra plenitud humana. Por eso es claro que obedecer de mala gana no vale para nada. Quien tiene que ser siempre convencido o conquistado para que obedezca no parece que tenga mucha vocación, pues ésta se deja hacer y busca dar la propia vida por los demás.

Hablar hoy de obediencia parece que resulta difícil, ya lo hemos dicho otras veces. Con frecuencia la autoridad está en crisis, no se la acepta y por ello no se ejerce con responsabilidad. Por supuesto que los “argumentos de autoridad” hace tiempo que dejaron de tener peso, y mucho menos para los jóvenes. La obediencia se considera como una actitud infantil, propia del que es incapaz de enfrentarse por sí mismo con la realidad y, por consiguiente, como algo que impide crecer a la persona. Esto ha llegado a extremos que parecen olvidar la realidad profunda del ser humano, que necesita puntos de referencia, valores donde apoyarse, y no sólo el propio yo, que con sus vaivenes esclaviza más a la persona. Hacer del propio yo el único punto de referencia válido es peligroso.

La obediencia madura implica una opción libre y un acto de fe y de amor a la persona a la que se obedece. Por eso quien no acepta la obediencia de ningún tipo se parece a aquel que pregona defender a ultranza su libertad sin llegar nunca a ejercitarla realmente al no tomar una opción que necesariamente implica la exclusión de sus contrarias. Así, por temor a perder la libertad se vive sin ella, sin ejercitarla. La obediencia ejercida libremente hace crecer a la persona porque significa que pone en práctica elementos tan constitutivos de la misma como son la libertad, la confianza en el otro y el amor. La obediencia cristiana nunca anula nuestra personalidad, pues no se trata de una obediencia irracional o infantil, sino que tiene un hondo sentido teologal, como os he dicho.

La postura que hoy se tiene frente a la obediencia contrasta mucho con la obediencia que nos presenta San Benito, quien vive en una atmósfera de fe y desde la fe afronta todos los problemas que puedan surgir en la obediencia. La obediencia es para nuestro abad el primer escalón por el cual retornamos a Dios del que nos apartamos por la desobediencia.

Bien sabemos cómo en la Biblia la obediencia no aparece como una sujeción que se soporta de mala gana o como una sumisión pasiva. Se trata más bien de una libre adhesión al designio de Dios que se nos presenta de una manera misteriosa, y que nosotros acogemos desde la fe, entrando así en el gozo de servir a nuestro Señor.

La creación misma aparece como obediente a su Creador. Los seres obedecen y alaban a Dios siendo aquello para lo que han sido creados. Cristo aparecía dando órdenes a los seres creados (calma la tempestad, seca la higuera, etc.) y los seres le obedecen, no así todos los hombres. Al carecer de libertad, los seres no pueden sino obedecer, lo cual ya no es una obediencia moral como en el caso del hombre, que por haber sido creado libre, puede ejercer efectivamente esa libertad acogiendo o rechazando a su Creador. Por eso nuestra obediencia va más allá de la obediencia infantil, es una obediencia adulta que desea hacerse ciega para así ponerse en manos de Aquél en quien confía como un acto de amor.

La desobediencia en el pecado original aparece en la Escritura como la causa de todos los males que después vinieron, arrastrando en su rebelión a todos sus descendientes. Son las consecuencias de nuestros actos que producen hijos o bastardos según nuestra decisión. Dios puso a prueba al hombre en el paraíso pidiéndole que se fiara de él y le obedeciese, pero el hombre desobedeció. En realidad Dios no tienta a nadie, como nos dice Santiago, por eso el mandato de Yavé a nuestros primeros padres no se puede entender como una tentación, sino más bien como la “necesidad” que libremente Dios se ha puesto de que el hombre le ayude en sus designios de salvación. Dios exige nuestra obediencia porque tiene un designio que realizar, que nosotros desconocemos, y por lo que pide nuestra adhesión confiada.

Recordamos a Abraham, quien aparece como el padre de los creyentes porque obedece a Dios fiándose de él contra toda esperanza, pudiendo hacer así Dios su obra salvífica por medio de él. O la alianza que Dios hace con su pueblo, en la que exige la obediencia a sus preceptos como contrapartida del pueblo para llevar a cabo la obra salvadora hacia la tierra prometida. Y, como no, el sí de María.

Pero siempre debemos mirar a Cristo como la razón de la obediencia cristiana. Toda la vida de Jesús está sellada por la obediencia. Es una obediencia radical al Padre: para esto he venido, para hacer la voluntad de mi Padre que me ha enviado (Jn 6, 38; Mt 26, 39), y que humanamente se presenta aceptando la autoridad de los que ejercen tal ministerio: obedeciendo a sus padres (Lc 2, 51 condensa los 30 años de la vida oculta de Jesús con la expresión “y les estaba sometido”) o a las autoridades legítimas (Mt 17, 27). La obediencia de Jesús brota de su amor total al Padre, amor que se expresa en una actitud obediente que “escucha” y acata por la fe la voluntad de aquél a quien ama. No existe auténtica obediencia cristiana si no está motivada por el amor, pues la obediencia del cristiano no es la obediencia temerosa del esclavo ni del soldado ni del asalariado, sino la del hijo libre que se siente amado y ama. Cristo fue delante de nosotros y la comunidad cristiana en él encontraba su apoyo cuando cantaba aquel hermoso himno de la carta a los Filipenses 2, 6ss: Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz. Por eso Dios lo encumbró sobre todo... Fue el amor el que motivó su obediencia, y su obediencia le desinstaló, le puso en camino, como Abraham, pero de forma más sublime.