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Sábado, 25 Febrero 2017 20:53

Capítulo 58 (3)

MODO DE ADMITIR A LOS HERMANOS

(RB 58-03)

Tras un primer momento de prueba antes de entrar en el monasterio, se debe continuar el discernimiento del candidato dentro del mismo. Para ello se le deja entrar, pero no pasa a comunidad, sino que debe permanecer unos días en la hospedería. Es algo que se acostumbraba a hacer en el monacato antiguo de forma aún más exigente. Casiano nos dice que en el monacato egipcio el que entra en el monasterio debía vivir un año en la portería u hospedería con el anciano encargado de los huéspedes, en donde debía trabajar en lo que se le mandara con humildad de corazón.

Como podemos ver San Benito alude continuamente a la paciencia como el primer criterio de discernimiento vocacional: no se debe admitir fácilmente al candidato; debe estar varios días en la puerta llamando; después debe estar varios días en la hospedería; en el noviciado se le debe probar y ver si lleva con paciencia las humillaciones propias de la vida comunitaria; hay que observar hasta dónde llega su paciencia, nos dice también; se le deben recordar las cosas duras y ásperas del camino estrecho que lleva al Señor, etc. Está claro que quien tenía la paz como lema de la vida monástica deseaba que los que llegaban al monasterio se iniciaran desde el comienzo en dicha “ciencia de la paz “, la paciencia.

Después estará en el noviciado, donde han de ejercitarse en la “meditatio”, comer y dormir. Se les asignará un anciano que sea apto para ganar las almas, que velará por ellos con la mayor atención. Una vez que la vocación ha sido probada inicialmente y se ha identificado en el candidato esa semilla vocacional que Dios ha puesto en él, San Benito quiere cuidarla con el mayor esmero para que se desarrolle. Por eso nos habla de un lugar concreto donde realizar esto: el noviciado. Para él es claro que el noviciado es una etapa que requiere un lugar y una atención muy especial. Después del Concilio algunos pensaron que el noviciado no era necesario, y ni siquiera el maestro de novicios, “pues los novicios deben estar con la comunidad para que ella los eduque con su misma vida”. ¡Gran fracaso se cosechó allí donde tal idea se llevó a cabo! Olvidar que las semillas necesitan un vivero con tierra y cuidados especiales, que las plantas más tiernas requieren un lugar propicio hasta que crezcan, es desconocer la sabiduría de la naturaleza. San Benito quiere que haya un noviciado donde se puedan desarrollar monásticamente las vocaciones sin que se pierda ninguna.

En el noviciado los novicios deben estudiar, comer y dormir, es decir, es donde deben hacer todo menos el oficio divino y el trabajo. Además es el lugar donde se dedican a la meditatio, que suponía aprender de memoria largos textos, especialmente bíblicos –los salmos-, y recitarlos en voz alta. También allí debían estudiar y hacer la lectio divina. Con ellos ha de estar un “anciano” o maestro de novicios al que San Benito pide dos cualidades fundamentales: ser apto para ganar almas y velar atentamente sobre los novicios que se le han encomendado. Es evidente que el “ganar almas” sólo lo puede hacer la misericordia de Dios, es algo exclusivo del Señor: Si Dios no construye la casa, en vano se cansan los albañiles, si él no convierte el corazón, nada pueden hacer las muchas palabras y ni siquiera los ejemplos de vida. Quien crea tener cualidades suficientes para ganar almas, quizá esté confesando con ello mismo su ineptitud, pues le falta la cualidad principal: la humildad de saberse mera mediación de Dios. Quien olvida esto puede llegar a ganar almas, pero no para Dios, sino para sí mismo. Es lo que sucede con ciertos líderes religiosos visionarios y carismáticos que arrastran tras de sí a personas débiles que terminan fanatizándolas, privándolas de libertad. Ganar almas para Dios es saber orientar a los otros tras los pasos del Maestro, tratando de desaparecer uno mismo para no confundir. Como auténtico padre, debe dejar crecer a sus hijos, sin preocuparse cuando se alejan para volar por sí mismos. Pero es curioso cómo con frecuencia se encuentran en todas las comunidades personas que se creen capacitadas para ser maestros de novicios, que critican duramente al existente y que buscan por todos los medios ejercer su magisterio. En realidad más parece que se trata de una necesidad personal: necesitan tener discípulos a los cuales adoctrinar. Y, ¡qué gran paradoja!, nunca ningún abad los puso a ellos de maestros. Si primero no somos capaces de ser maestros con la propia vida, difícilmente lo seremos por la palabra, máxime hoy que los espíritus no están proclives a una docilidad ausente de crítica. La comunidad, por su parte, debe ser toda ella maestra de vida con su ejemplo y su oración, estando en comunión con aquél al que se le ha encomendado la misión de acompañar a los novicios en nombre de la comunidad.

Pero el hecho de que el ganar almas sea algo exclusivo del Señor, no dispensa al maestro de novicios el “ser apto para ganar almas”. Ser apto requiere, en primer lugar, no ser un estorbo a la gracia. Ser apto es servir de modelo a los novicios en donde poderse mirar, no tanto en la perfección de todas y cada una de las prácticas monásticas y cristianas, sino en la actitud de un corazón que busca con sinceridad al Señor en el camino monástico, que trabaja por convertirse diariamente al evangelio, que trata de vivir la caridad y que nunca desespera al vivir de la presencia de Dios por la fe. Sólo así podrá tener la experiencia que le capacite acompañar a otros; saber distinguir el camino que lleva al Señor del que aparta de él; saber discernir la acción del Espíritu en el interior de cada novicio, animándole a seguir con gallardía tras los pasos del Maestro. Además, no lo podemos olvidar, se trata de una misión recibida, de un carisma, que Dios procura adornar con su gracia ya que es para el bien común.

La otra cualidad que pide San Benito al maestro de novicios es velar atentamente sobre ellos. Esto no tiene nada que ver con una vigilancia fiscalizadora. Quien confunde el velar con una vigilancia pormenorizada, exaspera al novicio y demuestra que está más preocupado por el cumplimiento exacto de las normas o de su propia doctrina que por la conversión del corazón. El que todo se haga debidamente da seguridad y produce satisfacción por la buena imagen ante los demás, pero no es lo principal. El maestro debe velar por los novicios con la máxima atención, en una actitud de estar atento y saber esperar, sin ser esta una espera pasiva, sino activa. Dios sabe velar por su pueblo, pero no llevando cuentas del mal, sino estando atento por si desfallece o si se aparta del camino emprendido. Entonces envía a sus profetas para animarlo con sus signos y estimularlo a la conversión, y Dios espera. Lo más importante no es que el novicio sea un dechado de perfección en el cumplimiento de todas las normas de vida, sino que verdaderamente oriente su corazón hacia Aquél que le ha llamado. La coherencia de vida mostrará hasta qué punto es real esa conversión. Eso es lo que debe vigilar atentamente el maestro. Por ello el primer criterio que manifiesta su autenticidad es ver si de verdad busca a Dios. ¿Pero cómo saberlo? Por las obras, esto es, si pone todo su celo en la obra de Dios, en la obediencia y en las humillaciones de la vida cotidiana, que ya veremos más adelante.

El maestro de novicios no es más que un hermano que ha recibido ese cometido. Su labor la hace en nombre de la comunidad, pues es ésta la que acoge al candidato y lo forma hasta que se constituya en un miembro pleno, comprometido por el voto de estabilidad. Por esa razón también se deben pedir a la comunidad esas dos cualidades que se piden al maestro de novicios: que sea apta para ganar almas y que vele celosamente por el don que ha recibido de Dios en la persona de sus nuevos miembros. Si una comunidad no es apta porque no vive con gozo su vocación monástica ni su búsqueda de Dios, el maestro de novicios, por muy bueno que sea, no podrá hacer nada. Lo que se enseña en el noviciado pierde su efecto si no se ve en comunidad, hasta el punto que el novicio pueda llegar a pensar: “son cosas del maestro”. El novicio necesita una formación sólida y coherente. Ya llegará el día en que partiendo de la base recibida vaya formando su pensamiento enriqueciéndolo con su propia idiosincrasia. Las confusiones en este terreno, aún si son fruto de consejos bien intencionados para animar al novicio cuando es reprendido, no suelen dar buenos resultados, máxime si encima se les está educando en la libertad. La comunidad que trasluce una profunda vida de fe y oración, donde la caridad es una realidad visible, donde el deseo de Dios se manifiesta en la forma de pensar, de valorar las cosas, de defender las ideas, de crear cauces nuevos, donde se está abierto a aquellas formas nuevas que el Señor nos pueda pedir, esa comunidad será apta para ganar almas.

La comunidad que ora por las nuevas vocaciones que recibe, que las acoge como un regalo de Dios, que se esfuerza por no escandalizar y sí ser ejemplo de vida, que sabe esperar con paciencia y activamente el crecimiento en la fe de los novicios, que se muestra como una madre que enseña y transmite lo que ha recibido al mismo tiempo que acoge lo que el novicio trae, esa comunidad vela de verdad por sus nuevos miembros y no es quisquillosa, fijándose sólo en las meteduras de pata propia de todos los que comienzan o en las debilidades del que aún no es fuerte. Cuando una comunidad es madre, sin ser madraza-abuela ni madrastra, entonces ha recibido el don de la maternidad y puede ser buena maestra de novicios.

El concepto de ganar almas, que no es propio de San Benito sino que lo encontramos en otros padres del monacato anteriores como San Pacomio (cf. Vida segunda, 24), implica un reto. Siempre hay que esforzarse si se quiere ganar algo. Cuando alguien viene a nuestro monasterio y se ha discernido su vocación, se debe mostrar todo el empeño por ayudarle a caminar. No podemos conformarnos con decir de uno que tenía o no vocación en función de que se haya quedado o marchado. La comunidad tiene un reto en formar al novicio sosteniéndolo en su camino vocacional. Y no se debe perder uno solo de los que el Señor pueda llamar.