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Sábado, 10 Diciembre 2016 17:34

Capítulo 56

LA MESA DEL ABAD

(RB 56)

El capítulo 56 de la RB es sumamente corto. Se refiere a la mesa del abad, quienes deben comer en ella y por qué. A nosotros nos puede resultar un poco extraño que se trate este asunto, pero San Benito habla de ello por la importancia que tiene ese momento en la vida comunitaria y el agasajo que muestra con los huéspedes y con algunos hermanos por algún motivo concreto.

En la mesa del abad habrá siempre huéspedes y peregrinos. Pero cuando no los haya, está facultado para llamar a los hermanos que quiera. Con todo, se dejará siempre a uno de los ancianos con los hermanos, a fin de mantener el orden.

El momento de la comida es importante no sólo porque recibimos el alimento que nos mantiene en pie, sino por el hecho de recibirlo todos juntos, como comunidad. Los hermanos deben comer todos juntos, sin excusarse injustificadamente. La ausencia impuesta de la mesa común constituirá un doloroso castigo.

Pero, paradójicamente, aparece aquí la mesa del abad. ¿Dónde se encontraba esa mesa? Hay quien piensa que en el mismo local de la comunidad, pero otros muchos piensan que en un lugar aparte, pues se dice que la mesa del abad debe tener cocina aparte (RB 53, 16), que en honor a los huéspedes puede dispensarse de los ayunos menores, que el abad debe dejar siempre algunos ancianos con los hermanos para mantener el orden y, cuando habla de la lectura en la comida, dice que en la mesa de los hermanos no debe faltar la lectura, pudiendo el superior (no dice el abad) hacer algún comentario. De hecho San Benito tampoco dormía en el dormitorio de los monjes, sino que vivía en un torreón aparte. Igualmente vemos cómo los novicios tienen un comedor separado en el noviciado, donde han de hacer toda su vida.

Sea como fuere, lo que San Benito quiere resaltar es la acogida especial que se debe dar a los huéspedes y peregrinos. Es el abad el principal interlocutor. Si en los huéspedes y peregrinos se reconoce a Cristo, es lógico que sea el mismo abad el que los atienda y coma con ellos. Esta actitud con los peregrinos nos recuerda dos características de la vida cristiana: peregrinamos hacia Cristo y permanecemos en él. Para nosotros, que permanecemos en el monasterio -la casa del Señor-, el peregrino es Cristo que pasa, y nosotros somos para el peregrino Cristo que le acoge y le invita a comer con él. Como el que representa a Cristo en la comunidad es el abad, es lógico que él sea quien acoja al peregrino y reciba en él a Cristo que pasa por nuestra casa.

Acoger bien a la persona es más valioso que lo que podamos darle. Con frecuencia agasajamos dando cosas, pues pensamos que así cubrimos la necesidad del otro y eso es lo más importante. Sin duda que tiene su valor, pues, como nos dice la carta del apóstol Santiago, de nada vale desearle buen provecho a un hambriento si no le damos nada de comer. Pero todos tenemos nuestra dignidad, y no aceptamos algo que nos humilla. Al necesitado le duele que le den algo mostrando indiferencia o displicencia, que lo hagan sin mirarle siquiera a los ojos, como le dolería a cualquiera de nosotros. Quien da sin acoger, ofrece un regalo envuelto en un papel grasiento y sucio. La acogida, la deferencia para con el otro, es el mejor regalo, que sin duda va acompañado de lo que el otro necesita. Sentirnos acogidos con respeto engrandece el regalo mismo.

Comer con los huéspedes era para los antiguos un derecho y un deber del cabeza de familia. Cuando uno acude a un lugar se siente más importante si es la autoridad misma la que le acoge y, además, le sienta a su mesa. Cuando esto sucedía en el monasterio había que tener en cuenta a la comunidad. Al comer los huéspedes con el abad en un lugar aparte, se evita perturbar el clima de silencio de los hermanos, tan fácil de quebrantarse en la relajación que conlleva toda comida. Este mandato viene recogido en algunas de las fuentes de San Benito como fue la llamada Regla de los IV Padres: “a los peregrinos no se les permitirá comer más que con el superior, para que puedan edificarse”. Es de suponer, claro está, que el abad debe ser lo suficientemente comedido para dar ejemplo al huésped. Sin embargo, es admirable la actitud que llegaban a tener los Padres del desierto en su relación con los huéspedes. Casiano nos recoge algún ejemplo: “Recuerdo que en Egipto siempre se quebrantaba el ayuno con motivo de nuestra llegada a los distintos monasterios (...) Un solitario me invitaba, durante la refección, a tomar todavía alguna cosa. ‘No puedo más, no me apetece’ -le dije-. Él entonces distribuyó otra vez la comida, al mismo tiempo que me decía: Es la sexta vez que pongo la mesa para diferentes hermanos que me han visitado; he comido con cada uno de ellos para inducirles a tomar alimento, y la verdad es que tengo hambre todavía. Y tú, que estás en la primera refección, ¿dices que ya no puedes más?” (Inst. 5, 25). Por esto San Benito quiere que el abad no se haga escrúpulo de romper los ayunos menores al comer con los huéspedes en honor a ellos, para que se sientan cómodos.

Cuando los huéspedes son pocos es más fácil que la mesa del abad esté en el comedor de los hermanos, entonces el abad puede invitar también a algún monje para que coma con ellos. Esto puede resultar extraño y hacer pensar en una aristocracia dentro del monasterio. Pero es indudable que a los monjes de entonces no les parecía mal, lo que hoy quizá resultase difícil de aceptar. No obstante, podemos ver en ello una posibilidad que tiene el abad de premiar a los hermanos y darles así un reconocimiento público que sirva de estímulo al interesado y a los demás. También puede servir como un signo de cercanía que ayuda a vitalizar las relaciones.

Pero siempre, esté donde esté la mesa del abad, se ha de cuidar la supervisión del orden en la comunidad, por lo que nunca puede faltar algún anciano en la presidencia de la mesa comunitaria. Salvaguardar el orden es una de las mayores preocupaciones de San Benito.