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Viernes, 20 Febrero 2015 00:05

Capítulo IV-8

CUALES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS

(RB 4-08) 01.07.12

El capítulo sobre los instrumentos de las buenas obras termina resaltando algunos aspectos muy relacionados con la vida comunitaria: Practicar con obras todos los días los preceptos del Señor, amar la castidad, no aborrecer a nadie, no tener celos, no obrar por envidia, no ser pendenciero, huir de la altivez. Venerar a los ancianos, amar a los jóvenes. En el amor de Cristo, orar por los enemigos; hacer las paces antes de la puesta del sol con quien se haya reñido. Y jamás desesperar de la misericordia de Dios.

En primer lugar nos anima a amar la castidad, y lo hace encabezando un conjunto de temas propios de las relaciones personales en comunidad. En un contexto general, la castidad se entiende como la sana ordenación de la sexualidad desde el amor, el respeto y el dominio personal. En el contexto de una vida monástica, consagrada por los votos, la castidad no es sólo continencia ni celibato, sino la vivencia de la propia sexualidad de una forma ordenada y buscando tener un corazón abierto a todos. Al no vivir en pareja se experimenta un cierto vacío aceptado libremente –pues no ha sido impuesto por acontecimientos de la vida- para acoger a todos, un vacío para ser llenado en una apertura más universal desde un amor de “hermano/a”. Es una opción de vida que sólo se entiende desde la pretensión de seguir el mismo estilo de vida de Jesús de Nazaret como signo del Reino futuro, donde ni hombres ni mujeres se casarán, siendo además algo que se recibe como don gratuito del Señor para el anuncio del Reino.

Por eso mismo, el monasterio es una buena escuela donde trabajar el propio corazón. La RB nos recuerda que podemos llegar a aborrecer a algunos, a tener celos, a ser envidiosos, a armar bronca (ser pendencieros), a ser arrogantes. Eso daña las relaciones, pero puede existir sin duda alguna. Por eso mismo debemos trabajarnos, ya que no hay camino espiritual posible que no pase por un trabajo real del propio corazón. Experimentar todo eso tiene, paradójicamente, su lado positivo. Sabemos que el Señor es compasivo y misericordioso desde toda la eternidad, pero fue al acercarse más plenamente a nuestra realidad humana, al hacerse uno de tantos, cuando pudo experimentar nuestra misma condición. De este modo pudo ser verdaderamente com-pasivo con los que padecían al haber padecido él mismo, pudo ser misericordioso con los que experimentan la miseria al haberla experimentado él mismo. Por eso, la experiencia en nosotros de la arrogancia, la ira, los celos, la envidia, la lujuria o cualquier otra pasión, nos hace más sensibles a los que la padecen, y su trabajo en nosotros nos permite una ayuda más humilde y comprensiva con los que padecen esas mismas cosas.

Pero no basta con defendernos. Toda buena batalla hay que planificarla desde el ataque. Quien sólo se defiende, termina sucumbiendo. Quien se lanza decididamente hacia adelante, sin olvidar proteger sus flancos débiles, termina venciendo. Y si nuestra defensa es el trabajo del propio corazón frente a las pasiones, el ataque no es otro que el crecimiento en el amor. Hay quien, contemplando sus debilidades, se anula y paraliza, sin percatarse lo mucho que puede hacer a pesar de todo. Por eso la conclusión de San Benito es aleccionadora: vivir desde el amor; venerando a los ancianos, al reconocer su entrega en la vida, el camino que han hecho, la sabiduría que han acumulado, su fragilidad actual; amando a los jóvenes, reconociendo en ellos su generosidad, el ardor juvenil que les hace entregarse de corazón, aunque les pueda faltar todavía el tino adecuado, aceptando una inexperiencia que se irá transformando en fruto maduro con el tiempo; orando por nuestros enemigos o los que nos caen mal, no para que se corrijan y dejen de incordiarme, o para que Dios les perdone por lo pecadores que creemos son, sino para que también ellos hagan un camino que les pueda llevar a la perfección del amor. Y como al final no podremos evitar el polvo del camino, los roces de toda convivencia, los sentimientos egoístas que nos enfrentan, las heridas que tenemos y que nos hacen especialmente sensibles, nos queda el camino de hacer las paces antes de acabar el día.

En comunidad, como en cualquier matrimonio o grupo de vida, hemos de preguntarnos al comenzar cada día qué podemos hacer para acrecentar la comunión, y concluir la jornada intentando echar aceite sobre las heridas que nos hayamos podido hacer. Es muy importante que veamos la comunidad como una empresa de todos, que debemos construir cada día, que no podemos dejar de cuidar con mimo, caminando todos en una dirección que hemos decidido crear en común desde nuestra vocación cisterciense.

Y al final: Jamás desesperar de la misericordia de Dios. No desesperar de la misericordia de Dios jamás, es confiar en él siempre, sabiéndonos amados como hijos. Eso mismo podríamos decir un día de la comunidad si trabajamos en mirarnos como un solo cuerpo, con misericordia, arropándonos en nuestro caminar y nuestras debilidades, sintiendo a los otros parte mía, mirando nuestras diferencias no como un obstáculo, sino como una oportunidad que nos permite abrir nuestro amor a una dimensión más universal y gratuita, más “fraterna”, más al estilo de Jesús. Y quien no desespera es que espera, espera en sí mismo, intentándolo una y otra vez, a pesar de los fracasos, del miedo, de todo lo que se nos ponga por delante. Espera también en el hermano, sabiendo que su camino es lento y a tropezones como el nuestro, pero que puede seguir hacia adelante, y más aprisa irá si ve en nosotros un motivo de esperanza, un apoyo que le alienta y no le anula, le pone en ridículo o le coloca tropiezos, unos hermanos que confían en él y saben tener misericordia, aunque a veces le exijan fraternalmente. Y si Dios sabe lo que somos y tiene misericordia con la experiencia del que ha vivido nuestra miseria, nosotros mismos estamos llamados a actuar del mismo modo con los hermanos para que éstos se sientan confortados.

Estos instrumentos del arte espiritual, nos dice San Benito, hemos de utilizarlos con perseverancia, con el tesón del que cree en aquello que busca, y que al final obtendrá la recompensa de la plenitud del amor, pues la otra vida es la continuación de ésta en plenitud. Estos son los instrumentos del arte espiritual –concluye San Benito-. Si los utilizamos incesantemente día y noche, y los devolvemos el día del juicio, el Señor nos recompensará con el premio que él mismo prometió: “Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1Cor 2,9). Así como hayamos vivido, así será la capacidad del habitáculo que hayamos ido formando, donde cada uno llegará a ver su vaso lleno, pero siendo los vasos de cada uno de diferente tamaño. Aquí estamos llamados a vivir en el amor lo que luego experimentaremos de forma plena.

Bien sabemos que San Benito no es una persona teórica, sino un hombre muy práctico. El no nos da teorías sobre un camino, sino que nos invita a realizar el camino, a sentirlo, a llenarnos de polvo, a levantarnos cuando nos caemos en él, sabiendo que al final hay una meta que cada uno se va fraguando. No explica las etapas ni nos cuenta experiencias sublimes, simplemente nos invita a caminar. Y ese camino pasa necesariamente por el crisol de la comunidad, despertadora de todas nuestras limitaciones, sostén en nuestras fatigas, estimuladora en nuestras perezas, antídoto frente al autoengaño, buen termómetro de nuestra temperatura espiritual. Por eso concluye: El taller donde hemos de trabajar incansablemente en todo esto es el recinto del monasterio y la estabilidad en la comunidad.

 

Vivir en comunidad es obligarnos a hacer un camino que es más que unos ejercicios ascéticos, una superación de nosotros mismos, una piedad personal, nos obliga a salir constantemente de nosotros mismos y a dejarnos contrastar. Requiere paciencia e insistencia, perseverar en la obra comenzada. Camino serio y reconfortante cuando la comunidad vive en comunión. Permanecer en nuestra estabilidad es dar tiempo a la hora de Dios, dejarnos hacer por la gracia, pues la transformación del corazón es lenta y muchas son las ilusiones del camino. Esa perseverancia es un don que debemos pedir, pues excede las propias fuerzas. Don que reciben los humildes que perseveran sin desesperar nunca de la misericordia de Dios.