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Viernes, 20 Febrero 2015 00:05

Capítulo IV-7

CUALES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS

(RB 4-07) 24.06.12

La Regla continúa en el versículo 59 relacionando dos elementos que me gustaría presentar en sintonía con la espiritualidad de algunos Padres y de los primeros cistercienses. El versículo se inicia con la frase de Gálatas: No realizar los deseos de la carne (5,16). Pasa enseguida al mandato de aborrecer la propia voluntad y obedecer los preceptos del abad, aún en el caso que él -Dios no lo permita- obrase de otro modo, recordando aquel precepto del Señor: “Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen”.

Cuando San Pablo habla de no realizar los deseos de la carne lo dice en contraposición a la vida según el Espíritu. Los deseos de la carne no son primeramente los deseos del cuerpo, que tiene sus necesidades legítimas, sino los deseos carnales que no están “orientados” por el Espíritu. Todo me está permitido, mas no todo me conviene (1Cor 6,12), nos recuerda San Pablo. Es importante que tengamos muy presente la antropología que subyace en ese pensamiento desarrollado por la tradición patrística y por nuestros padres cistercienses. El alma que vivifica nuestro cuerpo es algo más que un alma animal, buscadora instintiva de la supervivencia, la procreación y el bienestar. Nuestra alma tiene una vertiente espiritual que nos proyecta a valores superiores. Es la doble imagen del animus y del anima, alma “masculina” y alma “femenina” que vivifican tanto al varón como a la mujer. En este sentido, el anima debe someterse siempre al animus, el instinto a la razón, para que haya armonía en nuestra casa corporal (tanto en la del hombre como en la de la mujer). En esta línea se debieran interpretar ciertos textos bíblicos –que, como diría Orígenes, no tienen sentido literal, pero sí espiritual- en una comunidad cristiana donde ya no hay hombre ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús, estando jerarquizados no por nuestra condición sexual, sino por nuestro servicio y obediencia mutuas. Lenguaje que no siempre se entiende al leer la palabra de Dios, por lo que, como decía San Pablo cuando hablaba del don de lenguas, hay que preguntarse si no es mejor callarse para no escandalizar cuando no hay nadie que traduzca para los no iniciados que nos escuchan.

Para que no predomine el anima sobre el animus, sino que le esté sumisa, es importante escuchar la voz de éste, para vivir así según el espíritu, que vivificará nuestras necesidades humanas. La obediencia al abad en este contexto podemos interpretarla como un reconocimiento del carisma recibido, carisma espiritual que va más allá de su valer personal y de sus mismas carencias. Su papel, como el del animus, busca discernir nuestros deseos, animando a un dominio de sí que no nos permita enredarnos en nuestros caprichos, lo que además nos abre a horizontes mayores. Mi yo corporal se reduce a las dimensiones corporales del espacio y del tiempo que terminarán desapareciendo. Mi yo espiritual, sin embargo, es lo que me abre a los otros y me trasciende, lo que me hace sentir miembro de algo más amplio, entrando en comunión con la humanidad y con el Espíritu de Dios que todo lo vivifica. Guiar mi pequeño yo desde el animus espiritual, me provocará insatisfacción inmediata por no poder dar rienda suelta a todos mis apetitos, pero me abrirá a los demás. Así sucede en el interior de cada uno y en el seno de la comunidad.

Continúa este capítulo de la RB con una frase tomada de la Passio Iuliani (46): No desear ser tenido por santo sin serlo, sino serlo efectivamente, para que como tal le consideren con toda justicia. ¿Por qué habríamos de desear ser tenidos por santos? Sin duda porque para nosotros ese es un ideal de vida, si es que superamos ciertos rechazos del lenguaje posconciliar y una visión perfeccionista que se aleja de la santidad de Dios en el amor. Es curioso que cada uno tienda a presumir del camino que ha comenzado, deseando que los demás le consideren en un estado avanzado del mismo. El que ha terminado una carrera universitaria se esfuerza por presentarse como tal profesional siempre que puede, apresurándose a hacer tarjetas con su nombre y su profesión y dejar testimonio de ello en todo membrete que le afecte. Y tanto más lo hará cuanto más principiante sea. Necesita ser reconocido por los demás para darse seguridad de ser o tener lo que, quizá por el momento, tan sólo puede ansiar. Pero incluso a un aprendiz de ratero le gusta ser tenido por carterista, estafador o ladrón reconocido. Cada cual quiere que los demás le reconozcan lo que aún no tiene pero se ha puesto en camino para alcanzarlo. Y, paradójicamente, cuanto más se ha avanzado en el camino, menos preocupación hay de que los demás me reconozcan lo que yo ya sé que poseo.

Querer ser tenido por santo es signo de que valoramos la santidad, al mismo tiempo que revela que todavía no la tenemos. Con frecuencia confundimos nuestros deseos con la realidad. Iniciamos un camino y pensamos que ya somos maestros del mismo. Pero eso no es así. Es cierto que podemos engañar a los de fuera, pero no a los de dentro ni a nosotros mismos. Cuando vamos a un hospital y vemos a alguien con bata blanca y un fonendoscopio al cuello, le tenemos por médico, pero algunos no tienen más que el título y la bata, aunque les agrada se les llame doctor. Bien sabemos que a nosotros nos sucede lo mismo, y tanto más cuanto más lejos estemos de la realidad. San Benito nos pone los pies en el suelo y nos recomienda trabajar primero en lo que deseamos, sin buscar un reconocimiento que nos puede distraer y engañar. Los reconocimientos han de venir solos si quieren ser auténticos. La verdad se impone por sí misma y no por las muchas palabras que salen en su defensa.

Y San Benito da una lista muy concreta de una vida en santidad que viene a reducirse a la vivencia del amor. Pero para ello recuerda que debemos huir de la vanagloria y no caer en los celos o la envidia. La primera nos impide ver más allá de nosotros mismos, al estar tan preocupados por nuestra imagen. Lo segundo, nos impide ver con claridad, incapacitándonos para ver lo bueno y recto de los hermanos. Mal consejeros son los celos y la envidia, absolutamente incompatibles con el amor cuando les hemos dado consentimiento. Bien lo sabemos, la santidad no es otra cosa que la vivencia del amor que se da gratuitamente y que acoge misericordiosamente. Y la vivencia del amor es como un estado, donde el anima se deja gobernar por el animus y mira siempre a su modelo, el Espíritu de Dios. Los actos de amor no son más que el reflejo de una vivencia interior, del que se ha dejado transformar. Quien así vive no busca ser reconocido, aunque todos lo reconocen. ¿Cómo solemos actuar? Si nos examinamos lograremos descubrir las causas por sus efectos, la realidad en la que vivimos por la imagen que transmitimos.