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Viernes, 20 Febrero 2015 00:04

Capítulo IV-6

CUALES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS

(RB 4-06) 17.06.12

La RB no pretende otra cosa que mostrarnos un camino a seguir en la vida monástica, para lo que unas veces anima y otras corrige. Por eso los instrumentos de las buenas obras contienen prescripciones negativas y positivas. Nadie puede caminar siendo siempre empujado, como si le tuviesen que obligar a mover los pies. Cierto que en algún momento todos necesitamos ser empujados y animados, pero no avanzaremos si nosotros mismos no tenemos la decisión de caminar. El niño es animado más insistentemente porque aún no puede comprender la importancia del camino, vive en su mundo primario de sentimientos y necesidades, no siente la atracción de un amor mayor, por lo que sus padres toman la decisión por él y le animan continuamente. No puede suceder lo mismo con los adultos. Nosotros podemos y debemos ser corregidos, pero no podemos caminar a base de continuas correcciones, pues tal actitud nos mantendría en una infancia perenne, movidos sólo por el temor, sin la fuerza del amor. Necesitamos razones positivas para caminar. Razones que salgan de lo profundo de nuestro corazón y de nuestra mente, sin que nos lo tengan que recordar continuamente. Para ello necesitamos alimentar nuestra vida espiritual, la fuente que llevamos dentro y que nos marca el camino y nos anima a seguirlo, sabiendo que una fuente seca no da agua por más que la mojemos. Por eso, para alimentar esa vida en verdad, San Benito nos invita a confrontarnos con la palabra de Dios. Así continúa diciéndonos en sus instrumentos de las buenas obras: Escuchar con gusto las lecturas santas, postrarse con frecuencia para orar, confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas, y de esas mismas culpas corregirse.

 Dos son los pasos fundamentales: confrontarse y corregirse. La corrección que nos viene de fuera nos endereza el camino, pero sólo mientras dura dicha corrección, como el que levanta el pie del acelerador cuando ve la proximidad de un radar, pero sin estar convencido de lo conveniente de no correr tanto. En cambio, la confrontación personal que nos hacemos cuando nos examinamos a nosotros mismos, esa que nos impulsa a acoger lo que hemos ido buscando en las “lecturas santas” y en la oración, eso sí que nos mueve a reconocer nuestra propia culpa. Sólo ese reconocimiento interior es el que nos impulsa a una corrección verdadera y durable, pues es como asentar al “corrector” en nuestra propia conciencia y en el deseo del corazón.

Nuestra opción de vida monástica pasa necesariamente por un confrontarnos con la palabra de Dios y el evangelio de Jesús, pues no vivimos un sustantivo genérico, sino uno adjetivado, es decir, no somos sólo monjes, sino monjes cristianos. La lectio divina nos hace vulnerables y receptivos al Espíritu. Las “lecturas santas” también nos interpelan al ver cómo la gracia ha actuado en otros que nos participan de su experiencia. La oración nos deja ante la desnudez del propio corazón, de forma silenciosa pero no aislada. La confesión de nuestras culpas nos reconcilia con la verdad, nos quita el gran peso del disimulo, nos hace más libres y humildes y, por ello, transmisores de gozo y esperanza para los que nos rodean.

Por ello debiéramos preguntarnos qué lugar reservamos en nuestra vida al cultivo de un verdadero tiempo de escucha y oración. Como sucede con todo, al principio cuesta permanecer en algo que supone empeño, algo que no produce el gusto agradable e inmediato de lo fácil, entretenido y superficial. Pero cuando uno ya se ha ejercitado, goza con su práctica, palpando más la creatividad de sus frutos que la aridez de su ejercicio. San Benito nos recordaba que al principio todo cuesta, pero después se disfruta. El gran problema de los perezosos es que les cuesta durante toda la vida porque nunca se han entregado plenamente a ello, y eso les lleva a desistir o buscar otras ocupaciones.

Nosotros, de forma muy especial, necesitamos una vida seria de oración, pues sin ella no se puede sostener lo que en ella se basa. Igual sucede con el reconocimiento humilde de nuestras culpas, que no sólo nos mantiene en la verdad, sino que facilita unas relaciones fraternas con unas personas igual de débiles que nosotros que necesitan comprensión y esperanza. Perdonarme a mí mismo y sentirme perdonado por Dios es reconfortante, pero si además me siento perdonado de corazón por los hermanos, el gozo llega a su plenitud. Además, el ver la confesión del otro y su reconciliación, suscita en mí una esperanza capaz de sostenerme y de abrirme al humilde amor fraterno.

 

La confesión y el reconocimiento del propio pecado resulta difícil en una cultura que quiere hacer desaparecer todo sentimiento de culpabilidad o remordimiento. Si es verdad que una culpabilidad insana paraliza y hay que evitarla, el perder todo sentido de culpabilidad nos hace vivir los actos de nuestra vida de forma un tanto inconexa, con una división que termina siendo dañina. Podemos equivocarnos, podemos pecar o caer, si lo reconocemos, asumimos y buscamos superarlo, entonces habremos integrado esos errores en el curso natural de nuestra vida. Pero si no los miramos, seguirán estando ahí, en una incoherencia que mezcla los opuestos de forma que termina dividiendo a la persona, haciendo que opte abiertamente por lo que no desea o haciéndola vivir en una enajenación que oculta todo aquello que no le gusta como si no existiera, como un niño que se tapa los ojos para pensar que no está o ha desaparecido lo que no le gusta. Eso dificulta enormemente el camino y el aprendizaje. Todo árbol hermoso tiene su historia y sus raíces, y aún los inviernos duros le favorecen. De nada le valdría disimularlos.