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Sábado, 13 Agosto 2016 09:11

Capítulo 50 (2)

LOS HERMANOS QUE TRABAJAN LEJOS DEL ORATORIO O ESTÁN DE VIAJE

(RB 50-02)

Si San Benito no quiere que ningún monje se excuse del rezo del oficio divino cuando se encuentra lejos del monasterio o va de viaje es porque considera que el monje lo es siempre allí donde esté. Siendo su vida totalmente dedicada a Dios, debe hacer su ofrenda de alabanza en su corazón, no dependiendo de las circunstancias que le envuelven, sino por el amor y unión a Dios que le caracteriza.

No cabe duda que no faltan ocasiones donde poner a prueba nuestra fidelidad. Somos olvidadizos y fácilmente nos entretenemos con un sinfín de cosas, máxime cuando salimos fuera, por eso mismo la oración de las horas se presenta como un medio muy eficaz que nos ayuda a tomar conciencia de lo que somos a lo largo del día, de nuestra consagración a Dios. Si nos mantenemos fieles a la liturgia de las horas, ella se encarga de ayudarnos a mantener la fidelidad del corazón avivando la presencia de Dios a lo largo de la jornada. Fidelidad que tanto más necesitamos fortalecer cuanto más enfrascados estamos en quehaceres diversos, a veces fuera del monasterio. Además, la oración de las horas no sólo tiene la eficacia de mantenernos unidos a Dios, sino que nos mantiene unidos a los hermanos en aquello que más crea comunidad: la oración.

Hablar de obligaciones hoy día parece que produce alergia. El deseo de libertad no ve con buenos ojos las imposiciones, aunque, paradójicamente, el hombre de hoy esté obligado multitud de veces a hacer aquello que no quiere, desde un trabajo que no le gusta pero que necesita, hasta afrontar las situaciones más complicadas o tener que obedecer a las señales de tráfico o semáforos cuando se tiene prisa. En nuestro caso la situación es distinta, pues se trata de una obligación que nosotros libremente asumimos al escoger este género de vida, facilitándonos el fin que perseguimos. Así como libremente nos obligamos a un horario que nos mantiene una jornada en armonía, asimismo nos obligamos a una oración continua que encuentra un gran apoyo en la oración de las horas. Por eso la fidelidad en este punto es necesaria y bienhechora, máxime cuando tenemos tantas razones realmente buenas para dejarla. De esta forma, la plegaria litúrgica nos ayuda a tener presente qué es lo más importante en nuestra vida. Si esto es así, es evidente que de nada sirve el limitarse a cumplir sin buscar en esa oración la oportunidad de elevarnos a Dios y alimentar nuestra vida espiritual.

Cuando salimos fuera corremos el riesgo de dejarnos llevar por las cosas que debemos hacer, sin quedarnos tiempo para la oración e, incluso, podemos vernos acechados por el pretexto de no desentonar respecto al ambiente. Puede parecer descortés o inoportuno retirarse para la realización de la oración de las horas. Si mantenemos la mentalidad de monjes allí donde nos encontremos, siempre vamos a aparecer un poco raros. Si nos preocupamos demasiado por no desentonar o queremos evitar no ser comprendidos, iremos abandonando muchas cosas importantes para nuestra vida monástica. No debemos temer afirmarnos como monjes mientras no sea por presunción u originalidad. En el fondo la gente espera que nos comportemos como tales. ¡Cuántas veces la simple presencia de un monje condiciona hasta el mismo lenguaje de los que hablan!, pidiendo perdón cuando se ha dicho algo inapropiado. El actuar como uno más para no ser notado puede que nos haga sentir más cercanos a la gente en cuanto diluidos entre la multitud, pero pudiera cuestionar también la significatividad de la vida que hemos decidido seguir. El signo se suele distinguir precisamente porque es significativo. Un signo no pretende llamar la atención como un payaso, para alimentar su ego, pero sí resalta de alguna manera y no busca esconderse en un anonimato que diluya su razón de ser. Somos monjes a tiempo completo y debemos hacer honor a lo que dicha palabra significa, unificando toda la realidad desde su vivencia y no diluyendo su vivencia en la realidad que nos rodea.

Si la oración de las horas es una expresión palpable de la oración continua en nuestra vida dentro del monasterio, mucho más la necesitamos cuando salimos, precisamente por el contexto más ajetreado en el que nos vemos obligados a estar. Así como el amor a una persona requiere gestos que lo expresen físicamente, pues no somos espíritus puros, así la oración de las horas es un hermoso apoyo para que el cuerpo se una al espíritu en su plegaria al Padre, pues en ella participan la vista, el oído, el habla y el tacto.

Este capítulo concluye refiriéndose a la oración de las horas con la conocida fórmula pensum servitutis. Hablar de la oración litúrgica como un peso o carga es algo que hiere nuestra sensibilidad. Pero si somos sinceros hemos de reconocer que sí cuesta, máxime cuando estamos solos. La oración es algo que necesitamos y a veces saboreamos sobremanera, pero también es cierto que la carne es débil y prefiere satisfacer los sentidos con multitud de cosas que no requieren esfuerzo. Ponerse a orar supone un esfuerzo, aunque siempre trae su recompensa. Todo camino espiritual requiere un empeño personal y cierto grado de renuncia. No asumir esto nos puede dejar en teóricos de una espiritualidad no experimentada en nosotros mismos. Pero San Benito no habla de pensum servitutis únicamente porque es algo que puede resultar costoso en ocasiones, sino porque es una tarea que nos hemos puesto al querer ser servidores de Dios. Estamos a su servicio. Y la principal tarea del servidor no es hacer cosas por o para su Señor, sino servir directamente a su Señor.

Que nuestro servicio sea grato a Dios, que nos ayudemos los unos a los otros porque sea un verdadero servicio de alabanza, y que si alguno flaquea, la comunidad salga valedora suya. Entonces podremos decir que formamos una auténtica comunidad en el Señor.