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Viernes, 20 Febrero 2015 00:03

Capítulo IV-5

CUALES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS

(RB 4-05) 03.06.12

Aunque estamos llamados a vivir confiados en el Señor, tal y como San Benito nos invita al comienzo de la segunda parte de los instrumentos de las buenas obras, sin duda que en nuestro camino nos tocará pasar por momentos difíciles, de lucha y tentación. ¿Qué hacer entonces?

San Benito nos presenta un proceso que va del temor al amor. En primer lugar nos invita a tener una actitud de siervos: temer el día del juicio, sentir terror del infierno, anhelar la vida eterna con toda codicia del espíritu, tener la muerte presente ante los ojos cada día, vigilar a todas horas la propia conducta, tener por cierto que Dios nos está mirando en todo lugar. El siervo teme, por eso, como Adán, se esconde de Dios. Pero vivir con el temor de ser sorprendidos y castigados, ya que no podemos evitar nuestra debilidad, es algo que no casa bien con el gozo y la alegría a la que son invitados los hijos del Reino. Por eso el camino a seguir debe ser otro. Si no podemos evitar caer, al menos no nos escondamos.

La confesión humilde de nuestra debilidad es el antídoto perfecto contra el temor, pues suscita la benevolencia de Dios y de los hombres y armoniza nuestra psije evitando el sufrimiento de la doblez y el temor que genera (escondimiento). Quien no reconoce su pecado trata de disimularlo ante sí mismo, ante los demás y ante el mismo Dios. Ante sí mismo, buscando justificaciones que nunca le terminan de convencer, por lo que le encaminan por el sendero de la doblez, del autoengaño, de una cierta enajenación, ya que en lo profundo de su ser no admite aquello que vive, por lo que la razón se esfuerza en negar lo que realmente sí vive. Ante los demás, busca justificarse con el disimulo y la agresividad, resaltando en los otros las propias incongruencias, para tratar de conseguir el ilusorio alivio que trae consigo el proyectar en los demás el propio pecado, juzgándolos y castigándolos con severidad, como si así nos sintiéramos liberados de la propia culpa; una culpa golpeada en la persona del hermano pero intacta en mí mismo. Es algo que realizamos sin ser conscientes de ello y sin hacer esfuerzo alguno por serlo, pues nos dejaría desnudos ante nosotros mismos. El disimulo ante Dios es tan burdo como inútil, y bien lo sabemos. Además tiene consecuencias terribles, pues nos tapa la fuente de la misericordia, viviendo en un temor que nos aleja del amor a nosotros mismos y a los demás.

Por eso San Benito nos invita a abrir el propio corazón, a reconocer lo que somos con humildad, a estrellar los pensamientos que nos turban contra la roca que es Cristo y abrirlos a un anciano espiritual: Estrellar inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que vienen al corazón y manifestarlos al anciano espiritual, nos dice. Sentimos lo que sentimos y no lo podemos evitar. Ello ni es malo ni es bueno. Nos vemos débiles en lo que nos vemos débiles. Caemos en lo que caemos. Llamar a las cosas por su nombre y reconocerlas es el principio de la sanación. Estrellar todo eso contra la roca que es Cristo, es pedir su gracia desde un corazón humilde. Abrirnos a un anciano espiritual es sicológicamente aún más sanador, pues nos ayuda a poner nombre a las cosas y afrontarlas con la naturalidad necesaria, evitando refugiarnos en nuestro mundo de ilusión tan engañoso.

El reconocimiento de nuestra situación es signo de haber adquirido la actitud de los pequeños a los que está reservado el Reino según Jesús. Quien no reconoce exteriormente su propia debilidad, fácilmente la mete en el baúl del inconsciente, apartándola de su consciencia por no podérsela permitir moralmente, y acrecentando con ello la dureza de sus juicios con los demás, tal y como ya he dicho. Tiene un dedo acusador que se levanta con facilidad sin haber hecho el camino de abajamiento que hizo el que pudiendo acusar nos dijo que no vino a juzgar. Sólo quien reconoce su propia debilidad se va humanizando con la benevolencia y la misericordia. ¡Cuánto engaño hay en las sutilezas de nuestra mente, viviendo en un mundo que nos fabricamos, incapaces de mirar de cara al mundo que tenemos delante!

Si es difícil que vivamos sin hacernos daño a nosotros mismos, también lo es respecto a los demás. San Agustín comparaba a las comunidades cristianas con un saco de piedras que a fuerza de rozarse se van puliendo, quedando finalmente como suaves cantos rodados. Un pulido no exento de dolor. Roce imposible de evitar. Pero ciertamente que sí lo podemos acrecentar o disminuir. Por eso no está de más el preguntarnos: ¿cuál es la vía por la que nos hacemos más daño de forma innecesaria? Nuestra forma de ser puede resultar una incomodidad para los hermanos, pero es inevitable. Nuestro acierto o desacierto en el desempeño de nuestros cargos, lo mismo. Nuestras inquietudes personales, humanas y espirituales, igualmente incomodan a los demás, aunque nos enriquezca a todos. Lo que sí hace daño innecesariamente es lo que sale de nuestra boca, nuestros juicios, críticas, maledicencias, palabras inoportunas. Si tenemos que aprender a comunicarnos, también tenemos que aprender a callar en el momento oportuno. Es por eso que la Regla enumera a continuación los siguientes instrumentos de las buenas obras: Abstenerse de palabras malas y deshonestas, no ser amigo de hablar mucho, no decir necedades o cosas que provoquen la risa, no gustar de reír mucho o estrepitosamente.

Salvo ciertas matizaciones que podemos hacer según la cultura en que vivamos, el fondo de la cuestión nadie lo podrá negar. El mismo Jesús nos recuerda que lo que nos daña no es lo que entra por la boca, va al estómago y termina en la letrina, sino lo que sale de la boca y brota de un corazón dañado. Igualmente dice San Pablo al hablarnos de los frutos del espíritu; o Santiago, que compara la lengua con el timón de un barco, capaz de guiarlo o estrellarlo; o los salmos y los libros sapienciales. Es algo que también nos lo dice el sentido común y la experiencia de la vida. Por eso es bueno que nos ayudemos a evitar las palabras que dañan, haciéndonoslo ver mutuamente, sin darles cancha, y nos estimulemos a que nuestras palabras sean amables. Pero esto no sale solo. ¿Cómo tener palabras amables con aquél que siento me rechaza, no me acepta como soy, me juzga o me critica y me mira despectivamente aunque no me lo diga? Si, como decía Jesús, lo que daña es lo que sale de la boca, no es por el hecho de salir de la boca, sino por revelar lo que hay en el corazón. Necesitamos técnicas humanas para llegar a una buena comunicación, pero difícilmente la alcanzaremos si antes no hemos preparado el terreno en el propio corazón por la acogida al hermano que tengo delante, y no al que quisiera que fuese.

 

Por otro lado, bien sabemos que no toda aparente alegría es tal. Somos unos artistas para no afrontarnos a nosotros mismos y podemos huir hacia adelante. ¡Con qué facilidad nos engañamos! Un proverbio dice: “No todo corazón que ríe está alegre”, y el libro del Eclesiástico afirma: El necio ríe estrepitosamente, pero el hombre sensato apenas sonríe en silencio (Ecles 21,20). Es cierto que cada uno tenemos nuestra forma de ser y de expresarnos, pero también es cierto que resultan sospechosas ciertas expresiones de felicidad ruidosa y aparente. San Benito nos invita a la moderación en todo, pues es el signo de un equilibrio interior. Ni por la nubes ni por los abismos. Y mucho menos pasar de lo uno a lo otro según venga el día. Si esto sucede, podemos pensar que más que expresar nuestros sentimientos, estamos siendo dominados por ellos. La felicidad a la que nos invita el Reino hay que manifestarla, pero no necesariamente de forma ruidosa.