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Sábado, 02 Julio 2016 16:32

Capítulo 49 (2)

LA OBSERVANCIA DE LA CUARESMA

(RB 49-02)

Cuando San Benito invita a vivir los días de cuaresma en toda pureza, no hace otra cosa que pedirnos estar alerta -en el capítulo IV nos dice: vigilar en todo momento nuestra propia conducta (RB 4, 48), para apartarnos de todo aquello que nos puede alejar de Dios-. Es la actitud del que ama y tiene una fina relación con el Señor, rechazando lo que pueda obstaculizar su adhesión a Dios. Eso es lo que significa vivir en toda pureza, vivir con y para el Señor. Toda renuncia o esfuerzo por ser mejores, por ser más puros, por crecer espiritualmente, si no tiene una referencia directa a la persona de Jesucristo, acabaría por decepcionarnos, pronto nos desanima­ríamos y perderíamos la verdadera razón de nuestras privaciones voluntarias. En lugar de purificar nuestro corazón purificaríamos el de nuestro prójimo con nuestra amargura, pues el que se renuncia a sí mismo por sí mismo, sin mirar al Señor, endurece el corazón y termina en un cumplimiento amargo incapaz de amar y comprender.

San Benito nos ofrece el programa para una actuación digna durante la cuaresma. En primer lugar nos manda abstenernos de todo vicio o pecado. Ciertamente que sin esta actitud previa de nada valen los demás sacrificios que nos podamos imponer. En la liturgia bautismal, antes de proclamar nuestro credo en Dios se nos pregunta si renunciamos a Satanás y sus obras. Los catecúmenos antes de recibir el bautismo han sido probados en esa renuncia. Los monjes, como todos los bautizados, no podemos actuar de manera diferente. De nada valen nuestros sacrificios -siempre elegidos por nosotros mismos- si antes no hemos renunciado de corazón al pecado, a lo que nos aparta de Dios porque es lo que él rechaza. Renuncia sincera y profunda, aunque sigamos experimentando nuestra debilidad. Y no siempre lo hacemos de corazón por acostumbrarnos a vivir en la casa del Señor pero no en el Señor, quien siempre pide más, pues el amor no tiene meta en esta vida, es insaciable por esencia.

Esa renuncia al pecado se expresa de múltiples formas. Hay pecados que dañan nuestra imagen, otros que dañan el corazón y otros dañan a los hermanos. Los que dañan nuestra imagen suelen ser los que más nos preocupan, y al mismo tiempo son los menos importantes e, incluso, pudieran servirnos para crecer en verdadera humildad. Cuando nos centramos en ser buenos cumplidores ante los demás, en tener una buena imagen, pero sin una intención auténtica, estaremos más atentos a evitar todo aquello que nos aparte del reconocimiento de los hombres que del Señor.

Son nuestras debilidades más visibles las que nos descubren lo que realmente somos ante los ojos de los demás y de nosotros mismos. ¡Cuánto daríamos por no tenerlas, o mejor, por poderlas disimular para que nadie las viese! Y no digamos si encima nos descubren en una flagrante contradicción con lo que aconsejamos a los demás. El humilde no se siente humillado por todo eso ni deja por ello de seguir aconsejando el bien a los demás, pero sí lo hará con mucha mayor benevolencia y comprensión, desde la humildad del que se sabe pecador y no se cree justo.

Los pecados de los que antes debiéramos apartarnos son aquellos que dañan más profundamente el corazón. Estos no salen a la luz tan fácilmente, pues los demás no los suelen captar con tanta evidencia. Por lo general, lo que se ve son las faltas consecuencia de una raíz dañada y oculta. Los pecados que más dañan el corazón son aquellos que no lo dejan crecer y lo ahogan. El mayor mal para un ser vivo es quitarle el agua, el alimento y el oxígeno. La muerte viene rápida, las otras enfermedades suelen ser más lentas aunque a veces más aparatosas. El alimento de Jesús era hacer la voluntad del Padre, escuchar al Padre, dejarse arrastrar por el espíritu del Padre. El alimento de sus discípulos no puede ser otro. No hay peor daño que el que se introduce sin hacer ruido. ¡Y qué fácilmen­te se introduce la escasez de alimento en nuestras vidas sin darnos cuenta! Todo lo demás puede tener arreglo, pero esto no, pues nos incapacita para renunciar a la soberbia y vivir según la humildad, nos impide controlar la ira y vivir desde la mansedumbre, nos vende al egoísmo sin dejarnos buscar primero el bien del otro y alegrarnos por ello, deja que nos sumamos en la tristeza privándonos de la alegría, nos hace sentir esclavos de la avaricia, la gula y la lujuria incapacitándonos el corazón para vernos libres de la concupiscencia de la carne, de los ojos y de la jactancia de las riquezas y gozarnos del dominio de nosotros mismos para la entrega generosa a los demás. Ese pecado tan dañino es el que no tiene perdón, es el pecado contra el Espíritu Santo, el cerrar nuestras puertas para no recibirlo, y lo hacemos cuando no estamos dispuestos a alimentar nuestro espíritu ni a vivir según lo que el evangelio nos pide en cada momento, cuando no llevamos dentro de nosotros sus valores y el deseo ardiente de hacer la voluntad del Señor renunciando a los razonamientos del pecado, a los valores del mundo.

Los pecados que dañan a los hermanos vienen todos de aquí. Un árbol dañado no puede más que dar frutos dañados. Un árbol sano, da siempre frutos buenos, aunque algunos de ellos se estropeen ocasional­men­te debido a una fuerte sequía, a una granizada, o a una plaga de insectos. Los hermanos saben distinguir todo eso. Por ello no nos hace tanto daño lo que se nos dice o hace como la intención con que se realiza, la mayor o menor malicia del corazón.

Pienso que San Benito no pretende que nos obsesionemos haciendo de nuestras vidas un búnker frente a los peligros exteriores representados en las tentaciones, o reprimiendo todo deseo opuesto a Cristo. Quien así vive, tarde o temprano sucumbe, pues las fuerzas se agotan y las defensas terminan agrietándose. San Benito quiere que también nosotros actuemos de una forma activa y combativa. ¿Cómo? Cuatro son las armas que nos invita a tomar: la oración con lágrimas, la lectura, la compunción del corazón y la abstinencia, como un vaivén que va de la mirada al propio interior a la mirada a Dios, para retornar de nuevo a nosotros en forma de purificación sanadora.

Oración con lágrimas es el primer paso. La oración con lágrimas es un término técnico que en la tradición monástica tenía un significado muy concreto. El don de lágrimas -que no es la facilidad para hacer "pucheritos"-, es el dolor sincero de nuestros pecados que no nos avergonzamos de ponerlos ante la presencia de Dios para que él nos purifique. Decirnos que debemos orar con lágrimas es darnos un toque de atención para que nuestra oración y relación con Dios no sea mera palabrería arrogante que da por supuesto la recepción de la gracia divina sin un auténtico dolor de los pecados. San Benito nos recoge esta idea en otros lugares de su Regla y así, de alguna forma, nos lo explica. Cuando nos habla de los instrumentos de las buenas obras, uno de ellos es confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas (RB 4,57). Cuando se refiere a la reverencia en la oración dice: Pensemos que seremos escuchados no porque hablemos mucho, sino por nuestra pureza de corazón y por las lágrimas de nuestra compunción (20,3). Cuando nos habla del oratorio del monasterio amonesta: Si en otro momento quiere orar secretamente, entre él solo y ore; no en voz alta, sino con lágrimas y efusión del corazón (52,4).

Es decir, la oración con lágrimas es la expresión de un verdadero dolor por las faltas cometidas y un implorar humildemente al Señor su benevolencia y perdón, hasta el punto que éste sólo llega si lo pedimos con dolor sincero. Hoy esto se nos olvida en parte y descafeinamos la vida espiritual. Nos olvidamos que la bondad infinita de Dios no nos exime del verdadero dolor interior y deseo de su perdón, y, sin embargo, en el evangelio aparece multitud de veces cómo el Señor nos invita a ello: oración del fariseo y publicano; oración del hijo pródigo, que pudo no haber vuelto, pero volvió; oración de la pecadora que recibió el elogio: al que mucho amó mucho se le perdonó, al que mucho se le perdonó mucho amó, quedando el fariseo Simón, que había invitado al Señor a su casa, sin recibir esos frutos; etc. El mismo papa Francisco, con el modo sencillo y pedagógico de los signos que tanto le gusta, hace unos días nos ha mostrado su propia humanidad pecadora confesándose públicamente. Sé que para todos nosotros es evidente, pero siempre que hemos visto a un papa en la celebración de ese sacramento era confesando a otros, no él mismo. Nuestra grandeza está en la presencia de Cristo en medio de nosotros. Nuestra fortaleza está en nuestra humildad.