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Viernes, 20 Febrero 2015 00:02

Capítulo IV-3

CUALES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS

(RB 4-03) 13.05.12

Después del primer grupo de instrumentos de las buenas obras, que no son otra cosa que los mandamientos recibidos en el Decálogo del AT, viene un segundo grupo (vv. 10-19) que alude al NT, especialmente por su referencia a Cristo y a las obras de misericordia por las que se nos juzgará el último día según nos dijo Jesús (Mt 25): Negarse a sí mismo para seguir a Cristo. Castigar el cuerpo, no darse a los placeres, amar el ayuno. Confortar a los pobres, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, dar sepultura a los muertos. Ayudar al atribulado, consolar al afligido.

En esta segunda sección se nos pide negarnos a nosotros mismos para seguir a Cristo. Sabemos lo difícil que resulta en una cultura reivindicativa todo lo que sea negarse, aunque al final se acepte si nos lleva al fin pretendido. Para nosotros ese fin es seguir a Cristo respondiendo a una llamada que hemos recibido. En la capacidad de negación, entrega y sacrificio juega mucho la sensibilidad de cada uno y el grado de profundidad y empeño en su respuesta vocacional. Nos podemos implicar del todo e ir a por todas, o nos podemos contentar con lo imprescindible. Nos podemos conformar con no infringir la ley o podemos bucear en las exigencias del amor.

San Benito nos comparte su experiencia monástica. Tras la invitación a la propia abnegación para ir en pos del Señor, nos recomienda “castigar el cuerpo”, ¡ya empezamos! Esta frase tenía un sentido muy concreto en la antigüedad. Se entendía espontáneamente como ayunar (cf. Colaciones 1,10 y 21,5). En la misma línea está el “no darse a los placeres”, de la mesa, como entiende la RM (53,24 y 90,21). Y más claramente la afirmación positiva de “amar el ayuno”, una realidad presente en la vida y enseñanza de Jesús. A continuación vemos cómo sigue una serie de renuncias personales como obras de misericordia (aliviar a los pobres, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, dar sepultura a los muertos, ayudar al atribulado, consolar al afligido), esto es, se nos pide una renuncia personal en favor de los hermanos, disponibilidad a morir a nosotros mismos para dar vida en los otros, algo completamente natural en la cultura cristiana que une el ayuno a las obras de caridad, pues un ayuno sin amor es soberbia y no puede ser grato a Dios ni a los hombres.

Negarse a sí mismo en beneficio del hermano es imitar al Señor Jesús encarnado en los que sufren. Por eso nos manda no adormecernos en los deleites, pues ¡qué difícil es vivir en la opulencia y ser sensible al mismo tiempo a las cosas y necesidades ajenas! El estómago lleno y el corazón satisfecho adormecen el espíritu. El que voluntariamente se vacía, el que no pretende dominar o poseer, a nada se ve atado, siendo libre para salir de sí mismo hacia los demás. Es una invitación a vivir nuestra vida monástica “encarnada”, nuestra experiencia de Dios concretizada en los hermanos y en los pobres. Por eso es tan valiosa la vida comunitaria en toda búsqueda de Dios. La vida monástica es una vivencia muy en lo concreto, viviendo en la presencia de Dios allí donde el monje se encuentre.

La tercera sección de este capítulo (vv. 20-33) tiene la misma estructura que la segunda, empieza con un llamamiento a la renuncia, no anteponiendo nada al amor de Cristo, para concretarse después en la vida fraterna: Hacerse ajeno a la conducta del mundo, no anteponer nada al amor de Cristo. No dejarse llevar por la ira, ni guardar resentimiento; no tener doblez en el corazón, no dar paz fingida, no abandonar la caridad. No jurar, por temor a hacerlo en falso. Decir la verdad con el corazón y con los labios. No devolver mal por mal, no ofender a nadie, antes bien sufrir con paciencia las injurias recibidas. Amar a los enemigos; no devolver maldición por maldición, sino bendecirles. Soportar la persecución por causa de la justicia.

En esta tercera sección hay un claro resabio del sermón de la montaña (Mt 5-7), la nueva ley propuesta por Jesús, el nuevo Moisés. Si Jesús, al ser preguntado por el primer mandamiento, respondió uniéndole el segundo, referido a nuestro prójimo-próximo, es para invitarnos a vivir el amor a Dios de una forma muy concreta. Y si somos lo suficientemente hábiles para convencernos que el amor a Dios no nos exige grandes renuncias al mantenerlo distante, la relación con los hermanos cercanos nos hace constatar que es imposible el amor sin un cierto sufrimiento y renuncia, pues los que viven juntos no pueden no molestarse. ¿Quién de nosotros no ha tenido en el trato con los hermanos sentimientos de ira, de malestar, deseos de injuriar, de hablar mal, doblez en sus intenciones, cansancio en la caridad, etc.?

El sufrimiento y la renuncia son reales. Ante ellos podemos optar por uno de los siguientes caminos: huir, soportarlos, o abrazarlos decididamente. Cuando lo abrazamos manifestamos nuestro deseo de crear buenas relaciones fraternas desde el amor y no sólo desde una paz exterior en la comunidad. Si cualquiera puede tener buenas relaciones con la gente buena, se necesita mucho amor para tenerlas con los no tan buenos. Todos disfrutamos si nos topamos con una comunidad modélica en el amor, pero no todos están dispuestos a trabajar por construirla cuando no existe. Resistir nuestros movimientos de ira, de envidia, nuestros deseos de venganza, de imponernos sobre los demás, no es tarea fácil. Estar dispuestos a limar nuestras aristas con el perdón dado y recibido, tampoco. Y sin experiencia del perdón, difícilmente construiremos la comunidad.

¿Pero cómo tener esa experiencia si tememos reconocer nuestra falta? Quien teme reconocer su falta, es esclavo de ella, pues la esconde sin mirarla, sin darse la posibilidad de la liberación que trae consigo su reconocimiento y el perdón recibido. En comunidad no podemos esconder fácilmente nuestras faltas, como no podemos hacerlo tampoco ante nosotros mismos. Más vale optar por el camino de la liberación que trae el reconocimiento de la falta y el perdón pedido y recibido. Si la madre de todos los vicios es la soberbia, el mejor antídoto contra ella son los actos de humildad, y no hay acto de humildad más efectivo que el pedir perdón directamente, sin rodeos. Al pronunciar con nuestros labios y escuchar con nuestros oídos esas palabras nos hacemos más humildes y ahuyentamos el espíritu de la soberbia, predisponiendo al hermano a la reconciliación. Quien no es capaz de pedir perdón con claridad y humildad, tenga por seguro que está dominado por el espíritu de la soberbia. Y quien no encuentre motivos para pedir perdón carece de sensibilidad espiritual, pues es imposible vivir con otros y no rozarlos. Además, Jesús no nos deja escapatoria, pues no pide que me reconcilie cuando yo tengo algo contra alguien, sino cuando alguien tiene algo contra mí, y estemos por seguro que eso siempre se da.

La vida monástica es más parecida a una vida de transparencia que a una vida de perfección. Si nacemos desnudos, muchas son las capas de pieles que nos vamos poniendo con los años para tapar nuestra desnudez. El trabajo por una vida transparente, que no perfecta, necesita un gran empeño por nuestra parte: personalmente, arriesgando; comunitariamente, acogiendo. Si nos empeñamos por vivir en la transparencia, podremos aportar algo profético a una sociedad que sabemos cómo cuida su imagen, y que no pocas veces valora más el propio éxito que la verdad o los derechos de los demás.

Cuando San Benito nos habla de todas esas corruptelas humanas, incluso de los enemigos, es que quizá también se den en los monasterios de una u otra manera. Ante esto, ¿qué hacer? Es cierto que todo ello no debiera haberlo, pero lo hay. Entonces podemos sentarnos a analizar la situación, a buscar sus causas y los mejores métodos para afrontar la mala comunicación, las envidias fruto de afectos no satisfechos o una autoimagen degradada, la ira que obnubila la mente y lleva a reacciones violentas, etc. Al final la mejor receta ya la sabemos: el amor, que es capaz de perdonarlo todo, incluso a nosotros mismos, de cargar pacientemente con las debilidades de los demás, de buscar el encuentro y rehuir el desencuentro, de buscar acoger antes que vencer.

Dicen que el general de un ejército sanguinario entró con sus tropas en una aldea y vio con orgullo que todos habían huido temerosamente a excepción de un hombre sosegado y con fama de santo. Encolerizado por su audacia de permanecer en el pueblo, le llamó y le dijo: “¿Sabes quién soy yo? Soy quien puede atravesarte con una espada sin pestañear”. Pero el hombre le replicó sosegadamente: “¿Y sabes tú quién soy yo? Soy quien puede dejarte atravesarme con una espada sin pestañear”.

 

La no violencia es el fruto más claro del amor, hace experimentar el éxito al que la vive y humilla al que la soporta. Vencer el mal con el bien es el mensaje cristiano ante el que quedan en evidencia todas nuestras justificaciones.