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Jueves, 19 Febrero 2015 03:21

Prólogo-4

PRÓLOGO DE LA RB

(Pról.04) 23.01.11

                Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele con oración muy insistente que él la lleve a término (v. 4).

                Al leer este versículo del Prólogo seguramente que no hay nada que nos llame la atención. Es razonable que cada uno de nosotros sienta deseos de hacer alguna obra buena y que le pidamos fuerza al Señor para llevarla a buen puerto, pues tenemos harta experiencia que muchos de nuestros buenos deseos no pasan de eso, de buenos deseos, y aún ellos son un don de Dios antes que mérito propio. Los monjes vivían una vida de lucha interior y ascetismo que buscaba una meta: la transformación interior y la vida de oración. Ese arduo camino no podría llevarse a cabo sin la ayuda de la gracia divina, por lo que se trata de un “mérito compartido”. Ahora bien, el deseo de emprender el camino, de entregarse y realizar las obras buenas ¿de dónde nos viene? Mérito nuestro sería si brotase exclusivamente de nosotros, pero San Agustín nos dice que ni siquiera eso nos pertenece, que el mismo deseo es obra de la gracia. Por eso, cuando experimentamos deseos de buscar a Dios, es que ya el mismo Dios ha salido a nuestro encuentro y, de alguna manera, ya lo hemos encontrado. Estamos llamados a militar bajo el estandarte de Cristo movidos por la misma gracia de Cristo. Para responder a la llamada divina es necesario un esfuerzo personal, pero todo es gracia; a nosotros nos toca responder en libertad a esa gracia recibida.

                No sois vosotros los que me habéis elegido -nos recuerda Jesús- sino yo soy quien os he elegido y destinado para que vayáis y deis fruto. Más allá de discusiones que nos lleven a debatir sobre palabras encerrándonos en castillos ciegos y partidistas, os invito a reflexionar desde la propia experiencia. El mismo Dios sale a nuestro encuentro. Estamos entretenidos en los quehaceres de nuestra vida hasta que en un momento Dios capta nuestra atención, empezamos a preguntarnos y vamos haciéndole un hueco en nuestra vida, o mejor, vamos descubriendo esa presencia suya en nuestra vida.

Quien contemple con serenidad su propia vida, es probable que descubra una experiencia de pecado donde palpa la impotencia para salir de él, alguna esclavitud que le tiene atado y no le deja hacer lo que quisiera, un deseo infinito de entrega que no llega a colmar. Pero también puede experimentar la gracia que le saca de donde no podía salir y le permite caminar cuando sus fuerzas ya no respondían a sus deseos, experimentando siempre la propia libertad que unas veces responde a la gracia y otras la rechaza. ¿Quién no ha experimentado esto? Eso que nos asusta, que a veces nos entristece y que en ocasiones nos llena de gozo, es lo que hace del camino espiritual una relación apasionante del hombre con Dios y del conocimiento de nuestra condición purificada por el amor gratuito del Señor.

Efectivamente, todo es gracia, pero el espíritu de Dios que hemos recibido está tan unido a nosotros que ¿cómo poder distinguir esa acción exterior que brota de nuestro propio interior? Cuando se vive en esa unión se puede exclamar como hacía con frecuencia Santa Teresa: “el Espíritu y yo pensamos....” Cuando brotan los buenos deseos en un corazón bueno que se deja mover por la gracia, hay que pedir con vehemencia y perseverancia -nos dice San Benito- el poder llevarlo a buen término. Pues si el deseo brota de una forma tan espontánea que es difícil distinguir si viene de fuera o de dentro, el realizar las buenas obras es todo un camino donde nos topamos con nuestra pertinaz debilidad, con ese hombre viejo que nos frena invitándonos a buscarnos a nosotros mismos, a defender apasionadamente nuestros derechos, a dar rienda suelta a nuestras pasiones antes que morir a nosotros mismos donándonos a los demás. Como esto se palpa tan claramente, es por lo que San Benito quiere que nuestra oración sea insistente.

El joven o principiante pide al Señor lleve a buen término la obra buena comenzada, pero también lo pide el que va entrando en años. Sin embargo, hay una diferencia que produce unos efectos muy distintos. De joven se pide al Señor lleve a buen término nuestra buena obra; “nuestra”, creemos en lo profundo de nosotros mismos, aunque digamos que es de Él. Por eso vienen los nerviosismos cuando no se alcanza, los enfados, el hundimiento anímico, o la violencia para con los demás haciéndoles culpables de nuestra incapacidad. El anciano, sin embargo, sabe por experiencia que nosotros no podemos nada, que todo viene de Dios. Por eso se alegra si se suscita un buen deseo en su interior, pero no se lo apropia, sino que con humildad persigue su realización pidiendo con insistencia al Señor la fuerza que a él le falta y, sobre todo, descansando siempre en él. Es por ello que si alcanza la meta se llena de gozo y de agradecimiento, procurando que toda gloria sea para el Señor, sin encontrar motivo alguno de vanagloria. Y si sucumbe en el intento, no se desespera, no acusa, no mira hacia atrás, simplemente sigue descansando en su Señor, acogiéndose a su misericordia en la confianza que esa gracia que no ha sabido secundar es la que le sigue sosteniendo y le impulsa a  continuar caminando, intentándolo de nuevo, mirando siempre hacia adelante.

 

Sí, debemos pedir con insistencia y humildad al Señor que lleve a buen término la obra que él ha comenzado en nosotros. Nadie tiene nada asegurado, pues todo es gracia. Dios quiere que le pidamos y escucha la oración de los humildes. Quien se cree merecedor de la gracia divina se asemeja al niño de papá, caprichoso y arrogante, que termina siendo duro con los demás, a los que no considera hijos de su padre. El que aprende a pedir con confianza de hijo, pero también con la indigencia del pobre, recibe no sólo lo que pide, sino la sabiduría que recibió Salomón (cf. 1Re 3, 4ss) que le permite ver a los demás como Dios los ve.