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Sábado, 30 Abril 2016 19:11

Capítulo 48 (3)

EL TRABAJO MANUAL DE CADA DÍA

(RB 48-03)

En el mundo benedictino no son pocos los monjes que interpretan la expresión de la Regla si las circunstancias del lugar o la pobreza exigen que ellos mismos tengan que trabajar en la recolección, que no se disgusten... como una situación in extremis, ajena al verdadero deseo de San Benito, para el cual el trabajo sólo tendría sentido cuando no queda más remedio, cuando la comunidad es muy pobre. A fin de cuentas, dicen, parece que la única justificación del trabajo que da la Regla es evitar la ociosidad, que es enemiga del alma. Nada más lejos de la verdad. Es cierto que tal interpretación –como hemos visto- parece desprenderse de la comparación entre la RM y la RB y que en el tiempo en que ésta se escribió había más penuria, pero tanto el Maestro como San Benito determinan una serie de horas para el trabajo manual -aunque no sea en el campo-, y no sólo para la lectura, siguiendo la doctrina de Casiano y los Padres del monacato.

En repetidas ocasiones vemos cómo los Padres del monacato recriminaban a los monjes que condenaban el trabajo por considerarlo indigno de personas espirituales. Tanto unos como otros solían acudir a la Escritura para defender su postura. Así, mientras los monjes “angelicales”, despreocu­pados de las cosas terrenas, se fijaban en textos como: procuraos no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna; María ha escogido la mejor parte; No os inquietéis sobre vuestra vida, sobre qué comeréis... como los lirios o los pájaros; los otros resaltaban máximas como: el que no trabaje que no coma. San Agustín, socarrón donde los haya, tiene una obra sobre el trabajo de los monjes, en la que profundiza y esclarece esta materia no sin una aguda ironía. Escribe entre otras cosas: el Señor “no dice tan sólo que [las aves] no siembran ni recogen, sino que añade: ni almacenan en la despensa... ¿Por qué, pues, quieren ellos tener las manos ociosas y la despensa llena? ¿Por qué recogen los frutos del trabajo ajeno, y los guardan y conservan para utilizarlos todos los días? Eso no lo hacen las aves del cielo” (De opere monachorum 23,27).

Los monjes de San Pacomio eran grandes trabajadores. San Basilio también defendía el trabajo, mostrando su preferencia por la agricultura -él, que siempre había estado entre libros-, pues es lo que garantiza el sustento directo de la comunidad, además de favorecer su estabilidad. La mayor parte de los Padres están en esta línea pro-laboral, también para no ser un antisigno para los hombres que deben vivir con el sudor de su frente. Así Teodoreto de Ciro nos recuerda: “Sería absurdo que mientras los hombres del mundo alimentan a sus mujeres y a sus hijos a costa de tan graves fatigas y penalidades, y, por añadidura, pagan contribuciones, se ven cargados de impuestos, ofrecen a Dios sus primicias y alivian en lo que pueden la miseria de los mendigos; sería absurdo que nosotros no nos procuráramos lo necesario mediante nuestro propio trabajo,... y permaneciéramos sentados, cruzados de brazos, aprovechándonos del trabajo ajeno” (Historia religiosa, 10).

También nosotros podemos utilizar de mil maneras, según nos convenga, el texto de la Regla y del evangelio. Por eso debemos intentar descubrir con sinceridad qué es lo que San Benito pretendía cuando mandaba esto o lo otro. Ya lo hemos dicho, el trabajo es necesario para tomar nuestro sustento con el sudor de nuestra frente, para compartir los bienes y ayudar a los necesitados y huéspedes, para expresar nuestra pobreza y como ayuda espiritual en el trabajo ascético y favorecedor de un mayor equilibrio en la oración continua.

En San Benito el trabajo tiene también otra característica que se desprende de toda la Regla. En la casa de Dios, donde todo se debe cuidar como vasos sagrados y donde debemos realizar las cosas no porque nos vean, sino sintiéndonos mirados en todo momento por Dios, el trabajo no lo podemos realizar de cualquier manera, sino que ha de estar bien hecho. Y aquí podríamos examinarnos. Dice mucho de uno cuando procura hacer las cosas bien y no simplemente busca terminar pronto. Incluso en los trabajos rutinarios y comunitarios. Un ejemplo claro y sencillo es el lavado de la vajilla. No puede ser el único objetivo terminar lo antes posible, sino dejar los platos y cubiertos limpios. O cuando alguno sirve en el comedor y más parece estar “echando de comer” que servir la comida.

Los primeros cistercienses también vivieron el trabajo según la RB. Entre ellos el trabajo era expresión de pobreza con Cristo pobre y permitía ser libre frente a todos, pues no dependiendo de los bienhechores se mantiene la libertad. También se defendía como elemento equilibrador. Pero hay otro aspecto que buscaban resaltar: el trabajo contribuye a crear comunidad, lo que ocurre cuando todos colaboran en una empresa común, aunque no todos estén trabajando en el mismo lugar, pero sí lo hacen sabiendo que lo realizan en bien de la comunidad.

Después de haber animado a sus monjes a afrontar las durezas que pudiera conllevar el trabajo, sobre todo en tiempos de escasez o necesidad, San Benito recuerda que el abad debe preocuparse para que nadie se sienta sobrecargado y todo se haga con moderación. Es una preocupación justa, pues si el vivir del trabajo de nuestras manos nos hace ser más monjes y cristianos, y el no estar ociosos nos ayuda en la vida espiritual, el exceso de trabajo, y más si no está suficientemente justificado, puede embrutecer el espíritu. Por ello San Benito desea no sobrecargar a nadie, no sea que se sienta abatido por una carga excesiva y se deje llevar de la murmuración o lo utilice como excusa para no afrontar sus obligaciones espirituales.

Creo que nosotros no nos podemos quejar de exceso de trabajo, pues gracias a Dios no tenemos un trabajo agobiante y duro aunque, eso sí, al ser una comunidad pequeña no siempre se puede dar la ayuda necesaria o encontrar el repuesto oportuno a la hora de afrontar los distintos cometidos, tanto a nivel laboral como formativo, litúrgico, administrativo, etc., que sin duda requieren un tiempo que a veces puede estresar. Esto es fruto de una cierta pobreza que debemos saber asumir, siendo lo suficientemente entregados como para no pedir fácilmente ayuda innecesaria y para no dejarnos atrapar en un activismo a veces más psicológico que real.

Nosotros no podemos decir que tengamos un trabajo agobiante ni que vivamos de las rentas. Es cierto que no tenemos una explotación económi­ca de gran envergadura, pero la verdad es que tampoco la necesitamos. No podemos caer en la tentación de pensar que sólo vivimos de nuestro trabajo cuando tenemos grandes empresas en las que somos nosotros operarios fieles. Quizá esté detrás de esto una mentalidad pasada, cuando las comunidades eran muy grandes y se necesitaban muchas manos para realizar las labores, sobre todo agrícolas, y aun así se tenía lo justo para vivir.

Nosotros vivimos substancialmente de nuestro trabajo, lo sabéis bien, y esto es lo que alaba San Benito. Unos trabajos son más rentables que otros, pero todos igualmente de valiosos pues son al servicio de la comunidad. Con unos tenemos ingresos, con otros evitamos gastos, muchos de ellos pasan desapercibidos, pero son igualmente fatigosos. Hay trabajos de tipo material, mientras que otros están orientados al crecimiento formativo de la comunidad. Si vemos todos ellos como realizados para el bien común, entonces nos sentiremos muy solidarios los unos de los otros, percibiendo el trabajo ajeno como propio y el mío como trabajo de la comunidad. Entonces nuestro trabajo adquiere una dimensión más comunitaria y plena.