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Sábado, 23 Abril 2016 19:08

Capítulo 48 (2)

EL TRABAJO MANUAL DE CADA DÍA

(RB 48-02)

Después de llamar la atención sobre la ociosidad, San Benito se dispone a distribuir la jornada del monje. Debemos tener en cuenta el criterio que elige, pues es significativo: los tiempos de lectura y de trabajo los estructura según el año litúrgico. Él, que ve el monasterio como la casa de Dios, los objetos del mismo como vasos sagrados, las relaciones fraternas como espejo de la caridad de Cristo, no podía menos que distribuir la jornada también desde una perspectiva espiritual. Una perspectiva espiritual muy práctica por cierto, como nos tiene acostumbrados, dedicando las horas de más duro sol en verano a la lectura, y no al trabajo, y situando éste al mediodía en invierno. En cuaresma se trabaja las mismas horas que en invierno pero se aumenta el tiempo de lectura, pues sólo se hace una comida y no se menciona la siesta. Así nos dice: En consecuencia, creemos que ambas ocupaciones pueden regularse de este modo: Desde Pascua hasta el primero de octubre, por la mañana, al salir de prima, trabajarán en lo que sea necesario hasta cerca de la hora cuarta. Desde la hora cuarta hasta la hora de celebrar la sexta, se dedicarán a la lectura. Después de sexta, al levantarse de la mesa, descansarán en sus lechos con sumo silencio, o, si alguien por ventura desea leer, que lea para sí solo, de manera que no moleste a nadie. Nona se celebrará más temprano, mediada la hora octava, y vuelvan a trabajar hasta vísperas en lo que fuere menester.

Luego añade dos indicaciones en relación con el trabajo: Si las circunstancias del lugar o la pobreza exigen que ellos mismos tengan que trabajar en la recolección, que no se disgusten, porque precisa­mente así son verdaderos monjes, cuando viven del trabajo de sus propias manos, como nuestros Padres y los apóstoles. Pero, pensando en los más débiles, hágase todo con moderación, idea esta última a la que se vuelve a referir al final del presente capítulo.

Respecto a lo primero, se desprende que no era precisamente el trabajo agrícola el más usado en un principio. De hecho la RM no reserva este tipo de trabajo a los monjes, más aún, lo excluye, pues pone por encima la ley del ayuno, y difícilmente se puede ayunar si se trabaja duro. No es que se despreciase el trabajo en los monasterios, sino que solían tener la suficiente hacienda como para no verse obligados a trabajar por sí mismos en las tareas agrícolas, confiando éstas a los seglares. Conviene escuchar las razones que da el Maestro para tal oposición y de qué forma contrasta con la RB, que se ve obligado a animar a sus monjes en esos trabajos, pues los tiempos han cambiado. Dice la RM: “Conviene que las granjas del monasterio estén arrendadas, para que todo el trabajo de los campos, el cuidado de la granja, los gritos de los inquilinos y las peleas de los vecinos recaigan sobre un granjero seglar, incapaz de ocuparse únicamente del alma y que despliega toda la solicitud de la presente vida en el amor de este mundo... Si la solicitud y el cuidado de su explotación recaen sobre nosotros, mientras son de provecho al cuerpo, redundarán en perjuicio del alma. Por tanto, es preferible mantener su posesión bajo la explotación real de otro, y percibir con seguridad las rentas anuales, sin pensar en otra cosa que en nuestra alma. Pues de pretender explotarlas mediante hermanos espirituales, además de que les impondríamos un rudo trabajo, perderían la costumbre de ayunar. Pues cuando las fuerzas están debilitadas por el ayuno, no es el momento de discutir si el hombre debe trabajar más para el vientre, que para el alma y para Dios. Concluyendo: para el trabajo en el monasterio, basta con los talleres y la huerta” (RM 86).

La RM ve la necesidad de tener posesiones para el propio sustento y el de los pobres, pero deseando proteger espiritualmente a los monjes, no quiere que se mezclen en relaciones con los seglares ni dejen el ayuno, pues esto no les sería de mucha ayuda. Fijémonos que esta inquietud también la tuvieron los primeros cistercien­ses, si bien no excluyendo el trabajo del campo. La Suma Carta de Caridad dice: “No está permitido formar ningún tipo de asociación con seglares, ni para la cría de ganado, ni para el cultivo de la tierra, ni en calidad de arrendatarios, ni aparceros” (SCC XIX). ¡Bien sabían las complicaciones de todo género que esto traía a los monjes y el inconveniente que suponía para su vida de soledad! Todo esto lo debían realizar los conversos o jornaleros de confianza (SCC XX).

San Benito también nos habla de lo perjudicial que le es al monje estar saliendo fuera, ya que se disipa de su vida de oración en mil preocupaciones o imágenes, por eso desea que el monasterio sea autosuficiente en la medida de lo posible: Si es posible, el monasterio ha de construirse en un lugar que tenga todo lo necesario, es decir, agua, molino, huerto y los diversos oficios que se ejercitarán dentro de su recinto, para que los monjes no tengan necesidad de andar por fuera, pues en modo alguno les conviene a sus almas (RB 66).

Vemos, pues, que también la RB se mueve en la misma línea, pero sabiéndose adaptar a las necesidades del momento y viviendo el evangelio en la realidad concreta en que toca vivir. Parece ser que las invasiones bárbaras y la escasez, hizo que los monjes se vieran obligados a trabajar ellos mismos los campos, por no poder tener asalaria­dos que lo hiciesen. En estas circunstancias San Benito no admite lamentaciones estériles, sabiendo que la verdadera paz del corazón se puede alcanzar también en la adversidad. Por eso estimula espiritualmente a sus monjes para que sepan afrontar con gallardía la nueva situación: Si las circunstan­cias del lugar o la pobreza exigen que ellos mismos tengan que trabajar en la recolección, que no se disgusten, porque precisamente así son verdade­ros monjes, cuando viven del trabajo de sus propias manos, como nuestros Padres y los apóstoles.

Esa actitud es una invitación a afrontar todas las cosas, buenas y malas, con igual espíritu de fe y agradecimiento. Eso conduce al verdadero sosiego interior. Debemos vivir de nuestro trabajo, un trabajo equilibrado en lo posible, que no sea un impedimento para la vida espiritual ni para una vida sobria, ni implique mucha relación con los seglares. Pero si en ciertos momentos o durante largas temporadas debemos asumir un trabajo más duro, entonces, lejos de buscar justificaciones para zafarnos de él, debemos asumirlo con espíritu de fe. Es entonces cuando nuestra vida espiritual es probada en una vivencia verdaderamen­te evangélica.

El trabajo es para San Benito el medio de subsistencia y expresión de nuestra pobreza, por eso se supone que puede ser arduo y penoso. De hecho desde antiguo los monjes trabajaban mucho para ganarse el propio alimento, agasajar a los huéspedes y dar limosnas. Este triple aspecto lo recogieron literalmente los primeros cistercienses. Pero si la subsisten­cia está garantizada por el buen momento económico del monasterio, no por ello el trabajo deja de tener su importancia, si bien ahora sólo como elemento equilibra­dor de la vida espiritual y para compartir con los necesitados. Los monjes antiguos trabajaban casi sin parar (haciendo cestos) porque les facilitaba mantener sin gran fatiga la oración continua. Nuestro trabajo nos ayuda a mantener una oración continua cuando tomamos conciencia de ello, del momento privilegiado que supone para la oración cuando se vive en un clima de silencio.

Queda clara la función del trabajo para San Benito. La práctica del trabajo nos proporciona el sustento y tiene un valor intrínseco que nos ayuda. Por ese motivo no basta con “terminar lo más aprisa posible el trabajo que se me ha encomendado para luego no hacer nada”, sino de hacerlo con el mayor esmero sin desligarlo de nuestra vida de oración.