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Sábado, 09 Abril 2016 17:38

Capítulo 47

LA LLAMADA PARA LA OBRA DE DIOS

(RB 47)

Cuando llamamos la atención sobre algo es que lo consideramos de cierta importancia. Cuando convocamos a diversas personas para que se reúnan en un determinado lugar es para algo que merece la pena. La llamada a la oración es importante para todos, especialmente para los monjes. Sin la oración nuestra vida no tiene sentido, se desorienta. Se trata de una llamada acústica que refleja también una invitación espiritual a vivir desde la oración, a despertarnos del sueño de la rutina para vivir desde el espíritu. Es misión de todos los hermanos animarse mutuamente a vivir desde la oración, pero de forma especial compete al abad.

Ya hemos visto cómo San Benito muestra un gran celo por el oficio divino, pues es la obra de Dios. Casi al comienzo de su Regla se explaya dando normas concretas sobre cómo hay que realizarlo. Ahora vuelve a referirse al mismo resaltando algunos aspectos prácticos: Dar la señal para la hora de la obra de Dios, tanto de día como de noche, será incumbencia del abad: sea dándola él mismo, sea encargando esta misión a un hermano diligente, de manera que todo se haga a las horas correspondientes. Tan importante es la obra de Dios que reserva al abad el cometido de convocar a los hermanos para la alabanza divina. Él es el campanero oficial, cargo importante, pues con las cosas de Dios hay que ser muy cuidadosos.

Debemos tener también en cuenta que en aquel tiempo era una tarea no demasiado fácil: las horas variaban de un día a otro y los procedimientos para calcular el tiempo resultaban bastante rudimentarios. Por esto mismo había que ser muy diligente para no despistarse, en especial por la noche. Ya menciona en el capítulo 11 la posibilidad de que el campanero se duerma y los monjes se levanten a vigilias más tarde, en cuyo caso se deben abreviar las lecturas y los responsorios, y el responsable de tal negligencia debe dar digna satisfacción a Dios en el oratorio. El abad, por lo tanto, si no se hace cargo personalmente del asunto, debe encomendárselo a un hermano muy diligente.

El instrumento que se usaba para llamar a los monjes era muy variado entre los monjes antiguos. En los monasterios pacomianos se llamaba con voz o golpeando cualquier instrumento; las vírgenes de Santa Paula, seguidoras de San Jerónimo, lo hacían mediante el canto del Aleluya; Casiano se limitaba a llamar a la puerta para despertar a los monjes. Algo parecido haría San Benito.

Si es al abad al que por derecho le corresponde anunciar las horas del oficio divino, es porque ocupa el lugar de Cristo en el monasterio, y la campana es la llamada del Señor. Además él es el responsable de la liturgia, en un tiempo en que no había casi nada prescrito, y debía precisar lo que tenía que hacerse.

El padre Denis hace notar que San Benito no dice “tocar” sino “anunciar”. Y es que la señal para el oficio divino es siempre un anuncio alegre. Es Dios quien nos invita a un encuentro con él, aunque sea a mitad de la noche o cuando estamos enfrascados en nuestros traba­jos. La seguridad de que Dios nos está esperando en el coro es lo que nos debiera estimular a responder con alegría y prontitud. Si no lo vivimos así fácilmente podemos tenerlo como una rutina que a veces se hace fastidiosa en cuanto nos impide continuar la obra que teníamos entre manos. Pero si lo vivimos desde la fe entonces nos estaremos dejando llevar por el espíritu de San Benito que tanta importancia le daba al oficio divino.

A continuación nos dice que también incumbe al abad el designar a los monjes que deben leer o cantar en el oratorio: Recitarán los salmos y las antífonas, después del abad y por orden, aquellos a quienes se haya encomendado. Pero no se atreva a cantar y leer sino aquel que pueda cumplir este oficio de manera que se edifiquen los oyentes. Y debe hacerse con humildad, gravedad y respeto, y por aquel a quien se lo encargue el abad.

Si es importante la puntualidad en convocar a los monjes, mucho más es el que la celebración se realice lo más digna y fructífera posible. Si se quiere edificar a la asamblea los solistas y los lectores lo deben hacer bien, pues de lo contrario la oración se transforma en murmuración y la paz en nerviosismo, espantando a los ángeles y convocando a los demonios. No todos los monjes actuaban, sino sólo aquellos que lo hacían bien exterior e interiormente, es decir, aquellos que no se equivocaban con excesiva frecuencia y además lo hacían sin engreírse delante de los demás o, como él dice, ejercitaban su servicio con humildad, gravedad y reverencia.

Estas palabras nos invitan a reflexionar sobre el empeño que nosotros ponemos en la realización externa e interna del oficio divino, si vivimos con espíritu de fe nuestras celebraciones litúrgicas. Sin duda que siempre nos acompañarán las equivocaciones, las distracciones o el cansancio, por lo que es importante que continuamente nos animemos con la llamada interior para incrementar la fe con que realizamos nuestros oficios, tratando de evitar la rutina.

Hay que notar que la lectura en tiempo de San Benito era mucho más difícil que ahora. No abundaban los monjes capaces de leer en los manuscritos de la época; era un arte muy laborioso que se complicaba aún más en el oficio nocturno por la escasez de luz. Más fácil resultaba el recitar salmos de memoria íntegramente.

Los monjes recitan los salmos o los comienzan invitando a los demás a continuar ese canto de alabanza. San Benito quiere que todos los monjes participen activamente en la liturgia, cada uno según sus cualidades poniéndolas al servicio de los demás. La invitación de unos a otros es reflejo de sentirse un solo cuerpo en la oración. La dimensión comunitaria queda claramente manifiesta. Por eso nadie se debe sentir turbado por carecer de cualidades si no se le encomienda una determinada misión y, si se le ofrece, no debiera caer en la vanidad comparándose con otros. Las cualidades personales son comunitarias, lo que nos debe llevar a enorgullecernos de las cualidades del hermano como nuestras propias, en lugar de envidiarlas. Si así lo hacemos es signo claro de que nos sentimos comunidad en comunión. Si así lo hacemos, no sentiremos envidia y sí gran paciencia con los fallos de los demás.

A pesar de las mayores dificultades y menor cultura de los monjes en tiempo de San Benito, su participación debía ser muy plena. Nadie se podía retraer de esa función litúrgica si se le encomendaba. La función de hebdomadario no estaba reservada a los sacerdotes, sino que incluso los demás hermanos la realizaban. Pero no se trata de ocupar unos cometidos u otros, sino de que cada cual haga el suyo con total entrega, formando un solo cuerpo, siendo todos solidarios en la buena ejecución del canto y de la salmodia. Incluso los enfermos participan, aunque sea en silencio. Es por ello triste ver a algún monje que ante cualquier excusa se dispensa del oficio. Podemos no participar con el canto, pero siempre lo hemos de hacer con una buena disposición e interés. Asimismo el no coger los libros de canto deliberadamente, con la excusa de que creemos sabérnoslo y no es así, o justificándonos pensando que no aprecian mi voz, hace ver cierto desdén que perjudica al que así se comporta y genera una tensión que se vuelve contra él cuando se queje de la actitud de otros hermanos en cosas que sí le son más sensibles. Hay que respetar al Señor en el oficio y respetar a la comunidad fomentando buenas relaciones.

Finalmente cabe resaltar que junto con la espontaneidad interior de cada uno en la oración está el deseo tan repetido por la Regla de que todo se haga con sumo orden, como en el cuerpo cada miembro desempeña su función ordenadamente, y quien mejor lo puede hacer es quien lo hace, sin que los demás miembros se molesten. Por ello no están permitidas las espontaneidades que perjudican la oración o el sosiego de los hermanos.