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Sábado, 02 Abril 2016 17:36

Capítulo 46 (2)

LOS QUE FALTAN EN CUALQUIER OTRA COSA

(RB 46-02)

El capítulo que nos ocupa concluye con la siguiente frase: Pero, si se trata de un pecado oculto del alma, lo manifestará solamente al abad o a los ancianos espirituales, que son capaces de curar sus propias heridas y las ajenas sin descubrirlas y publicarlas. San Benito se fija en las faltas materiales para realizar un camino de conversión, pero no descuida las espirituales. Las faltas materiales los buenos las confiesan por humildad, mientras que los malos lo hacen por temor a ser descubiertos y sufrir el castigo. Las espirituales y ocultas sólo las confiesan los que desean crecer en la vida espiritual.

No hemos de olvidar que la confesión de las culpas de la que nos habla el Patriarca, y que ya lo menciona en otros capítulos de su Regla (4,50: instrumentos de las buenas obras; 7,44-45: quinto grado de la humildad) no es propiamente la confesión sacramental. No se trata de acudir a la confesión por miedo al castigo divino, a morir en pecado, o para calmar una duda e inquietud que nos atenaza. De hecho, ni el abad ni los decanos solían ser sacerdotes. Se trata de la manifesta­ción de las culpas al padre espiritual que se practicaba con tanta frecuencia entre los monjes, obedeciendo el consejo de Santiago: Confesaos mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros; pues como decía San Juan: Si decimos: 'no tenemos pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Sí, el cristiano necesita confesar su pecado como una actitud de profunda humildad que predispone el perdón y la acción salvadora de Dios, y eso más allá del mero utilita­rismo sacramental. Si buscamos de corazón a Dios debemos manifestar lo que somos y esperar de él su misericordia.

San Benito, no obstante, es un hombre prudente. Pide que las faltas ocultas sean manifestadas, pero recalca que solamente al abad o a los ancianos espirituales. ¿Por qué? En primer lugar porque en nuestra actual condición todos necesitamos estar vestidos, al menos más o menos vestidos. Necesitamos un mínimo de fama para poder vivir. El que ha perdido la fama termina despreciándose a sí mismo y, por consiguiente, difícilmen­te puede amar a los demás. Ante Dios, con la mediación de un anciano espiritual que sea un pozo, podemos descubrir­nos totalmente para ser revestidos, curados. Pero no así ante los demás. Por nosotros mismos, pero también por ellos, pues no todos están preparados o pueden ser una ayuda para el propio crecimiento. A las mentes más frágiles podría ser incluso un motivo de escándalo, de flaquear en su propia vida espiritual justificándose en los otros, o de darse a la fácil murmuración, ya que no siendo capaz de afrontar su propio pecado mucho menos va a anhelar la superación de los demás.

Todos tenemos un mundo interior que está estrictamente reservado al Señor, como en todo matrimonio hay una vida íntima que sólo pertenece a dos y si sale afuera se mancilla. El secreto del corazón sólo a Dios pertenece, por eso las faltas del corazón no se deben revelar más que a un anciano espiritual, donde las relaciones no son propiamente de amistad humana sino que están en otro plano diferente.

Para San Benito el anciano espiritual por excelencia en el monasterio es el abad, pero por el respeto exquisito que tiene a la conciencia humana reconoce la posibilidad que no todos encuentren esa facilidad de apertura interior con el padre del monasterio, por lo que permite se dirijan a otros monjes que vivan del espíritu. En esa línea se manifiesta el magisterio de la Iglesia (Perfectae caritatis, 14) cuando desea asegurar la libertad en materia de confesión y de dirección espiritual.

Todos somos pecadores en el monasterio, bien lo sabe San Benito. No se salva ni el abad ni anciano alguno. Por eso él no centra el calificativo de espiritual en la ausencia de pecado, sino en la capacidad de saber discernir espíritus y curar las propias heridas y las ajenas sin descubrirlas ni publicarlas. El anciano espiritual es el que ha sabido aprender de su debilidad para crecer él mismo y ayudar a otros. Casiano nos pone el modelo de dos ancianos espirituales, o por mejor decir, de un viejo y de un anciano, de uno conocedor del espíritu y capaz de ayudar a los demás y de otro incapaz de ello:

“No debemos seguir las huellas ni abrazar la doctrina y consejos de aquellos cuya única reputación estriba en las canas y en los años que han vivido (...). Un anciano muy conocido mío acogió un día a un joven monje, y no de los menos fervorosos. Vino a él con el deseo de progresar en la vida monástica y hallar remedio en sus males. Confesó simplemente que se sentía atormentado por el aguijón de la carne y del espíritu de lujuria. Creía encontrar en la plegaria del anciano un consuelo en sus trabajos y una medicina para sus llagas. Al oírle el viejo, prorrumpió en injurias e improperios, diciéndole que era un infame y miserable, que era indigno de llevar el nombre de monje, y que nadie podía prestar oídos a los daños que acarreaba un vicio como aquél.

Estos reproches hirieron el corazón del joven y salió de la celda presa de la desesperación. Estaba consternado y le embargaba una tristeza mortal. Por eso, abrumado por la aflicción, no pensó ya en curar su mal, sino en saciar la pasión que hervía en su interior. Iba absorto en este pensamiento, cuando he aquí que le salió al encuentro casualmente el abad Apolo, el más consumado en santidad entre todos los ancianos. En el decaimiento que aparecía en el semblante del joven, el abad adivinó su sufrimiento y el violento combate que se libraba en su alma. Le preguntó la causa de aquella turbación, insistiendo con blandura, pero el novicio no podía articular palabra. Apolo iba comprendiendo cada vez mejor. Imposible querer velar con el silencio lo que no podían disimular las facciones de su rostro. Multiplicó, pues, sus preguntas, porfiando por saber el motivo de su congoja. Al fin, cogido como en una red, el joven lo confesó todo. Puesto que, según el anciano a quien había consultado no podía ser monje, y era incapaz de refrenar los ardores de su carne y obtener remedio a su tentación, se disponía a tomar mujer. Abandonaría, por tanto, el monasterio y se volvería al mundo.

Apolo empezó entonces a consolarle dulcemente, con palabras llenas de benignidad. Díjole que a él, con ser viejo, le ocurría lo mismo; que también sentía aquellos incentivos y aquellas tempestades interiores. Que no era razón que él desesperara, ni había de maravillarle la violencia de la tentación. Que no eran tanto nuestros esfuerzos los que triunfaban sobre ella, cuanto la misericordia de Dios y su gracia. Pidió, pues, al joven solamente el plazo de un día y le dijo que regresara a su celda, mientras que él se dirigía apresuradamente al monasterio del otro anciano.

Al acercarse Apolo a la celda de éste, se puso a rogar con lágrimas y con los brazos extendidos, diciendo: «Señor, tú solo consideras con tu mirada compasiva las fuerzas de cada uno y la debilidad de nuestra naturaleza. Tú solo eres el médico que sabes aplicar el remedio con mano invisible. Haz pasar la tentación de aquel joven al alma de este anciano, a fin de que siquiera en su vejez aprenda a ser condescendiente con las debilidades de los afligidos y compartir la fragilidad de su juventud» Apenas había terminado esta oración con gemidos, cuando vio a un horrible etíope de pie frente a la celda del otro monje, lanzando contra él dardos de fuego. Tan pronto como las saetas hicieron mella en el ánimo del viejo, salió éste precipitadamente de su celda y comenzó a correr en todas direcciones como un beodo o como si hubiese perdido el juicio. Entraba en la celda y volvía a salir de nuevo. Incapaz de permanecer allí, anduvo vertiginosamente por el mismo camino que había seguido antes el joven.

El abad Apolo le vio como un hombre fuera de sí, presa del delirio. Comprendió que los dardos encendidos del demonio se habían clavado en su corazón: de ahí la ofuscación y el torbellino en que se revolvía su alma. Y acercándose a él, le dijo: «¿A dónde vas tan de prisa? ¿Pero es que te has olvidado de la gravedad que conviene a tus años? ¿Qué es lo que te agita como un niño y te hace corretear de una a otra parte?» Confuso por los remordimientos de conciencia y por la vergonzosa pasión que le agitaba, decíase para sí el infeliz que Apolo había adivinado la llama que abrasaba su corazón. Viendo descubierto su secreto, no osaba responder. Entonces, Apolo le dice: «Vuélvete a tu celda, y siquiera en tu vejez convéncete de que el demonio, o no ha querido conocerte hasta ahora o no hacía ningún caso de ti. Ciertamente, no te había contado entre aquellos cuyos progresos y santos deseos le provocan a hacerles guerra continua; ya que después de tantos años transcurridos en la profesión monástica no has sido capaz, ante el único dardo que te ha disparado el enemigo, no digo ya de rechazarlo, pero ni siquiera diferir un solo día el rendirte a la tentación. El Señor ha permitido que fueras herido ahora, a fin de que, escarmentando no en cabeza ajena, sino en la tuya propia, aprendieras por lo menos en tu avanzada edad a compadecerte de las debilidades ajenas y a condescender con la fragilidad de tus prójimos»” (Col 2, 13).

Cuando uno ha experimentado el pecado pero se siente atrapado en él y ha dejado ya de luchar por salir, entonces difícilmente podrá ayudar a los otros; hay demasiadas interferencias que le van a llevar a quitar importancia a todo pecado a considerar que es algo normal. Cuando uno no ha sufrido verdaderas tentaciones, suele ser duro de corazón ante las de los demás. Pero cuando uno ha experimentado el pecado, e incluso su esclavitud, y lucha por salir de él con la gracia de Dios, entonces se transforma en un hombre humilde capaz de discernir los espíritus y de ayudar a otros que se encuentran en situación parecida.

Cuando uno es verdaderamente espiritual, es decir, conocedor del espíritu de misericordia y de amor de Dios, todo su deseo es que los demás se dejen llevar por ese espíritu, acogiendo la misericordia y el perdón de Dios y creciendo en el deseo de él. Cuando uno no es espiritual, el pecado ajeno le sirve para criticar a los demás, publicando sus faltas, cuando no aumentándolas y creyéndose -o necesitándose creer- superior, no tan malo como los demás; cuando uno se cree espiritual por sus obras, pero no lo es, las faltas ajenas le provocan escándalo y se ve movido a juzgar, considerando al pecador merecedor de un buen castigo que satisfaga. Sólo el espiritual se conmueve con entrañas de misericordia ante el pecador, deseando en lo más profundo que se libere de las ataduras de su pecado, y se las ingenia para ayudarle a sanar, sin echar fango sobre su propia herida.

Pero San Benito en su finura espiritual y en su deseo de perfec­ción y radicalidad evangélica, no se contenta con que el monje confiese sus pecados reales, algo que debe realizar también sacramentalmente, sino incluso sus malos pensamientos, sus inclinaciones al pecado. Está en la línea del Señor cuando nos recuerda en el sermón de la montaña que ya se adultera con el pensamiento, que ya se mata con el simple insulto, etc. Manifestar nuestras inclinaciones al mal, nuestras tentaciones, aunque no hayamos consentido, nos fortalece espiritualmen­te pues reconocemos nuestra debilidad y Dios manifiesta su fuerza en ella.

No siempre se encuentran estos ancianos espirituales que por su virtud han recibido el don del discernimiento de espíritus. ¡Ojalá abunden esos ancianos espirituales en nuestra comunidad! El problema que surge en ocasiones es que uno quiere ser anciano espiri­tual antes de saber curar sus propias heridas, es decir, vivir en tensión su vida espiritual. Podríamos aquí parafrasear lo que San Benito dice referente a los que quieren ser llamados santos antes de serlo realmente, seamos primero verdaderamente espirituales y después podremos ayudar a los otros.